Mt 28,16-20


El texto refiere la aparición pascual en Galilea con la que concluye el evangelio de Mateo, estructurada en tres partes: la presentación de Cristo, la misión y la promesa de la presencia del Señor hasta el final de los tiempos. El escenario es un “monte”, símbolo bíblico que evoca un espacio privilegiado en el que Dios se ha revelado en la primera alianza (cf. Ex 19; 1 Re 19). La indicación geográfica ha referencia sobre todo a la historia de Jesús, que desde un monte proclama las bienaventuranzas (Mt 5,1; 8,1); que subía a la montaña para orar en soledad (Mt 14,23); que sentado en la montaña acogía a las multitudes y curaba a los enfermos (Mt 15,29); y que en una montaña se había revelado a los discípulos como el definitivo enviado por Dios (Mt 17,1.5). El último encuentro y la última revelación de Jesús tiene lugar también en un monte, espacio simbólico de la revelación y de la salvación de Dios.

(a) La presentación de Jesús. Se trata de una solemne declaración sobre su señorío absoluto sobre el cielo y la tierra: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra” (Mt 28, 18). La formulación pasiva de la frase indica que Jesús ha recibido el poder de parte de Dios (Mt 11,27: “Todo me ha sido entregado por mi Padre”). La palabra “poder” traduce el término griego exousía, que indica el “poder”, el “derecho” y la “capacidad” que caracterizan la palabra y la obra de Jesús para llevar a cabo el proyecto del reino (Mt 7,29: “enseñaba con exousía”; 9,6: “el Hijo del Hombre tiene en la tierra exousía para perdonar pecados”; 21,27: “tampoco yo os digo con qué exousía hago esto”). En dos ocasiones esta exousía mesiánica se extiende también a los discípulos y a la comunidad (9,8: “la gente temió y glorificó a Dios, que había dado tal exousía a los hombres”; 10,1: “y llamando a sus doce discípulos les dio exousía sobre los espíritus inmundos”). Jesús Resucitado es Señor de cielo y tierra, con el poder mesiánico para transformar la historia humana y llevarla a la plenitud de Dios. Delante de Jesús los discípulos se postran en humilde adoración, como habían hecho antes las mujeres el día de pascua (Mt 28,9). Pero Mateo agrega un detalle significativo: “algunos sin embargo dudaron” (Mt 28,17). La fe pascual de los discípulos no está exenta de la duda, que acompañará también la fe de la comunidad cristiana en la historia. Es la fe de los discípulos que tienen miedo en medio de la tempestad del lago (Mt 8,26); es la fe de Pedro que empieza a hundirse cuando se deja impresionar por la violencia del viento (Mt 14,30-31). Solamente la presencia y la palabra de Jesús hará que el creyente supere la duda y el miedo y pueda madurar en el camino de la fe.

(b) La misión. Jesús ordena a los discípulos: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a observar todo lo que yo os he mandado” (Mt 28,19-20). La misión de la iglesia aparece sin ningún tipo de límites ni restricciones, destinada a alcanzar a todos los hombres de la tierra. Los verbos utilizados son significativos: “ir” sugiere el dinamismo de la vida cristiana y de la misión que debe caracterizar al discípulo de Jesús; “hacer discípulos” indica el testimonio en palabras y obras, a través del cual se lleva a otros el anuncio de Jesús; “bautizar” evoca el signo por el que los hombres se configuran radicalmente con Cristo Resucitado y la misma actividad sacramental de la iglesia que santifica las realidades terrenas comunicándoles la vida divina; “observar” indica la respuesta del creyente, su plena acogida y su obediencia a la palabra de Jesús en la vida cotidiana.

(c) Las presencia de Jesús. Es la última palabra de Jesús en el evangelio de Mateo. Una promesa que es fuente de confianza y de esperanza para los discípulos. En el Antiguo Testamento, la frase: “yo estaré contigo”, o “yo estaré con vosotros”, expresa la garantía de una presencia salvadora y activa de Dios en favor de sus elegidos o de su pueblo (cf. Ex 3,12; Jer 1,8; Is 41,10; 43,5). Jesús, constituido como Señor universal mediante la resurrección, lleva a plenitud esta presencia salvadora de Dios. El es “Dios–con–nosotros”. Efectivamente así lo llama Mateo al inicio del evangelio, evocando un texto de Isaías que se refiere al descendiente mesiánico de David (Mt 1,22-23; cf. Is 7,14). La presencia de Jesús no está ahora limitada por el espacio y el tiempo de la Palestina. No se trata tampoco de una presencia provisoria. Los discípulos realizan la misión universal de Jesús bajo el signo de su presencia consoladora y reconfortante. La eficacia de la misión y la autoridad de la enseñanza de los apóstoles se funda en esta presencia de Jesús. Esta síntesis final del evangelio de Mateo y de la fe de la iglesia nos ofrece el sentido profundo del misterio de la Ascensión del Señor. Los cristianos tenemos una palabra de esperanza para ofrecer a la humanidad y una misión liberadora que realizar en favor de los hombres.