Is 40,1-5.9-11

2Pe 3,8-14

Mc 1,1-8

 

La consolación y la misericordia de Dios constituyen el tema central de la liturgia de hoy. En medio de la aflicción, del dolor y la desesperanza de Israel resuena la palabra profética que anuncia de parte de Dios el final del exilio y el regreso a Jerusalén: un oráculo profético que pone de manifiesto la constante voluntad divina de liberar al hombre esclavo. Después del tiempo de la prueba y de la expiación del pueblo, Dios hace florecer en la historia un nuevo inicio. La figura de Juan Bautista marca también un nuevo comienzo en la historia. En el lugar de la muerte y de la tentación, en el desierto, resuena “una voz”. Es la palabra del Bautista que prepara y anticipa la llegada de la Palabra, evento que marcará el verdadero nuevo inicio de la creación y de toda la humanidad. Juan, en cierto modo, sintetiza y simboliza la esperanza y las aspiraciones de Israel y de toda la humanidad.

 

La primera lectura (Is 40,1-5.9-11) constituye la introducción a la segunda parte del libro de Isaías, que comprende los capítulos 40-55. Estos capítulos son conocidos con el nombre de “Segundo Isaías” o “Deuteroisaías” (Is 40-55), el profeta anónimo que durante el tiempo del exilio animó la esperanza del pueblo y anunció el feliz retorno a la tierra.

El texto que hoy se proclama en la liturgia, al igual que toda la obra del Deuteroisaías, debe ser situado en un período de la historia de Israel marcado por la inquietud y la incertidumbre, el desanimo y la desesperanza. El oráculo profético hace resonar en medio de las ruinas de la ciudad desconsolada y sin esperanza el fundamento de la alianza entre Dios y su pueblo (v.1: “mi pueblo”–“vuestro Dios”). La historia y el diálogo entre Dios y el hombre no se ha roto para siempre. Dios busca a alguien que lleve a Jerusalén este anuncio de vida y de liberación para que el pueblo se llene de ánimo y de confianza. Su voz se deja oír allí donde sólo hay llanto y lamento. Se apresura a anunciar el final de la esclavitud, de la pena y del castigo: “Consolad, consolad a mi pueblo –dice vuestro Dios–. Hablad al corazón de Jerusalén y decidle que está perdonada su culpa pues ha recibido del Señor el doble por todos sus pecados” (v. 1). La misión de este profeta es descrita continuamente como “consolación” del pueblo (Is 49,13; 51,3; 51,12.19; 52,9).

La consolación de Dios no es un simple sentimiento de piedad hacia el que sufre. Cuando la Biblia dice que Dios está consolando a su pueblo quiere decir que está interviniendo para transformar una situación de humillación y de dolor. En realidad, si Dios no consuela no hay consolador. Refiriéndose a la destrucción de Jerusalén, el autor del libro de las Lamentaciones exclama acerca de la ciudad: “Llora que llora por las noches.. Ni uno hay que la consuele” (Lam 1,2). Sólo la Palabra de Dios puede consolar y hacer vivir (Sal 119,50: “Este es mi consuelo en la tristeza: que tu Palabra me da vida”). Y sólo las palabras humanas inspiradas y modeladas según la Palabra de Dios pueden ser consoladoras de otros hombres (cf. 2 Cor 1,3-7). Jerusalén, símbolo del pueblo de Dios, ha pagado caro sus errores y su infidelidad. El exilio y la destrucción han sido el fruto de sus iniquidades. Pero ahora resuena un anuncio que permite seguir viviendo: Dios llama otra vez al pueblo “mi pueblo” y quiere consolarle, “apacentarlo, llevarlo en brazos y conducirle como un pastor a su rebaño” (Is 40,11).

