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LA MUERTE DE JESÚS EN EL EVANGELIO DE LUCAS

(Lc 23,44-49)


 

            Nos limitamos a ofrecer algunos comentarios sobre la parte central del relato de la pasión y muerte del Señor en el evangelio de Lucas que se lee el domingo de ramos de este año. En estos pocos versículos encontramos, en forma densa y dramática, las grandes líneas de la cristología de Lucas y aspectos muy ricos de espiritualidad para la contemplación y predicación del misterio de la muerte del Señor.

 

1. La oscuridad

 

            Lucas describe la muerte de Jesús en un ambiente de “tinieblas”, que “cubren la tierra hasta las tres de la tarde” (v. 44). Son el símbolo de la muerte y del mal. Lo que Lucas ha llamado durante el prendimiento de Jesús en el huerto “el poder de las tinieblas” (Lc 22,53). La crucifixión de Jesús, llevada a cabo por obra de los jefes judíos, es el signo de su maldad. En el Antiguo Testamento la intervención definitiva de Dios que juzga a su pueblo es llamado “el día del Señor”, y es acompañada de la oscuridad de la tierra en pleno día: “Aquel día, oráculo del Señor, haré que el sol se oculte a mediodía, y en pleno día cubriré la tierra de oscuridad” (Am 8,9). Lucas, en efecto, habla de un eclipse solar (utiliza el verbo griego ekleipô). La muerte de Jesús manifiesta la maldad de aquellos que han condenado al Inocente, y la maldad de todos aquellos que continúan condenándolo a lo largo de la historia. Las tinieblas que “cubren la tierra”, describen la dimensión cósmica de aquella muerte, máxima expresión de la maldad humana (Lc 1,79; 11,35; 22,53).

 

2. La ruptura del velo del Templo

 

            En los otros sinópticos la alusión a la cortina del santuario es colocada después de la muerte de Jesús; en Lucas, en cambio, la precede. Este velo seguramente alude a la cortina que separaba el lugar más santo del Templo de Jerusalén del atrio exterior. Lucas habla no de destrucción, sino de “ruptura”. La escena, por tanto, constituye un signo de la apertura de la presencia de Dios a la comunidad cristiana, que después de la resurrección de Jesús continua frecuentando el santuario de Jerusalén (Lc 24,50-53; Hch 2,46, 3,1-10), aunque poco a poco se irá alejando de él. La idea, sin embargo, es válida. La presencia divina que Israel ha reconocido y ha encontrado en el Templo, ahora adquiere perspectivas universales. Se ofrece como un don a todos los pueblos de la tierra: “el velo del Templo se rasgó por la mitad”.

 

3. La oración de Jesús

 

Jesús se dirige al Padre para pedir el perdón de sus verdugos: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Jesús es el Mesías que revela el rostro del Padre misericordioso (Lc 15), que ama a los enemigos (Lc 6,28.35) y que perdona a los pecadores (Lc 5,20; 7,47) y a los hombres que actúan por ignorancia (Hch 3,15; 13,27). El ha sido enviado por Dios, según Lucas, con la concreta misión de perdonar los pecados del pueblo (Lc 1,77). La cruz, por tanto, no significa el juicio de Dios sobre Israel, ni su exclusión de la salvación, sino más bien la inauguración de un tiempo nuevo de misericordia y de perdón.

            En el evangelio de Lucas no escuchamos la dramática oración de Jesús abandonado (“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, Mc 15,34), sino unas palabras llenas de gran confianza: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46). Estas palabras están tomadas del Sal 30,6 y expresan la infinita confianza de Jesús en un Dios que está realizando en él su proyecto de salvación. En el salmo 30 no aparece la palabra “Padre”, la cual es típica de la oración de Jesús en el evangelio de Lucas. Siempre que Jesús ora en el tercer evangelio llama “Padre” a Dios (10,21; 11,2; 22,42). Jesús no experimenta a Dios como adversario o como ausente, sino como padre. La crucifixión de Jesús no termina, como en Marcos, de una forma trágica, sino en el abandono lleno de confianza y en la plena aceptación de los planes de salvación divina que se están realizando precisamente a través de su muerte. Jesús “entrega su espíritu” al Padre, es decir, el “soplo” divino que representa la vida humana, del que habla la Biblia en el momento de la creación o del nacimiento (Gen 35,18; Sir 38,23). La muerte de Jesús no es, por tanto, un evento absurdo, angustioso y terrible, sino el momento en que él reconfirma el abandono confiado de su existencia en las manos del Padre.

