(Ciclo C)

 

Hechos 5,27-32.40-41

Apocalipsis 5,11-14

Juan 21,1-19

 

            Las lecturas de este domingo giran en torno al misterio de la presencia de Cristo Resucitado en la vida de la Iglesia. El Señor Jesús, “Cordero degollado”, a quien el cosmos entero tributa “honor, gloria y alabanza” (segunda lectura), acompaña a los discípulos en la vida cotidiana y humilde de cada día (la pesca fatigosa, la comida en común), se hace presente en su testimonio valeroso y comprometido (primera lectura), y guía a la comunidad como el único Pastor a través de los pastores elegidos por él para cuidar de su rebaño (evangelio).

 

            La primera lectura (Hch 5,27-32.40-41) está construida en base a un claro contraste entre el Sanedrín, la máxima autoridad colegial judía, que rechaza el nombre de Jesucristo y por tanto desobedece a Dios, y los apóstoles, que prefieren obedecer a Dios antes que a los hombres, y por eso son portadores del Espíritu Santo, que “Dios da los que le obedecen” (v. 32). Por boca del sumo sacerdote Lucas presenta el cuadro positivo de la predicación apostólica que ha llegado a toda la ciudad: “Han llenado Jerusalén con sus enseñanzas” (v. 27a). La misión en Jerusalén, primera etapa de la difusión de la Palabra, ha alcanzado su cumplimiento y está lista para extenderse a Judea y Samaría (Hch 1,8). El sumo sacerdote afirma además que los apóstoles quieren hacer responsable a los líderes judíos “de la muerte de ese hombre” (v. 27b). Lucas, sin embargo, es de la opinión que los judíos, al crucificar a Jesús, “lo hicieron por ignorancia, igual que sus jefes” (Hch 3,17); por lo tanto, deja abierta la puerta del arrepentimiento incluso para ellos.

En todo caso la respuesta que da Pedro en relación con el anuncio de Cristo Resucitado es tajante: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (cf. Hch 4,19). Sus palabras recuerdan las de Sócrates antes de morir: “Obedeceré más al dios que a vosotros”, con las cuales Lucas quizás pretende acercarse a sus lectores de origen griego y suscitar simpatía entre ellos, quienes sabían que también Sócrates había sido asesinado injustamente. Las palabras de Pedro afirman la autoridad absoluta de Dios, en lo que el Sanedrín concuerda plenamente. El punto central, sin embargo, es establecer donde se manifiesta ahora la auténtica voluntad de Dios: ¿a través de la autoridad máxima del judaísmo o a través del testimonio de los apóstoles de Cristo? Es claro que la verdad de Dios se manifiesta actualmente en los testigos del Resucitado que proclaman el kerigma de Jesús constituido Mesías y Señor que lleva a la salvación (v. 31). Los Apóstoles poseen el Espíritu Santo, que junto con ellos es “testigo de todo esto” (v. 32). El Espíritu Santo, en efecto, a través de su testimonio interior comunica a los apóstoles la certeza de la glorificación de Jesús e ilumina los eventos de su muerte y resurrección, haciéndolos capaces de anunciar el kerigma de la salvación.

 

            La segunda lectura (Ap 5,11-14) describe una estupenda escena de liturgia cósmica en la cual se celebra la obra del Cordero degollado, es decir, de Cristo muerto y resucitado, que en la plenitud de su función mesiánica (Ap 4,6a: “siete cuernos”) y poseyendo la plenitud del Espíritu (Ap 4,6b: “siete ojos”), dirige y transforma eficazmente todo el desarrollo de la historia de la salvación. Los principales símbolos de esta magnífica litúrgica coral son el trono, los ancianos y los cuatro vivientes. El trono indica la soberanía absoluta de Dios, Señor de la historia y de todos los hombres, que ejercita su poder a través del Cristo Resucitado. Los ancianos representan a las grandes figuras que encarnan los ideales del pueblo de Dios y que viven ahora glorificados junto a Dios. Son los santos, los mártires, los pastores fieles, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Son, en efecto, “veinticuatro” (número que evoca las doce tribus de Israel y los doce Apóstoles del Cordero) (Ap 4,4). Los cuatro vivientes son el símbolo personificado de la multiforme acción de Dios proyectada hacia los cuatro puntos cardinales del entero cosmos, que partiendo del mismo ámbito de la trascendencia divina alcanzan la historia y la humanidad, y vuelven a Dios en forma de alabanza y de gloria (Ap 4,6-9). Al final aparece también toda la humanidad y toda la creación uniéndose unánimes a esta liturgia cósmica de adoración en honor a Cristo Resucitado: “Al que está sentado en el trono y al Cordero, alabanza, honor, gloria y poder, por los siglos de los siglos” (Ap 5,13).

 

            El evangelio (Jn 21,1-19) tiene claramente dos partes: (a) El encuentro, la pesca milagrosa y la comida de Jesús con sus discípulos junto al lago (vv. 1-14) y (b) El encargo pastoral que Jesús hace a Pedro (vv. 15-19).

