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"Señor mío y Dios mío"

 

Hch 4,32-35

1 Jn 5,1-6

Jn 20,19-31

 

            El evento y el anuncio de la resurrección de Jesús interpelan la vida del creyente. Quien cree en el Resucitado experimenta una gracia que orienta y transforma toda su existencia. Las lecturas bíblicas de este domingo sintetizan el núcleo de la experiencia pascual a través de dos líneas, que se entrecruzan y complementan en profunda unidad: la dimensión horizontal del amor fraterno y la dimensión vertical de la fe y del amor a Dios.

 

            La primera lectura (Hch 4,32-35) constituye un cuadro ideal de la vida de la comunidad cristiana de Jerusalén. Lucas retoma los temas de la concordia entre los miembros de la comunidad (Hch 2,42.44) y de la actividad misionera de los apóstoles (Hch 4,30-31; cf. 2,43), que ha tratado antes en el libro, pero sobre todo insiste en la comunión de bienes, una realidad que le es muy querida y que él expresa con un lenguaje que sugiere al lector helenista un ideal de vida social popularizado por algunos filósofos griegos. Aristóteles, por ejemplo, afirmaba que “entre los amigos las cosas son comunes pues la amistad se manifiesta en la comunión”; Platón describía a los guerreros de la edad de oro de Atenas diciendo que “no poseían nada como propio, sino que todo lo tenían en común”. El texto comienza afirmando que “los creyentes tenían un solo corazón y una sola alma” (v. 32a). El par de términos “corazón-alma” recuerda el vocabulario que en el libro del Deuteronomio designa la existencia entera de la persona abierta a Dios (Dt 6,5; 10,12; 11,13; 13,4; etc.). La expresión sugiere que la comunión vivida entre los creyentes de Jerusalén era una realidad basada en la fe. Esta comunión ciertamente no excluye la amistad, pero tiene su fundamento en Dios mismo y es abierta a todos. El fundamento del vínculo que une a los creyentes entre ellos no es, por tanto, una simple simpatía natural que florece en la amistad, sino la fe que presupone la conversión y que nos hace aceptar a aquellos que son diversos a nosotros como verdaderos hermanos. Esta sintonía de corazones, obra del Espíritu se concretiza en el poner los propios bienes a disposición de toda la comunidad: “nadie consideraba como propio nada de lo que poseía, sino que tenían en común todas las cosas” (v. 32b).  Para Lucas la comunidad ideal debe modelarse según las exigencias de Jesús y reflejar la potencia de vida que brota de su pascua. En efecto, en el v. 33 se habla de la resurrección de Jesús. La gran fuerza con que dan testimonio los apóstoles es prolongación, en el presente, de la acción mediante la cual Dios ha resucitado a Jesús y una manifestación de la omnipotencia que Jesús ha recibido de Dios en el momento de la resurrección. El texto concluye afirmando de nuevo la gracia de la koinonía (comunión) (vv. 34-35). La frase “no había entre ellos necesitado” recuerda el texto hebreo de Dt 15,4 (“que no haya necesitado entre ustedes”) y que, en la versión griega de los LXX, se tradujo como una promesa: “no habrá necesitado entre ustedes”. Lucas ve en la comunidad de Jerusalén el cumplimiento de esta promesa. Se realiza no sólo el ideal griego de la amistad, sino también la gracia escatológica que prometía el texto griego del Deuteronomio: un ideal social de igualdad.

            Este ideal del que habla Lucas es una propuesta de vida para todas las comunidades futuras: generosidad espontánea, libre, ordenada. La experiencia del Resucitado empujará al cristiano de todos los tiempos a una búsqueda constante de la igualdad social, abandonando un estilo de vida determinado por el egoísmo, el individualismo burgués, el desinterés por la justicia y el olvido de los más pobres. El ideal del que habla el libro de los Hechos no es el de la renuncia y de la pobreza voluntaria, sino el de una caridad que no acepta que haya hermanos que pasen necesidad. Como ha afirmado el conocido biblista J. Dupont: “Se abandonan los propios bienes no por el deseo de ser pobres, sino para que no haya pobres entre los hermanos”.

 

            La segunda lectura (1 Jn 5,1-6) insiste también en el amor hacia los demás como primera irradiación de nuestra fe en el Señor Resucitado. Si creemos en Cristo somos hijos de Dios, y esto debe mostrarse en nuestra atención a los hermanos. Demostramos que nuestra experiencia pascual es auténtica cuando somos capaces de reconocer como hermano a quien está a nuestro lado. Juan afirma: “el que cree que Jesús es el Mesías, ha nacido de Dios” (v. 1).  Es la fe en el Señor Resucitado la que nos hace tener ojos distintos para ver a los demás y superar la estrechez del egoísmo y del desinterés. Juan llama  a esto “nacer de Dios” (v. 1) o “vencer al mundo” (v. 4). Con razón dice: “Todo el que ha nacido de Dios vence al mundo; y ésta es la fuerza victoriosa que ha vencido al mundo: nuestra fe” (v. 4). Hay un vínculo profundo entre fe y amor, entre fe en Dios que ha resucitado a Jesús y amor a los hermanos: “El que ama a Dios, que da el ser, debe también amar a todo el que ha nacido de él” (v. 2).

