II DOMINGO DE ADVIENTO

(Ciclo A)

 

 

 

Isaías 11,1-10

Romanos 15,4-9

Mateo 3,1-12

 

            La liturgia de este domingo nos coloca delante de la palabra profética que delinea los rasgos fundamentales del Mesías y prepara su llegada en la historia y en las conciencias de los hombres. La espléndida página de Isaías recuerda que la llegada del Mesías es acompañada del gran don del Espíritu, que transforma al hombre colmándolo de sabiduría, fortaleza y amor. El resultado es un mundo pacificado y sereno, en donde “nadie hará daño, ni nadie hará mal... porque la tierra estará llena del conocimiento del Señor, como cubren las aguas el mar” (Is 11,9). La predicación de Juan Bautista, el austero profeta del desierto que prepara los caminos del Señor, anticipa la predicación de Jesús: “Convertíos porque ha llegado el Reino de los Cielos” (Mt 3,2). Sus palabras nos recuerdan que la única manera de acoger al Mesías que está por llegar es “enderezar nuestras sendas”, liberarnos de falsas seguridades y reorientar la ruta de nuestra vida según la voluntad de Dios.

 

            La primera lectura (Is 11,1-10) está tomada del llamado “libro del Enmanuel” en el volumen del profeta Isaías (Is 7-12). Se trata de un magnífico poema mesiánico que canta con rasgos ideales la época futura del Mesías como un tiempo paradisíaco de justicia y de paz, utilizando vivas imágenes tomadas del mundo vegetal y animal.

            El texto comienza evocando un tronco cortado y seco del cual “saldrá un brote”, de cuyas raíces “un retoño brotará” (v. 1). Aquel tronco es el símbolo de los pecados y de la infidelidad de la dinastía de David. Por eso se le llama “tronco de Jesé”, pues Jesé fue el padre de David (1 Sam 16,1ss). En aquel tronco ya muerto brota un retoño absolutamente inesperado, un brote que es gracia y don de Dios. Aquel tronco representa también la historia humana con todas sus sombras y perversidades. El anuncio del profeta es inaudito. Ahí donde las posibilidades humanas no son ya capaces de hacer florecer algo nuevo, Dios hace surgir una novedad absoluta, un brote de vida y de esperanza.

            Aquel germen de novedad es imagen y prefiguración del Mesías. La idea del pequeño ramito que comienza a crecer atrae la idea del viento-espíritu (hebreo: ruah) que se posa sobre él (v. 2). El viento que sopla sobre aquel retoño novedoso es símbolo del Espíritu que se posa sobre el Mesías y que él donará en plenitud a la humanidad (Jn 1,32-33; 3,34). Se repite en el texto por cuatro veces la palabra “espíritu” en el v. 2, evocando el símbolo cuaternario del cosmos y de la totalidad. La manifestación del Espíritu es multiforme: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia y temor del Señor. Su presencia en el Mesías se manifiesta sobre todo en su obra de justicia en favor de los más pobres de este mundo. De la plenitud de los carismas brota un gobierno justo, que según la visión mesiánica de Isaías consiste en la defensa de los desvalidos y en la eliminación de los que, promoviendo la injusticia, hacen imposible la paz entre los hombres. El Mesías, en efecto, “juzgará con justicia a los débiles... y herirá al hombre cruel con la vara de su boca” (v. 4).

            Al final del texto la paz establecida por el Rey Mesías se extiende al mundo animal, estableciendo en el mundo una especie de nuevo paraíso. Animales feroces (lobo, leopardo, león, oso) conviven con animales domésticos (cordero, cabrito, vaca, buey). Todo sometido al hombre considerado en su condición de mayor debilidad: “un niño pequeño los conducirá” (v. 6). Sobresale en el texto “la serpiente”, animal que evoca la rebelión originaria de la humanidad frente a Dios. También esta realidad contradictoria y enigmática de la condición humana queda transformada: “en la hura de la víbora, un niño recién destetado meterá la mano” (v. 8). Destruidos los malvados y amansadas las fieras, el mal habrá desaparecido para siempre. La humanidad finalmente habrá conocido al Señor (v. 9). Un sueño maravilloso en el cual podemos creer y esperar, pues se fundamenta no en la debilidad del hombre, sino en la fidelidad de Dios y de Jesús de Nazaret su Mesías.

 

            La segunda lectura (Rom 15,4-9) constituye la conclusión de la parte doctrinal de la carta de Pablo a los Romanos. Hay dos ideas claves para iluminar la espiritualidad del adviento: la importancia de las Escrituras antiguas para alimentar la esperanza y la descripción del Mesías como siervo que da cumplimiento a las promesas. En primer lugar el texto nos recuerda la actualidad de la palabra del Antiguo Testamento para la vida espiritual del cristiano, pues “todo cuanto fue escrito en el pasado se escribió para enseñanza nuestra, para que con la paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza” (v. 4). En segundo lugar Pablo ofrece un perfil fundamental del rostro auténtico del Mesías, quien “se hizo siervo.. en favor de la veracidad de Dios” (v. 8), acogiéndonos misericordiosa y gratuitamente para gloria de Dios(v. 7). También los creyentes, por tanto, están llamados a vivir “unánimes”, glorificando a una voz al Dios verdadero y acogiéndose mutuamente los unos a los otros a imagen de Jesús Mesías (vv. 6-7).

