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LA PASIÓN DE JESÚS

en

 EL EVANGELIO DE SAN MATEO

(Mt 26,14-27,66)

 

Para Mateo, Jesús es el justo condenado que sufre la violencia de parte de los pecadores. Su relato es profundamente teológico, lleno de alusiones bíblicas y pensado para el uso litúrgico en la comunidad.

La cena pascual (26,14-35) nos recuerda el gesto y las palabras de Jesús que invita a los discípulos a comer su cuerpo y a beber su sangre, signos proféticos de la entrega de su vida en la cruz, porque desea compartir con ellos el camino y el destino de su existencia. En el huerto de Getsemaní (26,36-46) Jesús es el modelo del perfecto orante que experimenta la "agonía" que supone la búsqueda y la aceptación sincera de la voluntad de Dios. Los discípulos son invitados a "velar" con Jesús, es decir, a compartir con él su destino adoptando su actitud del Hijo, orante y fiel. En el momento del arresto (26,47-56), Jesús, que en el sermón de la montaña había declarado superada la represalia y la justicia de la ley del talión en las relaciones humanas (cf. Mt 5,39), vuelve a manifestar su apasionado amor por el perdón y la no violencia .

El proceso judío (26,57-75) es la ocasión para la última y gran revelación de Jesús delante de su pueblo: "a partir de ahora verán al Hijo del hombre sentado a la derecha del Todopoderoso venir sobre las nubes del cielo". La solemne declaración de realeza, de mesianismo y de divinidad, provoca el total rechazo de Israel. Paradójicamente, mientras Jesús reconoce abiertamente su identidad de Hijo y juez universal, uno de sus discípulos, Pedro, el primero de ellos, reniega de su Maestro delante de las insistentes preguntas de dos criadas y un grupo de gente.

El proceso romano (27,1-31) deja en claro la elección de Israel (Barrabás), la injusticia de las autoridades del imperio (Pilato) y la simpatía de los paganos (la mujer de Pilato). Esta última, iluminada por un sueño, invita al marido a no involucrarse en la suerte de "este justo" (Mt 27,19). En efecto, Jesús, como los antiguos profetas y justos perseguidos y condenados a lo largo de la historia bíblica (cfr. Mt 23,29.35), muere por haber anunciado la verdad de Dios en un mundo de falsedad y de injusticia. En la imagen de Jesús, objeto de burla y de ofensas de parte de los paganos como "rey de los judíos", se mezclan las características del Mesías humilde (Mt 21,5) y del siervo de Yahvéh, insultado y sometido a crueles torturas (Is 50,6).

La crucifixión (27,32-50) es el momento culminante del relato. Jesús muere como el justo perseguido y torturado injustamente (cf. Sal 22 y 69). Delante de él desfilan la humanidad que blasfema (27,39-44), las fuerzas del cosmos que anuncian una manifestación divina (tinieblas y terremoto, cf. Ex 10,22; Am 8,9), los nuevos creyentes (el centurión), y la nueva humanidad liberada de la muerte por el Cristo (los muertos que salen de los sepulcros).

La muerte de Jesús. Jesús muere en total soledad, rechazado por los hombres y aparentemente abandonado por Dios. En aquel abandono se produce, paradójicamente, la suprema comunión entre el Padre y el Hijo. La cruz del Señor es, al mismo tiempo, abandono y donación sin reservas. El grito de Jesús ("Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?") no sólo da la medida de la profunda soledad y el abismal sufrimiento del Señor, sino que indica su plena confianza en Aquel que puede salvar aún en la más desgarradora y mortal de las situaciones. Aquel silencio de la cruz revela, en forma paradójica, la infinita comunión del Padre y del Hijo, y la convierte en buena noticia para todos, los que como Jesús, viven y mueren rechazados por el mundo y aparentemente abandonados por Dios. Sólo la fe en Jesús, muerto y resucitado, puede dar sentido a tantos silencios humanos y divinos que encontramos en el camino de nuestra vida. Es la fe en Jesús, muerto y resucitado, la que hace que la Iglesia esté siempre de parte de los humillados, los débiles, los oprimidos, y los crucificados de este mundo. Es la fe en Jesús la que mueve a la Iglesia a realizar su misión a imagen de su Señor, en el ocultamiento y la sencillez, en el rechazo al poder y a la gloria, con la mística de la cruz: en la humillación y el dolor por amor, fruto de la fidelidad al Padre, y fuente de vida y liberación para el mundo y la historia.

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