NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA


 

 

Isaías 49,1-6

Hechos 13,22-26

Lucas 1,57-66.80

 

                La solemnidad de hoy recuerda al último profeta de Israel: Juan el Bautista, el predicador del desierto que prepara los caminos del Señor. Él es el gran anunciador de la salvación que anticipa la misión de Cristo, pero en su persona también se delinean los grandes rasgos del discípulo cristiano que continuará anunciando a Cristo después de la pascua. El Bautista es la figura prototípica de quien se dona con gozo y humildad al evangelio sin buscar privilegios y ventajas personales. Su lema debería ser el emblema de todo discípulo cristiano: “Es necesario que él crezca y que yo disminuya” (Jn 3,30).

 

            La primera lectura (Is 49,1-6) es el segundo cántico del siervo de Yahvéh, que en la tradición cristiana ha sido interpretado en clave mesiánica y cristológica. La liturgia, sin embargo, lo aplica también a Juan Bautista. No es de extrañar, ya que en los evangelios sinópticos la figura del precursor es presentada según los mismos rasgos de Cristo, a la luz del principio judío por el cual “el mensajero es como el que lo envía”. El Siervo de Yahvéh, elegido “desde el seno materno” (Is 49,1) como el Bautista, es un profeta cuya vocación es anunciar la palabra de Dios. Su boca, en efecto, ha sido convertida por Dios en “espada afilada” y “flecha punzante” (v. 2; cf. Heb 4,12). Como Jeremías y tantos otros profetas llega a experimentar el cansancio, la dificultad y la sensación de inutilidad de la propia misión (v. 4). Pero precisamente en el mismo momento de la crisis y de la debilidad, cuando el profeta pensaba: “en vano me he fatigado e inútilmente he gastado mis fuerzas”, descubre que “el Señor defendía su causa” (v. 4). La protección de Dios, representada por “la sombra de su mano”y por la “aljaba” (v. 2), destruye toda perplejidad y desánimo. Una experiencia que recuerda la de Pablo: “cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2Cor 12,10). En ese mismo momento las dudas de la misión se desvanecen y el profeta siente que su vocación se renueva misteriosamente, a tal punto que se alarga el horizonte de la misión, no sólo destinada al restablecimiento de Israel, sino que se convierte en “luz de las naciones” para que la salvación de Dios llegue hasta los confines de la tierra (v. 6), precisamente como ocurrió con Juan Bautista el gran profeta y precursor de Cristo.

 

            La segunda lectura (Hch 13,22-26) está tomada del largo discurso de Pablo en Antioquía de Pisidia, en el que hace un resumen de la historia de Israel, una historia de promesas que culmina con la aparición de Juan Bautista. Pablo subraya fundamentalmente su papel de Precursor, que predicando un bautismo de penitencia, preparó la venida de Jesús. Juan aparece en el Nuevo Testamento con una misión importante: preparar la llegada del reino y los caminos del Señor ante la inminente aparición del Mesías. Una vocación y una misión que Juan no deformó ni exaltó en forma indebida: “Yo no soy el que vosotros creéis. Detrás de mí viene uno a quien no soy digno de desatar las sandalias” (v. 25). En Juan Bautista se muestra el valor de toda vocación y la belleza de una fidelidad radical a la propia misión. Todo en él está orientado a Cristo, “la Palabra de la salvación” (v. 26) en función del cual existe toda vocación y misión en la historia.

 

El evangelio (Lc 1,57-66.80) narra el nacimiento de un niño que es totalmente don de Dios, habiendo nacido de Isabel una madre estéril y de Zacarías un padre anciano (Lc 1,7). Ambos progenitores pertenecen plenamente al pueblo elegido, Lucas los describe como “irreprochables ante Dios” (Lc 1,6).  El nacimiento del niño es un evento que pertenece a la historia de Israel, el pueblo de la antigua alianza, pero que al mismo tiempo prepara y anuncia los albores de la salvación plena que está por llegar. El nacimiento de Juan es como una palabra viva pronunciada por Dios, que resuena más elocuente aún con el trasfondo del silencio de su padre Zacarías, un sacerdote de Israel que se queda mudo por no fiarse totalmente de la promesa de Dios. El ángel que le anunció el nacimiento del hijo, en efecto, le había dicho: “Tú te quedarás mudo hasta que ocurran estas cosas, por no haber creído en mis palabras, que se cumplirán a su tiempo” (Lc 1,20). La mudez de Zacarías se rompe cuando nace su hijo, objeto de la promesa divina y última palabra profética dirigida por Dios a Israel. De ahí la importancia dada al “nombre” del niño en el relato evangélico. Sabemos que en la tradición bíblica el nombre indica la vocación, la misión y la personalidad de alguien. Los parientes quieren llamarlo como su padre, Zacarías, en hebreo “El Señor recuerda”, pero el padre mudo pide una tablilla y escribe: “Juan es su nombre” (v. 63). El nombre Juan, Yohanán en hebreo (“Dios da su gracia”), indica contemporáneamente la gracia transformadora de Dios y el esplendor del hombre transformado por esta gracia. Del silencio de Zacarías nace la última palabra profética de la Antigua Alianza, y de la esterilidad de Isabel nace el precursor de la vida perfecta ofrecida por Dios a su pueblo.

Apenas escrito el nombre, Zacarías recupera el habla y comienza a bendecir a Dios. Una bendición que inaugura el tiempo nuevo de la salvación. Los vecinos se llenan de temor, un temor que es acto de fe ante las acciones maravillosas del Señor, que es al mismo tiempo adoración y alabanza (cf. Hch 2,43; 5,5). Los mismos vecinos participan de la gracia ofrecida por Dios en el niño, pues “en toda la montaña de Judea comentaban lo sucedido” (v. 65). Se hacen misioneros de la gracia ofrecida por Dios, anunciadores del evento revelador de Dios que prepara la próxima llegada del reino.

Al final el evangelista nos ofrece dos noticias más (v. 80). Una referente a la niñez y adolescencia de Juan, que “iba creciendo y se fortalecía en su interior; la otra, en relación con su estilo de vida y misión: “Vivió en el desierto hasta el día de su manifestación a Israel”. Desde el vientre materno el Bautista, como Jeremías o el Siervo de Yahvéh, o Pablo mismo, es llamado a una misión que culminará un día con el martirio. Juan es una figura que encarna la gratuidad y la entereza de la vocación profética, la humildad de quien ha sido enviado y vive al servicio de Dios, y la fidelidad y radicalidad de quien asume su propia vocación y misión sin cortapisas ni dobleces hasta las últimas consecuencias. Por eso su figura es ejemplar y prototípica del discípulo cristiano llamado a seguir y anunciar a Jesús con su palabra y su vida en forma fiel y radical.