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EL RELATO DE LA PASIÓN Y MUERTE DE JESÚS

EN EL EVANGELIO DE MARCOS

(Mc 14,1-15,47)

 

            El evangelio del domingo de ramos nos introduce de lleno en el misterio de sufrimiento y de muerte de Jesús, que será el centro de la liturgia en los próximos días. De los cuatro evangelistas, Marcos es el que relata con mayor crudeza los hechos desconcertantes de la pasión y muerte de Jesús en la cruz. La riqueza de su teología está en el hecho de descubrir en el escándalo de la cruz la máxima revelación de Jesús.

 

1. La unción en Betania (Mc 14, 1-11). El relato inicia con la escena de la unción en Betania, de parte de una mujer desconocida, de la cual afirma Jesús: “les aseguro que en cualquier parte del mundo donde se anuncie la buena noticia será recordada esta mujer y lo que ha hecho” (Mc 14,9). Mientras los sacerdotes y los escribas andan buscando el modo de arrestar a Jesús y darle muerte (14,1), esta mujer descubre su identidad mesiánica, comprende el camino y el destino del Maestro pobre (Mc 14,7) y proféticamente lo unge en la cabeza con un perfume carísimo de nardo puro. Anticipa la unción de su sepultura y prepara a Jesús para el sacrificio mesiánico (Mc 14,8). Esta mujer desconocida es figura de la Iglesia creyente y profética, que vive indisolublemente unida a la memoria de la evangelización, y que comparte con Jesús el camino de cruz y de muerte por la salvación de los hombres.

 

2. La Cena de Jesús (Mc 14, 12-31). Esta segunda escena de la pasión comienza como la primera, haciendo alusión a unos “preparativos”. Mientras los jefes judíos se preparan para arrestar y dar muerte a Jesús (14,1), Jesús y sus discípulos preparan la cena de pascua. La antigua cena pascual judía se transforma en “la cena de Jesús”, expresión y símbolo de su entrega y su amor por todos los hombres. La narración de la cena (vv. 22-26) está enmarcada por dos anuncios proféticos: la traición de Judas (vv. 17-21) y la predicción de las negaciones de Pedro (vv. 26-31). En el centro de la cena no aparece ni el cordero, ni el relato de la liberación de Egipto, sino las palabras y las acciones de Jesús sobre el pan y el vino, que anticipan el banquete escatológico del reino y explican la vida y el destino de Jesús. La Eucaristía encierra todo el misterio de la vida de Jesús como donación de amor y plenitud de salvación para los hombres. El pan partido representa su vida donada por todos, en el que se hará realidad la presencia mesiánica de Jesús a lo largo de la historia futura de los hombres; el vino, es su sangre derramada que sella la alianza gratuita, universal y eterna de Dios con toda la humanidad.  

3. La oración en Getsemaní y el arresto de Jesús (Mc 14,32-52). El huerto de Getsemaní  se encontraba en el monte de los olivos (Mc 14,26), una pequeña colina situada al este de Jerusalén. En un monte, el de la transfiguración, Jesús había mostrado su gloria (Mc 9,2-9); en el monte de los olivos, muestra su humanidad sumida en el dolor y la angustia. En la escena resaltan dos elementos de la humanidad de Jesús: su sufrimiento y su oración. El evangelio no oculta el lado humano de Jesús, su incertidumbre, la necesidad de estar acompañado de los suyos, su dolor y su miedo. Sin esta dimensión de su persona, Jesús no sería humano, no habría podido realizar la salvación de los hombres, y tampoco representaría el principio de una nueva humanidad. Con su oración se revela como el Hijo, que sabe acoger la voluntad del Padre y se abandona a él sin reservas. El, que había escuchado con tanta certeza la voz del Padre en el Jordán y en el monte de la transfiguración, ahora debe acoger y amar también su silencio.

