Ex 20,1-17

1 Cor 1,22-25

Jn 2,13-25

 

            La existencia del pueblo de Dios está intrínsecamente ligada a “los Diez Mandamientos”, o mejor aún según el original hebreo, a “las Diez Palabras”, que Dios proclamó en el monte Sinaí y que definen el estatuto de la alianza y delinean la fisonomía del pueblo liberado de la esclavitud (primera lectura). Los Diez Mandamientos son un camino de libertad y de sabiduría para Israel y para todo el género humano. Esta ley antigua y nueva, en la que se concentra toda la voluntad de Dios, para el cristiano resuena y se resume en Cristo Jesús, “sabiduría de Dios” (segunda lectura). El es la “nueva ley” y el “nuevo templo”, la definitiva tienda del encuentro entre Dios y la humanidad (evangelio).

 

            La primera lectura (Ex 20,1-17) nos permite escuchar hoy la voz de Dios que sigue resonando en aquellas “Diez Palabras”, originarias y fundacionales del pueblo de la alianza. El Decálogo refleja bien el misterio de la alianza: Dios se compromete en conservar el don de la libertad a su pueblo; Israel, por su parte, deberá caminar según la palabra del Señor. La ley del Sinaí no es arbitraria, ni proviene de un dios caprichoso. Lo más característico del Decálogo no es su contenido, presente en cierto modo también en otros códices religiosos, sino el hecho de que el legislador es el liberador. Quien promulga estos mandamientos se ha presentado desde el inicio como el liberador; esta ley es proclamada por el  Dios que ha sólo ha deseado y desea siempre la libertad del hombre: “Yo soy el Señor, tu Dios, el que te sacó de Egipto, del lugar de la esclavitud” (Ex 20,2).

        Por otra parte, los preceptos del Decálogo no se deben entender como algo que Dios exige para sí mismo de parte del hombre, como una especie de recompensa o de justa retribución al don recibido. En los diez mandamientos, o “diez palabras”, como se llaman en el texto original hebreo, Dios no pide nada para sí mismo. El desea solamente que Israel haga de la libertad y de la vida el principio fundamental de su conducta y de sus deseos más profundos. Obedeciendos estos mandamientos, Israel será libre y conservará para siempre la libertad que de Dios ha recibido como un don.

            El texto del Decálogo se puede dividir en tres partes. En los extremos, es decir, en la primera parte (vv. 3-7) y en la última (vv. 13-17), son presentados los mandamientos “negativos”, es decir, los que prohíben determinadas acciones y que comienzan todos con el imperativo “No”.+

 

En la parte inicial hay tres mandamientos que se refieren a las relaciones del pueblo con Yahvéh como único Dios verdadero (“No tendrás otro Dios fuera de mí...”; “No te harás ninguna imagen...”; “No tomarás el Nombre de Dios en vano...”). En estos mandamientos Dios invita a Israel a no divinizar lo que no es Dios y a no inventarse un dios distinto del único Dios verdadero, pues sólo él es fuente de libertad y de vida.

         En la parte final hay cinco mandamientos que se refieren a las relaciones con el prójimo (“No matar”, “No cometer adulterio”, “No robar”, “No dar falso testimonio”, “No desear la casa del prójimo...”). Con estos mandamientos se invita a respetar, a través de las obras, las palabras y el deseo, la existencia y los derechos de los demás. En los Diez Mandamientos la norma de la justicia y el criterio de conducta no es una ley abstracta, ni la búsqueda de moderación de los propios deseos. El problema, por ejemplo no es tanto saberse contentar con un buey, en lugar de pretender dos. El problema es saber que el segundo buey pertenece al hermano como parte de su derecho a la vida. La verdadera norma de la justicia es “el otro”, el prójimo, a quien se debe respetar en su derecho a la vida y a la libertad. En los mandamientos de la parte final el texto del Decaálogo parte de los actos externos, para llegar al principio interior que sostiene la conducta: de “la mano” (homicidio, robo, adulterio), se pasa a la “boca” (falso testimonio) y se termina en el “corazón” (deseo), de donde vienen todos los males (Mt 15,19). Todos los ámbitos de la persona se deben comprometer en la práctica de la justicia y de la caridad. 

