Las palabras que los “dos hombres vestidos de blanco” dirigen a los apóstoles en Hch 1,11 sintetizan la teología y la espiritualidad de esta solemnidad: “Por qué se han quedado mirando al cielo?”. Es una invitación a no perder el tiempo pasivamente cuando hay que ser testigos de Jesús y a no esperar del cielo soluciones milagrosas o revelaciones especiales. La desaparición material de Jesús marca el inicio de la misión y del compromiso de la iglesia. La fe verdadera se expresa, según las palabras de Jesús en Hch 1,8, en la experiencia de la fuerza del Espíritu Santo, en el testimonio cristiano en el mundo y en la apertura universal de la iglesia. La ascensión, más que recuerdo, es exigencia y llamado a la misión y al compromiso.

La primera lectura (Hch 1,1-11) constituye la introducción general al libro de los Hechos de los Apóstoles, que enlaza directamente con el final del evangelio de Lucas (Hch 1,1; cf. Lc 24,45-53: “Ya traté en mi primer libro querido Teófilo todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el principio hasta el día en que subió al cielo...”). De esta forma Lucas sigue el uso literario de la época de introducir el segundo volumen de una obra con una introducción que resumía el libro anterior. Para Lucas, la actividad terrena de Jesús concluye no con el momento de su muerte, sino con su ascensión al cielo, que incluye naturalmente la experiencia pascual de las apariciones. Por eso de ahora en adelante serán los apóstoles, aquellos que han visto al Señor y han sido instruidos por él “bajo la acción del Espíritu Santo” (Hch 1,2), los testigos autorizados de la palabra de Jesús y de su resurrección. En efecto, Lucas insiste en el realismo de las apariciones y en la enseñanza de Jesús Resucitado a los apóstoles antes de subir al cielo: “Después de su pasión, Jesús se les presentó muchas veces con muchas y evidentes pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios” (Hch 1,3). El “cuarenta” es un número simbólico que evoca un tiempo perfecto y arquetípico. El tiempo necesario para pasar de una etapa a otra en la historia de la salvación y, por tanto, el tiempo de las manifestaciones divinas importantes y decisivas. El número evoca los cuarenta años que Israel caminó en el desierto siendo probado y educado por Dios (Dt 8,2-6); los cuarenta días que pasó Moisés en el monte Sinaí para recibir la Ley de parte de Dios (Ex 24,18); los cuarenta días de Jesús en el desierto antes de iniciar su misión (Lc 4,1-2). “Cuarenta” indica el tiempo de la prueba y de la enseñanza necesaria. En los Hechos, sin embargo, se insiste solamente en la segunda dimensión. En la tradición de los rabinos, el número “cuarenta” también tenía, en línea con la tradición bíblica, un valor simbólico para indicar un período de aprendizaje completo y normativo. Lucas quiere poner de manifiesto que los apóstoles han recibido del Señor resucitado aquella formación autorizada y completa que los prepara para continuar su obra y ser testigos del reino de Dios en la historia. Jesús les recomienda no apartarse de Jerusalén y esperar la promesa del Padre, el don del Espíritu Santo (v. 4). Jerusalén, la ciudad en la cual Jesús concluyó su camino, se convierte en el punto de partida de la misión de la iglesia. En Jerusalén los apóstoles recibirán el don escatológico del Espíritu Santo y desde allí comenzarán a ser testigos de Jesús hasta los confines de la tierra. Jerusalén es y permanecerá para siempre la madre de todas las iglesias. La misión de la comunidad cristiana, en efecto, echa sus raíces en aquella misma ciudad santa, sede del Templo y centro de toda la tierra santa, porque como anunció Isaías: “de Sión saldrá la Ley, de Jerusalén la Palabra del Señor” (Is 2,3). En Jerusalén los apóstoles serán “bautizados en el Espíritu Santo”, es decir, serán inmersos en la potencia divina y vivificante del Espíritu que los llenará plenamente (Hch 2).

