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EL EVANGELIO DE MARCOS

Introducción general

 

1. Marcos y su comunidad

El evangelio de Marcos fue escrito para una comunidad en la que la mayoría provenía del mundo no judío y que estaba establecida en el corazón mismo del imperio, en Roma. Quería ser ante todo una palabra de luz y de ánimo para estos cristianos que vivían momentos difíciles: la fidelidad a la palabra de Jesús era motivo de desprecio, de maltrato, de persecución, e incluso de muerte, como ocurrió en el año 64 d.C.

Como en tantos otros libros de la Biblia, este evangelio tampoco revela el nombre su autor. Una antigua tradición de la iglesia lo identificó con Juan Marcos, un personaje que pertenecía a la comunidad primitiva de Jerusalén (Hch 12,12), que acompañó a Bernabé y Pablo en la misión evangelizadora (Hch 12,25; 13,13; 15,37-39) y que aparece también como estrecho colaborador de Pedro (1Pe 5,13) y de Pablo (Flm 24; 2Tim 4,11). Fue escrito probablemente en la misma ciudad de Roma, algunos años antes de la destrucción del Templo de Jerusalén (ocurrida en el año 70 d.C.), hacia los años 50-60 d.C. Recientemente se ha descubierto en la cueva 7 de Qumrán un fragmento de papiro que puede datarse lo más tarde hacia el año 50 d.C. y que parece contener un pasaje de Marcos, lo cual obliga a colocar la composición del evangelio en una fecha todavía más cercana a la resurrección del Señor.

2. "Él va camino de Galilea, allí lo verán" (Mc 16,7)

Los estudiosos del evangelio de Marcos han demostrado que originalmente el libro terminaba en 16,8. Pero esta era, en realidad, una conclusión un poco extraña. Toda la narración acababa con el silencio y el miedo de las mujeres que salían huyendo del sepulcro y no decían nada a nadie. Naturalmente un final de este tipo, en el que no se mencionaba absolutamente nada sobre las apariciones del Señor Resucitado, dejaba un tanto insatisfechos a los lectores. Y por eso se buscó desde el inicio un nuevo final para el libro que ayudara a concluir la obra de una forma diversa. Entre los distintos "finales" que se propusieron acabó por imponerse uno que, escrito hacia la mitad del siglo segundo, parece sintonizar bien con el resto del evangelio. Por tanto los últimos versículos que aparecen en nuestras Biblias como conclusión no pertenecen al autor del evangelio (Mc 16,9-20). Es ciertamente un texto inspirado y canónico y contiene un mensaje muy rico sobre la misión de la Iglesia, pero no formó parte de la obra original.

Lo anterior tiene su importancia. El evangelio de Marcos terminaba con un misterioso silencioso. Nadie veía a Cristo Resucitado, nadie lo anunciaba. Solamente se escuchaba la voz de un joven que, sentado a la derecha del sepulcro y vestido con una túnica blanca, anunciaba la victoria de Jesús sobre la muerte: "Buscan a Jesús de Nazaret, el Crucificado. Ha resucitado; no está aquí. Miren el lugar donde lo pusieron" (16,6). Ciertamente el libro proclama la certeza de la Pascua: el joven vestido de blanco representa la voz de Dios, el único que podía realmente anunciar que Jesús estaba vivo. El libro se interrumpe en el silencio para ceder la palabra al creyente que lee el libro. Quien toma en sus manos el evangelio está llamado a romper el silencio y el miedo de las mujeres: es él quien debe proclamarlo. La Pascua del Señor no es un evento del pasado, sino una realidad del presente que debe vivir y experimentar cada creyente cuando toma contacto con las palabras del evangelio.

