Josué 5,9a.10-12

2Cor 5,17-21

Lc 15,1-3.11-32

 

 

            La liturgia de este domingo es un canto a la reconciliación, como abandono de un pasado de esclavitud y de muerte y como inicio de un futuro de vida nueva: Israel, dejando atrás definitivamente la tierra de Egipto y el desierto, celebra por primera vez la pascua en la tierra prometida (primera lectura); el hijo que estaba muerto ha vuelto a la vida y es acogido amorosamente por el Padre que hace fiesta por él (evangelio); y Pablo anuncia el evangelio de la reconciliación (segunda lectura): “a quien no cometió pecado, Dios lo hizo por nosotros reo de pecado, para que gracias a él, nosotros nos transformemos en salvación de Dios” (2Cor 5,21).

 

            La primera lectura (Jos 5,9a-10-12) narra la celebración de la primera pascua del pueblo de Israel en la tierra de la libertad. En Guilgal “los israelitas celebraron la pascua el día catorce de aquel mes por la tarde, en la llanura de Jericó” (v. 10). Han quedado atrás los años de la esclavitud egipcia. El pasado de opresión y de injusticia es sólo parte de una historia en la que Dios ha actuado con poder y misericordia en favor de su pueblo. Con razón aquel día en Guilgal, al celebrar la pascua, el Señor dijo a Josué, en una especie de “absolución” casi sacramental: “Hoy os he quitado de encima la humillación que sufristeis en Egipto” (v. 9). Han quedado atrás también los antiguos signos del amor de Dios en el desierto. Desde aquel día “dejó de caer el maná, y los israelitas ya no volvieron a tener maná; aquel año se alimentaron de los frutos de la tierra de Canaán” (v. 12). De ahora en adelante también las manifestaciones del amor de Dios serán nuevas, como nueva es la historia de libertad del pueblo y nueva la tierra que de ahora en adelante los enriquecerá con sus frutos.

 

            La segunda lectura (2 Cor 5,17-21)  forma parte de una ferviente exhortación paulina a “dejarse reconciliar por Dios” (v. 20), ya que Dios “nos ha reconciliado consigo mismo por medio de Cristo” (1Cor 5,18). El verbo “reconciliar” (griego: katallássein) aparece solamente 6 veces en todo el Nuevo Testamento (Rom 5,10; 1 Cor 7,11; 2 Cor 5,18.19.29), ordinariamente se usa para hablar de la reconciliación del hombre con Dios (a excepción de 1Cor 7,11). Etimológicamente está formado del prefijo katá (según, conforme a, etc.) y del verbo lassein (cambiar, transformar), lo cual indica que la reconciliación supone un cambio, una transformación radical, una novedad en las relaciones, un inicio nuevo. Reconciliarse es restaurar un vínculo de amor o de amistad que ha sido roto a causa de la infidelidad de una de las personas comprometidas en la relación. Es cambiar de vida. Pablo anuncia que la reconciliación con Dios, más que un esfuerzo humano, es una gracia que se ofrece a todos a través de Cristo. El hombre ha roto con Dios a causa del pecado, pero el Señor ofrece gratuitamente la reconciliación a través de la fe en Cristo: “Somos, pues, embajadores de Cristo, y es como si Dios mismo los exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo le suplicamos que se dejen reconciliar con Dios. A quien no cometió pecado, Dios lo hizo por nosotros reo de pecado, para que, gracias a él, nosotros nos transformemos en salvación de Dios” (vv. 20-21).

 

