LA LITURGIA DE LA PALABRA

DEL TIEMPO DE ADVIENTO

(Ciclo B)

 

El adviento es el tiempo litúrgico que insiste en la esperanza y la vigilancia. Es por esto también metáfora de la vida cristiana como movimiento, como búsqueda y ansia. A través de las lecturas bíblicas de este tiempo se nos invita a contemplar todo el misterio de la venida del Señor en la historia hasta su consumación final. El Dios del adviento es el Dios de la historia que se ha hecho plenamente presente entre los hombres en Jesús de Nazaret, y en él ofrece a la humanidad la realización de sus aspiraciones y esperanzas más profundas.

El tiempo del adviento consta de cuatro domingos y está formado por dos etapas bien diferenciadas: (a) desde el primer domingo hasta el 16 de diciembre se subraya el aspecto escatológico de la salvación, invitándonos a reavivar nuestra esperanza por la venida gloriosa de Cristo; (b) desde el 17 al 24 de diciembre, toda la liturgia está orientada más directamente a la preparación de la Navidad. En este tiempo, la iglesia alentada por Israel, el gran maestro de la esperanza, reaviva su espera del día glorioso de Cristo, mientras vigilante se compromete día a día en la transformación de la historia.

1. El libro del profeta Isaías

Desde tiempos muy antiguos se ha asignado al tiempo del adviento la lectura casi diaria del profeta Isaías, cuyas páginas más significativas son proclamadas en estos días, como palabras permanentes de esperanza y de consuelo para todos los hombres. El libro de Isaías es una de las obras más ricas y bellas de toda la Biblia a nivel literario y teológico. Además, siendo el libro del Antiguo Testamento más citado en el Nuevo, es uno de los más conocidos de la literatura profética. Sin embargo, este libro, más que una sola obra, es una colección de escritos de diversos siglos y de diversos autores que los estudiosos han dividido en tres grandes partes: el Primer Isaías, que abarca Is 1-39 y proviene seguramente del profeta Isaías que vivió en el s. VIII a.C. en Jerusalén; el Segundo Isaías corresponde a Is 40-55 y fue escrito por un profeta anónimo en tiempos del exilio, hacia el s. VII a.C.; y el Tercer Isaías es obra de uno o varios profetas anónimos posteriores al exilio, hacia el s. VI a.C., y está compuesto por Is 56-66. En el tiempo del adviento leeremos textos de las tres partes de Isaías y es importante saberlos situar en su momentos histórico. A continuación vamos a referirnos a la época de cada una y a los textos del adviento más significativos.

1.1 El Primer Isaías (Is 1-39).

Esta primera sección del libro se atribuye al profeta Isaías que vivió en Jerusalén en el s. VIII a.C. Esta fue una época marcada por el expansionismo militar y político de las grandes potencias internacionales que trajo consecuencias catastróficas tanto para el Reino del Norte (Israel), que cayó en el 722 bajo el poder del ejército asirio, como para el Reino del Sur (Judá), que sufrió constantemente ataques y asedios militares y tuvo que someterse políticamente a Asiria en el 701. Por tanto, fue una época de inestabilidad y de miedo. Al interior del país creció el abuso de las clases altas, produciendo escandalosas diferencias sociales e injusticias. Isaías proclamó la necesidad y la importancia de la fe en una situación de tanta inseguridad: para él la fe en el Señor excluye todo temor, y al mismo rey le aseguró la fidelidad del Señor para mantener la continuidad de la dinastía davídica en momentos críticos para el país (cf. Is 7,7-9; 30,1-5; 31,1-3); también denunció como contrarios al plan del Santo de Israel (Is 5,12.19) la corrupción, la explotación de los pobres y el culto hipócrita que buscaba justificar los abusos (Is 1,10-20).