 

3. Las palabras del centurión

 

            La primera reacción humana delante de la muerte de Jesús es la del centurión romano que “da gloria a Dios”, diciendo: “Verdaderamente este hombre era justo” (v. 47). La expresión “dar gloria a Dios” es típica de Lucas y a menudo la utiliza en contextos de milagros: la pone en boca del paralítico curado (Lc 5,25) y de la muchedumbre (Lc 5,26), de la gente que ha asistido a la resurrección del hijo de la viuda de Naím (Lc 7,16), de la mujer encorvada (Lc 13,13), del leproso samaritano agradecido por su curación (Lc 17,15), del ciego de Jericó (Lc 18,43). Por tanto, el reconocimiento del centurión adquiere el valor de un verdadero y propio milagro: un pagano reconoce la presencia de Dios en la imagen increíble de un hombre crucificado. Este centurión representa a cada creyente que a través de su fe, como por obra de un milagro, proclama la presencia y la salvación divinas en Jesús Crucificado.

            Al inicio del evangelio, en ocasión del nacimiento de Jesús, son los pastores quienes glorifican a Dios (Lc 2,20); al final, en el momento de su muerte, es un centurión romano. Los primeros representan a los pobres y excluidos; el segundo, a los paganos y alejados. Con la imagen del centurión se acentúa la dimensión universalista del evangelio de Lucas: todos los hombres son llamados a reconocer la presencia de Dios que no se manifiesta ya en los signos convencionales de la religión, como el Templo o la Ley, sino en el desconcertante signo de la cruz. El centurión lo proclama “justo”. Jesús es, en efecto, el “justo sufriente” esperado en la tradición bíblica, que muriendo en la cruz obedece al proyecto misterioso de Dios para la salvación de los hombres.

 

4. La gente y las mujeres

 

            Lucas habla de un grupo de personas que habían acudido a ver la crucifixión (v. 48a). El verbo griego utilizado es theôreô, que significa “observar atentamente”. Probablemente se quiere decir que esta gente estaba conmovida comprendiendo con profundidad el acontecimiento, lo cual provocó que se volvieran a la ciudad “golpeándose el pecho” (v. 48b), un signo que no sólo indica luto o dolor, sino arrepentimiento verdadero. En el evangelio de Lucas la gente se da cuenta del error que han cometido pidiendo la condena a muerte de Jesús. El tema del arrepentimiento es, en efecto, muy querido al evangelista. Recordemos a la pecadora perdonada (Lc 7,36-50), las parábolas de la misericordia (Lc 15); la figura del publicano al fondo del Templo (Lc 18,9-14), el diálogo de Jesús en la cruz con el ladrón crucificado a su lado, ofreciéndole el paraíso (Lc 23,39-43). Al final se habla de “los conocidos” de Jesús y de “las mujeres” (v. 49). Este grupo, que quizás incluye también a los discípulos, los cuales en el evangelio de Lucas nunca abandonan al Maestro, aparece “viendo” lo ocurrido, adquiriendo así un papel de testigos de la muerte de Jesús. Para Lucas, la cruz de Jesús revela en profundidad la salvación de Dios, y su contemplación debe llegar al arrepentimiento y al nuevo conocimiento de la fe.

 

Conclusión

 

            La cruz, que parece desmentir la condición mesiánica de Jesús, en realidad se transforma en instrumento para descubrir el modo nuevo en que Dios se manifiesta a los hombres. Serenidad, confianza, intimidad, confidencia, son los sentimientos que acompañan a Jesús en el momento de la muerte. Precisamente, a causa de esta actitud, el centurión pagano y la gente, reconocen en el Crucificado la plena y definitiva manifestación salvadora de Dios a la humanidad.

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