CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO

(Ciclo A)

 

Isaías 7,10-1

Romanos 1,1-7

Mateo 1,18-24

 

            A las puertas de la navidad escuchamos sobrecogidos y llenos de alegría el “Nombre” del Mesías: “Emmanuel”, “Dios-con-nosotros” (Mt 1,23). El evangelio de Mateo inicia y concluye con esta certeza. En Mt 1,23 se cita el célebre oráculo de Isaías; al final, en Mt 28,20 escuchamos la promesa de Cristo Resucitado: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos”. La fe cristiana se fundamenta en la presencia del Dios cercano que ha llenado la historia con su presencia salvadora a través de Jesús de Nazaret, el Mesías y el Señor. En el evangelio de hoy resaltan las figuras José y María, que representan a la humanidad fiel y creyente, dos vocaciones al servicio del misterio. La vocación de María a la maternidad divina y la vocación de José a la paternidad legal anticipan la vocación de todos los cristianos que, en modos y grados diversos, encuentra su sentido y su culminación en la comunión y el anuncio de Cristo.

 

            La primera lectura (Is 7,10-14) es el célebre oráculo que el profeta Isaías dirigió al rey Ajaz durante la llamada guerra siro-efraimita en el año 734 a.C., cuando Damasco y Siria habían puesto en peligro la autonomía política de Jerusalén. En aquel dramático momento histórico que vive la nación, Isaías expone a Ajaz su propuesta político-teológica-militar que exigía prudencia humana, renuncia a intrigas y pactos inútiles (Is 7,4a: “¡Alerta, pero ten calma! No temas, ni desmaye tu corazón”), pero sobre todo fe inquebrantable en el Señor (Is 7,9: “Si no os afirmáis en mí, no seréis firmes”). La propuesta de Isaías es clara: ser prudente y hábil en el ámbito político pero apoyándose únicamente en Dios. Por eso le propone a Ajaz que le pida al Señor un signo con el cual pueda estar seguro del auxilio divino y que ayude a robustecer el aspecto racional de su fe: “Pide para ti una señal del Señor, tu Dios” (v. 11). La fe debe hacer que el rey se comprometa con todas sus capacidades en la aceptación de los planes de Dios.

            Ajaz, sin embargo, amparado en una falsa religiosidad (v. 12: “no tentaré al Señor”), intenta esconder su falta de fe. Tiene temor de un signo milagroso que lo comprometería demasiado y entonces opta por un pretexto evasivo. La bondad de Dios supera, sin embargo, la hipocresía del rey. A pesar de su actitud, Dios le ofrece el signo bajo la forma de un oráculo-anuncio del nacimiento de un sucesor en el trono, su futuro hijo Ezequías. Obviamente que ahora el signo no tiene la función de fortalecer la fe del rey, sino de confirmar la fidelidad del Señor que supera incluso las incredulidades humanas.

            El anuncio de un sucesor ocurre precisamente cuando peligraba el presente y el futuro de la dinastía davídica que, en la tradición religiosa de Israel, representaba la presencia viva de Dios en la historia (2 Sam 7). Isaías anuncia el nacimiento de un heredero al trono: “He aquí que una joven está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel”. “Emmanuel” es una expresión hebrea que significa “Dios-con-nosotros” y que explica el valor religioso del signo. Este nombre simbólico, con el que se evoca al futuro rey piadoso Ezequías, servirá para que Ajaz y todo Jerusalén sepan que Dios no abandona a su pueblo. El nacimiento del niño –Ezequías– garantizaba la continuidad de la dinastía davídica, actualizaba las promesas, anunciaba salvación. Su nombre, Emmanuel, resume la alianza de Dios con su pueblo por medio del rey.

En el texto hebreo masorético el término utilizado para la madre del niño es ‘almá (joven), que luego fue traducido por los LXX en griego parthenós, (virgen), versión que siguen nuestros libros litúrgicos. En la tradición judía la “joven” (‘almá) se entendió como “virgen”, lo cual explica que haya sido introducido el cambio en la versión griega; la tradición cristiana a la luz de la traducción griega ha pensando en la Virgen (María) (Mt 1,13), y así lo trasmiten hoy nuestros libros litúrgicos. “Es que este oráculo tiene un horizonte profético profundo, que se va haciendo patente a las generaciones sucesivas: la garantía de la continuidad dinástica tiene su razón de ser en el heredero mesiánico; la salvación sigue gravitando hacia “el Salvador”, “Dios-con-nosotros” está realmente en Cristo” (Luis Alonso Schökel).