A continuación el profeta habla de un “camino” que el pueblo tendrá que recorrer. Un camino en el desierto que le permitirá pasar de su situación anterior –de muerte y de pecado–, a otra nueva –de vida y de esperanza–. Dios consuela pero el pueblo debe disponerse a aceptar el don de la liberación poniéndose en camino. El inicio de una existencia nueva está marcado por un camino que Dios y el pueblo tendrán que hacer juntos, como en el Éxodo, donde la gloria del Señor iba delante de Israel indicándole la vía a seguir (Ex 13,21-22; 24,16; 40,34-35). Por eso el profeta grita: “Preparen el camino del Señor (en hebreo: derek yhwh), tracen en la llanura una senda para nuestro Dios” (v. 3). El camino más importante no es el camino geográfico que conduce de Babilonia a Jerusalén, sino el camino del espíritu que el pueblo tiene que recorrer para volver a Dios. Este último es el verdadero camino que hay que preparar. Ha llegado el tiempo de volver a los caminos de Dios que muchas veces no coinciden con los nuestros (Is 55,10-11). Y esto exige docilidad y obediencia para dejarse guiar por Dios que nos preceda e ilumine (Is 48,17: “Yo soy el Señor, tu Dios, te instruyo por tu bien y te marco el camino a seguir”. Y sobre todo exige que se abajen las montañas y las colinas del orgullo y de la omnipotencia humana y se destruyan los ídolos colocados en las alturas de las colinas (Jer 13,27). “Entonces se manifestará la gloria del Señor y la verán juntos todos los hombres” (Is 40, 5). Precisamente cuando el hombre transita por el camino de la humildad y de la obediencia de la fe, vuelve a contemplar la gloria de Dios. En el exilio –fruto del pecado y de la infidelidad– se había revelado el pecado de Israel, en el camino de regreso se manifestará la gloria de un Dios que salva y da la vida.

Todo el texto es concebido como un alegre anuncio, como un verdadero “evangelio”. El profeta es como un heraldo colocado en un monte de Jerusalén; él se ha anticipado a la procesión del regreso de los exiliados para presentar su llegada y la llegada del Señor con ellos a toda la tierra de Israel. Debe gritar con fuerza para que todos puedan oír su mensaje de vida, de salvación y de victoria: “Súbete a una montaña elevada, tú que llevas buenas noticias a Sión; levanta con fuerza tu voz, tu que llevas buenas noticias a Jerusalén....” (Is 40, 9). En realidad la noticia es una sola: “Aquí está tu Dios” (v. 9). La ciudad derrotada en el pasado, la ciudad que ha sufrido el asedio y la devastación, cambiará su destino y se prepara para acoger al soberano victorioso. Dios sigue amando a su pueblo y quiere volverle a dar la vida y la salvación. El mismo Señor en persona precede todo el cortejo triunfal, como general victorioso (v. 10) y como pastor amoroso (v. 11). Se cumplen las palabras de Jeremías: “El que dispersó a Israel, lo reunirá y lo guardará como un pastor a su rebaño” (Jer 31,10).

 

La segunda lectura (2Pe 3,8-14) centra toda su atención en la última y definitiva intervención de Dios en la historia. La expresión “día del Señor”, tomada de la literatura profética, indica el evento decisivo de la historia cuando Dios instaurará su reino de justicia y de paz en un mundo renovado. Las imágenes apocalípticas de la destrucción quieren poner de manifiesto la novedad del momento. Todo lo que parece estable y firme en la historia cederá el paso a lo verdaderamente nuevo, a “unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia” (2 Pe 3,13). El día del Señor no es un día de ira, ni de destrucción ni de ruina, sino el inicio de una nueva creación en donde el reino de Dios finalmente llegará a su plenitud.

 

El evangelio (Mc 1,1-8) de hoy es el inicio de la obra de Marcos, que quiere presentar al creyente el origen y el fundamento de “la alegre noticia”: la de Jesús, el Mesías e Hijo de Dios (v. 1). El gran tema del evangelio de Marcos, en efecto, es la identidad de Jesús. Nos lo dice en las primeras palabras del libro: “Comienzo de la buena noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios”. Marcos quiere contar la historia de Jesús, pero no como una simple noticia entre otras, sino como “buena noticia”. Buena noticia es una expresión que traduce la palabra griega que usa Marcos: “euaggelíon” (evangelio).

