Jer 31,31-34

Heb 5,7-9

Jn 12,20-33

 

 El leccionario bíblico de este domingo se abre con el célebre oráculo de la “nueva alianza” (Jer 31,31-34), uno de los vértices de la teología del Antiguo Testamento (primera lectura). El profeta anuncia la superación del antiguo pacto del Sinaí, a través de una acción gratuita de Dios que transforma al hombre, grabando su ley, ya no sobre la piedra sino en el corazón de cada uno. Esta novedad se realiza en la Pascua de Cristo, a través de la cual Dios establece una alianza nueva con la humanidad, no sellada con sacrificios de animales, sino con la obediencia y oblación del Hijo, víctima y sacerdote (segunda lectura). En la hora de la cruz Cristo es glorificado, atrayendo a todos los hombres hacia él. El es el grano de trigo que cae en tierra y muere para producir el fruto de la vida en la historia de la humanidad (evangelio).

 

  

      

 

              La primera lectura (Jer 31,31-34) representa una promesa única. En todo el Antiguo Testamento sólo aquí se encuentra la expresión “nueva alianza”, a la cual se referirá Jesús en la última cena (1 Cor 11,25; Lc 22,20). La historia de Israel había demostrado hasta la saciedad la incapacidad del pueblo para mantenerse fiel a la alianza sellada en el Sinaí. Más de una vez el piadoso israelita había elevado al Señor esta oración: “Por el honor de tu nombre, no nos rechaces, no desprestigies tu nombre glorioso, recuerda  y no rompas tu alianza con nosotros” (Jer 14,21). Este oráculo profético anuncia que Yahvéh ha escuchado la súplica en relación a la alianza y ahora hace una nueva oferta, generosa y gratuita, no obstante las múltiples infidelidades históricas de Israel (Jer 31,32). Todo el acento del texto cae en el adjetivo “nuevo”. No se trata de una repetición de lo antiguo. La novedad consiste en que ahora la ley se graba no en un objeto exterior (las tablas de piedra), sino en el corazón del hombre: las normas de un código legal son  sustituidas por la gracia, la exigencia exterior por el conocimiento interior; el pecado por el perdón; el temor por la comunión íntima y amorosa. El oráculo supone que la alianza antigua no puede ser ya “reparada”. Toda la vieja estructura de Israel es superada por una nueva forma de actuar de Dios, que crea en el hombre las condiciones para la fidelidad y el conocimiento del Señor.

            Una característica esencial, por tanto, de la nueva alianza es la de ser un evento íntimo: el pueblo y cada individuo se llegan a vivir y a comportarse como “hijos de Dios”, es decir, en relación de comunión con el Señor, pero ya no a causa de haber nacido en un determinado pueblo, o por haber practicado la circuncisión, sino como consecuencia del don de un corazón nuevo, del don del Espíritu (Ez 36,26-27) que reciben de Dios. La primera alianza, el antiguo modo de comprender la relación con Dios, se fundamentaba en la suposición que el hombre, con su buena voluntad, podía ser capaz de ser fiel al compromiso que había adquirido; ahora bien, el pueblo fue rebelde desde el principio y de este modo toda su historia llegó a colocarse bajo la ira de Dios. La nueva alianza es posible cuando el pueblo y el individuo confiesan su radical impotencia e incapacidad para hacer el bien. La nueva alianza se realiza porque Dios promete y concede su perdón, que es gracia que brota espontánea, gratuita y regeneradora: “yo perdonaré sus iniquidades y sus pecados ya no los recordaré” (Jer 31,34).

 

            La segunda lectura (Heb 5,7-9) forma parte de esa espléndida homilía, obra de un autor anónimo originario probablemente de ambientes judeo-cristianos, conocida como “carta a los Hebreos”. El sujeto principal en el texto es Cristo, del cual se afirman tres acciones fundamentales: “ofreció” oraciones con lágrimas y gritos, “aprendió” a obedecer sufriendo y “se convirtió en causa de salvación”. Los tres verbos (“ofrecer”, “aprender”, “convertirse en...”) describen el recorrido histórico y espiritual de Jesús de Nazaret, desde la inmersión dolorosa y trágica en la muerte, a través de la fidelidad y la obediencia a Dios, hasta realizar plenamente la obra salvadora  en favor de los creyentes. El v. 7, utilizando el esquema típico de los salmos de lamentación (crisis del creyente-escucha de parte de Dios), evoca la condición de Cristo de frente a la muerte. El versículo recuerda también la humillación-exaltación del Siervo de Yahvéh (Is 52,13-53,12) y el himno cristológico de Fil 2,6-11, que afirma la obediencia de Cristo hasta la muerte de cruz y la exaltación de parte de Dios.