Los textos que leemos del Primer Isaías en el adviento tienen que ver con la esperanza mesiánica y la confianza en Dios (Is 2,1-5; 4,2-6; 11,1-10; 25,6-10; 26,1-6; 29,17-24; 30,19-21.23-26). Isaías nos invita a soñar y a esperar. Esta es la función de Is 2,1-5 al inicio del adviento (lunes de la 1a. semana): una impresionante peregrinación de todos los pueblos hacia el monte del Señor en Jerusalén, de donde brotan la enseñanza (torah) y la palabra de Dios (Is 2,3), para dejarse enseñar por él. El resultado es el desarme y la paz universal ya que todos los hombres han hecho coincidir sus propios proyectos con los caminos del Señor. El adviento nos enseña a esperar y a preparar este sueño de paz y de fraternidad en el que Dios es el único “juez de las naciones y árbitro de pueblos numerosos” (Is 2,4). Pero Isaías no es un soñador superficial, él sabe que para que los sueños sean realidad exigen nuestro compromiso. Y por eso habla de la necesidad de una “purificación”. El sueño será realidad “cuando el Señor lave la mancha de las mujeres de Sión y limpie en Jerusalén la sangre derramada con viento justiciero, con viento ardiente (Is 4,4). Es consolador saber que Dios está en medio de su pueblo dispuesto a prepararlo, a cambiarlo, a condición de que el pueblo se disponga dócilmente con humilde fe y confianza. La obra de Dios alcanza horizontes infinitos con la aparición del Mesías, que trae la paz universal y la justicia para los pobres (Is 11,1-10). Al final de la historia se describe un espléndido banquete, en el que se celebra el triunfo definitivo de la vida, porque Dios ha destruido todo lo que hacía llorar y sufrir a los hombres (Is 25,6-10). Isaías invitará constantemente a la confianza porque Dios está siempre llegando para salvar a los humildes que se abandonan a su amor, “al pueblo justo que se ha mantenido fiel, que mantiene la paz porque ha puesto su confianza en ti” (Is 26,3).

1.2 El Segundo Isaías (Is 40-55)

Esta segunda sección del libro es obra de un profeta anónimo que vivió en el tiempo más duro y más trágico de la historia del pueblo de la Biblia: en la época en que Israel fue llevado al exilio a Babilonia, después de perder su tierra, su monarquía, su Templo, sus tradiciones, etc. En los capítulos 40-48 anuncia a los desterrados la liberación del dominio de Babilonia, mientras que en los capítulos 49-55 parece dirigirse al segundo grupo de los que regresan a la patria y emprenden la reconstrucción de Israel.

Los textos que leemos del Segundo Isaías en el adviento tienen como temática el consuelo y la esperanza en la acción de Dios que puede crear todo de nuevo (Is 40,1-11. 25-31; 41,13-20; 48-17-19). El oráculo con que se abre el libro y que leeremos el segundo domingo de adviento (Is 40,1-11) es una invitación a contemplar y gustar la bondad del Señor: “ÁConsolad, consolad a mi pueblo!” (Is 40,1). Todos tenemos necesidad del consuelo y debemos creer que Dios llega y que podemos ser consolados por su bondad. En el lenguaje bíblico, “consolar” no significa simplemente “compadecerse”, sino cambiar una situación de dolor y de muerte en otra de esperanza y de vida. El pueblo está todavía en el exilio y el profeta lo invita a creer en el Dios que ha perdonado su culpa (Is 40,2) y que viene a salvarlo: “Áaquí está tu Dios, aquí está el Señor que viene con poder!” (Is 40,10). Solamente hay que preparar un camino para que Dios llegue (Is 40,3) y para que el pueblo regrese a su tierra, cargado amorosamente por Dios y delicadamente conducido hacia su tierra (Is 40, 11). El retorno a Jerusalén se hará en el desierto, pero ahora como camino triunfal que no conoce senderos torcidos ni caminos peligrosos, ya que el Señor es el pastor que va guiando a su pueblo, pues “apacienta como un pastor a su rebaño y amorosamente lo reúne, y lleva en sus brazos los corderos” (Is 40,11). Como en el éxodo de Egipto el Señor recorre el camino del desierto con su pueblo y es su guía hacia la salvación. El Señor, “Dios eterno” (Is 43,28), es un Dios de misericordia que “no se cansa, no se fatiga, su inteligencia es inescrutable” (Is 40,28), que ama infinitamente a su pueblo y lo invita constantemente a no tener miedo: “Yo, el Señor tu Dios, sostengo tu brazo y te digo: No temas, yo mismo te auxilio” (Is 41, 13), “No temas, gusanito de Jacob... yo te auxilio” (Is 41, 14). Basta que el pueblo esté dispuesto a acoger su palabra y a obedecerlo: “Así dice el Señor, tu redentor, el Santo de Israel: Yo, el Señor, tu Dios, te instruyo por tu bien, te marco el camino a seguir. ÁOjalá hubieras atendido mis mandatos! Tu bienestar sería como un río; tu prosperidad como las olas del mar...” (Is 48,17).