La palabra “evangelio” indicaba en el mundo antiguo ante todo un mensaje proclamado oralmente. En el mundo griego hacía referencia a una noticia alegre y consoladora, que llenaba de gozo a quien la recibía, pues le comunicaba un acontecimiento que podía cambiar su vida y mejorarla: la victoria de un rey sobre los enemigos, la entronización de un nuevo monarca que traería la paz, etc. Para Marcos solamente hay un evangelio: Jesucristo. Y él lo desea anunciar con su escrito. Está convencido que sólo en él se puede encontrar la vida y el sentido de la existencia, y que sólo él es la verdadera noticia buena y vivificante para la humanidad. La expresión “buena noticia de Jesús”, tal como está escrita en griego, puede significar dos cosas. Puede referirse al mensaje, a la palabra de Jesús, que es buena noticia para quien la escucha; pero también puede ser una forma de hablar de Jesús mismo como noticia buena. Casi es mejor preferir el segundo sentido de la expresión: Jesús personalmente es la buena noticia, como Mesías y como Hijo de Dios, pero no como una doctrina religiosa o como simple teoría hecha de títulos y nociones frías. Es el anuncio de un acontecimiento que cambia la historia y la vida de cada hombre que se abre a él. La originalidad de Marcos está en utilizar un “relato” como medio para expresar el misterio de la persona de Jesús.

Sin embargo, Marcos no piensa en un inicio absoluto. La “buena noticia” fue ya anunciada por los profetas, sólo que ahora encuentra su cumplimiento definitivo y aparece claramente el significado de lo que se había proclamado siglos antes: el Mesías esperado en Jerusalén, el Pastor de Israel que conduce en brazos a sus corderos, la Gloria del Señor que todo hombre podrá ver, es Jesús de Nazaret. Su llegada está precedida inmediatamente de un heraldo, Juan el Bautista quien, como el profeta de la primera lectura, ayuda al pueblo a prepararse y a salir al encuentro del Señor que llega. Marcos lo identifica precisamente con el heraldo de Is 40,3 y con Elías que regresa del que habla el profeta Malaquías (Mal 3,1).

 Juan Bautista predica en “el desierto”, lugar de decisión y de prueba. Hasta él acuden, movidos por su fama, los que en Judea y en Jerusalén no hallan la respuesta. Practica un rito penitencial, un “bautismo de conversión” (metanoia) (v. 4), que se expresa en la confesión pública de los pecados y que sella la reconciliación con Dios (v. 5). Juan está a la orilla del río del Jordán (v. 5). El lugar es significativo. Quienes acuden a él reviven el camino de Israel, que atraviesa el Jordán antes de entrar en la tierra prometida. Sólo que ahora se preparan, no a tomar posesión de la tierra, sino a recibir al Señor que está por llegar.

La voz y el gesto de Juan hablan de otra persona, uno que viene detrás de él y que “es más fuerte” (v. 7): Cristo Jesús, “el fuerte” por excelencia, como Dios (Jer 32,18: “Eres un Dios grande y fuerte que llevas por nombre Señor todopoderoso”; Dan 9,4: “Señor Dios, grande y terrible”). Ante él, el Bautista confiesa: “no soy digno de postrarme ante él para quitarle la correa de sus sandalias” (v. 7). Esta frase, más que una declaración de humildad delante de Jesús, es confesión de la propia incapacidad. El texto habla de un derecho que Juan no posee. Él prepara y purifica a la esposa para hacerla digna del esposo que llega, pero no posee el poder jurídico de apropiarse de la esposa (Dt 25,5-10; Rut 4,7). Quitarle la sandalia a otro era, en efecto, ocupar su derecho jurídico. Él es sólo el amigo del esposo, que se alegra de oír su voz y está llamado a disminuir para que él crezca (Jn 3,27-28). El Mesías, que está por llegar, es el único que puede derramar el Espíritu, dando así inicio a la nueva y definitiva creación (Ez 37): “Yo los bautizo con agua, pero él los bautizará en el Espíritu Santo” (v. 8).

Los textos de hoy son una invitación a descubrir con gozo a Dios que está por llegar en Cristo Jesús. En medio del desierto de la historia resuena una palabra que nos llama a lo esencial de la fe, a la confianza y a la docilidad en el Señor. Hay que ponerse en marcha, hay que preparar “el camino del Señor”, a través de la escucha de la Palabra y de la conversión sincera. Hay que enfilarse hacia el Jordán para atravesarlo y sintonizar con la novedad de Cristo que llega. El adviento nos invita a emprender un camino que coincide con el de la solidaridad con los que sufren y son despreciados, una peregrinación de fe y de esperanza que va anunciando un mundo nuevo.