            El evangelio (Lc 15,1-3.11.32) nos coloca delante del misterio insondable de la misericordia del Padre, a través de esa obra maestra de Lucas que es la “parábola del Padre pródigo de amor y de perdón”. En ella se narra la experiencia de la reconciliación del hombre con un Dios que “no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva” (Ez 18,23). Jesús ha contado la parábola para explicar su propio comportamiento en relación con los pecadores y perdidos. Mientras los fariseos y maestros de la ley se mantienen a distancia de los pecadores por fidelidad a la Ley (véase, por ejemplo, lo que dice Ex 23,1, Sal 1,1; 26,5), Jesús anda con ellos, come y bebe y hace fiesta con ellos (Lc 15,1-3). Lo que choca a los maestros de la ley no es que Jesús hable del perdón que se ofrece al pecador arrepentido. Muchos textos del Antiguo Testamento hablaban del perdón divino. Lo que sorprende radicalmente es la forma en que Jesús actúa, el cual en lugar de condenar como Jonás o Juan Bautista, o exigir sacrificios rituales para la purificación como los sacerdotes, come y bebe con los pecadores, los acoge y les abre gratuitamente un horizonte nuevo de vida y de esperanza. Esto es lo que la parábola quiere ilustrar; su objetivo primario es mostrar hasta dónde llega la misericordia de ese Dios que Jesús llama “Padre”, una misericordia que se refleja y se hace concreta en la conducta de Jesús frente a los pecadores.

            El relato inicia contando que el hijo menor pide la parte de la herencia que le corresponde y se va de la casa (v. 12). Se trata de un hecho legal, a través del cual aquel hijo ejerce su derecho (Dt 21,15-17). Lucas no insiste tanto en las motivaciones por las que el hijo se fue, ni en la moralidad o legalidad de la petición de la herencia. En el relato interesa más saber que el hijo hizo mal uso de aquella riqueza y que llegó a una situación límite de miseria y de muerte por culpa suya: “despilfarró toda la fortuna viviendo como un libertino” (v. 13). Es responsable de lo que le ocurre, recibe lo que él mismo se ha buscado. La escasez de la región donde se encuentra complica más su situación y entonces es cuando intenta hacer algo, hasta llegar al límite de querer comer “hasta el alimento que daban a los cerdos, pero no se lo permitían” (v. 16). Entonces reflexiona: “¡Cuantos jornaleros de mi padre tienen pan de sobra, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino, regresaré a casa de mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y contra ti. Ya no merezco llamarme hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros” (vv. 17-19).

        Ha corrido mucha tinta explicando la reflexión del hijo menor como modelo de arrepentimiento. Pero, leyendo atentamente el texto, en aquel monólogo hay poco de remordimiento y de confesión del mal cometido, y mucho de cálculo y de interés. En realidad quiere volver para comer como los jornaleros de la casa de su padre. En el mejor de los casos sus palabras son ambiguas y nos dejan insatisfechos a los que esperaríamos una conversión y un arrepentimiento serio de la vida tan desordenada que ha llevado hasta ahora. El narrador ha querido dejar al lector con sus dudas acerca de la recta intención del hijo que vuelve. Precisamente aquí está el punto central de la paradoja de la parábola. El narrador no se hace ilusiones con ciertos discursos de conversión y en ningún caso quiere proponer como modelo de arrepentimiento a este hijo que no vuelve movido ni por amor a su padre, ni confesando humildemente sus errores. La parábola no quiere describir el itinerario de una conversión, sino presentar la sorprendente reacción del padre cuando el hijo vuelve y la forma en que interpreta su regreso a casa.

            Cuando ya está cerca de su casa, “el padre lo vio y, profundamente, conmovido, salió corriendo a su encuentro, lo abrazó y lo cubrió de besos” (v. 20). El hijo, que ha preparado con cuidado su discurso, comienza a hablar y no termina. Su discursito queda cortado. Y esto es importante. El narrador de la parábola quiere insistir en que el padre no tiene necesidad de las lindas palabras que el hijo ha preparado para correr, abrazarlo y besarlo. No son las palabras del hijo las que determinan la conducta del padre. En este momento la figura del padre llena toda la escena. El contraste es fuertísimo entre la actitud calculadora del hijo y el amor inconmensurable del padre. El padre, dice el texto, “se conmovió profundamente” (en griego: splangnízomai, “conmoverse las entrañas maternas”). La ternura del padre tiene su origen en lo más profundo de su ser. El padre es ternura. No se dice nada de las reacciones del hijo, porque aquí interesan poco. Toda la atención del lector se debe centrar en la figura de un padre fuera de lo común, excepcionalmente misericordioso y excesivamente tierno y amoroso. Un padre que no ha esperado el grito de arrepentimiento del hijo para correr y abrazarlo y besarlo. Y es que la parábola no se propone describir lo que significa ser hijo, sino que quiere revelar hasta dónde llega la paternidad de Dios.