        En el centro del Decálogo hay dos mandamientos positivos, que expresan en un gesto simple la totalidad de la alianza, colocando juntas la relación con Dios (“Acuérdate del día sábado para santificarlo”) y con el prójimo (“Honra a tu padre y a tu madre”). La santificación del sábado da al hombre la posibilidad de entrar en el reposo de Dios (v. 11), reconociendo su trascendencia y gozándose en su alabanza. En el día sábado, paradójicamente, se manda hacer, “no hacer ningún trabajo“. El “no hacer” ninguna obra en sábado es un modo concreto de relativizar nuestras propias obras, todo lo que no es Dios, y así rechazar todo compromiso con la idolatría, es decir, renunciar a producir la salvación con nuestras propias manos, proclamando gozosamente que la salvación viene sólo del Señor en modo gratuito. Mediante un acto simple, dejando de trabajar un día, el pueblo revive semanalmente la experiencia de la liberación de la esclavitud egipcia, llevándola a su plenitud pues con el descanso sabático la asume gozosa y libremente.

        “Honrar a padre y madre" es un modo simbólico de crear las condiciones para unas relaciones justas en el plano social. El padre y la madre son, en efecto, el primer prójimo que cada hombre encuentra en la vida. Honrar a los padres es además un acto religioso, es un acto de glorificación de Dios. El texto hebreo, en efecto, utiliza el mismo verbo kabad, para refererise a la glorificación de Dios que a la honra de los padres. El israelita honra a sus padres, obedeciendo las enseñanzas que ellos transmiten, ya que con sus palabras lo introducen en la tradición viva de la alianza del pueblo de Dios. Se rodea de respeto y de ayuda espiritual a material a los padres, sobre todo cuando han llegado a la vejez o se encuentran en situación precaria o de enefermedad (Prov 19,26; Eclo 3,10.16), ya que de ellos el hijo ha recibido la vida y gracias a ellos ha entrado a formar parte de las generaciones bendecidas por el Señor. Honrando al padre y a la madre, el israelita reconoce haber sido engendrado por amor, acepanto así la vida como un don, la cual él deberá a su vez donar gratuitamente a los demás.

 

            El Papa en su peregrinación al Monte Sinaí, en ocasión del Jubileo del 2000, ha recordado que “cumplir los Diez Mandamientos significa ser fieles a Dios, y también ser fieles a nosotros mismos, a nuestra autentica naturaleza y a nuestras más profundas aspiraciones... Revelándose a sí mismo en el Monte y manifestando su ley, Dios ha revelado el hombre al hombre. El Sinaí se encuentra en el centro de la verdad sobre el hombre y sobre su destino”. El Decálogo, como camino de libertad y de justicia, sigue siendo actual: la palabra de Jesús es su plenitud. El Papa, en efecto, ha afirmado en el Sinaí  que “cuando San Pablo escribe que ‘mediante el cuerpo de Cristo’ hemos ‘muerto a la ley’ (Rom 7,4), no quiere decir que la Ley del Sinaí haya pasado. Quiere indicar que los Diez Mandamientos ahora se escuchan a través de la voz del Hijo predilecto” (Celebración de la Palabra en el Monte Sinaí, 26.2.2000).

 

            La segunda lectura (1Cor 1,22-25) proclama lo que Pablo llama “la locura de la cruz” como principio de sabiduría divina, es decir, como criterio del actuar de Dios en la historia. La sabiduría en la Biblia no indica tanto un saber teórico, sino un modo de comportamiento. La sabiduría de la cruz es el modo de actuar de Dios que se ha manifestado en el momento culminante de la historia y, al mismo tiempo, el estilo y el contenido de la predicación cristiana, la cual debe concretizarse en la existencia de cada creyente y de cada comunidad.

