Ciclo C 

 

 

Hechos 1,1-11

Hebreos 9,24-28

Lucas 24,46-53

 

Las palabras que los “dos hombres vestidos de blanco” dirigen a los apóstoles en Hch 1,11 sintetizan la teología y la espiritualidad de esta solemnidad: “Por qué se han quedado mirando al cielo?”. Es una invitación a no perder el tiempo pasivamente cuando hay que ser testigos de Jesús y a no esperar del cielo soluciones milagrosas o revelaciones especiales. La desaparición material de Jesús marca el inicio de la misión y del compromiso de la iglesia. La fe verdadera se expresa, según las palabras de Jesús en Hch 1,8, en la experiencia de la fuerza del Espíritu Santo, en el testimonio cristiano en el mundo y en la apertura universal de la iglesia. La ascensión, más que recuerdo, es exigencia y llamado a la misión y al compromiso. 

 

La primera lectura (Hch 1,1-11) constituye la introducción general al libro de los Hechos de los Apóstoles, que enlaza directamente con el final del evangelio de Lucas (Hch 1,1; cf. Lc 24,45-53: “Ya traté en mi primer libro querido Teófilo todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el principio hasta el día en que subió al cielo...”). De esta forma Lucas sigue el uso literario de la época de introducir el segundo volumen de una obra con una introducción que resumía el libro anterior. Para Lucas, la actividad terrena de Jesús concluye no con el momento de su muerte, sino con su ascensión al cielo, que incluye naturalmente la experiencia pascual de las apariciones. Por eso de ahora en adelante serán los apóstoles, aquellos que han visto al Señor y han sido instruidos por él “bajo la acción del Espíritu Santo” (Hch 1,2), los testigos autorizados de la palabra de Jesús y de su resurrección. En efecto, Lucas insiste en el realismo de las apariciones y en la enseñanza de Jesús Resucitado a los apóstoles antes de subir al cielo: “Después de su pasión, Jesús se les presentó muchas veces con muchas y evidentes pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios” (Hch 1,3).

El “cuarenta” es un número simbólico que evoca un tiempo perfecto y arquetípico. El tiempo necesario para pasar de una etapa a otra en la historia de la salvación y, por tanto, el tiempo de las manifestaciones divinas importantes y decisivas. El número evoca los cuarenta años que Israel caminó en el desierto siendo probado y educado por Dios (Dt 8,2-6); los cuarenta días que pasó Moisés en el monte Sinaí para recibir la Ley de parte de Dios (Ex 24,18); los cuarenta días de Jesús en el desierto antes de iniciar su misión (Lc 4,1-2). “Cuarenta” indica el tiempo de la prueba y de la enseñanza necesaria. En los Hechos, sin embargo, se insiste solamente en la segunda dimensión. En la tradición de los rabinos, el número “cuarenta” también tenía, en línea con la tradición bíblica, un valor simbólico para indicar un período de aprendizaje completo y normativo. Lucas quiere poner de manifiesto que los apóstoles han recibido del Señor resucitado aquella formación autorizada y completa que los prepara para continuar su obra y ser testigos del reino de Dios en la historia.

 

Jesús les recomienda además no apartarse de Jerusalén y esperar la promesa del Padre, el don del Espíritu Santo (v. 4). Jerusalén, la ciudad en la cual Jesús concluyó su camino, se convierte en el punto de partida de la misión de la iglesia. En Jerusalén los apóstoles recibirán el don escatológico del Espíritu Santo y desde allí comenzarán a ser testigos de Jesús hasta los confines de la tierra. Jerusalén es y permanecerá para siempre la madre de todas las iglesias. La misión de la comunidad cristiana, en efecto, echa sus raíces en aquella misma ciudad santa, sede del Templo y centro de toda la tierra santa, porque como anunció Isaías: “de Sión saldrá la Ley, de Jerusalén la Palabra del Señor” (Is 2,3). En Jerusalén los apóstoles serán “bautizados en el Espíritu Santo”, es decir, serán inmersos en la potencia divina y vivificante del Espíritu que los llenará plenamente (Hch 2). 