El texto utiliza para Cristo el verbo “ofrecer” (griego: prosphérô) (v. 7), un típico verbo sacerdotal que evoca los dones y sacrificios que cada sacerdote ofrecía por los pecados. Pero en el caso de Jesús desaparece el vocabulario ritual por los pecados y se habla sólo de su muerte, vivida en el dolor y la soledad, entre gritos y lágrimas. En otras palabras, el autor de la carta a los Hebreos afirma que la ofrenda sacerdotal de Jesús es su oración intensa frente a la amenaza de la muerte. Es con esta actitud que Jesús vive la extrema solidaridad humana y con ella realiza la mediación sacerdotal. El texto no dice que Jesús pidió simplemente ser librado de la muerte, sino que “ofreció”, “presentó” (griego: prosphérô), oraciones y súplicas a quien podía salvarlo de la muerte. El autor tiene mucho cuidado de utilizar un vocabulario sacerdotal, pues su interés es presentar a Jesús, solidario con los hombres en el dolor y la muerte, como único y verdadero sacerdote. Jesús es sacerdote definitivo a través de su plena solidaridad histórica con la humanidad sufriente.

De hecho, el Hijo no obtiene un salvoconducto que lo libre de la condición histórica, sino que a través del sufrimiento aprende, es decir, realiza y vive hasta el extremo su obediencia-fidelidad al Padre, de la cual la oración es fuente y expresión: “y aun siendo Hijo con lo que padeció experimentó la obediencia” (v. 8). Se afirma también que “fue escuchado” (v. 7b). El Padre lo escuchó, no librándolo de la muerte física, sino a través del triunfo sobre aquella condición de esclavitud y de temor que distingue el imperio de la muerte como alejamiento de Dios. En un contexto de sufrimiento mortal, Cristo realiza su mediación y ofrenda sacerdotal. Por eso “llegado a la perfección se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen” (v. 9). La perfección de Cristo, de la que habla el texto, no es de tipo ético o moral, alcanzada a través de una fidelidad heroica, sino a través del pleno cumplimiento del proyecto salvador, realizado a través de la transformación interior de la humanidad de Jesús, que de esta forma llega a convertirse en fuente de salvación definitiva para todos los creyentes.

 

El evangelio (Jn 12, 20-33) nos introduce en el misterio de la pascua de Jesús desde la óptica típica del cuarto evangelio, desarrollando siete conceptos joánicos fundamentales:

(1) La fecundidad del “grano de trigo”que cae en tierra y muere (v. 24) expresa vivamente cómo la muerte de Jesús desemboca en la gloriosa fecundidad de su resurrección.

(2) La paradoja de tener que “perder la vida para ganarla” (v. 25) es la expresión radical con la que Jesús presenta el misterio de su muerte, que por obediencia al Padre y por amor a los suyos, se convierte en fuente de vida en la historia de la humanidad. Esta dinámica pascual llega a ser principio fundador y orientador de la conducta cristiana.

(3) La hora (v. 27) es un concepto teológico de Juan para referirse a la muerte de Jesús como parte del plan salvador de Dios. Todo el ministerio y la predicación de Jesús se encaminan hacia “la hora”, es decir, hacia la cruz, que es al mismo tiempo humillación y gloria, paso de la muerte a la vida.

(4) La “glorificación” (v. 28) es el término que Juan usa para hablar de la muerte y resurrección de Cristo: el Padre muestra su gloria, es decir, muestra su poder salvador a favor de los hombres, en Cristo crucificado, presencia eterna de la gloria divina. La gloria de Dios es la vida del hombre y esta gloria divina se muestra en modo sublime en el evento culminante de la historia de la salvación: la cruz, la muerte y la resurrección de Jesús.

(5) La “elevación-exaltación” de la cruz, evoca la crucifixión de Jesús en su materialidad dolorosa y en su condición de gloria, como fuerza de amor que atrae a toda la humanidad al Salvador: “cuando yo sea levantado... atraeré a todos hacia mí” (v. 32). Juan utiliza el verbo griego ypsoō, que indica tanto el elevar materialmente un objeto, como el honorar o glorificar a alguien. En el cuarto evangelio, la elevación de Jesús en la cruz es al mismo tiempo su exaltación y su glorificación.

(6) La voz del cielo (vv. 28-30) es el signo de la presencia del Padre en el drama de dolor del Hijo, que asegura a los hombres la salvación en su camino de muerte y de gloria. Es una voz singular. Parece ser que sólo la percibió Jesús en el interior de su corazón, mientras los que estaban con él creyeron que se trataba de un “trueno”. Dios deja oír su voz a Jesús en antes de entrar  en aquel silencio misterioso que acompañó su pasión, crucifixión y muerte, cuando Dios calló absolutamente. Juan nos está diciendo que Dios habla, callando, y se revela, ocultándose.

(7) El “juicio” definitivo del mal (v. 31) evoca la paradoja de la cruz: precisamente allí donde parecen triunfar las fuerzas tenebrosas el mundo, el dominador de este mundo es derrotado y expulsado fuera. Cristo crucificado es el juez y el rey que vence al mal para siempre.