ESTUDIO BÍBLICO:       "El Nombre de Dios

 

 

 

Ex 3,1-8a.13-15

1Cor 10,1-6.10-12                                     

Lc 13,1-9

 

La revelación del “nombre” de Dios a Moisés es el principio y el fundamento de la experiencia liberadora del Éxodo; a través de la respuesta de Moisés y de la fe del pueblo, el Señor establecerá una alianza con Israel y lo llevará a una tierra de libertad (primera lectura). Aquella experiencia es modelo y prototipo de la vida del cristiano (segunda lectura). Un elemento decisivo de la predicación de Jesús es la llamada a la conversión, la invitación a entrar en la lógica del reino viviendo según unos valores que contradicen la mentalidad del mundo egoísta e injusto. Quien no acoge la palabra de Jesús ni se convierte será como una higuera estéril e improductiva (evangelio). La palabra de Dios y la palabra humana se deben encontrar siempre a través de un diálogo libre y espontáneo. Sólo así se revelará en todo su esplendor la misericordia del Dios que es “lento a la ira y rico en amor y fidelidad” (Ex 34,6).

 

 

La primera lectura (Ex 3,1-8a.13-15) narra el encuentro de Moisés con Dios en el monte Horeb. Moisés era un pastor como sus antepasados, y un día “llevó las ovejas más allá del desierto” (v. 1), como años más tarde lo hará con el pueblo liberado de la esclavitud. Aquel día llegó hasta el Horeb, “el monte de Dios” (v. 1), y “el ángel de Yahvéh se le apareció en forma de llama de fuego, en medio de una zarza” (v. 2). La expresión “’ángel de Yahvéh” se utiliza para designar con respeto y temor la presencia del Dios vivo. El símbolo que lo hace visible es el fuego, una llama de fuego en medio de una zarza que no se consume. El fuego es símbolo de Dios, sobre todo símbolo del poder transformador de Dios. El fuego, en efecto, todo lo que toca lo transforma en fuego o en una materia distinta de la inicial. Así es Dios. Isaías decía que “Dios era fuego devorador” (Is 33,14).

Moisés se maravilla y se acerca, se interesa y se interroga sobre aquella extraña experiencia, que cambiará para siempre su vida y la vida de su pueblo. En realidad la iniciativa es de Dios que lo está llamando: “Moisés, Moisés” (v. 4). Él se acerca, pero debe “quitarse las sandalias” (v. 5), pues la tierra que pisa no le pertenece, “es tierra sagrada”. En Israel pisar una tierra con las propias sandalias es tomarla en posesión (Rut 4,7-8) o cantar victoria sobre un territorio enemigo: “sobre Edom echo mi sandalia, sobre Filistea canto victoria” (Sal 60,10; Sal 108,10). Por eso cuando el hijo pródigo vuelve a casa, el padre le pone sandalias en los pies, porque vuelve con todos los derechos de hijo a la casa paterna. Moisés, en cambio, está cruzando un límite y entrando en el mundo de Dios, dentro de poco conocerá su nombre y su voluntad de liberación en favor del pueblo oprimido. La experiencia del monte es la experiencia del totalmente Otro, delante del cual Moisés debe despojarse, presentarse descalzo, desnudo espiritualmente, en puntillas y en silencio, sin alegar ningún derecho y sin imponer a Dios el propio paso. Moisés descalzo, no busca encerrar a Dios en sus esquemas, sino que se deja tomar por Dios y por su proyecto de liberación en favor del pueblo.

Ahora Moisés escucha al Señor: “Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”. Es el Dios de la historia pasada, siempre fiel a sus promesas, delante del cual Moisés “se cubrió el rostro” (v. 7), en gesto de adoración y de fe. A su experiencia en el monte se añade ahora un dato novedoso. Moisés descubre que Dios ha visto, ha escuchado y ha prestado atención al dolor de su pueblo, injustamente oprimido en Egipto (v. 7). Se le revela un Dios que es parcial en favor de los oprimidos y que ha decidido “bajar para librarlos de la mano de los egipcios y subirles a una tierra que mana leche y miel” (v. 8). Ahora Moisés conoce el proyecto del Dios que le ha salido al encuentro: no es un proyecto que intenta sostener a los poderosos, sino que tiene como objetivo liberar a los oprimidos. A la absoluta novedad del fuego de la zarza, se añade ahora la novedad de un proyecto concreto de vida y de liberación, en el cual Moisés jugará un papel decisivo (vv. 9-12).

