El mensaje de san Juan de la Cruz es tremendamente incisivo y esencial. Va a lo fundamental del camino cristiano. Su palabra es una palabra sobre Dios y sobre el hombre. En sus obras no hace otra cosa que referirse continuamente a la historia de la donación amorosa de Dios al hombre y al camino del hombre, que progresivamente se va “vaciando” de tantas posesiones que le impiden recibir la comunicación de Dios. De allí que lo que él llamara los apetitos, elementos desintegradores de la persona, que debilitan la voluntad y entenebrecen el entendimiento, se conviertan en una realidad que el Santo nos invita a combatir y destruir por su mismo carácter desunificador y desintegrante.  Por eso también rechaza los caminos zigzagueantes que nos alejan de Dios, porque no llevan a ningún lado.  El camino cristiano es “camino derecho” (2 Subida 6,7).

 

 

La primera lectura (Is 43,1-3.4-5) es un oráculo de salvación del Deutero Isaías, el profeta que animó la esperanza del pueblo de Israel durante el exilio. El pueblo es llamado “Jacob”. Se le da el nombre del antiguo patriarca, elegido por Dios, para subrayar el principio fundamental de la elección gratuita. En el pasado, Dios eligió a Jacob, lo formó, le impuso un nombre nuevo, lo condujo y lo protegió en sus andanzas, le dio una descendencia. El mismo Dios que eligió a Jacob habla ahora al pueblo y repite el mismo gesto amoroso y gratuito: lo nombra, lo forma, lo hace superar graves peligros, lo toma en posesión, comprometido con él, lo rescata. En los vv. 3-4, en términos comerciales, Dios da algo valioso por otro objeto más valioso. ¿Por qué es precioso Israel? Por el amor de Dios, que hace precioso y apreciado al hombre.

 

La doctrina sanjuanista presenta a Dios y al hombre comprometidos totalmente, respetando cada uno la libertad y la dignidad del otro, en un proyecto, que es gracia y empeño, y que culmina en la comunión plena del hombre con Dios, el único que puede colmarle y satisfacerle. La dignidad humana, afirma el Vaticano II, “tiene en el mismo Dios su fundamento y perfección” y faltándole este fundamento “sufre lesiones gravísimas” (GS 21). Toda la antropología moderna se basa en el reconocimiento de una apertura constitutiva a lo trascendente como centro de la condición espiritual del hombre. A Juan de la Cruz le interesa tanto Dios como el hombre. En la grandeza y trascendencia del primero basa la dignidad del hombre: “un solo pensamiento del hombre vale más que todo el mundo; por tanto, solo Dios es digno de él” (Dichos 39).  Y en la grandeza y realización del hombre encuentra la mayor manifestación de la dignidad de Dios: “El fin de Dios es engrandecer al alma” (Llama de amor viva 2,3).

 

            La segunda lectura (Rom 8,14-18.28-30) nos recuerda que el Espíritu nos hace hijos de Dios y herederos suyos. Son hijos, en efecto, quienes se dejan guiar por el Espíritu. Como Israel en el Antiguo Testamento que, en el desierto era guiado por Dios que se manifestaba en una columna de nube durante el día y una columna de fuego durante la noche, así también los cristianos, en el desierto de la historia, son conducidos por ese principio vital de existencia que es el Espíritu. Dos testigos confirman nuestra filiación divina: nuestro instinto filial, el “espíritu de hijos”, que nos sugiere llamar a Dios afectuosamente “abbá”, y el Espíritu mismo. La consecuencia de ser hijos es ser herederos de Dios y coherederos con Cristo. Aunque no entra en posesión definitiva de la herencia inmediatamente, el cristiano comparte con Cristo el camino y el destino, destino de cruz y de gloria.

            El Espíritu es ese principio divino que desde el bautismo ha sido infundido en el creyente, el don de Dios por excelencia que el cristiano recibe gratuitamente y que influye en toda su existencia. Por eso Pablo puede afirmar que “todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (Rom 8,14) y “el que no tiene el Espíritu de Cristo no le pertenece” (Rom 8,9). Este Espíritu recibido “en nuestros corazones” (Rom 8,15), es decir, en la profundidad personal del hombre, no es algo estático, sino que se manifiesta en todos los aspectos de la vida. Así toda la existencia del cristiano es “vida en el Espíritu” (cf. Rom 8,4), y no “en la carne”, expresión de San Pablo que designa al hombre entero en cuanto mortal, alejado de Dios y opuesto a él, sometido a las más bajas pasiones e instintos.

