Hechos 9,26-31

1 Juan 3,18-24

Juan 15,1-8

 

            El mensaje central de la palabra de Dios de este domingo se encierra en la imagen joánica de la vid y los sarmientos. Esta alegoría evangélica, que evoca el símbolo bíblico de Israel como viña de Yahvéh, expresa el misterio de la Iglesia y de todo creyente. Cada discípulo cristiano será un sarmiento vivo y fructífero, solamente si vive adherido existencialmente por la fe y el amor a Cristo, “vid verdadera”. Para Juan la vida cristiana se define como un “permanecer” en Cristo. Esta es la condición fundamental y necesaria para que la fe tenga sentido y pueda dar frutos.

 

            La primera lectura (Hch 9,26-31) nos ofrece dos noticias de la Iglesia primitiva, que ponen de manifiesto su vitalidad gracias a la acción poderosa de Dios que actúa en ella. En primer lugar, se evoca el camino que Pablo tuvo que recorrer para ser aceptado en la comunidad. Se habla de los miedos iniciales de frente al antiguo perseguidor, su presentación oficial ante los apóstoles y su aceptación total de parte de la comunidad, hasta el punto que ya “iba y venía libremente con los apóstoles en Jerusalén y predicaba con valentía el nombre del Señor” (v. 28).  La noticia de esta discreta presencia de Pablo en la iglesia sirve de introducción y presagia la inmensa acción evangelizadora que el Apóstol desarrollará en el futuro. Su presencia en este capítulo es como un “pequeño grano de mostaza” que llegará a ser un gran árbol. En segundo lugar, el autor del libro nos ofrece un rico sumario de la vida de la comunidad primitiva: “Entre tanto la iglesia gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaria; se edificaba (oikodomein) y caminaba (poréuomai) en el temor del Señor, y se multiplicaba (plêthynein) en la consolación del Espíritu Santo” (v. 31). Se usa un término para englobar la situación positiva de la comunidad: la paz. Una paz, sin embargo, que no se reduce a la ausencia de persecuciones; sino que, en sentido bíblico, define una situación de salvación y de plenitud de vida, inaugurada con la resurrección del Señor y testimoniada a través de la proclamación del evangelio. Los tres verbos utilizados por Lucas son significativos: la iglesia se edifica (oikodomein)  como una casa, lo cual supone mucha fatiga y el pasar por diversas etapas de construcción; camina (poréuomai), con todos los riesgos y el dolor de afrontar y aceptar las novedades y peligros del camino; y se multiplica (plêthynein) por acción del Espíritu, que envía en misión y que, al mismo tiempo, consuela, protege y anima como “paráclito”.

 

            La segunda lectura (1 Juan 3,18-24) recuerda que el amor cristiano tiene que concretizarse en hechos; no puede quedarse en palabras y promesas. Un amor concreto (de “hechos”) y teologal (en “la Verdad”, es decir, en Cristo) (v. 18). Sólo quien ama así, tiene la conciencia tranquila delante de Dios; solo quien ama puede gozar de la confianza de acercarse a él sin temor. Este es el único mandamiento de Dios: “que creamos en su Hijo Jesucristo y que nos amemos los unos a los otros según el mandamiento que él nos dio” (v. 23). Sólo quien ama “permanece en Dios y Dios en él” (v. 24). Fe y amor constituyen la raíz y el fundamento del camino espiritual cristiano y de la moral que brota de la pascua. Pero no es sólo obra nuestra, sino ante todo una gracia que hay que recibir día a día del Espíritu: “Por eso sabemos que él permanece en nosotros: por el Espíritu que nos ha dado” (v. 24).

 

            El evangelio (Juan 15,1-8) presenta la relación entre Jesús y sus discípulos a través de la imagen de la vid. En el Antiguo Testamento la viña era símbolo de Israel: “sacaste una vid de Egipto, la trasplantaste y echó raíces hasta llenar el país” (Sal 80,9; cf. Is 5,1-7; Jer 2,21; Ez 19,10-12; etc.). Las relaciones entre la viña y el viñador ponían de manifiesto las relaciones de profunda intimidad y de amor existentes entre Yahvéh e Israel. Ahora la vid es Jesús. La vid-Israel alcanza su plenitud de fidelidad en Jesús-vid. El es la vid verdadera y,  los sarmientos, unidos a él, representan a los discípulos que han creído en él. La vid y los sarmientos, por tanto, son un símbolo de la Iglesia, de Jesús y los suyos: el nuevo y verdadero pueblo de Dios que nace y vive de la Palabra y del Espíritu recibidos de Jesús.