El joven que se aparece a las mujeres en el sepulcro les dice además: "Vayan, pues, a decir a sus discípulos y a Pedro: él va camino de Galilea; allí lo verán, tal como les dijo" (16,7). Junto al anuncio de la resurrección les da también un mandato: ir a Galilea. Ir adonde Jesús comenzó a anunciar el reino y a llamar a sus discípulos (1,14-15). Es una invitación a seguir a Jesús, a escucharle, a hacer camino con él. En una palabra, es un llamado a recorrer de nuevo todo el itinerario del evangelio, junto con Pedro y los doce, junto con las mujeres, los pobres y los pecadores. Ir a Galilea significa seguir a Jesús todos los días y convertirse al reino de Dios. Solamente quien se compromete por hacer vida la palabra de Jesús podrá entender el misterio de la Pascua y las palabras del evangelio. El joven del sepulcro lo había dicho: "allí lo verán". Este es una de las grandes enseñanzas de Marcos. No basta leer el texto, no basta conocer muchas cosas sobre Jesús. Es necesario ir a Galilea. Es decir, hay que comprometerse en seguir y escuchar al Señor. Solamente de esta forma el evangelio será palabra de vida y podrá surgir la misión de la comunidad cristiana. El verdadero texto del evangelio es la vida de cada discípulo que en Galilea ha escuchado la Buena Noticia y se deja conducir por el Maestro que va adelante, ya no visiblemente sino con la fuerza del Espíritu que guía a cada uno desde dentro.

3. "Buena Noticia de Jesús, el Mesías, el Hijo de Dios" (Mc 1,1)

3.1 Jesús es la Buena Noticia

El gran tema del evangelio de Marcos es la identidad de Jesús. Nos lo dice en las primeras palabras del libro: "Comienzo de la buena noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios". Marcos quiere contar la historia de Jesús, pero no como una simple noticia entre otras, sino como "buena noticia". Buena noticia es una expresión que traduce la palabra griega que usa Marcos: "euaggelíon" (evangelio). Esta palabra indicaba un mensaje proclamado oralmente. En el mundo griego hacía referencia a una noticia alegre y consoladora, que llenaba de gozo a quien la recibía, pues le comunicaba un acontecimiento que podía cambiar su vida y mejorarla: la victoria de un rey sobre los enemigos, la entronización de un nuevo monarca que traería la paz, etc. Para Marcos solamente hay un evangelio: Jesucristo. Y él lo desea anunciar con su escrito. Está convencido que sólo en él se puede encontrar la vida y el sentido de la existencia, y que sólo él es verdadera noticia buena y vivificante para la humanidad

La expresión "buena noticia de Jesús", tal como está escrita en griego, puede significar dos cosas. Puede referirse al mensaje, a la palabra de Jesús, que es buena noticia para quien la escucha; pero también puede ser una forma de hablar de Jesús mismo como noticia buena. Casi es mejor preferir el segundo sentido de la expresión. Jesús personalmente es la buena noticia, como Mesías y como Hijo de Dios, pero no como una doctrina religiosa o como simple teoría hecha de títulos y nociones frías. Es el anuncio de un acontecimiento que cambia la historia y la vida de cada hombre que se abre a él. La originalidad de Marcos está en utilizar un "relato" como medio para expresar el misterio de la persona de Jesús. Y esto se ve claro a partir de tres características de este evangelio:

(a) La fuerte tensión cristológica de la narración, que es una especie de itinerario que lleva progresivamente al descubrimiento de Jesús, sobre todo a partir del capítulo 8, después de la confesión de Pedro, hacia la meta final de todo el camino: la muerte del Mesías en la cruz.

(b) La constitución de un grupo de discípulos alrededor de Jesús: este grupo tiene una historia que va desde la llamada de los primeros junto al lago de Galilea (1,16-20) hasta la última escena en que aparece un discípulo: la negación de Pedro y su amargo llanto (14,66-72). Para Marcos esta es la realidad de los discípulos de ayer y de hoy. Todos hemos experimentado en nuestra vida la gratuidad de la llamada y la fuerza de la propia debilidad cuando prescindimos del Maestro como hizo Pedro.