 

La segunda lectura (Rom 1,1-7) constituye el saludo inicial de la carta de Pablo a los Romanos. Pablo se presenta como apóstol, es decir, “enviado”. Enviado por Jesús, el Mesías esperado, descendiente de David, que no ha subido al trono de un reino judío independiente, como esperaban algunos (Hch 1,6), sino que, en virtud de su resurrección y por la acción del Espíritu Santo, ha sido nombrado o establecido en el trono como Hijo de Dios con plenos poderes (2 Sam 7,9; Sal 110,1). La novedad del texto reside en la “plenitud” del poder, pues Jesús era el Hijo desde siempre (Rom 8,3). Ahora la fuerza salvadora propia de Dios en favor de los creyentes. Se le puede confesar como Hijo de Dios porque participa de la capacidad divina de vivificar y de salvar a los hombres. Como resucitado, no forma ya parte de la esfera de la existencia humana débil y caduca. Ha entrado, en cambio, en el mundo de Dios, caracterizado de vida inmortal, plenitud de esplendor y de luz.

 

El evangelio (Mt 1,18-24) tiene como objetivo clarificar en qué sentido Jesús era al mismo tiempo “hijo de David” (Mesías) e “Hijo de Dios”. Por tanto este texto sobre el origen de Jesús es una verdadera página de catequesis cristológica centrada sobre la paradoja de Jesús, hijo de David por medio de José, e Hijo de Dios, nacido de María gracias a la intervención del Espíritu Santo.

Según Mateo, la concepción de Jesús ocurre en el intervalo que vivían las parejas según el derecho hebreo entre el noviazgo y la convivencia matrimonia: “Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo” (v. 18). El texto alude a la perplejidad de José ante el hecho extraordinario de la concepción virginal de María, de lo cual él no sabe nada. A José de Nazaret se le presentan dos posibilidades: (a) la acusación de adulterio con la consecuente ruptura del contrato de noviazgo mediante acta de repudio público según la ley o (b) el reconocimiento del origen misterioso de la concepción, separándose de su futura esposa para no aparecer como el padre de un hijo que viene de Dios.

El conflicto interno de José es expresado en el texto con dos calificativos. José era “justo” y al mismo tiempo “esposo de María”. Como esposo y justo, es decir, fiel a la ley y a la tradición de los padres, no puede convivir con una mujer sospechosa de adulterio. Por otra parte, no teniendo pruebas de su infidelidad, como persona justa y ecuánime, no puede exponerla a la condena con una denuncia pública. De ahí que tome la decisión de separarse privadamente sin proceso público (v. 19).

Es en este momento cuando Dios interviene revelando a José en sueños el misterio de la concepción del hijo de María (v. 20-21). Es importante, sin embargo, comprender el sentido de la revelación del ángel a José. Su objetivo no es el de resolver un conflicto que se ha presentado entre dos esposos, sino revelar la verdadera identidad de Jesús: él es el salvador de origen divino que realiza las esperanzas mesiánicas. José, acogiendo la revelación divina sobre el origen divino de Jesús y aceptando su papel de padre legal del niño, se presenta como hombre “justo”, no ya en el plano ético-legal de la antigua alianza, sino en el sentido evangélico de la nueva alianza como uno que realiza plenamente la voluntad divina realizada en Jesucristo. Él es el hombre justo y obediente, abierto a los caminos de Dios y dócil a su voluntad.

José acepta la paternidad legal del niño. De este modo Jesús, el hijo de María Virgen, entronca directamente con la línea davídica. El Hijo de Dios es también ahora hijo de David. El nombre lo recibe del padre legal. José le llama como el ángel le ha indicado: Jesús, en hebreo yehoshua, es decir “Yahweh salva”. El origen divino de Jesús y su misión salvadora aparecen condensados maravillosamente en su nombre. Así lo explica el ángel a José: “Él salvará a su pueblo de los pecados” (v. 21).

El relato concluye con la citación del oráculo del Emmanuel del profeta Isaías. El texto del Antiguo Testamento viene a confirmar el carácter eminentemente cristológico de todo el relato y tiene el valor de una explícita reflexión teológica. El texto de Is 7,14, tomado de la versión griega de los LXX, es un comentario más que se añade al nombre-misión de Jesús Mesías. En él se hace presente Dios para salvar a su pueblo. En otras palabras, Mateo interpreta el nombre de “Jesús”, el Salvador, mediante el título profético de “Emmanuel”, Dios con nosotros. La concepción virginal de Jesús es un signo para la fe cristiana –como lo fue Ezequías para Ajaz (primera lectura)– a través del cual los creyentes reconocen en Jesús, el hijo de María, la definitiva manifestación salvadora de Dios, según las palabras del Señor resucitado: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos” (Mt 28,20).