 

            a) El encuentro, la pesca milagrosa y la comida de Jesús con sus discípulos junto al lago (vv. 1-14). Esta primera parte narra una experiencia de los discípulos con el Resucitado, vivida en un día normal de trabajo, resaltando así que la fe se puede y se debe vivir en lo ordinario de la vida, en cualquier tiempo y circunstancia. Los discípulos que estaban junto al lago eran “siete”, un número simbólico que evoca la universalidad de la Iglesia. La experiencia narrada pertenece, por tanto, a la Iglesia de todos los tiempos y de todos los lugares. En primer lugar se pone de manifiesto que sin Jesús el fracaso es total y la comunidad no puede hacer nada. El grupo vive en “la noche”. En efecto, el texto dice que: “salieron juntos y subieron a la barca; pero aquella noche no lograron pescar nada” (v. 3). En contraste con aquella experiencia de “noche”, al clarear el día se presenta Jesús precisamente allí, a la orilla del lago, en medio de la frustración y el cansancio de los suyos. Con su pregunta (v. 5: “Muchachos, ¿habéis pescado algo?”). Jesús los obliga a confesar su pobreza y su desánimo, para ayudarles a continuación a encontrarse con ellos mismos y con su fe.

            Jesús les dirige su palabra amigable pero llena de autoridad: “Echad la red al lado derecho de la barca y encontraréis peces” (v. 6). Los invita a recobrar la fe a través de la obediencia a su palabra. El resultado es una pesca milagrosa. Los discípulos se fiaron de Jesús, pusieron en el centro de sus vidas su palabra y experimentaron, con Jesús en medio, la increíble novedad de la pascua: la vitalidad de la propia fe. Es ahora cuando lo reconocen: “Es el Señor” (v. 7). No se había dado a conocer antes pues los suyos, después de la pascua, deben aprender a reconocerlo exclusivamente en la fe. El texto termina con una comida en común. Todo es preparado y donado por Jesús, pero la comunidad debe dar también su contribución, por eso Jesús les pide: “Traed ahora algunos de los peces que acabáis de pescar” (v. 10). Los peces eran “ciento cincuenta y tres”, un número misterioso que probablemente evoca la misión universal de la Iglesia; la unidad de la Iglesia, en cambio, está simbolizada por la única red que no se rompe (cf. Jn 19,24). A la pesca sigue el banquete, en el que Cristo resucitado da él mismo de comer a los suyos, mostrándose como presencia misteriosa pero cierta en medio de la comunidad cristina. El pan y los gestos de Jesús aluden veladamente a la Eucaristía. El mensaje es claro: la misión apostólica se realiza colocando a Jesús en el centro de la vida como Señor, ya que sólo a través de la escucha de la Palabra y en el encuentro eucarístico la Iglesia realiza con fecundidad su misión en la historia.

 

            b) El encargo pastoral que Jesús hace a Pedro (vv. 15-19). Antes de confiar a Pedro la misión pastoral de la Iglesia, Jesús le exige una triple confesión de amor. La triple pregunta de Jesús sobre el amor hacia su persona ha sido visto, desde antiguo, como una forma de rehabilitación de Pedro que había negado al Señor tres veces durante la pasión (Jn 18,17.25.27). Es notorio en el texto el juego con dos verbos: “amar “ (agapáō) y “querer” (philéō). Cristo pregunta por dos veces “¿me amas?” con el verbo agapáō, que designa el amor de caridad, gratuito y misericordioso, que refleja en cierto modo el amor de Dios. Pedro responde humildemente con “te quiero”, con el verbo philéō, que es el verbo del afecto, de la amistad sincera entre los hombres. La tercera vez, sin embargo, Jesús pregunta: “¿me quieres?”, usando philéō, rebajándose y condescendiendo amorosamente al nivel de Pedro. Entonces es cuando Pedro se entristece, al comprobar el amor inmenso del Maestro que no duda en ponerse a su misma altura.

            La insistencia de Jesús sobre el amor tiene como objetivo establecer y asegurar una relación de intimidad y de amistad con Pedro. Antes que cualquier otro don humano, el ministerio pastoral de Pedro –y de todos los “pastores” a lo largo de la historia–, se fundamenta en una relación de confianza, de comunión interior y de auténtico amor hacia Jesús. No se trata de una tarea que brota de  las propias fuerzas humanas, ni de un cargo de prestigio o de poder. Jesús le pasa a Pedro su misma misión: “apacienta mis ovejas”. Como Jesús, también Pedro, y con él todos aquellos que tengan algún cargo de responsabilidad pastoral en la Iglesia, tendrán que conocer por su nombre a las ovejas, caminarán delante de ellas y estarán dispuestos a dar la vida por ellas (Jn 10). Como Jesús y al estilo de Jesús, el único y Buen Pastor. Por eso en el texto al ministerio pastoral se une el martirio. El amor del apóstol se manifestará en su docilidad a los caminos de Dios en el servicio eclesial. El apóstol verdadero está siempre dispuesto a servir en cualquier circunstancia con obediencia y prontitud. Eso es lo que significa que “otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras ir” (v. 18). Este amor se manifestará en su plenitud y alcanzará su perfección en la disponibilidad al martirio, pues “no hay amor más grande que dar la vida por sus amigos” (Jn 15,13), como Jesús. Dar la vida por los hermanos es la mejor definición de la misión del verdadero pastor en la Iglesia, del pastor que ha puesto al servicio de Dios toda su existencia.