         La sabiduría de la cruz se concretiza, por tanto, en el anuncio de Jesucristo crucificado, en quien se revela una imagen de Dios radicalmente diversa de la que buscan los judíos y los griegos. Los primeros ponen su confianza en una divinidad poderosa, capaz de hacer obras portentosas para salvarlos; los griegos conciben la divinidad como un principio lógico, ordenador del mundo. Los judíos buscan una religión segura, sin riesgos; los griegos, prefieren una religión basada en la sabiduría racional. En Jesucristo, en cambio, Dios se revela como un derrotado frente a los poderes del mundo y como un necio a los ojos de los sabios. Pero es precisamente en la fidelidad de Jesús, que muere en la cruz amando a los suyos hasta el extremo, donde Dios manifiesta su modo peculiar de ser y de actuar, es decir, en Cristo ha mostrado toda la sabiduría y el poder del amor. Es precisamente es este acto supremo de la libertad y del amor de Dios que se realizan la salvación y la liberación del hombre.

 

            El evangelio (Jn 2,13-25) narra el acto simbólico y profético de Jesús que expulsa del templo a cambistas y vendedores de animales. El Templo de Jerusalén, centro y reflejo de todo el sistema religioso judío, no es ya un lugar sagrado dedicado al encuentro de Dios con el hombre. Jesús, en efecto, al echar a los comerciantes les dice: “No conviertan la casa de mi Padre en un mercado” (v. 16). Un lugar donde reinan intereses económicos egoístas y donde se explota a los más pobres con el pretexto de religiosidad, no puede ser un lugar de comunión y de experiencia de Dios.

En el evangelio de Juan el episodio de la purificación del templo, que en los sinópticos aparece al final del ministerio de Jesús, es anticipado al inicio de su misión y es presentado con una carga simbólica particular, poniéndolo en relación con la muerte y resurrección del Señor. El texto es una interpretación anticipada de parte del evangelista del evento de la Resurrección del Señor (cf. Jn 19,35). El texto es profundamente cristológico. Jesús es presentado en relación con el Padre: el Templo es "la casa del Padre mío"; es presentado en relación con el pueblo de la primera alianza, pues es coninuación y plenitud del santuario de Israel; y finalmente, es presentado en relación con sus discípulos, que representan a la Iglesia futura, interpretando y comprendiendo sus palabras a la luz de la Pascua.

En el texto evangélico Juan se sirve de diversos términos y expresiones para designar el Templo. En el v. 14, el evangelio llama al Templo con la palabara griega ieron que indica el edificio de piedra, el espacio material del Templo en donde se realizan los actos religiosos y las actividades comerciales en relación al culto. En el v. 16, Jesús no utiliza la palabra griega ieron, sino la expresión casa del Padre mío”, poniendo todo el acento no en el edificio material, sino en la Presencia divina que da sentido a aquella construcción. A partir del v. 19, el texto utiliza otra palabra para designar el templo, la palabra griega naós, que indica precisamente la parte más interior y sagrada del Templo, el Santo de los Santos. Con este juego de palabras griegas, Juan indica lo que es fundamental: el Templo verdadero se identifica con la Presencia divina, no con un edificio material. Por eso Jesús también ha reaccionado contra la desnaturalización de aquel lugar sagrado.

Las autoridades reaccionan y exigen a Jesús una explicación del hecho. Jesús, a su vez, responde ofreciendo como prueba y señal el mismo Templo : “Destruid este templo y en tres días lo reconstruiré” (v. 19). Los judíos toman la expresión al pie de la letra, artificio literario utilizado frecuentemente por Juan; el narrador, por su parte, ofrece la explicación: “Pero él se refería al templo de su cuerpo” (v. 21). Jesús es el nuevo templo. Dios se hace presente en forma totalmente nueva y perfecta en el “templo de carne” de la humanidad del Hijo de Dios. La interpretación que ofrece el narrador sólo se puede comprender a la luz de la experiencia pascual. De hecho los discípulos recuerdan lo dicho por Jesús después de la resurrección y “creyeron a la Escritura y a la palabra de Jesús” (v. 22).

