TERCER DOMINGO

(Tiempo ordinario – Ciclo A)

 

 

 

Isaías 8,23-9,3

1 Corintios 1,10-13-17

Mateo 4,12-23

 

El ministerio de Jesús es enseñanza, proclamación y acción curativa en favor del pueblo. La “buena noticia” del reino en favor de los pobres, en efecto, no es sólo proclamación o enseñanza, sino también y sobre todo irrupción de la fuerza de Dios que libera al pueblo de las miserias que lo afligen. Antes de comenzar el anuncio del reino, Jesús reúne un grupo de discípulos para que sean testigos de su acción liberadora y continúen su misma misión en favor de los hombres.

 

            La primera lectura (Is 8,23-9,3) es un canto de gozo y de esperanza que brota desde el corazón de un pueblo, que antes “caminaba en tinieblas” pero que ahora “ha visto una gran luz” (v. 1). El poema de Isaías hace referencia a un grupo humano que ha sufrido la angustia, el hambre, la violencia de la guerra y la injusticia (Is 8,23), pero que ahora encuentra motivos para alegrarse y para esperar. El conocido contraste bíblico entre “luz” y “tinieblas” sirve para expresar este cambio radical en el horizonte histórico del pueblo.

La luz es la primera obra de la creación (Gn 1,3). Es imagen de la vida y de la salvación que viene de Dios: “En ti está la fuente viva, y tu luz nos hace ver la luz” (Sal 36,10), es como el vestido de Dios, expresión de su dignidad y de su poder salvador: “Tú te vistes de majestad y de esplendor, envuelto en la luz como de un manto” (Sal 104,1-2). La luz revela el misterio de Dios en forma particular: “Dios es luz, y no hay en él oscuridad alguna” (1Jn 1,5). Y Jesús dirá: “Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no camina en tinieblas” (Jn 8,12). El texto de Isaías habla de “una gran luz”, una luz que simboliza la salvación y la paz, dones que vienen de Dios y que transforman el oscuro horizonte de un pueblo oprimido. La luz-liberación que Dios ofrece produce en el pueblo un especial regocijo.

Junto a la luz aparecen diversos términos que evocan el gozo: “Has multiplicado su júbilo, has aumentado su alegría” (v. 2). La luz-liberación que Dios ofrece produce en el pueblo un especial regocijo. La luz evoca la acción salvadora de Dios; el gozo, la respuesta del hombre que experimenta la paz y la salvación. El texto explica la razón de tanta alegría: Dios ha hecho desaparecer al tirano y al opresor (v. 3: “has roto el yugo que pesaba sobre ellos”).  A un pueblo que sufre hambre, violencia y angustia, Dios le anuncia un futuro diverso, fruto de su potente acción liberadora.

 

            El evangelio (Mt 4,12-23) es el texto inaugural con el cual Mateo describe el inicio del ministerio de Jesús. Para facilitar la comprensión dividimos el comentario en tres partes: (a) Ambientación geográfica y teológica; (b) Anuncio del reino y llamada de los primeros discípulos y (c) Sumario sobre la actividad de Jesús.

 

            (a) Ambientación geográfica y teológica (vv. 12-16)

 

                Para el evangelio de Mateo, según una tradición que encontramos también en Lucas y Marcos, Jesús comienza su actividad inmediatamente después del arresto de Juan el Bautista y se dirige al norte del país, a Galilea. Según Mateo, Jesús no va a Nazaret, sino que se dirige a la ciudad de Cafarnaún. Las circunstancias históricas, con su dimensión temporal y geográfica, en las cuales se manifiesta la acción salvadora de Dios por medio de Jesús, llegan a ser para Mateo una ocasión para realizar una hábil y sapiente relectura teológica

            La elección de Cafarnaún, según el evangelista, entra dentro del proyecto de Dios, según se puede deducir de las promesas mesiánicas de Isaías. La pequeña ciudad de Cafarnaún, sin embargo, no aparece en ningún texto bíblico, por lo tanto Mateo se ingenia para encontrar un sentido teológico al hecho que Jesús vaya a vivir allí. En lugar de hablar de Cafarnaún propiamente, habla de las dos tribus de Israel que habitaron esa región situada en la costa noroccidental de lago de Galilea: Zabulón y Neftalí.

De esta forma puede hacer mención de la profecía de Isaías que anunciaba la liberación a las tribus de esa región devastada por las invasiones y las deportaciones asirias del s. VIII a.C.: “Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán. Galilea de los paganos. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban en una región de sombra de muerte una luz les brilló” (v. 15-16; cf. Is 8,23; 9,1).