1.3. El Tercer Isaías (Is 56-66)

Todo hace indicar que esta parte de Isaías hay que situarla después del exilio, cuando gran parte del pueblo había vuelto a Israel, aunque no es fácil especificar una fecha precisa. La situación que se vive es difícil. Las promesas del Segundo Isaías parecían irrealizables, aun cuando el exilio había ya terminado; las dificultades para reconstruir el Templo y la ciudad eran muchas; a la mayoría le parecía imposible poder restablecer las condiciones de una vida social, política y económica decentes. Este profeta intenta invitar al pueblo a confiar de nuevo en la palabra del Señor que no puede fallar (Is 66,5), ya que se ha comprometido con los suyos a través de una alianza (Is 59,21) confirmada en la historia (Is 63,7-9). El Señor es siempre el mismo y no se ha vuelto incapaz de ayudar a los que se dirigen a él con confianza (Is 59,1). En este contexto hay que leer las entusiastas descripciones de Jerusalén presentada como capital ideal del nuevo reino y centro del mundo hacia el cual se dirigen todos los pueblos (Is cap. 60-62; 65,16-25; 66,10-14). El motivo de esta grandeza futura de la ciudad santa es la presencia del Señor que ilumina y envuelve con amor al pueblo que ha salvado (Is 60,1.19-22; 62,11-12).

En el tiempo de adviento leemos algunos textos de este profeta para reanimar nuestra confianza en el Señor en medio de las dificultades de la historia, ya que él viene a liberar a su pueblo y a colmarlo de gozo (Is 61,1-11; cap. 63,16-64,7). El tercer domingo de adviento resuena la voz entusiasta de este profeta como un verdadero “evangelio” para los pobres, esperanza para los enfermos y anuncio de liberación para los esclavos y los prisioneros: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado a dar la buena nueva a los pobres, a sanar a los de corazón destrozado, a proclamar la liberación de los cautivos y a los prisioneros la libertad” (Is 61,1-2). Como un heraldo en ocasión de la celebración hebrea del jubileo, así el profeta anuncia la liberación, la consolación y la paz para la entera comunidad de Israel. Es “el año de la misericordia del Señor” (Is 61,2), el jubileo perfecto y definitivo en que se restablece un mundo nuevo basado en nuevas relaciones entre los hombres. También se cambian las relaciones entre Dios y el hombre pues el Señor está dispuesto a celebrar con su pueblo un matrimonio de amor que no acabará jamás. El pueblo es “como novia que se adorna con sus joyas” (Is 61,10), a quien Dios da “un vestido”, como signo de protección y especial amor: “me vistió con un traje de salvación” y me cubrió con un manto de liberación” (Is 61,10). Serán transformadas también las relaciones entre la humanidad y el cosmos entero, ya que Dios hará surgir una naturaleza fértil y generosa y una sociedad justa y creyente: “Pues como la tierra echa sus brotes y un huerto hace germinar la semilla, así el Señor hará germinar la liberación y la alabanza ante todos los pueblos” (Is 61,11).

El primer domingo de adviento, en cambio, leeremos como primera lectura de la misa la bella meditación sobre la historia de Israel que se encuentra en Is 63-64. El profeta recuerda las múltiples intervenciones salvadoras de Dios en el pasado despreciadas por el hombre a causa de su rebeldía y de su pecado (Is 63,7-14; 64,1-6) y que han llevado ahora a la situación dolorosa y dramática de silencio de Dios que parece haber olvidado a los suyos: “ÀPermanecerás insensible ante todo esto? ÀSeguirás callado, Señor para humillarnos hasta el extremo?” (Is 64,11). El pueblo suplica ardientemente: “Áojalá rasgaras el cielo y descendieras!” (Is 63,19), sabe que el Señor al final lo salvará (64,4) pues es el Padre del pueblo, el alfarero que lo ha creado (63,16; 64,7), que no volverá a recordar las culpas de Israel arrepentido (64,4-5.8) pues ama a los suyos con amor eterno (63,15.17).