Al final Moisés le pide a Dios poder conocer su “nombre”. En la mentalidad semítica el nombre era la realidad misma de la persona. Por eso en muchas religiones mágicas la divinidad nunca revelaba el nombre. El Dios bíblico se da a conocer con un nombre misterioso, a través del cual expresa su voluntad de actuar en la historia como poder liberador y dador de vida en favor de los hombres: “Yo soy el que soy”, o mejor, “Yo seré el que seré”. Dios se revelará a través de las grandes obras que realizará en favor de su pueblo. La revelación del nombre divino en el libro del Éxodo es inseparable del contexto histórico en que se reveló Dios a Israel. El Dios que da a conocer su nombre es el Dios liberador de los oprimidos, el Dios que “ha visto” la opresión de su pueblo (Ex 2,25), “ha escuchado” sus gritos de dolor y ha decidido intervenir poderosamente para liberarlos de la esclavitud (Ex 2,24). El nombre de Dios está profundamente ligado con su acción liberadora; Yahvéh, en efecto, en el libro del Éxodo se manifestará como un Dios poderoso que se enfrenta a un poder injusto y violento (el faraón) para llevar a su pueblo de la servidumbre de la esclavitud a la libertad y a la vida.

 

La segunda lectura (1Cor 10,1-6.10-12) es un magnifico “midrash” cristiano, un ejemplo de lectura cristiana del Antiguo Testamento. El “bautismo” del paso de mar, “el alimento espiritual” del maná y “la bebida espiritual” del agua que brotó de la roca, las “murmuraciones” del pueblo de la antigua alianza en el desierto, son imagen y “tipo” de la experiencia de todo creyente. También nosotros, habiendo atravesado las aguas del bautismo, caminamos en el desierto de la historia, sostenidos por el Dios fiel y misericordioso, llamados a no romper jamás el diálogo de fe y de amor con el Dios que nos sacó de una vez para siempre de la esclavitud del pecado y de la muerte.

 

 

El evangelio (Lc 13,1-9) de hoy es una llamada urgente de Jesús a la conversión, a través del comentario que hace a algunos hechos de su tiempo (la represión brutal de la policía romana dentro del Templo y la tragedia de las dieciocho personas que murieron cuando se desplomó la torre de Siloé). Para Jesús estas desgracias no son un simple castigo de Dios. Quienes perecieron no eran ni “más pecadores”, ni “más culpables” que el resto del pueblo (vv. 1-4). Jesús, sin embargo, saca una lección para sus oyentes y para todos los lectores del evangelio: “Si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo” (v. 5). Lo que quiere decir Jesús es que el final puede llegar en cualquier momento, la historia es breve y la vida de cada uno se puede ver amenazada al improviso. El Señor quiere insistir en la necesidad de no dejar caer en el vacío los llamados que Dios nos hace pues pueden ser definitivos. Nadie sabe cuándo le llegará el final de su vida. En el presente de cada hombre todavía resuena hoy la exhortación a la conversión, pero en vez de tomarla en serio, muchos la dejamos para más tarde o la recibimos con indiferencia. “Todos pereceremos del mismo modo”, dice Jesús; es decir, el final será repentino, inesperado. La mejor opción del hombre es, por tanto, acoger el llamado de Dios y cambiar la propia vida sin tardanza.

La invitación a la conversión (vv. 1-5) es comentada con la parábola de la higuera plantada en una viña y que no produce fruto. El higo y la viña son símbolos de Israel en el Antiguo Testamento (Jer 8,13; Os 9,10; Miq 7,1). Cuando el dueño viene a recoger los frutos no encuentra nada (v. 6). La esterilidad de la higuera no es pasajera, sino que dura muchos años (v. 7). El dueño quiere cortarla definitivamente, pero el viñador lo invita a esperar todavía un año más (vv. 8-9). La parábola recuerda la predicación de Juan Bautista que exhortaba a “dar frutos de conversión” (Lc 3,8), y amenazaba con cortar y echar al fuego los árboles infructuosos (Lc 3,9), indicando así el juicio que les esperaba los que no se convirtieran a su mensaje. El texto recuerda sobre todo las palabras de Jesús que afirma que “el árbol se conoce por sus frutos, que no se recogen higos de las espinas, ni de la zarza se vendimian uvas” (Lc 6,44), aludiendo así a todo hombre que puede realizar obras buenas o malvadas. En la parábola del sembrador la semilla produce fruto cuando cae en tierra buena (Lc 8,8), imagen del  discípulo auténtico que “conserva la Palabra con corazón bueno y perfecto y da fruto con perseverancia” (Lc 8,15).

El mensaje es claro. Jesús llama a la conversión, al cambio de vida, urgente y radical. Pero su palabra no es escuchada. Sin embargo, la misericordia de Dios, que se revela en la misión de Jesús, espera hasta el final al pecador que se arrepiente, como en el caso del criminal que murió junto a la cruz de Jesús (Lc 23,39-43). El evangelio es palabra de vida y de salvación. Jesús nos llama a la conversión y nos ofrece la misericordia infinita de Dios, pero existe el riesgo de no acudir a la cita con una salvación que no se puede seguir retrasando, ni dejando para “más adelante”, pues es actual y eficaz en el presente de cada uno.