(c) Los signos del reino que realiza Jesús: sus actitudes, sus gestos de salvación, sobre todo los milagros, con los que Marcos va subrayando la novedad del tiempo que inaugura Jesús, como tiempo de salvación y vida para todos los hombres, sobre todo para los rechazados por la sociedad y por la ley, para los pecadores y los pobres, las mujeres y los niños, para los pequeños de este mundo.

3.2 Jesús es buena noticia porque es el principio de una nueva humanidad

Jesús, Mesías e Hijo de Dios no es una figura mítica o imaginaria. Es un hombre concreto, una figura histórica. Es buena noticia para todos porque solamente en él se realiza la plenitud de lo que está llamado a ser cada hombre. El es el verdadero y auténtico hombre. Cuando el evangelio lo presenta en el desierto, sometido a la prueba y a la tentación está recordando que Jesús, el Hijo de Dios, posee una real condición humana y que, como todo hombre, experimentó el desierto y la lucha por ser fiel al proyecto de Dios y a sí mismo (1,12). Marcos presenta a Jesús como un nuevo Adán, como un nuevo principio de la humanidad, viviendo pacíficamente junto a las fieras (1,13), como Adán al inicio de la creación en el jardín del Edén (Gen 2). Jesús es también el Mesías. Como había anunciado Isaías, con el Mesías llegaría el tiempo de la paz definitiva y universal, el tiempo de la convivencia fraterna entre los hombres, y entre los hombres y el cosmos entero (Is 11). Es, pues, buena noticia porque en él la humanidad entera encuentra su plenitud en la paz y en la reconciliación universal.

3.3 Jesús es buena noticia porque es el Mesías Crucificado

Pero sobre todo Jesús es buena noticia porque en él Dios ha ofrecido a la humanidad la salvación definitiva. Cuando Jesús es bautizado en el Jordán dice el evangelio que "en cuanto salió del agua vio abrirse los cielos" (1,11). Los cielos indican en la Biblia, de forma simbólica, el mundo de Dios, el ámbito de trascendencia. El pueblo de Israel en medio de sus sufrimientos invocaba a Dios con estas palabras: "¡Ojalá rasgaras el cielo y descendieras!" (Is 63,19). Esta súplica expresaba el deseo profundo del pueblo por la cercanía de Dios y la llegada de la salvación. Cuando Jesús es bautizado en el Jordán, él mismo ve los cielos abiertos. De ahora en adelante Dios está cerca, la salvación ha llegado para todo el pueblo. En ese momento Jesús es presentado como el Mesías esperado por todos los siglos y con él se rompe el silencio de la palabra profética que había callado por tanto tiempo. Dios ahora habla y habla definitiva y plenamente en su Hijo Amado (1,11), e invitará a todos los hombres a escucharlo: "Este es mi Hijo amado, escúchenlo" (9,7).

A lo largo del evangelio de Marcos Jesús, que ha sido presentado como Mesías y como principio de nueva humanidad en el capítulo 1, se va revelando a través del anuncio del reino hecho de palabras y de obras. Va creando muchas expectativas en torno suyo. Son muchos los que se preguntan sobre su persona: los demonios, los discípulos, la gente, sus parientes, Herodes, el sumo sacerdote, Pilato, etc. La gente que lo oye predicar y enseñar se pregunta asombrada: "¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva llena de autoridad!" (1,27). Los discípulos mismos no terminan de comprenderlo y se interrogan: "Quién es éste, que hasta el viento y el mar lo obedecen?" (6,41). Las autoridades religiosas, desconcertadas, le preguntan: "¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Quién te ha dado esa autoridad para actuar así?" (11,27). La respuesta no llega sino hasta que el centurión romano que está frente a la cruz de Jesús lo ve morir y exclama: "¡Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios!". Este es el núcleo central del evangelio de Marcos: Jesús se revela como Mesías e Hijo de Dios en el anonadamiento y el abandono de la cruz. Jesús se manifiesta en todo su poder mesiánico en la medida que es el más débil, rechazando la violencia de los hombres y donándose por entero en el amor, hasta el punto de morir como un condenado, pues "el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por todos" (10,45).

