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La elección de David: 1 Sam 16

 

           Este texto narra la primera aparición de David en la Biblia y coincide con la decisión de Dios que lo elige para ser rey de su pueblo. El Señor toma la iniciativa, Samuel es el ejecutor oficial, curiosamente el pueblo no cuenta, a diferencia de lo que ocurrió en la elección de Saúl el primer rey (cf. 1 Sam 8). Para la Biblia toda la historia de David se explica en este evento de gratuidad de parte de Dios. Más tarde, el profeta Natán refrendará la elección divina con la palabra profética que asegurará a David de parte de Dios la continuidad dinástica en el trono de Israel (2 Samuel 7).

            Toda la narración juega hábilmente con la raíz hebrea ra’ah, con la que se forma el verbo “ver” o “mirar” (vv. 1.6.7) y el sustantivo “apariencia” (v. 7). La elección divina se expresa con el “ver” del Señor: “He visto un rey para mí” (v. 1). El ver de Dios es decisión y acción, gratuidad y elección. Samuel va a Belén como le ha mandado el Señor y comienza a “ver”, uno tras otro, a todos los hijos de Jesé. Ve al primero, a Eliab, y piensa que es el elegido. Sin embargo, el Señor lo corrige: “No mires su apariencia, ni su gran estatura... La mirada de Dios no es como la mirada del hombre; pues el hombre mira las apariencias pero el Señor mira el corazón” (v. 7). Dios ha visto uno, Samuel ha visto otro. Dios ve con el amor gratuito, Samuel se deja llevar de la apariencia externa.

Y así, finalmente, por indicación expresa del Señor es ungido el más pequeño, David (vv. 10-13). El cuerno de aceite derramado sobre él y que le penetra la piel es expresión externa del “espíritu de Yahvéh”, que lo penetra interiormente y se queda en él en modo estable. La misma ruah, el “espíritu” que antiguamente había animado la acción liberadora, aunque pasajera, de los jueces, ahora se posa en el pequeño pastor que llegará a ser pastor de su pueblo. Así lo cantará el Salmo 78,70-71: “Y eligió a David su siervo, lo sacó de los apriscos del rebaño, le trajo de detrás de las ovejas, para pastorear a su pueblo Jacob, y a Israel, su heredad”.

Elección gratuita, unción real, presencia del Espíritu, son realidades que anticipan la figura del rey Mesías que, al final de los tiempos, “reinará sobre la casa de Jacob y su reino no tendrá fin” (Lc 1,33). Al mismo tiempo evocan el sacramento del bautismo cristiano, a través del cual el creyente es recreado y ungido en el Espíritu en virtud del misterio pascual.