            El hijo menor no sólo encuentra comida, “como uno de los jornaleros”, sino que vuelve a tenerlo todo con exceso: anillo, sandalias, fiesta... Todo es fruto del gozo paterno. Un gozo que tiene una sola explicación, una explicación que justamente es el padre quien la da en la parábola: “este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado” (v. 24). El padre nunca pronuncia la palabra “pecado”. Más que a la ofensa recibida con la lejanía del hijo, piensa en las consecuencias que esto ha traído para su hijo, piensa en la muerte que amenazaba con privarlo de su hijo. El discurso del padre tampoco hace alusión a las motivaciones ambiguas que empujaron al hijo a volver. Poco importan. Para el padre cuenta sólo que el hijo está allí, que lo ha recuperado y que ahora podrá vivir junto a él. En realidad, el padre nunca rechazó al hijo, porque la filiación no estaba condicionada por sus méritos. Para el padre no cuenta el pasado del hijo, ni tampoco el futuro. Ni lo juzga por lo que ha hecho, ni le exige nada a cambio de recibirlo. Cuenta la vida del hijo. Ahora vive, junto al padre; lejos de él, “se moría de hambre”.

            La parábola concluye haciendo alusión al “hijo mayor”, que nunca se fue de la casa y que, cuando regresó el hermano, estaba precisamente trabajando en los campos del padre (v. 25). La fiesta que celebra el regreso del hijo menor ha comenzado cuando el mayor todavía está en el campo. La fiesta ha sido organizada exclusivamente por el padre, tiene su origen y su sentido en la misericordia del padre. Al hijo mayor sólo le queda la opción de unirse a aquella fiesta o rechazarla, según acepte o no la decisión misericordiosa del padre. El hijo mayor, sin embargo, sólo piensa en él. Él es el único punto de referencia. Resume su conducta hablando de vida ejemplar, fiel, pero se expresa en términos de esclavitud: “Hace ya muchos años que te sirvo (en griego: doulein, “ser esclavo”). Se cree justo y merecedor de todo. Es más, creer saber más que el padre en cuestión de retribución y de justicia! No interpreta su vida en clave de cercanía con el padre, de amor recíproco, de gratuidad. Considera las relaciones con el padre en términos de retribución y describe su existencia en términos de esclavitud: “Hace ya muchos años que te sirvo sin desobedecer jamás tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para celebrar una fiesta con mis amigos” (v. 29).

            El hijo mayor, que representa a los escribas y fariseos que daban gracias porque “no eran como los demás”, se resiste a entrar a la casa a celebrar. El padre, sin embargo, “salió y trataba de convencerlo” (v. 28). Salió a buscar al mayor como había salido a esperar al menor. El padre no rechaza tampoco a este hijo, pero lo invita a superar la lógica de la retribución, a no interpretar su existencia de hijo en clave de remuneración y de sueldo: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo” (v. 31). El padre de la parábola vuelve a aparecer dándolo todo, sin medida, sin cálculo de ningún tipo. Ser padre es compartir todo con sus propios hijos. Pero respeta también al hijo mayor. Y así como no obligó al menor a no marcharse de casa, tampoco obliga al mayor a entrar y participar de la fiesta.

            Esta parábola narra una historia universal en la que todos nos podemos reconocer y en la que todas las palabras hablan de la ternura y el inmenso amor del Padre. Unos y otros somos invitados a participar del amor del Padre. Los alejados, volviendo a la casa paterna y recuperando el gozo de la vida verdadera; los orgullosos y satisfechos de sí mismos que juzgan a los demás, entrando a la casa para vivir el gozo del amor del Padre, alegrándose del perdón ofrecido gratuitamente a todos. No sabemos si el hijo menor se quedó para siempre en la casa. Tampoco sabemos si el mayor se decidió a entrar y compartir la alegría del Padre. Son preguntas que cada lector del evangelio debe responder con su propia vida.