Un paso obligado hacia la plena realización del reino es la cruz. Para subrayar los durísimos contrastes que conducen al reino, Marcos coloca varios "conflictos" vividos por Jesús con las autoridades religiosas de su tiempo al inicio (2,1-3,6) y al final del evangelio (11,27-12,37) y durante el ministerio (cap. 3 y 7). Estos conflictos explican y preparan la cruz del Mesías como el resultado de una serie de enfrentamientos entre Jesús y las autoridades religiosas de su tiempo. Marcos describe el enfrentamiento de este mundo con Cristo "esposo" que encarna la misericordia de Dios y llama gratuitamente a los pecadores y con el reino inaugura una auténtica fiesta de la vida (c. 2); el enfrentamiento con el Señor del sábado que ha venido a liberar al hombre y a anunciar que más importante que el culto es la lucha por el bien del hombre (c. 3); el enfrentamiento con el maestro de la nueva pureza que no separa sino que une a los hombres y que ha inaugurado una nueva experiencia religiosa donde la única ley es el corazón puro y donde sólo tiene valor lo que se hace desde dentro (c. 7), ); el enfrentamiento con el Hijo que indica con autoridad el camino de la salvación y proclama como mandamiento más importante el amor a Dios y al prójimo (c. 12). El resultado de todos estos enfrentamientos y conflictos será la cruz. Jesús, como nuevo y auténtico siervo del Señor, en el que Dios se complace (cf. Mc 1,11; Is 42,1), "como raíz en tierra árida... sin gracia ni belleza para que nos fijáramos en él... despreciado y rechazado por los hombres, abrumado de dolores y habituado al sufrimiento" (Is 53,2-3), desde la cruz se hará solidario con todos los derrotados y vencidos de la historia, ofreciendo a todos los hombres el reino de vida como "Mesías crucificado".

4. La primera parte del evangelio de Marcos (1,14-8,30)

La primera parte del evangelio tiene como objetivo presentar a Jesús y la forma en que llega el reino. La narración inicia cuando Jesús abandona el desierto y se va a Galilea (1,14). No se queda en la soledad, ni pretende que los hombres se alejen del mundo y de sus responsabilidades para ir a buscar el reino de Dios. El anuncio del reino no resuena en el desierto sino en las ciudades de Galilea, allí donde los hombres viven y trabajan, en sus ambientes y en medio de sus preocupaciones. Jesús comienza diciendo: "El plazo se ha cumplido. El reino de Dios está llegando. Conviértanse y crean en el evangelio" (1,5). Durante la última cena con sus discípulos Jesús volverá a recordar la realidad del reino: "Les aseguro que ya no beberé más del fruto de la vid hasta el día aquel en que beba un vino nuevo en el reino de Dios" (14,25). Es la gran preocupación de Jesús: el reino de Dios, inminente y siempre por llegar, experimentado pero también objeto de esperanza. El final del discurso escatológico afirma contemporáneamente su inminencia (13,30) y su incierta lejanía (13,32). Jesús lo presentó como una realidad que sería vista por algunos de los presentes (9,1), como algo presente, cercano (1,15). Para Marcos, el reino coincide con la persona misma de Jesús, cuya venida anticipa su plena realización: el Jesús histórico del relato evangélico y el Cristo presente en la Iglesia. Sin embargo, también se habla de la dimensión futura y de incertidumbre del reino, a través de las llamadas a la espera vigilante y fiel de los discípulos: "¡Estén prevenidos porque no saben cuándo llegará el momento... no sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos. Lo que les digo a ustedes, les digo a todos: ¡estén atentos!" (13,33).

