Hch 4,8-12

1 Jn 3,1-2

Jn 10, 11-18

 

                El centro de la liturgia de hoy lo ocupa la imagen evangélica de Cristo Buen Pastor (evangelio), piedra angular del proyecto salvador de Dios (primera lectura), que ama y conoce a sus ovejas, llamadas “a ser semejantes a Dios, porque lo verán tal cual es” (segunda lectura). Cristo Pastor da unidad a la comunidad de los discípulos y es fuente de solidez para la Iglesia que camina en la historia.

 

            La primera lectura (Hch 4,8-12) es el discurso que Pedro, lleno del Espíritu Santo, dirige a las autoridades judías después de haber curado al paralítico del templo. La apología está orientada hacia el anuncio del “Nombre” de Jesús. Se concluye, en efecto, con esta frase: “no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (v. 12). Es importante recordar la concepción del “nombre” en el mundo antiguo. La persona, su ser y su destino, se expresaban en el nombre; entre el nombre y la persona existía una relación esencial. El nombre de Jesús (en hebreo Yeshúa), efectivamente, quiere decir: Yahvéh salva. Pedro afirma con claridad que la exclusividad y la universalidad de la salvación de Dios está ligada a la persona de Jesús de Nazaret. El profeta Joel había anunciado para los últimos días que “todo el que invocara el nombre de Yahvéh sería salvo” (Joel 3,5). Pues bien, la salvación obtenida a través de la invocación del nombre de Yahvéh se realiza por medio de la fe en Jesús, que ha recibido de Dios “un nombre que está sobre todo nombre” (Flp 2,9). Es este el Nombre que los apóstoles deben proclamar hasta los confines del mundo.

 

            La segunda lectura (1 Jn 3,1-2) pone de manifiesto que el amor de Dios es la fuente primordial e inagotable de nuestra esperanza cristiana. Circundados de este infinito amor, hemos llegado “ya” a ser sus hijos, mientras vivimos con el anhelo de una plenitud que “todavía” no se ha manifestado: “ahora somos ya hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos” (v. 3a). Esta tensión entre el “ya” y el “todavía no” marca toda la existencia cristiana, orientada hacia la plenitud de la participación de la vida divina: “seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es” (v. 3b).

           

            El evangelio (Jn 10,11-15) inicia con la frase: "Yo soy el Buen Pastor" (ego eimi ho poimên ho kalós) (v. 11a). Literalmente la expresión griega suena así: "Yo soy el pastor, el bueno". El calificativo "bueno" traduce el adjetivo griego kalós, (bueno o bello), que no expresa aquí la idea de mansedumbre o de afabilidad, con la cual a menudo se pone en relación la figura de Jesús pastor. El adjetivo kalós indica en el Nuevo Testamento la calidad de una cosa o de una persona, que es plenamente lo que debe ser o que realiza a la perfección su función. De allí que kalós se pueda traducir también como bello. Este adjetivo se encuentra utilizado en expresiones como: "buena tierra" (Mc 4,20), un "árbol bueno" que da "frutos buenos" (Mt 7,17s), el "vino bueno" (Jn 2,10), las "obras buenas" de Jesús (Jn 10,32), un "buen administrador" (1Pe 4,10), "el buen soldado de Cristo" (2Tim 2,3), etc. En el evangelio de Juan, el adjetivo kalós se refiere siempre a Jesús (o a su misión). En este texto, kalós, subraya la plenitud de la obra salvadora realizada por el pastor mesiánico. Jesús es el Buen Pastor, el único pastor que conduce a los hombres a la plenitud de la vida y de la salvación.

Jesús es el Buen Pastor porque "dispone" de su vida en favor de sus ovejas e instaura con ellas relaciones nuevas de conocimiento mutuo en el amor. Jn 10,11b normalmente es traducido: "El buen pastor da la vida por las ovejas". Pero el verbo griego utilizado no es “dar”. Una traducción más cercana al texto griego original sería: "el Buen Pastor ‘dispone’ de su vida en favor de sus ovejas" (11b). El verbo griego títhêmi (lit. "poner", "colocar", "disponer de algo"), que aparece en el capítulo 10 en los vv. 11.15.17.18, lo traducimos como “disponer de”. La idea que Juan quiere subrayar y que está como trasfondo de todos estos versículos, es que Jesús "disponía" de su vida con absoluta libertad, integrando en su existencia el enfrentamiento con la muerte. Una vez llegado el momento, deja su vida para tomarla de nuevo, según el poder y el mandato recibido del Padre (Jn 10,17-18). Jesús, en el cuarto evangelio, "convive con la muerte" (X. Léon-Dufour). La muerte no es únicamente el término de su existencia, sino una realidad que está en el corazón de la vida misma. Jesús no se aferra a su existencia, no se agarra a ella como cosa poseída, sino que se desprende de ella sin cesar. “Dispone” de ella con libertad, para donarla.