El evangelio (Jn 20,19-31) nos presenta la Resurrección de Jesús en términos de "encuentro con el Resucitado", para mostrar cómo los primeros testigos de la pascua llegaron a la fe y cómo podemos llegar también nosotros a creer. La composición del texto es muy sencilla: tiene 2 partes (vv. 19-23 y vv. 26-27) unidas por la explicación de los vv. 24-25 sobre la ausencia de Tomás. Las dos partes inician con la misma indicación sobre los discípulos reunidos y en ambas Jesús se presenta con el saludo de la paz (vv. 19.26).

En la primera parte del texto, en el bloque compuesto por los vv. 19-23, se nos da una indicación temporal (es el primer día de la semana) y una indicación espacial (las puertas del lugar están cerradas). La referencia al primer día de la semana, es decir, el día siguiente al sábado (el domingo) evoca las celebraciones dominicales de la comunidad primitiva y nuestra propia experiencia pascual que se renueva cada domingo. La indicación de las puertas cerradas quiere recordar el miedo de los discípulos que todavía no creen, y al mismo tiempo quiere ser un testimonio de la nueva condición corporal de Jesús que se hará presente en el lugar. Jesús atravesará ambas barreras: las puertas exteriores cerradas y el miedo interior de los discípulos. A pesar de todo, están juntos, reunidos, lo que parece ser en la narración una condición necesaria para el encuentro con el Resucitado; de hecho Tomás sólo podrá llegar a la fe cuando está con el resto del grupo. Jesús "se presentó en medio de ellos" (v.19). El texto habla de "resurrección" como venida del Señor. Cristo Resucitado no se va, sino que viene de forma nueva y plena a los suyos (cf. Jn 14,28: "me voy y volveré a vosotros"; Jn 16,16-17) y les comunica cuatro dones fundamentales: la Paz, el gozo, la misión, y el Espíritu Santo. Los dones pascuales por excelencia son la paz (el shalom bíblico) y el gozo (la járis bíblica), que no son dados para el goce egoísta y exclusivo, sino para que se traduzcan en misión universal. La  misión que el Hijo ha recibido del Padre ahora se vuelve misión de la Iglesia: el perdón de los pecados y la destrucción de las fuerzas del mal que oprimen al hombre. Para esto Jesús dona el Espíritu a los discípulos.  En el texto, en efecto,  sobresale el tema de la nueva creación: Jesús "sopló sobre ellos", como Yahvé cuando creó al hombre en Gen 2,7 o como Ezequiel que invoca el viento de vida sobre los huesos secos (Ez 37). Con el don del Espíritu el Señor Resucitado inicia un mundo nuevo, y con el envío de los discípulos se inaugura un nuevo Israel que cree en Cristo y testimonia la verdad de la resurrección. Como "hombres nuevos", llenos del aliento del Espíritu en virtud de la resurrección de Jesús, deberán continuar la misión del "Cordero que quita el pecado del mundo": la misión de la Iglesia que continúa la obra de Cristo realiza la renovación de la humanidad como en una nueva obra creadora en virtud del poder vivificante del Resucitado.

En la segunda parte del texto, en el bloque compuesto por los vv. 26-27, se nos narra una experiencia similar vivida ocho días después. La primera vez Tomás, uno de los discípulos, no estaba presente y no cree en el testimonio de los otros que han visto al Señor (vv. 23-25). Tomás incrédulo representa al hombre de todos los tiempos, que exige pruebas, que sólo cree a través de los milagros. Quiere identificar a Jesús con las huellas de la cruz. Ocho días después otra vez están todos, incluido Tomás, y Jesús "viene" (v. 26). Es significativo el hecho que el relato utilice el verbo "venir" en presente y no en pasado: es una manera de decir que aquella experiencia se repite una y otra vez en la vida de la Iglesia. Jesús le reprocha a Tomás el no haber creído al testimonio de los otros discípulos, y lo invita a dejar de ser apistós (no-creyente) y llegar a ser pistós (creyente). El testimonio de los otros tendría que haber sido suficiente para que creyera. Es una llamada de atención para cuantos en el futuro llegarán a creer, siempre a través de la palabra, la mediación y el testimonio apostólico de los que "vieron" a Jesús. A Tomás no se le revela en particular sino en medio de la comunidad; allí - y no en otro sitio - podrá Tomás ver al Señor y profesar su fe. Después de haber visto como los otros, Tomás cree y su profesión de fe es plena: "Señor mío y Dios mío" (cf. Sal 35,23).

El texto concluye con unas palabras de Jesús que originalmente eran la conclusión del evangelio de Juan antes de que le fuera añadido el capítulo 21: "Dichosos los que han creído sin haber visto" (Jn 20,29). La fe pascual en el futuro estará siempre fundamentada en el testimonio de aquellos primeros discípulos que "vieron" a Jesús y han dado testimonio de ello. Esta es la verdadera fe pascual: "todavía no lo han visto, pero lo aman; sin verlo creen en él y se alegran con un gozo indescriptible y radiante, así recibirán la salvación, que es la meta de su fe" (1 Pe 1,8).

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