El texto hace referencia a la mentalidad de los apóstoles, en relación a la instauración del reino mesiánico en favor del pueblo elegido, enraizada en la esperanza mesiánica del Antiguo Testamento: “Señor, ¿vas a restablecer ahora el reino de Israel?” (v. 6). Esta expectativa no era necesariamente nacionalista o política, sino que reflejaba la estrecha concepción del pueblo de la primera alianza que limitaba la salvación a Israel. Al mismo tiempo, la pregunta evoca un interrogante de la iglesia primitiva y que en nuestro tiempo vuelve a resultar de actualidad: “¿cuándo va a ser reconstruido el Reino?”. Jesús rechaza categóricamente todas las especulaciones apocalípticas sobre la fecha del fin del mundo. Ese momento definitivo del reino sólo lo conoce el Padre que guía la historia de la salvación: “No les toca conocer a ustedes los tiempos y momentos que ha establecido el Padre con su autoridad” (v. 7). En un segundo momento Jesús les enseña que no hay conexión temporal directa entre el don del Espíritu y la llegada del reino. La experiencia del Espíritu más bien servirá para dar inicio al tiempo de la iglesia, a la misión de la comunidad cristiana (Hch 1,8).

Después de este diálogo con Jesús Lucas relata la ascensión del Señor (vv. 9-11). Para comprender la narración de Lucas hay que tener en cuenta que utiliza un conocido esquema simbólico presente en tantas religiones y también en la Biblia, que coloca en lo “alto”, en el “cielo”, todo aquello que es mejor y que domina el ámbito “horizontal”, de “abajo”, de nuestro mundo, en el cual se coloca el mal y la muerte. Por eso la Biblia habla muchas veces que Dios “baja” del cielo para hablar con el hombre (Gen 11,5; Es 19,11-13; Sal 144,5) y vuelve a “subir” después de realizar su obra (Gen 17,22). Por tanto, el lenguaje simbólico de la ascensión no hay que interpretarlo en base a esquemas espaciales, que representan solamente la envoltura externa de la verdad que se quiere comunicar. Es necesario leer la ascensión desde la óptica de la pascua y captar en este misterio el mensaje fundamental: Jesús ha sido introducido eternamente en el ámbito de la trascendencia y en el mundo de lo divino. Lucas ha intentando hacer visible la afirmación de fe en relación con la plenitud divina del Resucitado y su señorío absoluto en el mundo. Sin embargo, en el texto el acento está puesto sobre todo en la “despedida”. Se trata de una “separación”. El Señor Jesús ya no está presente en medio de nosotros en forma física; su cuerpo glorificado está presente ahora en la historia con la fuerza vivificante de Dios. La “nube” que oculta a Jesús de la vista de los discípulos es precisamente el signo de esta nueva forma de presencia. Un signo que, al mismo tiempo, “esconde” y “revela” la trascendencia de Dios. En el Antiguo Testamento la nube –que ocultaba la presencia de Yahvéh– indicaba, al mismo tiempo, su cercanía: una presencia escondida y majestuosa, pero cierta y salvadora para su pueblo (cf. Ex 13,21; 24,16.18; 33,9-11; 34,5; Ez 1,4; Sal 96/97,2; etc.). Los apóstoles aparecen “mirando atentamente” a Jesús hasta el último momento (v. 10). Este “mirar” no debe ser entendido en sentido material. Con esta indicación Lucas quiere subrayar que ellos son testigos de toda la historia de Jesús, incluido el momento de la plenitud del misterio pascual, cuando Jesús es glorificado e introducido en el mundo de Dios. Así como Eliseo que, mirando a Elías que era llevado al cielo en un carro de fuego, fue digno de recibir los dos tercios de su espíritu (2 Re 2,9-12), también los apóstoles que “miran” a Jesús recibirán el Espíritu de Jesús. El Resucitado continuará estando presente en los apóstoles mediante el Espíritu después de la ascensión del Señor y hasta el día en que volverá del mismo modo en que lo hemos visto irse  los apóstoles (v. 10). La Iglesia de todos los tiempos tiene una misión: ser sus testigos ante los confines de la tierra.