4. El proceso ante el Sanedrín (Mc 14, 53-65). Marcos ha colocado la escena del proceso ante las autoridades judías (14,53.55-56) en paralelo con las negaciones de Pedro (14,54.66-72). El v. 53 sirve de introducción al proceso de Jesús ante el Sanedrín y el v. 54 anuncia la escena de Pedro que niega al Maestro. Mientras Jesús declara, por primera y única vez en todo el evangelio de Marcos que él es el Mesías, Pedro niega conocerlo. El contraste es fuertísimo. A la fidelidad del Maestro se contrapone la infidelidad del discípulo. La frase de Pedro (v. 71: “yo no conozco a ese hombre del que me hablan”) es la última palabra que pronuncia un discípulo de Jesús en el evangelio de Marcos. A continuación Pedro se echa a llorar amargamente. Así termina el primero del grupo: infiel, entre lágrimas, negando conocer al Maestro. Sólo la pascua podrá rehacer a Pedro y al grupo. Por ahora todo es fracaso y miedo. El sanedrín judío, ante la declaración mesiánica de Jesús que escandaliza a todos, lo declaran reo de muerte. 

5. El proceso ante Pilato (Mc 15,1-20). Ante el procurador romano cambia el motivo de la acusación contra Jesús, que es presentado ante Pilato como “rey de los judíos”. Ante la pregunta de Pilato: “¿eres tú el rey de los judíos?”, Jesús responde: “Tú lo dices”. No calla su identidad y da testimonio solemne. Pero después, ante las falsas acusaciones, Jesús no habla más, no vuelve a responder a Pilato, lo cual extraña mucho al procurador romano (v. 5). Defenderse en un proceso jurídico sería probar que los otros mienten, lo cual tendría como efecto el condenar a la parte adversa. Con su silencio, Jesús renuncia al legítimo derecho de defenderse, acepta pasar por uno que no puede responder, con tal de que su inocencia no sirva de condena para ninguno. Voluntariamente va hacia la muerte: calla de frente a las acusaciones y no huye de la condena, para que en el proceso quede claro que su deseo no era vencer a costa de los otros, sino padecer incluso la muerte con tal de no tratar a ninguno como enemigo. Las autoridades judías esperan que el procurador ratifique la sentencia de muerte y la ejecute. Pilato, “queriendo complacer a la gente” (v. 15), cae víctima de las intrigas de los sacerdotes que han manipulado la voluntad del pueblo y decide dar muerte a Jesús (vv. 2-15). Marcos narra otro proceso, oscuro, burlesco, ofensivo, realizado como una farsa jurídica de parte los soldados, en el calabozo del palacio del procurador romano (vv. 16-20).  Los soldados romanos convierten a Jesús en objeto de su burla, simulando tributarle honores de rey. Se ensañan contra Jesús con toda su carga de agresividad y vulgaridad, pero Jesús aquí también calla. Su silencio prepara la victoria de la pascua: la victoria de la palabra de la vida sobre el pecado y la muerte.

6. El camino de la cruz y la crucifixión (Mc 15,21-41). Para Marcos, Jesús se revela plenamente como el “Hijo de Dios” sólo en el momento de la crucifixión (15,39). Jesús muere dando un fuerte grito (15,37), invocando de Dios una palabra que no escuchó (15,34), en medio de la burla y el sarcasmo de los sacerdotes y maestros de la ley, de la gente que pasaba por allí y de los que habían sido crucificados con él (15,29-33). Jesús hace suyo el destino de todos aquellos que en el mundo viven y mueren marginados, aplastados y oprimidos, sin respuestas de ningún tipo, abandonados de Dios y de los hombres. En aquel momento, “la cortina del templo se rasgó en dos de arriba abajo” (Mc 15,38) y un centurión romano que estaba frente a Jesús crucificado exclamó: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15,39). Con la muerte de Jesús termina el templo y toda la institución religiosa de Israel como medio de salvación, y se abre a los gentiles el camino de la salvación. Es precisamente un pagano, aquel centurión romano que estaba frente a la cruz, quien reconoce la plenitud de la manifestación divina en Cristo crucificado, en quien se revela la fuerza superior de un Dios que actúa en la debilidad y la impotencia. Al centurión romano, que ha dirigido la crucifixión de Jesús, Dios se le revela en la muerte del Crucificado. Esta es la paradoja que desde ahora en adelante marcará su vida y la de todos los que descubran a Dios en Cristo. La fuerza de Dios brota de la debilidad de la cruz; la salvación, de la impotencia de un hombre aparentemente fracasado. El pecado se vuelve principio de gracia: Jesús se revela y salva a los mismos hombres que le han dado muerte.