El buen pastor “dispone de la vida por las ovejas” (v. 11b), es decir, "en favor de las ovejas" (griego: hypér tôn probátôn). La preposición griega hypér seguida de genitivo, significa "para provecho de", "en favor de". No tiene nunca el sentido de "en lugar de", es decir, no implica la idea de sustitución. No se quiere afirmar que Jesús pastor muere en vez de las ovejas. La perspectiva del texto joánico no es el perdón de los pecados, sino el "conocimiento" entre las ovejas y el pastor. El pastor salva a las ovejas de una situación global de oscuridad y de distanciamiento, más que de una culpa moral. El evangelio de Juan sólo hace referencia al pecado de incredulidad, como raíz de todos los pecados. En el texto las ovejas representan a los creyentes que han sido llamados por Jesús a la fe, librándolos de las tinieblas. En síntesis, la expresión del versículo 11b, no hay que entenderla como en otros textos del NT (Flm 13; 1Cor 15,29; 2Cor 5,14-15), donde se afirma que Jesús ofrece su vida en lugar de los pecadores, ni tampoco hay que interpretar la figura del Buen Pastor a partir de la conocida parábola del pastor y la oveja perdida de Lucas 15, en clave de perdón misericordioso. La idea joánica es más cercana a una descripción teologal de la fe y del seguimiento de Cristo: Jesús es el auténtico pastor porque vive y muere al servicio de las ovejas, da la vida por ellas y las conoce individualmente con un conocimiento amoroso.

“El Buen Pastor no es como el jornalero (misthôtos), que ni es verdadero pastor ni propietario de las ovejas” (v. 12a). La figura del jornalero o mercenario resalta, por contraste, la figura del pastor, que en un exceso de gratuidad conoce y ama a sus ovejas hasta dar la vida por ellas. "El jornalero cuando ve venir al lobo, las abandona y huye. Y el lobo las arrebata y dispersa" (Jn 12b). La mención del lobo sirve para describir el peligro al que están expuestas las ovejas. Probablemente habría que pensar en los riesgos constantes a los que se ve sometido el discípulo de Jesús, tentado de abandonar la fe y alejarse del único pastor. Al inicio del v. 14 se retoma el tema del Buen Pastor que conoce a sus ovejas, mientras al final del v. 15 se habla otra vez del dar la vida por las ovejas. Entre estas dos temáticas ya conocidas, Juan inserta un argumento nuevo y novedoso: el conocimiento recíproco entre el Pastor y sus ovejas. El verbo "conocer" (en griego: ginôskein) no implica un conocimiento puramente intelectual. Conserva el sentido del verbo hebreo yada‘, que expresa un conocer existencial, práctico y afectivo, es decir, a través de la vida, de la comunión y la relación afectiva con el otro. En la mentalidad bíblica, conocer algo significa tener una experiencia concreta de una cosa, y conocer a alguien significa entrar en relación personal con esa persona. El conocimiento que une a Jesús con las ovejas es un conocimiento de amor. Un conocimiento de amor en ambas direcciones. Jesús conoce a los suyos dándoles la vida eterna (10,27-28), y los suyos lo conocen a él a través de un saber que brota de la fe en él (14,7.9; 17,3) y que es verdadera comunión con él. Este vínculo se basa en el conocimiento de amor recíproco y eterno entre el Padre y el Hijo: "conozco a mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco al Padre" (v. 15a). Las relaciones entre el Pastor y las ovejas asumen, por tanto, una dimensión teologal infinita. El conocimiento de amor recíproco que está a la raíz de la relación entre Jesús y el discípulo, no es únicamente ni principalmente una experiencia psicológica o un conocimiento intelectual entre un maestro y sus discípulos. El modelo y la fuente de tal conocimiento es el conocimiento recíproco de Cristo y el Padre. La comunión entre los discípulos y Jesús es una participación en la comunión existente entre Jesús y el Padre. La vida de cada cristiano y la vida entera de la iglesia se funda en un contacto personal con Cristo y es esencialmente una experiencia de comunión y de diálogo.

 

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