Make your own free website on Tripod.com

Grandes temas teológicos

de los Hechos de los Apóstoles

 

A lo largo del tiempo de Pascua en la liturgia se proclama de forma cotidiana el libro de los Hechos de los Apóstoles, que sobresale en el Nuevo Testamento no sólo por su contenido teológico sino por su alta calidad literaria, comparable con obras clásicas de la cultura helenista. Constituye el segundo volumen de la obra de Lucas por lo que se encuentra en estrecha relación el tercer evangelio: mientras el relato evangélico es dedicado a la vida de Jesús, la narración de los Hechos se refiere a la historia de las primeras comunidades cristianas. Es casi seguro que ambos libros sean obra del mismo autor. Prueba de ellos son los dos prólogos (Lc 1,1-4; Hch 1,1-2) que se evocan recíprocamente; la lengua, el vocabulario y el estilo, prácticamente idénticos, salvo raras excepciones; y el pensamiento teológico que en sus líneas generales es el mismo.

En su forma exterior el libro de los Hechos es un entramado de narraciones, discursos y sumarios. Las narraciones constituyen como la columna vertebral del libro llevando adelante la trama del mismo. No es un reportaje histórico, sino una selección de acontecimientos reflexionados teológicamente sobre la vida de la iglesia de los orígenes. Los discursos sirven para profundizar los hechos narrados y para descubrir el sentido de ellos en el misterio de muerte y resurrección de Jesús. Los sumarios son pequeños resúmenes sobre la vida y la misión de la Iglesia, que sirven de transición entre los relatos y ayudan a captar el sentido de lo que se va contando. El libro se pude dividir en tres partes, a la luz del programa misionero propuesto por Jesús a los discípulos en Hch 1,8: "ustedes recibirán la fuerza del Espíritu Santo; él vendrá sobre ustedes para que sean mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra. La primera etapa de la misión desarrollada en Jerusalén corresponde a Hechos 1-5, el testimonio en Judea y Samaría a Hechos 6-12, y el testimonio hasta los confines del mundo a Hechos 13-28.

Teológicamente son tres los grandes temas que sobresalen en el libro: la gloria del Señor Resucitado, la fuerza irresistible del Espíritu Santo, y la revelación de Dios.

1. La gloria del Señor Resucitado

El libro se abre con una temática claramente cristológica: los "cuarenta días" (número bíblico simbólico que indica el paso a una nueva generación, el tiempo necesario para que Dios transforme una situación) de encuentros que los discípulos con el Resucitado antes de su ascensión a los cielos (Hch 1,3). Este tiempo se concluye justamente con el relato de la ascensión, que en la obra de Lucas ocupa un lugar importante: cierra su primer libro (Lc 24,30-31) y abre el segundo (Hch 1,9-11). Es un momento que sirve para distinguir la historia de Jesús que se concluye en la tierra (Evangelio) de la historia de la iglesia que comienza (Hechos). Esta idea típicamente lucana, muy diferente de la de Mateo (que ignora la ascensión y afirma que el Resucitado está constantemente presente en la historia terrena de la iglesia: Mt 28,20), subraya de forma realista el inicio de una nueva época histórica para los discípulos de Jesús. Lucas, sin embargo, tendrá mucho cuidado de dejar claro distinción no quiere decir separación: en los Hechos de los Apóstoles es claro que el anuncio de la iglesia, tal como aparece en los discursos del libro, está sólidamente centrado en la figura de Jesús. En los Hechos el acento se pone casi exclusivamente en el misterio y el anuncio de la resurrección de Cristo, proclamado como intervención divina y salvadora, objeto del testimonio misionero de la iglesia (cf. 1,22; 2,32; 3,15; etc.).

Otro tema cristológico importante que recorre todo el libro es la comunión con el Señor glorificado. El gesto litúrgico del "partir el pan" es parte integrante de la vida de la comunidad (2,42-46; cf. Lc 24,30-35). La comunidad se nutre gozosamente del misterioso pan que el Resucitado mismo ha "partido" para los suyos. El uso del nombre de Jesús es otra forma con que el libro manifiesta la presencia del Señor: el bautismo es administrado "en el nombre de Jesús el Cristo" (2,38; 10,48; 19,5); en su nombre los apóstoles realizan prodigios y milagros (3,6; 4,10-12; 9,34; 16,18). La concepción bíblica del "Nombre" sugiere que no se trata simplemente de "nombrar" a un personaje lejano, sino de la misteriosa manifestación del poder que mana de alguien vivo y presente. La continua comunicación del Señor con su iglesia se pone de manifiesto también a través de los relatos de misteriosas apariciones de Jesús. En este sentido la figura de Pablo es ejemplar: su conversión es consecuencia de un encuentro con el Resucitado (9,1-8; 22,6-10; 26,12-18), su misión entre los gentiles es precedida e indicada por Jesús en una visión (22,17-18), como también la difícil fundación de la iglesia de Corinto (18,9-11) y su viaje a Roma como testigo (23,11).