            Pablo nos invita también a conservar la certeza de que Dios llevará a cabo su obra de liberación de la humanidad y del entero cosmos. La misma naturaleza espera anhelante, casi con la cabeza en alto, que se manifieste “lo que serán los hijos de Dios” (v. 19). Pablo da dimensión cósmica a la redención. El universo entero, ahora sujeto al desorden y a la esclavitud (v. 20), espera participar de “la gloriosa libertad” que Dios tiene preparada para sus hijos (v. 21). Mientras tanto, “la creación entera gime con dolores de parto” (v. 22), y los mismos cristianos, que “poseemos las primicias del Espíritu”, “gemimos en nuestro interior suspirando para que Dios nos haga sus hijos y libere nuestro cuerpo” (v. 23). La liberación final de los hijos de Dios se describe como liberación de la corrupción mortal, la última esclavitud humana (cf. 1 Cor 15,26). Si la corrupción es esclavitud, el esclavo es “rescatado” para la inmortalidad, que es libertad. También el cuerpo participa de la condición filial de los hijos de Dios. La intervención final de Dios hará posible la transformación radical del hombre y de las mismas estructuras materiales del cosmos. Mientras vivimos expectantes, anhelando la liberación, sufrimos los dolores de un “parto” que anuncia la llegada de una nueva condición humana, a imagen de Cristo, “nuevo Adán”. Nos anima la firme esperanza de que “los sufrimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria que un día se nos manifestará” (Rom 8,18).

           

    Dice san Juan de la Cruz que "el centro del alma es Dios" (L 1,12).  La figura simbólica del centro es muy conocida en la antropología y la simbólica actual. El centro es lo más distante de lo exterior de una cosa. Lo más distante de la periferia. Por tanto el sitio desde donde se tiene una perspectiva más objetiva de todo. Y además el lugar de donde parten y a donde convergen acciones particulares. Es el lugar "desde dónde" y "hacia dónde". El árbol de la vida está en el centro del Jardín del Edén. El Templo de Jerusalén era como el centro del mundo desde donde brotaba la vida (Ez 47) y hacia donde deberían caminar todos los pueblos (Is 2). Cristo es el centro de la historia. El centro del hombre, del que habla san Juan de la Cruz, nos sugiere dos cosas.  Primero que el ser humano es dinámico. Se va haciendo. Se va "centrando". Y segundo, que ese movimiento de humanización encuentra su plenitud cuando el hombre alcanza su centro que es Dios.

 El santo explica que "centro" es aquello a "lo que más puede llegar su ser y virtud y la fuerza de su operación y movimiento" (L1,12). Y, en el caso del hombre, alcanzar su centro es llegar "según toda la capacidad de su ser y según la fuerza de su operación e inclinación..." a Dios, "que será cuando con todas sus fuerzas entienda y ame y goce a Dios" (L1,11-12). Alcanzar el propio centro es ser uno mismo. Y ese ser uno mismo es algo que tiene carácter progresivo. Desde un mínimo de relación personal y amorosa con Dios, ya que "es el amor la inclinación del alma y la fuerza y virtud que tiene para ir a Dios" (L 1,13), hasta alcanzar el "más profundo centro", que coincide con la plenitud de acción del Espíritu. Dice, en efecto, el Santo, que en ese momento se "alcanza la sustancia, virtud y fuerza del alma" pues "la hiere y embiste el Espíritu Santo" (ibid., 14). Concentración en Dios. Centramiento en Dios. Ser uno mimo más plenamente. Una concentración absoluta de la persona en Dios, pero como anota san Juan de la Cruz con gran fineza, "no desechando nada del hombre ni excluyendo cosa suya de este amor" (2N 11,4).

 

El evangelio (Jn  17,17-26) forma parte de la llamada “oración sacerdotal” de Jesús, pronunciada, en el contexto del evangelio de Juan, inmediatamente antes de la pasión.