2. “El plan del Santo de Israel” (Is 5,19)

El viernes de la 1a. semana de adviento, la primera lectura de la misa del profeta Isaías (Is 29,15-24) nos ofrece una clave teológica para todo este tiempo litúrgico por medio de términos importantes del mensaje de Isaías, tales como “la obra de mis manos” (29,23; 5,12); “la acción de Yahvé” (5,12); “un plan maravilloso” (28,27); “el plan del Santo de Israel” (5,12). Esta es una temática central en el tiempo del adviento, que subraya constantemente la dimensión histórico-sacramental de la salvación. El Dios del adviento es el Dios de la historia, el Dios que con sus intervenciones históricas, que llegan a su plenitud en la encarnación de Cristo, ha dado consistencia al tiempo de los hombres, rescatando del pecado y de la nada la historia humana. El prefacio I del adviento refleja esta rica temática del profeta Isaías cuando habla del doble adviento de Cristo, diciendo: “quien al venir por vez primera en la humildad de nuestra carne realzió el plan de redención trazado desde antiguo... cuando venga de nuevo en la majestad de su gloria revelando así la plenitud de su obra”.

Isaías llama “el plan” o “la obra” del Señor al proyecto que Dios desea realizar en la historia y que puede ser reconocido por los hombres (cf. Is 5,12.19; 28,21). En Is 29,23 le llama “la obra de mis manos”, en oposición a las obras de los que detentan el poder y que son realizadas en las tinieblas (Is 29,15-16). Según Is 5,18-19, se trata de las acciones de Dios, reveladoras de su santidad y que transforman radicalmente la historia: son “el plan del Santo de Israel” (5,19).

Según la lectura de Isaías del viernes de la primera semana, son tres las principales características de la obra de Dios en la historia, las cuales pueden servir como claves de lectura de los textos bíblicos de todo el adviento:

(a) Dios hace que los sordos escuchen las palabras del libro:Aquel día los sordos oirán las palabras del libro; los ojos de los ciegos verán sin tinieblas ni oscuridad” (Is 29,18). El texto habla de sordos y ciegos que serán liberados de su impedimento para escuchar y ver, y de un libro que podrá ser leído. Este versículo no debe ser interpretado en sentido literal como curación física, sino en modo simbólico. Isaías habla de la revelación de Dios que llega a través de la palabra de los profetas y que en un determinado momento se ha puesto por escrito (Cf. Jer 36; Is 8,17; 30,8; 34,16), la cual podrá ser comprendida y aceptada por los que antes no podían hacerlo. Se afirma también que los ciegos podrán ver sin dificultad. Es decir, se anuncia la superación de la ceguera ético-religiosa que impide ver los signos de los tiempos, los llamados de Dios en la historia, su acción liberadora. En efecto, una de las condenas más fuertes de Isaías a sus contemporáneos en que no logran ver la acción histórica de Dios y sus exigencias (cf. Is 5,12; 22,11). En síntesis, Isaías anuncia que ojos y oídos serán liberados y que los hombres podrán ver la historia de forma nueva descubriendo al Señor en ella. Esta es una de las primeras exigencias de la espiritualidad del adviento.

Las palabras y las obras de Jesús son la revelación plena de las palabras de los profetas. “Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo (Heb 1,1). Con razón decía Jesús a los que le escuchaban: “ÁDichos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen! Pues, os digo, que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis y no lo vieron y oír lo que vosotros oís y no lo oyeron” (Mt 13,16-17). Jesús es la Palabra que contiene y lleva a su plenitud “las palabras del libro”. El Apocalipsis representa con “un libro sellado” el proyecto de Dios en la historia, que sólo el Cordero puede abrir y revelar (cf. Ap 5,6). El tiempo del adviento es el tiempo de la escucha y de la visión. Escucha de la palabra de los profetas y de Cristo, y visión de la historia y de los signos de los tiempos en los que Dios nos habla.

(b) Dios trae la alegría a los pobres:Volverán los humildes a alegrarse con Yahvéh, y los más pobres se gozarán con el Santo de Israel” (Is 29, 19). Isaías habla de los 'ebionim, es decir de los socialmente débiles y desprotegidos. En muchos textos proféticos con este término se designa a los explotados, que son víctima de la violencia de los poderosos (cf. Am 2,6; 4,1; 5,12; 8,4.6; Jer 2,34; 5,28; 22,16; Ez 16,49). Pero también posee un matiz claramente religioso: los 'ebionim son los que se presentan ante Yahvéh como pobres y necesitados (cf. Sal 35,10). El otro grupo mencionado es el de los `anawim, que contrastan con los orgullosos y los cínicos (Prov 16,19; 3,4), tienen el corazón abatido (Is 61,1) y buscan a Yahvéh (Sal 22,27; 69,33). Su derecho es violentado (Am 2,7) pero reciben el auxilio de Yahvéh (Sal 10,12.17; 25,9; 76,10; 149,4), en quien han puesto su gozo (Sal 34,3; 69,33). Son los pobres creyentes, los pobres de Dios que viven abiertos a su misericordia y confían todo en sus manos.