 

           El evangelio (Mt 3,1-12) nos traslada al desierto de Judea, en donde Juan el Bautista desarrolla su ministerio, predicando y bautizando para la conversión de los pecados. El evangelista ha colocado en boca de Juan lo que será la síntesis de la predicación de Jesús: la llamada a un cambio radical de vida a causa de la llegada del Reino (v. 2).

            Mateo coloca al Bautista en la misma línea profética de Elías, el antiguo profeta de fuego celoso por la gloria de Dios (1 Re 17-19). Su cercanía con el desierto y su mismo vestido evocan a Elías (2 Re 1,8). El dato es significativo. Al Mesías Jesús lo precede, no un sacerdote o un escriba de la ley, sino un nuevo profeta, pues la palabra mesiánica será ante todo un vigoroso mensaje profético. Con razón más de una vez quienes experimentaron la liberación traída por Jesús lo vieron como profeta: “Un gran profeta ha surgido entre nosotros” (Lc 7,16; cf. Jn 6,14).

            El evangelio no se detiene a describir el rito bautismal practicado por Juan, que seguramente era un signo exterior de carácter penitencial. Se centra sobre todo en su predicación, la cual con acentos vivamente polémicos se dirige a las autoridades oficiales del judaísmo, representadas aquí por “fariseos” (laicos reformistas apegados a la ley) y “saduceos” (funcionarios del templo fuertemente conservadores y familias ricas de Jerusalén). Para Mateo ambos grupos encarnarán más tarde la oposición al proyecto mesiánico de Jesús. Son llamados en el texto “raza de víboras”, frase que más tarde utilizará también Jesús contra ellos (cf. Mt 12,34; 23,33). Según la antigua tradición judía, la figura de la serpiente insidiosa es símbolo de la maldad perversa y obstinada (cf. Is 14,29).  Los jefes del judaísmo son los adversarios del proyecto salvador de Dios, revelado y realizado por Jesús. Todo aquello que entra en contradicción con el reino de Dios merece ser emparentado con la serpiente antigua.

            El discurso de Juan nos hace recordar a los antiguos profetas que llamaban a Israel a la conversión y a la autenticidad. El Bautista desmonta la falsa seguridad fundamental de Israel, es decir, su pertenencia religiosa al pueblo de Dios, estirpe de Abraham (v. 9). Los méritos del Patriarca, el justo por excelencia, no pueden invocarse como pretexto para huir del juicio de Dios. El criterio último y decisivo para escapar del juicio y de la condena es una praxis de “conversión” que demuestre el cambio interior y radical de la persona. Para Mateo aquellas palabras de Juan deberían también sacudir las conciencias de los cristianos lectores de el evangelio, quienes están llamados a liberarse de las falsas seguridades religiosas y del ritualismo estéril.

            El juicio de Dios es descrito por el predicador del desierto con las imágenes tradicionales de los antiguos oráculos proféticos: el árbol cortado a la raíz (Is 6,13; 66,15-16; Ez 22,31; 31,12; Dan 4,11; etc) y el fuego (Is 29,6). La última parte de la predicación de Juan, de carácter mesiánico, conserva el tono de urgencia escatológica. El “más fuerte” que está por llegar es un Mesías y Señor poderoso que realiza el juicio definitivo de Dios, ya que bautiza con el Espíritu Santo y fuego (v. 11). Trae en su mano el bieldo y, como al final de la cosecha, comienza a limpiar la era: “recogerá el trigo en el granero, pero la paja la quemará con fuego que no se apaga” (v. 12).

            La predicación del Bautista da a la espiritualidad cristiana del adviento un gran espesor de radicalidad y autenticidad. Es necesario liberarnos de una concepción de la navidad en línea exclusiva y exageradamente sentimentalista. El evangelio de hoy nos recuerda que la llegada del Mesías inaugura el tiempo definitivo, en el que Dios ofrece a la humanidad la última oportunidad de salvación con la llegada del Reino. El Mesías Jesús que nacerá en Belén pondrá de manifiesto el mal que se esconde solapado bajo múltiples hipocresías humanas y realizará una radical purificación de las conciencias, limpiando y quemando la escoria y los deshechos del mal y del pecado. Delante de él no valen privilegios. El don del Espíritu que él infundirá en la nueva humanidad y la gracia de la paz con la que soñó Isaías exigen de parte de todos un auténtico cambio de vida.