El texto hace referencia a la mentalidad de los apóstoles, con relación a la instauración del reino mesiánico en favor del pueblo elegido, enraizada en la esperanza mesiánica del Antiguo Testamento: “Señor, ¿vas a restablecer ahora el reino de Israel?” (v. 6). Esta expectativa no era necesariamente nacionalista o política, sino que reflejaba la estrecha concepción del pueblo de la primera alianza que limitaba la salvación a Israel. Al mismo tiempo, la pregunta evoca un interrogante de la iglesia primitiva y que en nuestro tiempo vuelve a resultar de actualidad: “¿cuándo va a ser reconstruido el Reino?”. Jesús rechaza categóricamente todas las especulaciones apocalípticas sobre la fecha del fin del mundo. Ese momento definitivo del reino sólo lo conoce el Padre que guía la historia de la salvación: “No les toca conocer a ustedes los tiempos y momentos que ha establecido el Padre con su autoridad” (v. 7). En un segundo momento Jesús les enseña que no hay conexión temporal directa entre el don del Espíritu y la llegada del reino. La experiencia del Espíritu más bien servirá para dar inicio al tiempo de la iglesia, a la misión de la comunidad cristiana (Hch 1,8).

Después de este diálogo con Jesús Lucas relata la ascensión del Señor (vv. 9-11). Para comprender la narración de Lucas hay que tener en cuenta que utiliza un conocido esquema simbólico presente en tantas religiones y también en la Biblia, que coloca en lo “alto”, en el “cielo”, todo aquello que es mejor y que domina el ámbito “horizontal”, de “abajo”, de nuestro mundo, en el cual se coloca el mal y la muerte. Por eso la Biblia habla muchas veces que Dios “baja” del cielo para hablar con el hombre (Gen 11,5; Es 19,11-13; Sal 144,5) y vuelve a “subir” después de realizar su obra (Gen 17,22). Por tanto, el lenguaje simbólico de la ascensión no hay que interpretarlo en base a esquemas espaciales, que representan solamente la envoltura externa de la verdad que se quiere comunicar. Es necesario leer la ascensión desde la óptica de la pascua y captar en este misterio el mensaje fundamental: Jesús ha sido introducido eternamente en el ámbito de la trascendencia y en el mundo de lo divino. Lucas ha intentando hacer visible la afirmación de fe en relación con la plenitud divina del Resucitado y su señorío absoluto en el mundo. Sin embargo, en el texto el acento está puesto sobre todo en la “despedida”. Se trata de una “separación”. El Señor Jesús ya no está presente en medio de nosotros en forma física; su cuerpo glorificado está presente ahora en la historia con la fuerza vivificante de Dios.

La “nube” que oculta a Jesús de la vista de los discípulos es precisamente el signo de esta nueva forma de presencia. Un signo que, al mismo tiempo, “esconde” y “revela” la trascendencia de Dios. En el Antiguo Testamento la nube –que ocultaba la presencia de Yahvéh– indicaba, al mismo tiempo, su cercanía: una presencia escondida y majestuosa, pero cierta y salvadora para su pueblo (cf. Ex 13,21; 24,16.18; 33,9-11; 34,5; Ez 1,4; Sal 96/97,2; etc.). Los apóstoles aparecen “mirando atentamente” a Jesús hasta el último momento (v. 10). Este “mirar” no debe ser entendido en sentido material. Con esta indicación Lucas quiere subrayar que ellos son testigos de toda la historia de Jesús, incluido el momento de la plenitud del misterio pascual, cuando Jesús es glorificado e introducido en el mundo de Dios. Así como Eliseo que, mirando a Elías que era llevado al cielo en un carro de fuego, fue digno de recibir los dos tercios de su espíritu (2 Re 2,9-12), también los apóstoles que “miran” a Jesús recibirán el Espíritu de Jesús. El Resucitado continuará estando presente en los apóstoles mediante el Espíritu después de la ascensión del Señor y hasta el día en que volverá del mismo modo en que lo hemos visto irse  los apóstoles (v. 10). La Iglesia de todos los tiempos tiene una misión: ser sus testigos ante los confines de la tierra.

