QUINTO DOMINGO DE CUARESMA

(Ciclo C)

 

Is 43,16-21

Fil 3,8-14

Jn 8,1-11

 

            El Dios bíblico es novedad absoluta, creador incansable de horizontes de vida y esperanza para la humanidad. Con razón, hablando de Dios, el poeta nicaragüense Rubén Darío afirmaba que “siempre hay futuros en el útero eterno”. Las lecturas bíblicas de este domingo son un canto a la novedad y al futuro que Dios hace brotar en medio de la rutina, el cansancio y la negatividad de la historia. El profeta Isaías del exilo nos invita a mirar lo nuevo que Dios va gestando en medio de lo cotidiano y a olvidar lo pasado (primera lectura). Pablo, alcanzado por Cristo, corre hacia la meta, “olvidando lo que ha dejado atrás” (segunda lectura). En el evangelio, a una pobre mujer pecadora, acusada por todos, como una que debe morir, Jesús le abre a los horizontes de una nueva vida nueva (evangelio).

 

 

            La primera lectura (Is 43,16-21) está tomada del profeta llamado “Segundo Isaías” o “Deuteroisaías”, que desarrolló su ministerio en los últimos tiempos del exilio, consolando al pueblo en un momento de extremo dolor y alentando su esperanza hacia un futuro de vida y de justicia. En este texto invita al pueblo a “no recordar” (hebreo: ’al tizkkeru) los grandes eventos salvadores que Dios ha realizado en su favor en el pasado. La exhortación es paradójica, pues el verbo “recordar” (en hebreo zakar) constituye el núcleo de la fe de Israel que, según la ley de Moisés, deberá siempre recordar todo lo que el Señor ha hecho por ellos en el pasado (Dt 7,18; 16,3; etc.) y celebrar el memorial (zikkarôn) de la liberación de la esclavitud de Egipto (Ex 12,14; 13,9). El profeta parece contradecir lo que manda la ley: “No recuerden las cosas del inicio, no piensen en las cosas pasadas” (v. 18). Hay que mirar también al futuro. Yahvéh no es sólo el Dios del éxodo antiguo, cuando “abrió un camino en el mar” y “dejó tendido a un poderoso ejército de soldados” (vv. 16-17); es también el Dios de las promesas y el Dios del futuro: “Mirad, estoy haciendo algo nuevo, ya está brotando” (v. 19). El primer éxodo no será nada en comparación con el segundo. Si en el pasado Dios abrió una senda en el mar, ahora convertirá el desierto en un avenida y hará correr ríos en la estepa para dar de beber al pueblo (vv. 19-21). La historia y la vida personal de cada hombre no se construye sólo mirando atrás y recordando. No se puede vivir de fijaciones y nostalgias. Cada creyente, al igual que Israel, está llamado, sí, a recordar y a celebrar el pasado, pero no para quedarse estancado y vivir de añoranzas, anquilosados en tiempos que no volverán, sino para reafirmar la fe y la esperanza en un Dios que es capaz de crear siempre un futuro mejor.

 

            La segunda lectura (Fil 3,8-14) constituye una intensa confesión de Pablo, que contrapone a su antiguo celo por “la justicia de la ley” (Fil 3,6), el conocimiento de Cristo Jesús, en quien encuentró la verdadera justicia y la salvación. Todo el texto está construido sobre la antítesis que se ha venido a crear en su vida “a causa de Cristo”. Desde el momento en que Pablo encontró a Cristo, se dio cuenta que lo único que contaba era “conocer a Cristo y experimentar el poder de su resurrección” (v. 10). Es entonces cuando comienza su “carrera”, “olvidando lo que dejó atrás”, hacia “el premio al que Dios lo llama desde lo alto en Cristo Jesús” (vv. 11-14). Para Pablo Cristo ha representado la salvación realizada, aquella que Dios ofrece gratuitamente a todos los hombres que creen en él. Por eso quiere “ser encontrado en él” (v. 9); la salvación es precisamente participar de la gloria de Cristo resucitado.

La salvación depende de Cristo y se encuentra en él, por tanto no tiene nada que ver con la ley y las obras de la ley. Por eso para Pablo, en cuanto a la salvación, hay una incompatibilidad absoluta entre la ley y Cristo. Esto es lo que le lleva a afirmar que “considera que todo es pérdida si se compara con el conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor” y que “todo es estiércol en comparación de ganar a Cristo” (vv. 8-9). Pablo ha sacrificado todo su pasado religioso de fariseo observante. Ha elegido a Cristo en lugar de la Ley. Ahora vive una forma nueva de experiencia de Dios. Vive de la fe en Cristo que le ofrece gratuitamente el don de la salvación, renunciando a una religiosidad fundada en el cumplimiento de preceptos y normas. Este camino, sin embargo, es más exigente. Pablo es consciente de haber sido “alcanzado” por Cristo; por eso él, a su vez, vive totalmente empeñado en “alcanzar” a Cristo (vv. 12-14). La imagen deportiva de la carrera (v. 14, cf. 1Cor 9,24) expresa la dedicación total del atleta, empeñado en un esfuerzo total por alcanzar la meta, el premio. Para Pablo, Cristo Resucitado.

