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PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO

(Ciclo C)

 

 

Jeremías 33,14-16

1 Tesalonicenses 3,12-4,2

Lucas 21,25-28.34-36

 

            El tiempo del adviento es un período propicio para renovar nuestra esperanza en la cercanía y en la gratuidad de la salvación de Dios. Las lecturas bíblicas de este primer domingo nos presentan a un Dios comprometido en transformar y llevar a su plenitud la historia humana. El profeta Jeremías anuncia el discreto brote de un retoño de paz y de justicia en medio de la aridez de la vida humana y Lucas proclama el regreso del Hijo del hombre como el evento liberador por excelencia. El hombre, por su parte, es llamado a responder con la vigilancia y el compromiso de una ética personal que vaya anticipando en el hoy de cada día la salvación definitiva. Acción liberadora de Dios y respuesta humana esperanzada y vigilante son la síntesis de la espiritualidad del adviento y de toda la existencia cristiana.

 

            La primera lectura (Jer 33,14-16) constituye un clásico oráculo de esperanza en el que se anuncia el surgimiento de un nuevo soberano para la casa de Judá. El texto inicia con la conocida frase profética: “Vendrán días, oráculo del Señor” (Jer 33,14), con la que se invita al pueblo a mirar el futuro con confianza en Dios. Los días que están por venir están en las manos del Señor y forman parte de su proyecto de salvación. El nuevo rey es descrito por el profeta con el símbolo vegetal del “retoño”: “En aquellos días, suscitaré a David un retoño legítimo que practicará el derecho y la justicia en el país” (Jer 33,15). En el desierto desolado de los hombres, en el tronco seco y árido de la dinastía de David, Dios hará brotar un pequeño signo de vida. Dios hace posible otra vez el milagro de la esperanza y de la salvación. Su amor no se extingue jamás y se sigue manifestando en medio de la esterilidad y el fracaso de las acciones humanas. El nuevo rey anunciado por el profeta será un auténtico representante de Yahvéh, el Dios que “ama la justicia y el derecho” (Sal 33,5; 37,28; 146,8). Su mismo nombre será: “Yahvéh-nuestra-justicia” (Jer 33,16). Se opone a Sedecías, el monarca de turno, injusto e incapaz, y cuyo nombre en hebreo irónicamente se puede traducir como “Yahvéh es justo”.  La verdadera “justicia”, que en la Biblia abarca dimensiones sociales y personales y que es sinónimo de salvación integral del hombre, será obra de aquel otro rey anunciado por el profeta y cuyo nombre es todo un proyecto de vida a favor del pueblo cansado y sufrido. A pesar de los pecados personales, las infidelidades del pueblo y los manejos políticos corruptos y violentos, hay motivos para seguir esperando en la justicia y en la paz.

 

            La segunda lectura (1 Tes 3,12-4,2) está tomada del escrito más antiguo del Nuevo Testamento, en donde la segunda venida del Señor constituye un motivo dominante. Se espera que de un momento a otro aparezca Cristo con toda la gloria de su divinidad, rodeado de nubes en el cielo, para llevar consigo a sus elegidos  y transformar para siempre nuestra historia (1 Tes 5,13-18). Sin embargo, a estos mismos creyentes a quienes se invita a esperar con impaciencia la vuelta del Señor, Pablo les propone unas pautas de comportamiento y una escala de valores muy concretos. A Jesús no se le espera de cualquier manera. El sentido definitivo de la historia, que se manifestará al final con el regreso glorioso de Cristo, se va construyendo y anticipando cotidianamente a través de una conducta agradable a Dios. Pablo exhorta a los cristianos a actuar para “agradar a Dios”  (1 Tes 4,1). Esta es la norma de vida fundamental de toda la moral cristiana. De esta forma los creyentes esperan la venida de Jesús “fuertes e irreprochables, como consagrados en presencia de Dios, nuestro Padre” (1 Tes 3,13). La expresión concreta de esta forma de vida es el amor mutuo. Con razón se puede resumir la exhortación moral de Pablo con estas palabras: “Que el Señor os haga crecer y desbordar de amor de unos a otros” (1 Tes 3,12).

 

            El evangelio (Lc 21,25-28-34-36) describe la venida del Hijo del hombre por medio del lenguaje metafórico de las catástrofes cósmicas (vv. 25-26). Estas imágenes de calamidades con proporciones universales y desastres naturales sorprendentes formaban parte del lenguaje habitual de los autores apocalípticos para describir las intervenciones de Dios. En ninguna forma deben ser interpretadas en forma literal. Lucas utiliza este mismo lenguaje simbólico para comunicar una verdad más profunda y radical: la cercanía salvadora de Dios. Lo decisivo del texto es el anuncio de la venida del Hijo del Hombre, “en una nube, con gran poder y gloria” (v. 27). La expresión “Hijo de hombre” está tomada del libro de Daniel y designa al Mesías que al final de los tiempos realizará la salvación definitiva de Dios a favor de sus elegidos.

El Hijo del hombre es Jesucristo y su venida es presentada por Lucas como el gran acontecimiento de la liberación humana. Los signos anticipadores de su venida indican la llegada de esta liberación que acontece en nuestra misma historia: “Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación” (Lc 21,28). Es ahora cuando tenemos que renovar nuestra esperanza y levantar la cabeza, es decir, colaborar activamente en la construcción del reino de Dios. Lo que será definitivo al final, se va realizando ya día a día por obra del mismo Cristo en el camino histórico de la humanidad.

Lucas ofrece también líneas concretas de conducta para vivir evangélicamente en la espera del Señor y presentarnos confiadamente ante él cuando venga en su gloria: “Procurad que vuestros corazones no se entorpezcan por el exceso de comida, por las borracheras y las preocupaciones de esta vida, porque entonces ese día caerá de improviso sobre vosotros...  Estad atentos, pues, y orad en todo tiempo, para que os libréis de todo lo que vendrá y podáis presentaros sin temor ante el Hijo del hombre” (v. 36). Ante los signos de los tiempos que indican la cercanía de la salvación es necesario realizar una opción moral adecuada y concreta. Por eso el cristiano se esfuerza cada día por liberarse de la “pesadez del corazón”, es decir, de la indiferencia, la inmoralidad y la superficialidad que le impiden contemplar a Dios como Padre y a los demás como hermanos. Igualmente ora “en todo tiempo” guiado por el Espíritu y en solidaridad con toda la creación que espera ser redimida de la corrupción para gozar de la libertad de los hijos de Dios (Rom 8,18-25).