 

           La segunda lectura (Hebreos 9,24-28) nos ofrece una rica reflexión sobre el sacerdocio único y definitivo de Jesús a la luz del antiguo sacerdocio israelita. En primer lugar el autor se refiere al paralelismo que existía en el judaísmo entre el santuario del Templo (el “Santo de los Santos”), y el santuario del Cielo. Mientras el sumo sacerdote entraba al santuario del Templo una vez al año, Cristo entró de una vez para siempre al santuario celestial para conducir a  Dios a los hombres redimidos (v. 24). Después encontramos la contraposición entre el sumo sacerdote que ofrecía una vez al año víctimas inmoladas y Cristo que se ofreció a sí mismo una vez por todas por la salvación del mundo (v. 25). Jesús, que ciertamente no fue un sacerdote levítico, es definido como el auténtico “sumo sacerdote”, que “se ofreció una sola vez para tomar sobre sí los pecados de la multitud, y por segunda vez aparecerá, ya sin relación con el pecado, para dar la salvación a los que lo esperan” (v. 28).

 

           El evangelio (Lc 24-46-53) nos coloca en la noche del domingo de resurrección. Lucas pone en labios del Señor Resucitado aquello que constituye el núcleo fundamental del kerigma: la muerte-resurrección de Jesús (v. 46). Es evidente, sin embargo, que para Lucas no sólo la muerte-resurrección, sino también la difusión del mensaje de la salvación a las naciones paganas pertenece a la obra del Mesías (v. 47). En otras palabras, la misión de Jesús no concluye con la muerte-resurrección, sino que continua con el anuncio del Evangelio a todos los pueblos de la tierra. Las palabras del Señor Resucitado son una síntesis del programa de la misión apostólica mediante la cual Jesús llevará a cabo su mesianismo universal. Los Apóstoles son “testigos” oficialmente reconocidos por el Resucitado (v. 48). Ellos han vivido con Jesús (Hch 1,22), han recibido el don de la comprensión de los acontecimientos de la pascua, han sido enviados a las naciones, pero sobre todo pueden garantizar la certeza de la resurrección de Jesús (Hch 1,22; 2,32; 3,15). Después de darles el encargo a los discípulos Jesús les asegura la asistencia del Espíritu Santo, mencionado veladamente a través de las expresiones: “el don prometido por mi Padre” y “la fuerza que viene de lo alto” (v. 49).

           Los últimos tres versículos relatan la Ascensión del Señor en un lugar cercano a Betania, al oriente de Jerusalén (vv. 50-53). Jesús alza las manos y bendice a los Apóstoles (v. 50). Es el último gesto del Señor en el evangelio de Lucas. La bendición de Jesús se extiende a toda la obra apostólica y a todo el trabajo evangelizador de la Iglesia a lo largo del tiempo y del espacio. Después Lucas afirma escuetamente: “Mientras los bendecía se separó de ellos y fue llevado al cielo” (v. 51). La terminología del versículo está tomada de un género literario conocido en el judaísmo y en mundo greco romano llamado “relato de rapto”, utilizado para narrar la entrada en la esfera celeste de algún personaje importante. Son conocidos los raptos de Enoc y de Elías. Lucas utiliza el verbo en pasivo (“fue llevado” al cielo), subrayando la acción poderosa de Dios. La ascensión es presentada como la culminación de la pascua, la plenitud de la entronización de Jesús como Señor. A la bendición corresponde el gesto de adoración de los discípulos que reconocen la divinidad y el señorío de Jesús.

           El evangelio de Lucas concluye con la mención del Templo y de la alabanza a Dios. Termina, por tanto, como comenzó: en el Templo (Lc 1,5-25). Pero ahora el Templo no es simplemente el edificio sagrado del judaísmo, sino el lugar en que Jesús enseñaba al pueblo (Lc 19,47), el lugar en que se reúnen sus testigos y el punto de partida de la misión cristiana. El tema de la alabanza lo encontramos también al inicio del evangelio (Lc 1,64; 2,28) como respuesta del hombre delante de las maravillas obradas por Dios. Después de pascua el motivo privilegiado de la alabanza es la Resurrección de Jesús.