Gen 3,9-15.20

Ef 1,3-6.11-12

Lc 1,26-38

 

            La solemnidad de la Inmaculada Concepción de María nos coloca delante del proyecto originario de Dios, que nos ha elegido “en Cristo”, “antes de la creación del mundo”, “para ser santos e irreprochables ante él por el amor” (Ef 1,4); que nos “ha destinado de antemano, por decisión gratuita de su voluntad, a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, y ser así un himno de alabanza a la gloriosa gracia que derramó en nosotros, por medio de su Hijo querido” (Ef 1,6).

La fiesta de la Inmaculada Concepción celebra la historia de María de Nazaret, la Madre del Señor, como la realización del designio de Dios en una criatura como nosotros. La historia de María es la historia de una donación total al plan trazado por Dios, es la historia de una gracia y de una vocación excepcionales. La gracia recibida por María y su fidelidad a Dios iluminan nuestra propia existencia cristiana. María Inmaculada, totalmente consagrada a Dios y al amor en cada instante de su vida, en cada partícula de su ser y en cada dinamismo de su voluntad, es un motivo de esperanza y un llamado a la conversión. El “adán” que existe en cada uno, contemplando a María, es llamado a volver el esplendor original de la gracia y a vivir con gozo su fidelidad a los caminos del Señor.

 

La primera lectura (Gen 3,9-15.20) nos coloca delante de la magnífica reflexión sapiencial de Génesis 2-3 sobre el hombre de todos los tiempos. Contrariamente a lo que se afirmaba hasta hace pocos años, estos capítulos no provienen de la antigua época de la monarquía davídica en el s. X a.C., sino que, como se deduce del análisis del vocabulario y de los temas teológicos, son fruto de una tradición sapiencial más tardía y madura, que probablemente hay que ubicar en el tiempo del exilio (siglos VI-V a.C.). Nos encontramos, por tanto, delante de una reflexión teológica en forma narrativa acerca de la experiencia histórica de Israel que supone la terrible noche oscura del destierro en Babilonia: el pueblo llegó a perderlo todo por haber desobedecido a Dios y no haber seguido sus caminos.

El capítulo 2 del Génesis describe el proyecto originario del Creador, hecho de armonía y de luz; el capítulo 3, en cambio, presenta el resultado de un proyecto alternativo que el hombre ha querido realizar prescindiendo de Dios y cuyos resultados trágicos han sido experimentados por Israel y por todos los hombres, porque todos los hombres han pecado (cf. Rom 3,9; 5,12). El capítulo 2 habla de ’adam, un nombre hebreo colectivo que significa “humanidad”, una humanidad que ha recibido la existencia como un don de parte de Dios su Creador (Gn 2,7); en el capítulo 3, en cambio, el hombre es descrito arrastrado por una sabiduría y una voz diversa a la de Dios. Esta “voz” es representada por la serpiente, un animal que evoca los cultos idolátricos cananeos de la fertilidad y por tanto todo aquello que contradice a Dios. En la narración bíblica, el autor sagrado echa mano del artificio literario de hacer que la serpiente “hable”, pero precisamente hablando es una especie de “anti-palabra”. Las palabras que el narrador pone en su boca representan, en efecto, la oposición total y radical a la palabra de Dios.

La serpiente, afirmando que Dios no quiere que el hombre coma de ningún árbol del jardín (Gen 3,1), representa una sabiduría (una mentalidad), que imagina a Dios como alguien que es malo, que no quiere la vida del hombre y que, en cierto modo, es su rival. En la Biblia, la sabiduría es una forma de vida, es una forma de pensar, una serie de actitudes que orientan la conducta de todos los días. La serpiente representa la sabiduría que lleva a la muerte, que se opone al proyecto de Dios y que empuja al hombre a vivir idolátricamente, poniéndose como nuevo y único dios. Es el drama de la historia humana y de nuestra vida de todos los días. Es el pecado “original” porque se encuentra en el origen de todo pecado. Este es el pecado original, radical, característico y propio del primero y del último hombre, de todos los hombres que habitan sobre la faz de la tierra.