El reino es el cumplimiento de las promesas de Dios. En el judaísmo del tiempo de Jesús, la expresión "reino de Dios" resumía todo lo que Israel esperaba de los tiempos mesiánicos, como tiempo de la manifestación definitiva de Dios. El reino es la buena noticia de que Dios ha intervenido en la historia misteriosamente para transformarlo todo. Es el anuncio de la salvación y del perdón, de la vida y de la paz, de la justicia y de la libertad que Dios dona a todos los hombres. Cuando Jesús anuncia que el reino está llegando, está diciendo que Dios, como señor y rey absoluto del cosmos y de la historia, muestra su soberanía, su amor misericordioso y su justicia: "!El Señor es rey! ¡que se alegre la tierra y salten de gozo los innumerables pueblos lejanos... El Señor ama a los que aborrecen el mal, cuida la vida de sus fieles y los libra de los malvados. Una luz amanece para el justo, la alegría para los rectos de corazón!" (Sal 97,1.10-11; cf. Sal 93; 96). Dios se presenta como soberano ofreciendo el perdón a los pecadores, haciendo justicia a los pobres y donando a todos la vida y la salvación.

Con Jesús llega el reino. Sus palabras y sus obras lo hacen presente. Y ante la radical novedad que se va perfilando, muchos se preguntan acerca de Jesús y su forma de actuar y de hablar (cf. 1,27; 2,7; 4,41); suscita diversas opiniones y reacciones (1,21; 1,28; 2,12; 3,6; 3,20-21; 31-32; 6,14-16); lo siguen muchos (1,33. 37.45; 3,20; 4,2; 5,21.24; 6,31; etc.); pero los mismos discípulos empiezan con mucha dificultad a entenderlo (6,52; 7,18; 8,15-18). Sus conciudadanos de Nazaret se preguntan: "De dónde le viene a éste todo esto? Quién le ha dado esa sabiduría y ese poder de hacer milagros?" (6,2). Eso es precisamente el reino: sabiduría y poder. Sabiduría (en griego: sofía), en el lenguaje de la Biblia, indica una forma de comportarse y de reaccionar; no es algo que tiene que ver solamente con el intelecto, sino que engloba toda la existencia: es una forma de vida, una nueva postura frente a Dios, frente a los demás y frente al mundo. Poder (en griego: dynamis), en cambio, indica la energía que anima o da vida a algo, o la capacidad para realizar ciertas acciones. El reino es nueva sabiduría y nuevo poder que se ha manifestado primero en Jesús, pero que cada discípulos está llamado a vivir, a través de la sabiduría y la fuerza que vienen del evangelio y que transforman este mundo.

Jesús progresivamente va revelando el misterio del reino como una semilla que en sí es buena, pero que necesita de un buen terreno para dar fruto (4,3-20). Aunque muchos la rechazan, la palabra del reino dará fruto a su tiempo, es necesario tener confianza en ella (4,26-29); el reino empieza discretamente, hay que dar tiempo para que progresivamente las cosas vayan cambiando y Dios reine definitivamente (4,30-31). Jesús no busca nunca el triunfalismo superficial. A lo largo del evangelio incluso Jesús manda callar a quienes ha curado (1,44; 5,43; 7,36; 8,26), porque no quiere adhesiones triunfalistas e interesadas. Cuando los demonios lo reconocen, también les manda callar (1,34; 3,11-12), porque el Mesías deberá ser reconocido sólo a través de su camino de sufrimiento y de muerte.

Al llegar al final de la primera parte del evangelio, Jesús pregunta a sus discípulos: "¿Quién dice la gente que soy yo?... y según ustedes, ¿quién soy yo?" (8,27-29). La gente lo ha identificado con un personaje profético, al estilo de Elías (8,28). Pedro, en nombre del grupo de discípulos, lo reconoce como el Mesías (8,29). La respuesta es verdadera pero es insuficiente. Ciertamente Jesús es el Mesías, pero un Mesías diverso al que imaginaban las diversas corrientes religiosas del judaísmo, que pensaban a un restaurador de la unidad nacional que llevaría la historia a su final con signos de poder. Por eso Jesús después que Pedro ha hablado le manda callar. Y así termina la primera parte de Marcos: con una prohibición de Jesús a hablar. Los discípulos que han intuido algo de su misterio pero todavía de forma ambigua, deben hacer silencio. Sólo en el silencio podrán ser instruidos por Jesús y llegar progresivamente a la comprensión del verdadero Mesías y de su misión. Todos los discípulos deberán silenciar sus proyectos mesiánicos gloriosos y egoístas para poder recibir de parte de Jesús una palabra y una enseñanza diversa, porque "mis planes no son sus planes, ni sus caminos son mis caminos" (Is 55, 8).

