SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO


 

 

Ex 24,3-8

Hb 9,11-15

Mc 14,12-16.22-26

 

            El sacramento del Cuerpo y la Sangre del Señor es signo vivo de la alianza, es decir, de la comunión entre Dios y el hombre. La primera lectura narra el rito conclusivo de la alianza del Sinaí; el evangelio, en cambio, es el relato de la institución del sacramento de la alianza nueva y eterna en la sangre de Cristo. En ambos casos todo se concluye con un “sacrificio”.  Sin embargo, el sacrificio de Cristo, presente a lo largo de la historia en el misterio de la Eucaristía, desborda en validez y eficacia a todos los sacrificios antiguos, pues es “sacerdote de los bienes definitivos” (Hb 9,11), que “entró de una vez para siempre en el santuario habiendo conseguido una redención eterna” (Hb 9, 13).

 

            La primera lectura (Ex 24,3-8) relata el rito con el que se ratifica la alianza de Yahvéh con Israel al pie del monte Sinaí. Los protagonistas de la acción son Dios y el pueblo. Todo inicia cuando Moisés comunica al pueblo las palabras del Señor, sus leyes y preceptos, y el pueblo acepta: “cumpliremos todo lo que ha dicho el Señor” (v. 3). Esto constituye el corazón y la raíz de la alianza: a la iniciativa gratuita de Dios sigue el consentimiento y la aceptación total del pueblo. Luego “Moisés puso por escrito todas las palabras del Señor” (v. 4). Este es el documento de la alianza, que le da validez y que permitirá que se conserve –a través de su lectura futura– para todas las generaciones. Hay dos símbolos importantes: el altar que construye Moisés, que representa a Dios; y las doce piedras, que representan al pueblo. Se ofrecen novillos en sacrificio al Señor sobre el altar y con su sangre, que ahora es sagrada, se rocía tanto al altar como al pueblo. Pero antes de la aspersión del pueblo, Moisés procede a la lectura del documento de la alianza que había escrito. El pueblo vuelve a ratificar su aceptación: “cumpliremos y obedeceremos todo lo que ha dicho el Señor” (v. 7). La sangre –signo de la vida–, consagrada además por el sacrificio en el altar, es derramada sobre el pueblo creando un vínculo de familiaridad entre Dios e Israel. Una misma sangre y una misma vida circula, de hoy en adelante, entre Dios e Israel “su primogénito” (Ex 4,22). Un pacto de sangre los une en una existencia de fidelidad y de amor. El altar, el libro, el sacrificio y la sangre, son la expresión externa de una relación vital y misteriosa entre Dios y el hombre, comprometidos en un camino de lealtad recíproca y adhesión personal.

 

            La segunda lectura (Hb 9,11-15) está tomada de esa solemne homilía de la iglesia primitiva conocida como “carta a los Hebreos”, y está centrada en la figura de Cristo sacerdote. Se retoman muchos elementos de la alianza sinaítica y de los sacrificios del antiguo Israel para resaltar la singularidad y plenitud del sacrificio de Cristo. Cristo es “sacerdote de los bienes definitivos” (Hb 9,11), es decir, de la salvación eterna del hombre; la tienda “no hecha a mano” es su cuerpo (Jn 2,9-11). La víctima es él con su sangre, no con sangre de animales como en el Sinaí; el santuario es el cielo, adonde entró una sola vez para siempre. Cristo no ofrece una liberación pasajera como la del Exodo, sino una “redención eterna”. Cristo no purifica solo ritualmente y “en la carne”, sino que con su sangre, vivificada por el Espíritu Santo, “purifica nuestra conciencia de las obras que conducen a la muerte” (v. 14), uniéndonos totalmente y definitivamente con Dios. La alianza nueva y eterna, realizada por Cristo Sacerdote, supera el pacto bilateral de la antigua alianza, delante de la cual el hombre difícilmente lograba ser fiel. Cristo nos introduce en la plenitud del reino y de la salvación como don gratuito de Dios a través de su muerte redentora.

 

            El evangelio (Mc 14,12-16.22-26) narra la institución de la Eucaristía, sacramento de la nueva y eterna alianza en la sangre de Cristo, en el marco y el ambiente de un banquete de pascua. El texto subraya la iniciativa de Jesús, que invita y hace que los discípulos preparen para tal ocasión “una sala grande, dispuesta y preparada” (v. 15). Aquella sala es el espacio de la amistad y de la alianza; allí se reunirán los discípulos en torno al Maestro. El pan y el vino representaban en la cena de pascua judía los símbolos de la liberación del éxodo: el pan sin fermentar recordaba la prisa de la salida de la esclavitud; el vino, era expresión del gozo de la salvación recibida de Dios. En la cena Jesús les da un nuevo sentido. El pan y el vino hacen presente el nuevo don de Dios, representan el sacrificio que Jesús está por realizar a favor de todos los hombres. En el pan y en el vino se hacen presente el cuerpo y la sangre de Cristo, sangre del nuevo sacrificio y de la nueva alianza que reconcilia y une con Dios a toda la humanidad. En aquella “sala grande, dispuesta y preparada” (v. 15) nace la nueva comunidad, vinculada  a Dios de una forma nueva e inefable. A lo largo de la historia, la comunidad de la alianza nueva y eterna celebrará continuamente aquella misma cena eucarística pascual, preparándose a pasar un día con Cristo a la cena perfecta en que beberá “un vino nuevo en el reino de Dios” (v. 25). A través de esta cena, participando del Cuerpo y de la Sangre del Señor, la Iglesia se recrea continuamente como comunidad de salvación, realiza y fortalece el vínculo de amor indestructible de la alianza eterna con Dios y nutre vitalmente la comunión de amor entre sus miembros, que “comparten un único pan para forman un solo cuerpo” (1 Cor 10,17).

 

 

 

NUEVO LIBRO

 

P. SILVIO JOSÉ BÁEZ, o.c.d.

Tiempo de callar y tiempo de hablar. El silencio en la Biblia Hebrea, ediciones del Teresianum, Roma 2000 (255 páginas).