(Ciclo C)

 

 

Hechos 13,14.43-52

Apocalipsis 7,9.14b-17

Juan 10,27-30

 

            En el centro de la liturgia de la palabra de este domingo se encuentra la figura de Cristo Cordero-Pastor que guía a los suyos, los “conoce”, los “llama por su nombre”, y los conduce a través de las vicisitudes de la historia hacia “las fuentes de aguas vivas”, símbolo de la misma vida de Dios (Ap 7,17). Junto al Pastor aparece también el rebaño, representado por aquella multitud de paganos que acogen el evangelio ante la predicación de los apóstoles y se llenan de “alegría y de Espíritu Santo” (Hch 13,52) y por la inmensa muchedumbre de toda raza, lengua, pueblo y nación, que “viene de la gran tribulación” (Ap 7,14), y que vive eternamente junto a Dios y al Cordero.

 

            La primera lectura (Hch 13,14.43-52) nos coloca en la ciudad de Antioquía de Pisidia, punto culminante de la primera misión de Pablo. El texto que leemos hoy nos narra la experiencia vivida por Pablo y los suyos durante el segundo sábado que pasaban en aquella ciudad. El auditorio es descrito con una hipérbole significativa: “toda la ciudad se congregó para escuchar la palabra del Señor” (v. 44). Se quiere subrayar que entre los oyentes de la predicación apostólica se encontraban no sólo judíos y prosélitos temerosos de Dios, sino también gente pagana que no pertenecía al pueblo de Israel. La reacción de los judíos ante la predicación de los apóstoles no sólo es negativa, sino también injuriosa y violenta (v. 45). Es entonces cuando Pablo y Bernabé trazan en modo solemne y programático las grandes líneas de la expansión evangelizadora en conformidad con el plan de Dios. En primer lugar reconocen y afirman la prioridad de Israel, como pueblo destinatario de las promesas en la historia de la salvación. Esta prioridad forma parte del designio de Dios: a Israel se debía anunciar en primer lugar el cumplimiento de las promesas divinas. Sin embargo, el pueblo judío rechaza la salvación y se vuelve así responsable de su propio destino. Aun conservando el privilegio de pueblo destinatario de las promesas divinas, Israel renuncia a su función dentro de la historia de la salvación, función que ahora toca a la comunidad cristiana (v. 46). La Iglesia, sin embargo, aun contando con el rechazo del Israel histórico, tendrá que vivir enraizada en modo permanente en el pueblo de las antiguas promesas.

            El centro de interés del texto se encuentra en el v. 47. La evangelización de los paganos no es motivada por el rechazo de Israel, sino que está fundada en la voluntad de salvación universal de parte de Dios, tal como aparece en la Escritura. Se cita un texto de Isaías, que se pone en boca del Señor Resucitado dirigiéndose a los apóstoles: “Te he puesto como luz de las naciones, para que lleves la salvación hasta los confines de la tierra” (Is 49,6). Al final la separación es clara. Ante la predicación del evangelio, los gentiles “se alegraban y recibían con alabanzas el mensaje del Señor” (v. 48) y los discípulos quedaban “llenos de alegría y del Espíritu Santo”; los judíos, en cambio, rechazaban violentamente el anuncio evangélico. Los apóstoles, habiendo sido expulsados de la ciudad, según el mandato del Señor (cf. Mc 6,11), “sacudieron el polvo de sus pies y se fueron” (v. 51). El gesto indica separación total y juicio. Los apóstoles consideran a aquella gente que se ha cerrado al evangelio como pagana e impura, no tienen parte con ella y la abandonan al juicio de Dios.

 

            La segunda lectura (Ap 7,9.14-17) pertenece a la parte del libro del Apocalipsis conocida como “sección de los siete sellos” (6,1-7,17), que concluye precisamente con nuestro texto, desembocando en una solemne celebración litúrgica de la salvación definitiva y escatológica. En el centro de una “inmensa muchedumbre que nadie podía contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua” (v. 9), se coloca el Cordero, Cristo (v. 17). De él se dice que “los pastoreará y los conducirá a las fuentes de aguas vivas”, texto que recuerda la antigua profecía de Ezequiel 34, que hablaba de Dios como pastor verdadero de su pueblo. Esta multitud representa la humanidad salvada por Cristo, venida de todo pueblo y cultura. Lo que tienen en común es que “han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero” (v. 14). Se trata de hombres y mujeres que, en comunión con Cristo y en fidelidad a su palabra, han alcanzado la plenitud de la vida junto a Dios. “La sangre del Cordero” es una expresión que evoca la fidelidad de Jesús y el amor a los suyos hasta el extremo (Jn 13,1). Es en la sangre del Cordero que se explica la fuerza y la victoria de esta humanidad redimida. El vestido, en el Apocalipsis, indica la personalidad espiritual del hombre, la expresión exterior del misterio más íntimo de la persona. Éstos poseen vestidos “blancos” pues ya comparten con Cristo su condición gloriosa y resucitada. En efecto, ellos vienen de “la gran tribulación”, expresión que designa la historia humana, con su carga de fatiga cotidiana, de fe oscura y riesgosa, y de hostilidad violenta al evangelio del Reino a través de las persecuciones.