5. La segunda parte del evangelio de Marcos (8,31-16,8)

Mientras en la primera parte del evangelio se insistía en la llegada del reino y las diversas actitudes que surgían delante de las palabras y las obras de Jesús, en la segunda parte se aclara qué clase de Mesías es Jesús y cómo se hace para entrar en el reino. La afirmación "tú eres el Mesías" (8,29) necesita ser profundizada y comprendida en su verdadero sentido. A partir de la confesión de Pedro Jesús se dedica a instruir a sus discípulos (9,31), mostrándoles que su mesianismo pasa necesariamente por la humillación, el ocultamiento, el desprecio y la cruz (8,31-33; 9,30-32; 10,32-34). Pedro no comprende el proyecto de Jesús e intenta corregir al maestro (8,32) y Jesús le dice: "Colócate detrás de mi (no simplemente "apártate de mi"), Satanás, porque tú no piensas como Dios, sino como los hombres" (8,33). La expresión "colócate detrás de mí" (en griego: ypage opiso mou) busca devolver a Pedro a su lugar de discípulo. El discípulo no va delante del maestro, sino que lo debe seguir por el camino aprendiendo de él un estilo de vida: "Vengan detrás de mí (en griego: deute opiso mou)" (1,16). Pedro tiene una idea mesiánica triunfalista como conquista del mundo a través del poder; en cambio, Jesús ha ido descubriendo, poco a poco, las consecuencias de su misión mesiánica y sabe que el precio de su fidelidad es la humillación, el desprecio y la muerte.

En esta segunda parte del evangelio de Marcos todo va dirigido a Jerusalén, en donde sufrirá la pasión el Hijo de Dios, obediente al Padre. El camino decidido de Jesús hacia la cruz, signo de su entrega generosa y total a la causa del reino, es la fuente y el modelo del camino del discípulo que quiere entrar en el reino. No hay otra forma. Hay que reproducir en la propia existencia el mismo gesto de entrega de Jesús: "Si alguno quiere venir detrás de mí (en griego: ei tis thelei opiso mou akolouthein), que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por mí y por la buena noticia, la salvará" (8,35). Estas palabras de Jesús resumen la espiritualidad del discípulo en el evangelio de Marcos. No son solamente la condición fundamental para seguir a Jesús sino la expresión de una ley antropológica fundamental: solamente quien se olvida de sí mismo y plantea su existencia como donación y no como posesión encuentra la verdadera vida. El seguimiento de Jesús es la plenitud del hombre. Es grande quien sabe morir, quien no se aferra a la vida, quien no la defiende con violencia, ni se impone con rencor e injusticia sobre los otros. Este es el Jesús del evangelio de Marcos: uno que ha elegido el camino del ocultamiento y la humillación para dar la vida a otros, uno que ha sido rechazado, pero que transformó el rechazo de los otros en perdón y vida de parte de Dios. Este es el corazón del evangelio de Jesús y de sus discípulos. No hay resurrección sin pasar por la muerte a sí mismo y por la generosidad de darla por los otros.