            Jesús afirma que “su Padre es el viñador” (v. 1). Como en el Antiguo Testamento, es el Padre quien ha plantado la vid. El mismo la cuida y le demuestra su amor  (Is 5,1-7). Como parte de sus cuidados amorosos, el Padre corta los sarmientos que no dan fruto, y “a todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto” (v. 2). Los sarmientos que no dan fruto y que el Padre corta, son aquellos que, perteneciendo a la comunidad cristiana, no responden con sus obras a la vida divina que se les comunica a través de Cristo. Éstos están destinados a desaparecer irremediablemente. En cambio, los otros, los que dan fruto, son objeto de una “poda” de parte del Padre. La intención de esta acción divina en el creyente es que dé más fruto. Se trata de la purificación constante que Dios mismo realiza en la Iglesia y en el corazón de cada discípulo, pues no basta el esfuerzo humano para liberarse del egoísmo y poder seguir el dinamismo amoroso del Espíritu. Con razón afirma san Juan de la Cruz: “no atina bien uno por sí solo a vaciarse de todos los apetitos para venir a Dios” (1 Subida 1,5). Es necesaria la acción de Dios que elimina en el hombre todo aquello que se opone e impide el desarrollo del amor que viene del Espíritu. Dios Padre es un dinamismo de vida y de purificación que hace posible el crecimiento espiritual de cada creyente y de toda la Iglesia, llamada a existir “sin mancha ni arruga” (Ef 5,27). Una primera limpieza, original y radical, ya se ha producido antes: “vosotros estáis ya limpios, gracias a la Palabra que os he anunciado” (v. 3). Es la purificación de la conversión, cuando el hombre toma la decisión de poner en práctica y adherirse a Cristo. Pero el camino es largo y cada creyente necesita continuas purificaciones para alcanzar la plenitud de la comunión con Cristo en el amor.

            La Iglesia y cada creyente existen para dar fruto. El fruto no es algo que se añade al ser cristiano, sino que pertenece a su misma esencia: el fruto, es decir, el compromiso concreto en el amor, es la manifestación exterior de una experiencia interior que busca espontáneamente comunicarse. Jesús exhorta a los discípulos a renovar continuamente su adhesión a él, en función del fruto que han de producir. El sarmiento no tiene vida propia y, por tanto, no puede dar fruto por sí mismo. Necesita la savia, es decir, el dinamismo de la Palabra y del Espíritu comunicado por Jesús. Interrumpir o prescindir de la relación con Jesús es reducirse a la esterilidad: “el que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada” (v. 5).  Juan utiliza para describir esta realidad el verbo “permanecer” (en griego menô), que es un verbo que expresa estabilidad y comunión. El discípulo cristiano vive establemente unido a Jesús, en unidad de comunión y de amor con él.

El evangelio concluye con estas palabras: “si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis. La gloria de mi Padre es que deis mucho fruto y seáis mis discípulos (vv. 7-8). La comunión con Jesús y la obediencia a su Palabra aseguran, además, el favor y la presencia de Jesús incondicionalmente en todo momento. Al final se vuelve a hacer referencia al Padre, y se habla de su gloria. En el Antiguo Testamento, Dios se cubre de gloria cuando actúa poderosamente en favor de su pueblo; Jesús, en el evangelio de Juan, con sus obras ha mostrado la gloria del Padre. Ahora, la gloria del Padre tiene otra expresión. Dios muestra su gloria sobre todo a través de las obras de los discípulos de Jesús, que en comunión con él, la Vid verdadera, y dóciles al Espíritu, aman sin límite y sin condiciones, generando vida y amor en favor de los demás.

 

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