DOMINGO XIX

(Tiempo Ordinario – Ciclo B)


 

1Reyes 19, 4-8

Efesios 4,30 – 5,2

Juan 6, 41-51

 

            Uno de los signos de la presencia de Dios junto a su pueblo que caminaba en el desierto fue esencialmente el pan. Jesús, signo vivo del Padre, ha hecho eterna su presencia en el mundo precisamente porque él es “el pan de la vida” que fortalece la fragilidad humana y dona al hombre su plenitud verdadera. Este domingo retomamos la lectura del célebre capítulo sexto del evangelio de Juan, en donde la humanidad de Jesús es fuente de desconcierto y de murmuración entre los judíos. Para aceptar a Jesús como “pan de la vida” es necesario abrirse a la enseñanza interior del Padre, pues “nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae” (Jn 6,44).

 

            La primera lectura (1Re 19, 4-8) muestra que los momentos de crisis y de miedo pueden ser padecidos hasta por los grandes hombres de Dios, como en este caso el profeta Elías, que huye temeroso ante las amenazas y la persecución de la poderosa reina fenicia Jesabel que dominaba en aquel tiempo en Israel (1Re 19,3: “Elías se llenó de miedo y huyó para salvar su vida”). La crisis del profeta, sin embargo, se convierte en momento de gracia, pues Dios lo visita y lo nutre, convirtiendo aquel momento de muerte en un nuevo inicio. Elías revive, en cierto modo, la epopeya de Moisés que huía del Faraón para salvarse y encontró al Señor en el monte Horeb (Ex 2,11-3,4), y la experiencia de Israel que, no obstante su rebeldía y su incredulidad, fue alimentado por Dios en el desierto (Ex 16). El hecho de que Elías se acueste y se desee la muerte muestra el dramatismo del momento que está viviendo: “!Basta, Señor!, Quítame la vida que no soy mejor que mis antepasados” (1Re 19, 4). Como tantos otros creyentes de la Biblia Elías se queja delante de Dios y expresa el hastío de su existencia, el cansancio de la lucha, la tentación de la última retirada. Probablemente ha experimentado que su ministerio profético y sus esfuerzos por luchar contra el baalismo en Israel han servido para poco. La realidad no ha cambiado y ahora su vida está amenazada. Es precisamente en ese momento de oscuridad y de cansancio, cuando el profeta vuelve a escuchar por dos veces la palabra del Señor a través de un ángel: “Levántate y come”. Dios, en efecto, es capaz de hacer que el límite de la muerte se vuelva el inicio de una nueva vida. El mensajero del Señor lo invita a caminar y le ofrece un alimento frugal y simple, una comida de peregrinos (“una porción de pan cocido” y “un jarro de agua”), pero al mismo tiempo un alimento misterioso por su origen y por su eficacia. Elías comió “y con la fuerza de aquel alimento anduvo cuarenta días y cuarenta noches hasta que llegó al Horeb, la montaña de Dios” (1Re 19,8). Antes de comer, la huída del profeta desembocaba en la muerte; después de ser alimentado en el desierto, aquella comida milagrosa lo traslada a la experiencia de Moisés y de Israel que caminaron al encuentro con Dios en el monte.

 

            La segunda lectura (Ef 4,30-5,2) se abre hoy con una alusión a Is 63,10: “Ellos se rebelaron y contristaron a su Espíritu Santo”. Israel en el desierto se rebeló y entristeció al Espíritu Santo. Para Pablo esta es la raíz de todos los vicios: la incredulidad y la rebelión frente a Dios. A partir de allí ofrece un catálogo esencial de seis vicios que arruinan las relaciones con el prójimo: agresividad, rencor, ira, indignación, injuria, maldad (Ef 4,31).  A continuación se contrapone una lista de virtudes centradas en el amor, a imitación de Cristo: bondad, perdón, compasión. Esta es la novedad de la vida cristiana, que el Apóstol define con una expresión excepcional y atrevida: “ser imitadores de Dios” (Ef 5,1).