Con la mención de la cita de Isaías Mateo logra un doble resultado. Por una parte da un específico cristológico a la localización de la actividad histórica de Jesús en Galilea, más exactamente en Cafarnaún, rebatiendo así las objeciones provenientes de ambientes judíos que consideraban anómala la manifestación mesiánica de Jesús en Galilea; por otra, con la confirmación profética de Isaías puede apoyar su visión universalista en relación con el evangelio, que deberá ser anunciado no sólo “a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mt 10,6), sino a todos los pueblos paganos (Mt 28,19: “Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos”).

 

(b) Anuncio del reino y llamada de los primeros discípulos (vv. 17-22)

 

Con el trasfondo teológico anterior se entiende mejor la escueta información del v. 17: “Desde entonces empezó Jesús a predicar diciendo: Conviértanse porque está cerca el reino de los cielos”. En una frase se condensa el contenido esencial del anuncio público de Jesús. En primer lugar hace un llamado a la conversión, utilizando el verbo griego metanoein, que indica cambio de mentalidad. Jesús llama a un cambio profundo que abarca la mente y el corazón, orientado a una adhesión íntegra a Dios comprometiéndose a hacer su voluntad.

La urgencia y seriedad de la invitación a la conversión derivan de la proclamación “el reino de los cielos está cerca”. La fórmula “reino de los cielos” es característica de Mateo, donde aparece 33 veces, en textos donde en Marcos y Lucas se encuentra la fórmula “reino de Dios”. El plural “cielos” es un sustitutivo reverencial del nombre de Dios.

El reino es el cumplimiento de las promesas de Dios. En el judaísmo del tiempo de Jesús, la expresión “reino de Dios”, que Mateo llama “reino de los cielos”, resumía todo lo que Israel esperaba de los tiempos mesiánicos como época de la manifestación definitiva de Dios. El reino es la buena noticia de que Dios ha intervenido en la historia misteriosamente para transformarlo todo. Es el anuncio de la salvación y del perdón, de la vida y de la paz, de la justicia y de la libertad que Dios dona a todos los hombres. Cuando Jesús anuncia que el reino está llegando, está diciendo que Dios, como señor y rey absoluto del cosmos y de la historia, muestra su soberanía, su amor misericordioso y su justicia: “¡El Señor es rey! ¡Que se alegre la tierra y salten de gozo los innumerables pueblos lejanos...” (Sal 97,1.10-11; cf. Sal 93; 96). Dios se presenta como soberano ofreciendo el perdón a los pecadores, haciendo justicia a los pobres y donando a todos la vida y la salvación.

A la intervención de Dios el discípulo responde con el compromiso y la respuesta de la fe, que se manifiesta sobre todo a través de “la conversión”. Cada hombre deberá modelar y orientar su conducta y su mentalidad según los valores del reino. La respuesta al reino supone un cambio de ruta en el camino de la vida, una nueva forma de relacionarse con Dios, con los demás y con el mundo. La conversión se apoya en la fe. Convertirse y creer en el evangelio son dos caras de la misma realidad. El hombre se convierte en la medida en que se adhiere a Cristo y al evangelio y cree en el proyecto de Dios.

Los discípulos de Jesús, que dejándolo todo lo siguieron, son el modelo de la humanidad que escucha y obedece la voz de Dios y acepta con fe el anuncio de la salvación.

 

(c) Sumario sobre la actividad de Jesús (vv. 23-25)

 

La tercera parte del texto (vv. 23-25) es una especie de sumario en el que se describe la actividad de Jesús. Su ministerio se sintetiza en tres aspectos: (a) la enseñanza en las sinagogas judías, donde se escucha la Escritura y se reflexiona sobre la palabra de Dios para comprender su voluntad; (b) el anuncio de la buena noticia del reino, es decir, la proclamación gozosa del cumplimiento de las promesas de Dios y el anuncio de su intervención definitiva en la historia; y (c) la curación de los enfermos y la acción benéfica que sana las dolencias del pueblo, como signo inequívoco de la llegada del tiempo mesiánico (Is 35,5).

Al final del texto Mateo insiste otra vez en la universalidad de la acción de Jesús: “lo siguió mucha gente de Galilea, la Decápolis, Jerusalén, Judea y el otro lado del Jordán” (v. 25). La actividad de Jesús va creando en torno a él un grupo de hombres y mujeres liberados de sus enfermedades, provenientes de toda la tierra de Israel e incluso de más allá de sus fronteras, abarcando la Siria y las zonas paganas de la Decápolis y Perea. Idealmente, en torno a Jesús es convocado el pueblo de Israel, pero no limitado a unas fronteras geográficas, sino con dimensiones universales, según el sueño mesiánico de los grandes profetas antiguos.