Jesús pide que los suyos sean “consagrados en la verdad”, explicando que esta “verdad” es la palabra viva de Dios (Jn 17,17). La consagración es en primer lugar dedicación a Dios, supone ser separados para él, lo que en lenguaje joánico se expresa con la frase “no ser del mundo” (v. 16). El creyente queda consagrado a Dios para participar de su santidad, para ser santo como él. El modo concreto con el cual se realiza esta consagración es a través de la escucha inteligente y amorosa que conduce a la obediencia práctica de la palabra de Dios revelada en Jesucristo. Es a través de la relación obediente con la Palabra, que el cristiano queda consagrado, consagrado “en la verdad”. En vez de rito de consagración, Dios emplea la verdad, es decir, su palabra que ha de ser recibida con y fe y tiene que llegar a convertirse en principio orientador de toda la existencia.

En la Biblia, la consagración siempre capacita para una misión. Dios consagra para enviar. Jesús, el Santo, consagrado por Dios (Jn 6,69; 10,36), muestra su santidad para consagrar a sus discípulos: “por ellos me consagro yo, para que queden consagrados con la verdad” (v. 19). Los discípulos, consagrados “en la verdad”, podrán así ser enviados al mundo, como Jesús fue enviado por el Padre: “como Tú me enviaste al mundo, yo los envío al mundo” (v. 18).

Jesús ruega también por todos los creyentes futuros y el núcleo central de su petición es la unidad: entre ellos, con Jesús mismo y con Dios (vv. 21-23). Una unidad de amor, que procede de Dios, la crea y realiza Jesús revelando el proyecto de Dios y manifestando la gloria del Padre. Una unidad que es comunicación de vida compartida con Dios y en una comunidad humana. Al final del texto, la perspectiva es escatológica. Jesús alarga la mirada hacia la consumación final. A un lado estará el mundo que no lo ha reconocido, al otro los que han creído en él. La voluntad última de Jesús es que ellos, como individuos y como comunidad, estén y vivan con él: “Padre, los que me confiaste, quiero que estén conmigo, donde yo estoy; para que contemplen mi gloria” (v. 24).

 

Dice san Juan de la Cruz que "el fin de Dios es engrandecer al alma" (L 2,3). Dios no es rival del hombre, no es celoso de su crecimiento, ni atenta contra su dignidad y libertad. En la plenitud de la vida espiritual el Santo exclama en Llama de amor viva: "Siente (el hombre) a Dios aquí tan solícito de engrandecerlo con unas y otras mercedes, que le parece al alma que todo Él es para ella" (L 2,36). Y en otra frase antológica afirma: "Fuera de Dios todo es estrecho" (Cta. 13 a un religioso carmelita descalzo). El hombre, creado con una estructura de "profundas cavernas", "no se llena con menos que infinito" (L 3,18). Solo Dios puede saciar plenamente la sed radical del hombre. Fuera de él todo es estrecho.  Por eso, san Juan de la Cruz llama a las criaturas, a todo aquello que no es Dios, “migajas”: "Son meajas que cayeron de la mesa de Dios" (1S 6,3).

El Dios cristiano es el Dios que busca al hombre, que viene y se acerca a todo hombre en Jesucristo: "Si el hombre busca a Dios, mucho más le busca su Amado a él" (L 3,28).  Un Dios que nos ha dado todo y se nos ha dado todo en Cristo: “Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar” (2 Subida 22, 3). En Cristo, Dios se ha revelado como Palabra y como Amor. Palabra de Verdad y amor transformador.

Un amor pensado desde la eternidad en Cristo: "El que a ti te amare Hijo, a mí mismo le daría; y el amor que yo en ti tengo ese mismo amor en él pondría, en razón de haber amado a quien yo tanto quería" (R2). El amor mismo que brota en el seno de la Trinidad, y por eso manifestado también históricamente en Cristo como amor incomparable, pues no hay amor humano que satisfactoriamente pueda servir a su comprensión: "Comunícase Dios en esta interior unión al alma con tantas veras de amor, que no hay afición de madre que con tanta ternura acaricie a su hijo, ni amor de hermano ni amistad de amigo que se le compare... El inmenso Padre está tan solícito en la regalar, como si él fuese su esclavo y ella fuese su Dios. ¡Tan profunda es la humildad y dulzura de Dios! Porque él en esta comunicación de amor en alguna manera ejercita aquel servicio que dice él en el Evangelio que hará a sus escogidos en el cielo, es a saber, que ciñéndose pasando de uno en otro, los servirá" (C27,1).  Así es Dios, "su mano no es abreviada" (L 1,15).