 

            El evangelio (Jn 6, 41-51) nos coloca delante de la crisis que sufren los judíos frente a la humanidad de Jesús que se proclama “bajado del cielo” (Jn 6,41). El verbo típico en la Biblia para expresar la incredulidad y las tentaciones de Israel en el desierto es el verbo “murmurar”. Ahora el objeto de la murmuración-incredulidad es la dimensión humana de Jesús, que contradice y hace absurda su pretensión de ser “el pan vivo bajado del cielo: “Este es Jesús, el hijo de José. Conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo se atreve a decir que ha bajado del cielo?” (v. 42). Por una parte aseguran “conocer”, pero son incapaces de aceptar y contemplar el misterio escondido en la persona de Jesús de Nazaret. La visibilidad de la carne y de la humanidad que debería ser un instrumento de gracia, una transparencia de la presencia amorosa de Dios en medio de los hombres, se vuelve para los ojos incrédulos un obstáculo que impide reconocer en el “hijo de José” al Hijo de Dios. No basta “conocer” para experimentar a Dios y aceptar sus caminos. Es necesario abrirse humildemente a la acción misteriosa del Padre que “atrae” (verbo griego: elkô: atraer, arrastrar) hacia la verdad de Jesús: “nadie puede venir a mí, si el Padre, que me envió, no lo atrae” (v. 43). Este “atraer” o “arrastrar” del que habla Jesús recuerda la acción de Yahvéh que, como Padre amoroso, “atrae con cuerdas de amor” a Israel su hijo (Os 11,4). La fe es un don de Dios. Es el fruto de la acción amorosa de Dios que cautiva y enamora al creyente. Supone, ante todo, experimentar la energía de atracción que posee en sí la palabra de Dios: “Está escrito en los profetas: Y serán todos instruidos por Dios. Todo el que escucha al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí” ( v. 45). El evangelista se sirve del texto de Is 54,13 para revelar el misterio de la obra interior del Padre en el corazón del hombre. Para superar el escándalo de la encarnación y de la cruz, para abandonar nuestra mezquina forma de ver las cosas y abrirnos a los caminos de Dios, es necesario escuchar la voz íntima y amorosa del Padre. A la raíz de la fe cristiana está, por tanto, la escucha dócil de la palabra de Dios que nos convierte en discípulos del Padre. Un discipulado que no se fundamenta en el “ver”, sino en el “escuchar”. Con razón afirma Jesús inmediatamente: “Esto no significa que alguien haya visto al Padre. Solamente aquel que ha venido de Dios ha visto al Padre” (v. 46). El hombre que se ha dejado “atraer” del Padre a través de la fe, ya no va hacia la muerte, sino que se encamina hacia la comunión plena con Dios: “les aseguro que el que cree tiene vida eterna” (v. 47).

El texto termina retomando, según el estilo de la homilética judía, el paralelismo antitético entre el maná y el pan del cielo, desarrollado antes en los vv. 31-35. En contraposición con el maná, que comieron los israelitas y murieron, pues no entraron en la tierra, se exalta la fuerza transformadora y “divinizante” de Jesús, verdadero “pan bajado del cielo”, germen de la resurrección futura y de la creación renovada. El creyente que vive en comunión con Jesús, que ha hecho de la fe en él su alimento y se nutre del pan de la eucaristía, participa de su vida (Jn 6,48-49). Al final Jesús hace una triple afirmación: que él es el pan vivo bajado del cielo, que el que coma de ese pan vivirá para siempre y que el pan que dará es su “carne” (v. 51). El término “carne” (griego: sarx) no indica la substancia del organismo humano, sino la condición mortal de Jesús. Es el mismo vocablo usado por Juan para indicar la encarnación de la Palabra: “Y la palabra se hizo carne” (Jn 1,14). Se hace referencia, por tanto, al efecto vivificante de la encarnación (“pan bajado del cielo”) y la dimensión salvadora de la muerte de Jesús (“yo daré para la vida del mundo”). Comer de este pan es, ante todo, adherirse con fe a la persona del Hijo, Salvador del mundo. En la reflexión joánica se conjugan maravillosamente la historia de Jesús (encarnación-muerte) y el tiempo de la comunidad cristiana, que en la eucaristía revive la presencia real del Señor y su sacrificio salvador.