Una constante en la historia de la salvación es la alegría de los pobres provocada por las acciones salvadoras de Dios. La Virgen María, figura central del adviento y paradigma de los pobres del Señor, es invitada a la alegría frente a la venida de Dios a su pueblo: “Alégrate, María, llena de gracia” (Lc 1,28). El anuncio del nacimiento del Mesías va dirigido, en primer lugar, a los pobres, a los pastores que pasan la noche cuidando sus rebaños: “Les anuncio una gran alegría, que lo será para ustedes y para todo el pueblo: les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Mesías, el Señor” (Lc 2,10-11). Y al inicio de su ministerio Jesús mismo proclama: “ÁFelices los pobres, porque suyo es el reino de Dios!” (Lc 6,20), y citando a Isaías define su misión como “liberación de los cautivos... libertad de los oprimidos.. año de gracia del Señor” (cf. Lc 4,18.19; Is 61,1-2). El tiempo del adviento es el tiempo para renovar nuestra solidaridad con los más pobres de este mundo, con espíritu de infinita confianza en el Dios Santo que al llegar a este mundo es causa de gozo de los humildes y sencillos.

(c) Dios destruye los poderes injustos: “Habrá desaparecido el tirano, y no quedará rastro del soberbio, y serán exterminados todos los que hacen el mal (Is 29,20-21). El texto de Isaías habla del `arits, es decir, del hombre violento, del tirano (Is 25,4.5; 49,25; Sal 37,5; Job 15,20; 27,13), de quien actúa con crueldad despiadada contra sus semejantes. El otro personaje es llamado en hebreo lets, es decir, el soberbio, el altanero, el cínico, que es causa de contiendas violentas (Prov 22,10), falto de inteligencia (Prov 19,25) y lleno de maldad (Prov 9,8; 15,12; 13,1; Sal 1,1), alguien que de forma desvergonzada y descarada actúa y habla contra la verdad y sin respeto de Dios y de los otros. La tercera expresión usada por Isaías (“los que hacen el mal”) designa a los que devoran al pueblo explotándolo y oprimiéndolo (Sal 14,4; 53,5), a los calumniadores (Sal 41,7; 59,2-3), a los malvados en general (Sal 92,7.8; 94,4). Cuando Dios actúa en la historia, los orgullosos y potentes son rebajados; y los explotadores y maquinadores de injusticia son destruidos.

En este tiempo de adviento escucharemos a la Madre del Señor hacerse eco de estas palabras de Isaías en su cántico de alabanza por las cosas grandes que Dios ha hecho en la historia: “Su nombre es santo, y su misericordia es eterna con aquellos que le honran. Actuó con la fuerza de su brazo y dispersó a los de corazón soberbio. Derribó de sus tronos a los poderosos y engrandeció a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y a los ricos los despidió sin nada...” (Lc 1,49-53). El tiempo del adviento es el momento para renunciar a nuestras actitudes prepotentes y a nuestros escondidos deseos de dominio sobre los otros; es el tiempo para confiar en Dios a pesar de la maldad del mundo y del poder del pecado y de la injusticia. El día del Señor llegará como un ladrón en la noche y hay que vivir en espera vigilante sabiendo que Dios juez justo llega cada día y llegará al final de la historia para crear un nuevo cielo y una nueva tierra y “dar a cada uno según sus obras” (Rom 2,6; 1 Pe 1,17).