La “tienda”, es decir, la presencia, la Shekinah divina, de la que se habla en el v. 15, evoca los dos grandes pilares de la revelación bíblica, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento: la presencia de Dios en medio del pueblo de Israel  (la nube, el arca, el Templo, la ciudad de Sión...) y la presencia de Dios en la historia a través de su Hijo Jesucristo, “la palabra hecha carne” (Jn 1,14). La tienda perfecta de la Jerusalén del cielo envuelve ahora en plenitud a la asamblea de los elegidos vinculándolos totalmente con el Salvador. Citando Is 49,10, se describe al final el gozo total y sin fin de la humanidad salvada por el Cordero. Ningún mal podrá ya ofuscar la alegría del rebaño que ha encontrado en Dios su paz y su meta definitiva: “Dios enjugará toda lágrima de sus ojos” (v. 17).

 

El evangelio (Jn 10, 27-30) forma parte del discurso pronunciado por Jesús en ocasión de la fiesta de la dedicación del Templo. En el texto aparecen dos temáticas: (a) el conocimiento recíproco entre el Pastor y sus ovejas, y (b) el amor salvador de Cristo Pastor.

 

(a) El conocimiento recíproco entre el Pastor y sus ovejas. El verbo “conocer” (en griego: ginôskein) no implica un conocimiento puramente intelectual. Conserva el sentido del verbo hebreo yada‘, que expresa un conocer existencial, práctico y afectivo, es decir, a través de la vida, de la comunión y la relación afectiva con el otro. En la mentalidad bíblica, conocer algo significa tener una experiencia concreta de una cosa, y conocer a alguien significa entrar en relación personal con esa persona. El conocimiento que une a Jesús con las ovejas es un conocimiento de amor. Un conocimiento de amor en ambas direcciones. Jesús conoce a los suyos dándoles la vida eterna (10,27-28), y los suyos lo conocen a él a través de un saber que brota de la fe en él (14,7.9; 17,3) y que es verdadera comunión con él. Este vínculo se basa en el conocimiento de amor recíproco y eterno entre el Padre y el Hijo: “conozco a mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco al Padre” (Jn 10,15). Las relaciones entre el Pastor y las ovejas asumen, por tanto, una dimensión teologal infinita. El conocimiento de amor recíproco que está a la raíz de la relación entre Jesús y el discípulo, no es únicamente ni principalmente una experiencia psicológica o un conocimiento intelectual entre un maestro y sus discípulos. El modelo y la fuente de tal conocimiento es el conocimiento recíproco de Cristo y el Padre. La comunión entre los discípulos y Jesús es una participación en la comunión existente entre Jesús y el Padre. La vida de cada cristiano y la vida entera de la iglesia se funda en un contacto personal con Cristo y es esencialmente una experiencia de comunión y de diálogo.

 

(b) El amor salvador de Cristo. Jesús da “la vida eterna” a sus ovejas, las cuales “no perecerán jamás”, pues “nadie puede arrebatarlas de mi mano” (v. 28). La vida eterna, en el evangelio de Juan, es una expresión que designa no sólo la vida después de la muerte, sino también la vida cotidiana de cada persona llena de sentido y de felicidad a causa de la comunión plena con Dios en Cristo. La vida eterna es la participación en la misma existencia del Padre y de Jesucristo su enviado (Jn 17,3). La comunión con Cristo asegura al discípulo que ninguna fuerza, ningún mal, ninguna situación adversa podrá alejarlo del don de la vida eterna. Jesús utiliza la imagen de “la mano” del Padre, para aludir al poder eficaz y salvador de Dios en favor del hombre. El símbolo de la mano divina evoca la acción creadora y salvadora de Dios. El salmo 94 dice que Dios “tiene en su mano las cimas de la tierra y son suyas las cumbres de los montes”, y más adelante afirma que “él nuestro Dios y nosotros su pueblo, el rebaño que su mano conduce”. El Dios que sacó a Israel de Egipto “con mano fuerte y brazo extendido” (Dt 4,34), ahora actúa por medio de Jesús el Buen Pastor, que afirma de sus ovejas que “nadie las arrebatará de mi mano” (Jn 10,28), pues “nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre” (v. 29).

La imagen de Cristo Cordero-Pastor que domina la liturgia de hoy nos invita a reflexionar sobre el sentido de la historia y de la vida de la Iglesia. La Iglesia no tiene más que un Pastor, el cual infunde confianza, expulsa el miedo y se presenta cercano, al punto de ser Cordero que se ofrece por todos. La historia, con sus luces y sus sombras, se encamina hacia él. Cristo Cordero-Pastor es el punto omega de la historia. Hacia él confluyen todos los pueblos y todos los hombres y mujeres de la tierra. Él nos asegura el triunfo de la justicia y del bien, cuando Dios “enjugará toda lágrima de los ojos”. Mientras llega ese momento culminante, sus discípulos tenemos la misión, como Pablo y Bernabé, y como tantos otros apóstoles y mártires, de anunciar la utopía, de mantener vivo el sueño y el anhelo de un mundo nuevo, luchando contra el mal que deshumaniza y anunciando la buena noticia del reino que “llena de gozo y de Espíritu Santo” los corazones humanos lacerados por el dolor.