Los "cuarenta días" con el Señor Resucitado antes de la ascensión son, por tanto, una especie de visión profética de lo que sería la historia de la iglesia en viva comunión con el Cristo glorioso. Quizás por esto también Pedro hablará en términos tan realistas: "¡comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los muertos!" (10,41).

2. La fuerza irresistible del Espíritu Santo

Paradójicamente, es a través de la teología del Espíritu que Lucas expresa plenamente su cristología: Jesús presente activamente en la iglesia. El tema del Espíritu aparece en todo el Nuevo Testamento, pero ningún autor lo trata tan abundantemente como Lucas en los Hechos de los Apóstoles. Como en el caso de la ascensión, la promesa del Espíritu Santo a los discípulos concluye el primer libro (Lc 24,49) y abre el segundo (Hch 1,8): es el Espíritu quien permite pasar de la vida de Jesús a la historia de la iglesia.

El primer gran evento que abre la misión pública de la comunidad es Pentecostés (2,1-4). La experiencia del Espíritu no se limita, sin embargo, a esta primera manifestación, sino que se renueva continuamente en la vida de los discípulos: en el momento de las primeras dificultades (4,31), en ocasión de la conversión de los primeros paganos (10,44-47), en la vivencia de algunos grupos que se integraban plenamente a la iglesia (19,8). Para Lucas la historia de la Iglesia está marcada por esta renovada y continua manifestación del Espíritu. Es gracias a su energía y a su fuerza de vida que la comunidad de los creyentes lleva adelante eficazmente el misterio y la obra de Jesús en la historia. No es casual que también la vida pública de Jesús, en la obra de Lucas, está marcada por la acción del Espíritu (Lc 3,21-22; 4.14.18; 10,21).

En el libro de los Hechos la manifestación del Espíritu aparece sobre todo ligada a la experiencia misionera de la Iglesia. La misma experiencia de Pentecostés está orientada hacia la Palabra y a la capacidad de hablar las lenguas de todos los pueblos (2,11); la presencia del Espíritu es la que produce la primera expansión de la iglesia (2,37-41). Esto se repetirá una y otra vez: la presencia del Espíritu abre a la misión, empuja a la iglesia con valentía, llama a los hombres a la fe, capacita a los discípulos para realizar prodigios (4,31; 8,15-17; 10,44-47; 13,1-4; 20,21-22). Lucas, sin embargo, tiene mucho cuidado en subrayar la dimensión cristológica de la experiencia del Espíritu Santo. Es la promesa suprema de Jesús (Hch 1,8; Lc 24,49), el don del Señor glorificado (Hch 2,33); el testigo por excelencia (5,32). Su acción está tan íntimamente ligada a la persona de Jesús que Lucas lo llegue a llamar una vez: "el Espíritu de Jesús" (16,7).

3. La revelación de Dios

En el libro de los Hechos hay muchos textos que se refieren directamente a Dios como misterio trascendente y principio que da sentido a la historia y a la existencia de los hombres. Los predicadores cristianos de la primera generación no podían, entre los paganos, hablar directamente de Jesús Resucitado sin preparar el anuncio con algunas nociones religiosas esenciales sobre Dios, el Dios de la Escritura naturalmente. Una breve alusión aparece ya en el primer viaje apostólico a Listra (14,15-17) y en el discurso de Pablo en Atenas (17,23-31): el Dios único, creador y providente, única esperanza para la vida del hombre que lo busca instintivamente. Dios es presentado como el Dios de toda creatura humana, que cuida de todos y es cercano a todos. Naturalmente son nociones bíblicas, pero no se menciona la Escritura, sino más bien citas de la literatura filosófica y poética del mundo pagano (17,28).

Lucas también resalta la continuidad entre el Dios bíblico y la salvación en Cristo resucitado, sobre todo en los discursos construidos a base de numerosas citas del Antiguo Testamento (3,25-26; 7,2-53; 13,17-26). El Dios creador y providente, el Dios de la alianza y de los profetas, es el mismo Dios que salva al mundo en Cristo Jesús.

Este discurso sobre Dios, característico de Hechos, presenta casi de forma natural de una forma nueva la relación entre Jesús y Dios. Es típico de este libro el anuncio de la Resurrección como acción de Dios en Jesús: "Dios lo ha resucitado" (2,24.32; 3,15). Y esto tanto en la primera predicación de Pedro en Jerusalén, como en la de Pablo misonero (13,33; 17,31).