 

El primer Templo bíblico nació como un proyecto humano de David, que Dios en un primer momento no terminó de aceptar (2 Sam 7). Sin embargo, el primer Templo fue construido por su hjo Salomón y llegó a ser aceptado por Dios como lugar sacramental pero siempre relativo de su presencia, En la oración consacratoria del Templo, en efecto, Salomón reconoce que Dios no puede habitar en un templo de piedra y sólo le pide al Señor que vuelva sus ojos a las oraciones que el pueblo le dirigirá en aquel lugar (1 Re 8,27-29). Son los profetas los que le darán al Templo su verdadero sentido. Isaías, por ejemplo, lo imagina como lugar destinado a ser espacio de reconciliación y fraternidad universal entre los pueblos. Al Templo de Jerusalén afluirán todos los pueblos de la tierra y del Templo saldrá la palabra como luz para iluminar la historia y pacificar las realciones entre los hombres. Desde el Templo, Dios será árbitro entre las naciones del mundo y con su palabra les instruirá y les concederá la paz: "forjarán las lanzas en arados... no se adiestrarán más para la guerra" (Is 2,1-5).

En el evangelio de Juan, el nuevo Templo es el Cuerpo de Cristo Resucitado. Él es el "arquitecto" del nuevo Templo, el Templo soñado por los profetas, pues con Jesús muere un modo de vida religiosa y nace otro. Ha desaparecido la era de los templos. Al Padre, dirá Jesús, ya no se le encuentra ni en Garizim, ni en Jerusalén, sino que se le adora viviendo con la fuerza y el dinamismo del Espíritu-Amor, adhiriéndonos con fe a la Verdad-Palabra de Jesús (Jn 4,19-25). Cristo no es spólo el constructor del nuevo Templo, sino que él mismo es el Templo, el espacio de la gloria de Dios como dice el Salmo 29,9: "en su Templo, un grito unánime: gloria!". La gloria de Dios, que es la vida y la salvación de los hombres, se hace presente y se manifiesta en Cristo Resucitado, verdader nuevo templo de los últimos tiempos. A Dios no se le encuentra en ningún templo de piedra. Dios se revela plenamente sólo en el Cristo glorioso, que es la plenitud del misterio del templo, que ya anunciaba el Antiguo Testamento: “Habitaré en medio de los israelitas y seré su Dios; reconocerán que yo soy el Señor su Dios, que los saqué de Egipto para habitar en medio de ellos. Yo soy el Señor su Dios” (Ex 29,45-46).

No podemos olvidar que Jesús no utiliza en el texto la palabra templo, es el narrador quien llama templo al cuerpo de Jesús. Jesús habla de "la Casa del Padre mío", imagen y figura del Cuerpo del Señor Resucitado. Si el templo es "casa del Padre mío" supone, por tanto, la fraternidad entre aquellos que habitan ese templo. Jesús Resucitado, verdadero Templo de Dios es el centro de unidad y la fuente de la vida para todos los hombres, hermanos entre sí e hijos de un Padre común.

Hemos pasado del templo de piedra (proyecto humano de David y realizado por Salomón), al templo soñado por los profetas (fuente de vida y luz para todos los pueblos), para llegar al Señor Resucitado (templo vivo en quien Dios manifiesta su gloria en favor de todos los hombres). Caminamos hacia este templo último. Entrar a participar del templo último supone que el mundo entero llegue a convertirse en casa de Dios, en donde todos los hombres sean hermanos. Esto exige además que todos los proyectos humanos, personales e internacionales, lleguen a identificarse con el proyecto de Dios, que es la vida de los hombres. Entrar en el templo definitivo que es Cristo supone "la destrucción" y "la resurrrección" de los proyectos materiales humanos, fundados en la violencia y en la injusticia, en las guerra y en el imperialismo irracioanal, en el pecado y en la increencia.

 

 

Este domingo de cuaresma nos ofrece en el Decálogo un texto privilegiado con el cual confrontar nuestra existencia de fe, es decir, nuestras relaciones con Dios y con el prójimo. Al mismo tiempo se nos presenta la persona de Jesús en su doble misterio de cruz y resurrección: como crucificado es la expresión suprema del amor divino, sabiduría y fuerza que salva; como resucitado es el nuevo templo en el que los hombres encuentran a Dios y se encuentran entre sí, haciendo de la propia existencia cotidiana una liturgia de alabanza en el tiempo. 

 

 

 

 

 

Pasión del Señor según el evangelio de Juan | El camino del desierto |

Salmo 51,12