El evangelio (Mc 16,14-20) forma parte del llamado “final canónico” del evangelio de Marcos (Mc 16,9-20), que no fue redactado por el evangelista, sino que fue añadido a su libro probablemente en el siglo II d.C., como lo demuestra el análisis de los manuscritos griegos y toda la problemática textual que de ellos se deriva. Aunque no es Marcos el autor de estos versículos, se trata de un texto canónico e inspirado que contiene un rico mensaje espiritual, que sintetizamos en tres ideas:

(a) La dureza del corazón.- En primer lugar Jesús Resucitado echa en cara a los discípulos su sklêrokardía (“dureza de corazón”) (Mc 16,14), una especie de enfermedad espiritual que les ha impedido reconocerlo y participar del gozo de la Pascua. La sklêrokardía se manifiesta a través de algunos síntomas: incapacidad para creer que las cosas pueden ser distintas y mejores, rechazo de los misteriosos designios de Dios, excesiva seguridad en lo que se cree conocer y en las propias capacidades, miedo a abandonarse y arriesgarse en los caminos nuevos de Dios, etc. Es la enfermedad espiritual que impide la fe, obstaculiza la esperanza y hace dificultoso el amor.

(b) La misión en un mundo hostil.-  No obstante la dificultad que los discípulos han experimentado para aceptar la resurrección de Jesús, él los envía en misión “a todo el mundo”. Han desaparecido las barreras de los pueblos y Jesús resucitado es el Señor de toda la tierra, que manda a los suyos con un mensaje sin distinción de personas, que ofrece a los hombres una doble opción: creer, ser bautizado y salvarse, o no creer y ser condenado (v. 15). Una especie de “dos caminos”, al estilo de Dt 30,15: yo pongo hoy delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal. El mensaje evangélico no se impone. Cada uno tendrá que decidir. La misión es descrita por Jesús con estos rasgos: los discípulos derrotarán todas las manifestaciones del mal en su nombre (“expulsarán demonios”); con su palabra y sus obras harán el bien a todos sobre todo a los más necesitados (“impondrán sus manos a los enfermos y sanarán”); llevarán la palabra del evangelio a todas las naciones y culturas del mundo (“hablarán lenguas nuevas”); la misión la realizarán en medio de un mundo hostil, lleno de peligros (“serpientes”, “veneno”), pero nada les podrá hacer daño.

(c) La presencia constante de Jesús en medio de los discípulos.-  La ascensión es narrada en una sola frase: “Después de haberles hablado, el Señor Jesús, fue elevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios” (v. 19). El lenguaje es teológico y simbólico. De nuevo, como en Lucas, encontramos el simbolismo espacial “arriba”-“abajo” para expresar el paso de Jesús, de la condición histórica a la condición gloriosa, del mundo de los hombres al mundo de la trascendencia divina. Es una forma para indicar la separación que se produjo entre Jesús y los discípulos después de la pascua. “Sentarse a la derecha de Dios”, en cambio, es una frase que indica la soberanía de Jesús, que como Señor de la historia domina sobre todo el universo, sentado como un monarca y participando del poder (“la mano derecha”) de Dios. A continuación el texto afirma: “ellos salieron a predicar por todas partes, mientras el Señor colaboraba con ellos y confirmaba la palabra con los prodigios que los acompañaban” (v. 20). El mismo Jesús, que como Señor de la historia ha sido entronizado gloriosamente en el mundo de Dio, está presente en medio de los discípulos, obrando con ellos y a través de ellos. El evangelio de Marcos concluye con una palabra de gran esperanza. Jesús está en medio de la Iglesia, la acompaña siempre y obra a través de ella. El Resucitado, el Señor de la vida y de la muerte, está con nosotros y camina con nosotors hasta el fin de los tiempos.