 

            El evangelio (Jn 8,1-11) narra el episodio de la mujer sorprendida cometiendo adulterio, a la que los fariseos y maestros de la ley están dispuestos a apedrear, pero que Jesús perdona. El texto rompe la lógica narrativa de los capítulos 7-8 de Juan y no encaja ni con el estilo literario, ni con la teología del cuarto evangelio. Además falta en la mayoría de los manuscritos antiguos, y en algunos de ellos aparece en el evangelio de Lucas, que sería un escrito más acorde para contener el episodio. Es un relato, por tanto, que originalmente no perteneció al evangelio de Juan, aunque no se puede negar que ha pertenecido a la tradición evangélica más antigua.

            Un día muy temprano, cerca del Templo, unos fariseos y maestros de la ley llevan a Jesús una mujer que había sido hallada en “flagrante adulterio” (v. 4), alegando que según la ley de Moisés debe morir apedreada. Efectivamente así está escrito en la Toráh: “Si se sorprende a un hombre acostado con una mujer casada, morirán los dos, tanto la mujer como el que se acostó con ella. Así extirparás el mal de Israel” (Dt 22,22; cf. Lv 20,10). Es curioso, sin embargo, que en el caso que presenta el evangelio no se hable del hombre, sólo de la mujer; y que los especialistas en la ley (varones todos ellos) sólo mencionen el castigo como aplicable a las mujeres adúlteras (“tales mujeres deben morir apedreadas”) y callan la primera parte de Dt 22,22 referido a los hombres. ¿No se estará insinuando con esto que se trata de una maniobra legal pero injusta, que tiene en la mira sólo a la parte más débil, a la mujer? El texto no deja de decir, al menos, que “la pregunta iba con mala intención, pues querían tener un motivo para acusar a Jesús” (v. 6). Lo colocan delante del hecho: “¿Tú qué dices?” (v. 5). Si les diera la razón, se haría cómplice de su injusticia, apoyaría un acto cruel contra una pobre mujer y se pondría en contradicción con su praxis misericordiosa, por la que era llamado “amigo de publicanos y pecadores” (Lc 7,34); si los desmintiera, se pondría abiertamente contra la Ley de Moisés y perdería autoridad moral como maestro.

            Jesús no responde, sino que se pone a escribir con el dedo en tierra. Un gesto un tanto enigmático. Ellos insisten en preguntar. En realidad no les interesa tanto la mujer, sino Jesús. Es entonces cuando les responde: “Aquel que de vosotros no tenga pecado, que le tire la primera piedra” (v. 7). Si de lo que se trata es de “extirpar el mal de Israel” (Dt 22,22), según el espíritu auténtico del versículo del Deuteronomio, cada uno puede empezar a verse sí mismo. Jesús no discute la normativa de Moisés, sino la autoridad moral de aquellos “jueces” que, viendo la pelusa en el ojo ajeno y no la viga en el suyo (Lc 6,41-42), condenado se condenan a sí mismos. Jesús a sus discípulos les ha prohibido terminantemente emitir cualquier juicio condenatorio sobre los demás, como cuando quisieron hacer baja fuego del cielo sobre unos samaritanos que no los quisieron alojar (Lc 9,54-55).

            Todos se fueron alejando y dejaron solo a Jesús con la mujer, “que continuaba allí frente a él” (v. 9), como delante del único tribunal justo. Entonces Jesús, el único que podía haber tirado la piedra, le dijo: “Tampoco yo te condeno, puedes irte, y no peques más” (v. 11). El juicio de Jesús representa el triunfo de la misericordia sobre la ley. Para él, lo primero no es la norma ni lo que dicen las leyes, sino la persona humana: “Misericordia quiero y no sacrificios” (Os 6,6; Mt 9,12). Aquella era una mujer y una mujer gravemente pecadora. En aquella época, por su condición femenina, merecía poco aprecio; por ser una pecadora merecía todos los desprecios. Jesús, en cambio, respeta y defiende a aquella mujer. Su actitud hacia ella está llena de compasión y de amor. El gesto y las palabras de Jesús revelan hasta dónde llega la misericordia de Dios que en él se revela y se dona a los hombres. El perdón ofrecido a la mujer no sólo le devuelve su dignidad de persona, sino que le ofrece la posibilidad de reiniciar su existencia en forma nueva.

            La enseñanza de Jesús vale para todos. Que nadie tire piedras contra nadie, porque todos somos pecadores. Empecemos por “extirpar el mal” de nosotros mismos, según el espíritu de la ley de Moisés en Dt 22,22. Aquella mañana Jesús emitió un juicio válido para siempre. Ha quedado claro que él está de parte de los débiles y en contra de los inquisidores, y que él es el auténtico liberador del hombre, pues pone en el centro de la experiencia humana el amor misericordioso y no la ley. Aquella día Jesús enseñó en forma práctica que “no ha venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mt 9,13). Dejó claro que él no sólo no condena, sino que prohíbe condenar. Lo que sí hay que condenar, si hay que condenar algo, es el legalismo que oprime a los hombres, el fariseísmo que fomenta la hipocresía religiosa, y la intolerancia cruel que señala con el dedo, juzgando o marginando a los demás.