El texto del Génesis anuncia una “enemistad” histórica entre la serpiente (el símbolo del mal y de la sabiduría engañadora que se opone a la palabra de Dios) y la estirpe de la mujer (la humanidad). Se anuncia una continua hostilidad entre la humanidad y lo que la serpiente representa. Una lucha tenaz y dolorosa que, sin embargo, habrá un desenlace feliz: la victoria final será del género humano, a través de su fidelidad a Dios y a su voluntad. Tal victoria se realiza en la muerte y resurrección de Jesucristo, vencedor del pecado y de la muerte. Esta victoria de Cristo resplandece en forma eminente en María, su Madre, cuya existencia es un claro signo de la gracia divina y de la entrega total a Dios y, por tanto, de la victoria de la raza humana sobre la serpiente engañadora.

 

La segunda lectura (Ef 1,3-6.11-12) canta el proyecto de “Aquél que todo lo hace conforme al deseo de su voluntad” (Ef 1,11). Un gran designio salvador que tiene como centro y como meta a Cristo Jesús: “nos ha predestinado a ser sus hijos en Cristo Jesús” (Ef 1,5). El Padre nos ha elegido por amor (Ef 1,3-6); el Hijo nos ha redimido y nos ha obtenido la salvación a través de su sufrimiento (Ef 1,7-12); y el Espíritu es la mejor garantía de que tanto la acción del Padre como la del Hijo lograrán su objetivo final (Ef 1,13-14).

 

El evangelio (Lc 1,26-38) de la Anunciación nos presenta a la Virgen de Nazaret que recibe el anuncio del nacimiento del Mesías.

Ella es la realización más perfecta y bella del pueblo de la alianza, es la Hija de Sión llamada a alegrarse porque “el Señor, tu Dios, está en medio de ti” (Sof 3,17; Lc 1, 28). De ahora en adelante será ella, la nueva Sión, quien llevará en su seno la presencia salvadora de Dios en medio de los hombres. Sobre ella, de quien nacerá “el Hijo del Altísimo” (Lc 1,32), como en una nueva creación, vendrá el Espíritu Santo (Lc 1,35). Sobre ella, el poder del Altísimo bajará como una sombra que protege y cubre amorosamente (Lc 1,35). Como anunciaba el Salmo, María ha sido concebida “bajo el amparo del Altísimo” y “habitará siempre a la sombra del Omnipotente” (Sal 91,1). Como dice otro salmo: “El Señor la guarda a su sombra, está a su derecha; de día el sol no le hará daño, ni la luna de noche” (Sal 121,5).

María es, en efecto, la “llena de gracia” (Lc 1,28), expresión que traduce la forma verbal griega: kejaritoméne. Esta expresión verbal es un pasivo “teológico”, es decir, que tiene como sujeto de la acción a Dios; además pertenece a un tiempo verbal griego que supone una acción en el pasado, cuyos efectos permanecen continuamente en el presente. Dios ha colmado de su gracia a María desde siempre. Al inicio de su existencia hay una intervención divina, a la raíz de su vida totalmente “inmaculada”, es decir, consagrada al reino de Dios, hay una iniciativa de amor de parte de Dios.

María, la “llena de gracia”, es también “la sierva del Señor” que anhela desde el fondo de su ser realizar la voluntad de Dios en su vida (Lc 1,38). Sierva como Abraham, como Moisés y los profetas, como su Hijo, el Siervo por excelencia. María es, en efecto, una persona elegida por Dios para colaborar con él en la realización de su plan de salvación en la historia; al mismo tiempo, es alguien que ha respondido libre y gozosamente a Dios, consagrándose totalmente a su voluntad. La criatura, acogiendo la salvación, llega a ser colaboradora de Dios, volviéndose sacramento y anuncio de esta misma salvación para toda la humanidad.