La vida de los discípulos de Jesús tendrá que estar siempre inspirada en el camino del Maestro. La Iglesia se debería siempre ver reflejada en la pequeñez y el fracaso del Hijo del hombre. Jesús ha dejado su camino como principio fundamental de organización eclesial: "el que quiera ser el primero, que sea el último de todos" (9,35). Los discípulos están llamados a identificarse con la figura del niño, símbolo de la pequeñez y de la falta de poder, como personas que se presentan delante de Dios y de los demás sin títulos ni méritos de ningún tipo (10,13-16). Solamente en la gratuidad (10,15), la generosidad (10,17-31) y la renuncia a cualquier tipo de gloria y de poder (10,35-45) el discípulo puede seguir al Maestro por el camino que lleva al reino. Frente a las dificultades que comporta el seguimiento de Jesús, la figura del ciego de Jericó, sentado al borde del camino (10,46-52), intenta infundir confianza a todos los que quieran ser discípulos: a pesar de su ceguera y su indecisión, pueden llegar a seguir a Jesús plenamente si se abren con confianza a su poder y a su misericordia. La última escena en que aparece uno de los Doce en el evangelio de Marcos es en la negación de Pedro (14,66-72). Con Pedro termina y llega al fracaso el grupo de los Doce. En el huerto de Getsemaní, "todos los discípulos lo abandonaron y huyeron" (14,50). Pedro llega incluso a renegar de él. Lo había reconocido en teoría como Mesías (8,29-32) pero lo rechaza en la vida porque no ha aprendido a donarla como el Maestro. Pedro resume en el evangelio de Marcos el camino del discípulo autosuficiente y seguro de sí mismo que no ha sido capaz de entrar en la dinámica de donación y de sacrificio que implica el reino de Dios (14, 29-31). Es el peligro de todo discípulo y Marcos concluye así la historia de los Doce para enseñarnos a comprometernos seriamente en el camino de la cruz y no contentarnos con adhesiones fáciles y superficiales.

6. Ha resucitado, no está aquí" (Mc 16, 6)

El evangelio de Marcos es desconcertante. Se dedica a narrar la figura paradójica de alguien que trae la vida pero que al final encuentra la muerte ignominiosa y que durante su existencia no encontró sino incomprensión y hostilidad. Su tesis teológica es muy clara: el verdadero prodigio mesiánico, preanunciado por los milagros que realizó Jesús, es la pasión, y el momento de gloria salvadora es la muerte en la cruz. Sólo allí, en el extremo del dolor y el abandono del Hijo, en medio de las tinieblas (15,33), cuando Jesús muere dando un fuerte grito (15,37), mientras re rasga la cortina del Templo (15,38), se revela en toda su gloria la potencia del reino de Dios, como perdón y vida para todos los hombres, y la verdadera identidad de la persona de Jesús en las palabras de un pagano: "¡Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios!" (15,39).

La negación de Pedro y la fuga del resto de los discípulos prepara la Pascua del Señor. El grupo elegido por Jesús, "para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar" (3,14) se ha hundido en el fracaso. En cierta forma han probado la muerte. La resurrección de Jesús será también la resurrección de los discípulos. Por eso, el joven vestido de blanco en el sepulcro le dice a las mujeres: "Vayan, pues, a decir a sus discípulos y a Pedro: él va camino de Galilea; allí lo verán, tal como les dijo" (16,7). Jesús resucitado reconstruye el grupo de los discípulos, quienes vuelven de la muerte a la vida, de la infidelidad a la fidelidad, del miedo y la incomprensión a la valentía de la proclamación del Resucitado.

Ellos, y con ellos todos los discípulos de todos los tiempos, debemos volver una y otra vez a Galilea, en donde resonó por primera vez el anuncio del reino. Solamente volviendo constantemente a hacer el camino con Jesús hacia la cruz entraremos en el reino y experimentaremos la fuerza de vida que es la pascua. El evangelio de Marcos concluye con la promesa del encuentro con el Señor Resucitado: "lo verán" (16,7). La Iglesia - y, con ella, cada uno de los discípulos - es convocada nuevamente por el Señor después de la dispersión de la cruz, después de la incomprensión y la infidelidad, y se pone en camino hacia Galilea, para seguirlo y vivir el evangelio. Solamente quien ha vivido esta tensión de muerte y vida, de incomprensión y de nueva experiencia del Señor, podrá ser discípulo y podrá anunciar al mundo el misterio del reino: Dios está siempre donando la vida, allí donde reina la muerte, en virtud de "la sangre de la alianza derramada por todos" (14,25) que hace presente "el vino nuevo del reino de Dios" (14,25).