3. Los “evangelios” de adviento

El primer domingo de adviento leemos un texto de Marcos (Mc 13,33-37) que habla de la venida gloriosa de Cristo, inesperada pero cierta: “ÁCuidado!, estén prevenidos, porque no saben cuándo llegará el momento” (Mc 13,33). Podrá ocurrir al caer la tarde, en las tinieblas de la noche o cuando ya se ven las primeras luces del alba en el horizonte (Mc 13,35). El Señor nos enseña la actitud con la que el cristiano debe vivir: “lo que les digo a ustedes, lo digo a todos: Áestén atentos!” (Mc 13,37). La venida del Señor no debe producir temor ni expectativas superficiales, ni obsesión por un final que nadie sabe cuándo ocurrirá. Lo importante es que el cristiano viva responsablemente en lo cotidiano de cada día y asuma con seriedad su misión en la historia. El Señor está siempre cercano, viene cada día a través de los hermanos y de los signos de los tiempos, vendrá personalmente para cada uno en el momento de la muerte, y vendrá glorioso al final de la historia. Lo que se exige de nosotros es que una actitud de responsabilidad y de seriedad para vivir la caridad, en vigilancia constante para ser fieles a la palabra de Jesús, pues “el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mc 13,31).

El segundo domingo de adviento nos presenta la figura de Juan el Bautista, como el último de los profetas que prepara la venida del Mesías (Mc 1,1-8). La palabra de Dios nos transporta al desierto (Mc 1,3.4.12.13), el lugar de lo esencial, el lugar de la decisión y de la prueba. Allí escuchamos una voz: la del Bautista, que anuncia la llegada de “uno más fuerte” (Mc 1,7), que bautizará a la humanidad entera en el Espíritu Santo (Mc 1,8). También contemplamos un gesto: el bautismo en el Jordán para la conversión para el perdón de los pecados (Mc 1,4-5). La palabra y el gesto del Bautista son como una síntesis de la preparación y de la espera de Israel y de toda la humanidad ante el Cristo que llega. El adviento es un tiempo que invita a recuperar lo esencial de la fe: la escucha de la palabra, la conversión, la exigencia moral. Sólo así podremos salir preparados al encuentro del Señor que viene.

El tercer domingo de adviento nos vuelve a colocar delante del profeta Juan, el hombre del desierto, “un hombre enviado por Dios que vino como testigo, para dar testimonio de la luz” (Jn 1,6). El evangelio de Juan que leemos hoy nos presenta a Juan como un testigo de Jesús, que es la verdadera luz del mundo (Jn 1,8; 8,12). Juan Bautista confirma lo que Jesús, “la Palabra hecha carne” (Jn 1,14), dirá durante su ministerio. Es como una voz que orienta e invita a la humanidad a acoger el camino verdadero, la luz perfecta, el bautismo del Espíritu. Es como el amigo que prepara las bodas del esposo y luego se retira lleno de gozo, como el mismo atestigua: “La esposa pertenece al esposo. El amigo del esposo, que está junto a él y lo escucha, se alegra mucho de escuchar la voz del esposo, por eso mi alegría ha llegado a su plenitud. Es necesario que él crezca y que yo disminuya” (Jn 3,29-30). Escuchar hoy a Juan Bautista es comprometernos a realizar opciones serias de vida cristiana, abriendo nuestro corazón y nuestra vida entera a la palabra de Jesús.

El cuarto domingo de adviento escuchamos el evangelio de la anunciación (Lc 1,26-38). Como trasfondo del texto de Lucas, imprescindible para comprender las palabras del ángel a María, aparece la promesa de Dios a David a través del profeta Natán (2 Sam 7): “Tu dinastía y tu realeza subsistirán para siempre ante mí, y tu trono será estable para siempre” (2 Sam 7,16). Estas palabras proféticas se cumplen con la encarnación del Hijo de Dios: “El será grande, será llamado el Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David su padre, reinará sobre la descendencia de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin” (Lc 1,32-33). María es la nueva Sión en la que se hará presente el Hijo del Altísimo. Sobre ella se posa “el poder del Altísimo” (Lc 1,35) haciendo que toda la historia del Antiguo Testamento llegue a su plenitud definitiva a través de “la humilde esclava del Señor” (Lc 1,38.48), toda ella “llena de gracia” (Lc 1,30), de quien nacerá “el Santo”, “el Hijo de Dios” (Lc 1, 35). Este evangelio nos acerca ya a las fiestas de la Navidad y nos invita a creer como María, a acoger como ella la presencia de Dios en la historia. Con María nos preparamos a redescubrir la potencia de Dios en favor de los pobres, a recibir a Cristo como Palabra definitiva del Dios fiel que viene a transformar la historia. Estamos invitados a recibir al Niño de Belén con una fe madura que nos hace encontrar a Dios en la vida cotidiana y en el rostro de los hermanos en los que Cristo se hace presente.