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Pentecostés

El Decálogo del Espíritu Santo

Bautismo y don del Espíritu

"Seréis bautizados en el Espíritu Santo"

"Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios" (Rom 8,14)

"El fruto del Espíritu es el amor" (Gal 5,22)

DOMINGO DE PENTECOSTES

Hch 2,1-11

1Cor 12,3-7.12-13

Jn 20,19-23

La primera lectura (Hch 2,1-11), el relato de Pentecostés, es el cumplimiento de la promesa hecha por Jesús al final del evangelio de Lucas y al inicio del libro de los Hechos (Lc 24,49: “Por mi parte, les voy a enviar el don prometido por mi Padre... quédense en la ciudad hasta que sean revestidos de la fuerza que viene de lo alto”; Hch 1,5.8: “Ustedes serán bautizados con Espíritu Santo dentro de pocos días... ustedes recibirán la fuerza del Espíritu Santo”). Con esta narración Lucas profundiza un aspecto fundamental del misterio pascual: Jesús resucitado ha enviado el Espíritu Santo a la naciente comunidad, capacitándola para una misión con horizonte universal. La efusión del Espíritu en Pentecostés, en efecto, marca el inicio de la misión de la Iglesia de la misma forma que el bautismo de Jesús indica el comienzo de la vida pública del Señor. En ambos casos se habla de un “descenso” del Espíritu (Lc 3,22: “El Espíritu Santo bajó sobre él en forma visible, como de una paloma”; cf. Hch 2,3); se dona el Espíritu para la misión (Lc 4,18: “El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido para anunciar la buena nueva a los pobres”; cf. Hch 2,14-41); y en las dos ocasiones el descenso del Espíritu concluye un período de preparación e inaugura el de la actividad pública (cf. Lc 4,14-15).

El relato de Hechos 2 inicia dando algunas indicaciones relativas al tiempo, al lugar y a las personas implicadas en el evento. Todo ocurre “al llegar el día de Pentecostés” (Hch 2,1). Pentecostés es una fiesta judía conocida como “fiesta de las semanas” (Ex 34,22; Num 28,26; Dt 16,10.16; etc.) o “fiesta de la cosecha” (Ex 23,16; Num 28,26; etc.), que se celebraba siete semanas después de la pascua. Parece ser que en algunos ambientes judíos en época tardía, en esta fiesta se celebraban las grandes alianzas de Dios con su pueblo, particularmente la del Sinaí ligada al don de la Ley. Aunque Lucas no desarrolla esta temática en el relato de Pentecostés, seguramente conocía esta tradición y es probable que haya querido asociar el don del Espíritu, enviado por Cristo resucitado, al don de la Ley recibido en el Sinaí. En la comunidad de Qumrán, contemporánea a Jesús, por ejemplo, Pentecostés había llegado a ser la fiesta de la Nueva Alianza que aseguraba la efusión del Espíritu de Dios al nuevo pueblo purificado (cf. Jer 31,31-34; Ez 36). Lucas añade: “estaban todos juntos en un mismo lugar” (Hch 2,1). Con esta indicación quiere sugerir que los presentes están unidos no sólo en un mismo sitio sino con el corazón. Aunque no se habla de una reunión cultual no sería extraño que Lucas imaginara a los creyentes en oración, esperando la venida del Espíritu, de la misma forma que Jesús estaba orando cuando el Espíritu bajó sobre él en el bautismo (Lc 3,21: “Mientras Jesús oraba.... el Espíritu Santo bajó sobre él”; Hch 1,14: “Solían reunirse de común acuerdo para orar en compañía de algunas mujeres, de María la madre de Jesús y de los hermanos de éste”).

“De repente vino del cielo un ruido, semejante a una ráfaga de viento impetuoso y llenó la casa donde se encontraban” (Hch 2,2). No obstante los discípulos estaban a la espera del cumplimiento de la promesa del Señor resucitado, el evento ocurre “de repente” y, por tanto, en forma imprevisible y repentina. Es una forma de subrayar que se trata de una manifestación divina, ya que el actuar de Dios no puede ser calculado ni previsto por el hombre. El ruido llega “del cielo”, es decir, del lugar de la trascendencia, desde Dios. Su origen es divino. Y es como el rumor de un ráfaga de viento impetuoso. El evangelista quiere describir el descenso del Espíritu Santo como poder, como potencia y dinamismo y, por tanto, el viento era un elemento cósmico adecuado para expresarlo. Además, tanto en hebreo como en griego, espíritu y viento se expresan con la misma palabra (hebreo: ruah; griego: pneuma). No es extraño, por tanto, que el viento sea uno de los símbolos bíblicos del Espíritu. Basta pensar al gesto de Jesús en el evangelio de hoy, cuando “sopla” sobre los discípulos y les dice: “Reciban el Espíritu Santo” (Jn 20,22), o a la visión de los esqueletos calcinados narrada en Ezequiel 37, donde el viento–espíritu de Dios hace que aquellos huesos se revistan de tendones y de carne, recreando el nuevo pueblo de Dios.

“Entonces aparecieron lenguas como de fuego, que se repartían y se posaban sobre cada uno de ellos” (Hch 2,3). Lucas se sirve de otro elemento cósmico que era utilizado frecuentemente para describir las manifestaciones divinas en el Antiguo Testamento: el fuego, que es símbolo de Dios como fuerza irresistible y trascendente. La Biblia habla de Dios como un “fuego devorador” (Dt 4,24; Is 30,27; 33,14); “una hoguera perpetua” (Is 33,14). Todo lo que entra en contacto con él, como sucede con el fuego, queda transformado. El fuego es también expresión del misterio de la trascendencia divina. En efecto, el hombre no puede retener el fuego entre sus manos, siempre se le escapa; y, sin embargo, el fuego lo envuelve con su luz y lo conforta con su calor. Así es el Espíritu: poderoso, irresistible, trascendente.

El evento extraordinario expresado simbólicamente en los vv. 2-3 se explicita en el v. 4: “Todos quedaron llenos del Espíritu Santo”. Dios mismo llena con su poder a todos los presentes. No se les comunica un auxilio cualquiera, sino la plenitud del poder divino que se identifica en la Biblia con esa realidad que se llama: el Espíritu. Se trata de un evento único que marca la llegada de los tiempos mesiánicos y que permanecerá para siempre en el corazón mismo de la Iglesia. Desde este momento, el Espíritu será una presencia dinámica y visible en la vida y la misión de la comunidad cristiana. “Y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según el Espíritu Santo les concedía expresarse” (v. 4). La fuerza interior y transformadora del Espíritu, descrita antes con los símbolos del viento y del fuego, se vuelve ahora capacidad de comunicación que inaugura la eliminación de la antigua división entre los hombres a causa de la confusión de lenguas en Babel (Gen 11). En Jerusalén, no en la casa donde están los discípulos, en el espacio cerrado de unos pocos elegidos, sino en el espacio abierto donde hay gente de todos las naciones (v. 5), en la plaza y en la calle, el Espíritu reconstruye la unidad de la humanidad entera e inaugura la misión universal de la Iglesia. El pecado condenado en el relato de la torre de Babel es la preocupación egoísta de los hombres que se cierran y no aceptan la existencia de otros grupos y otras sociedades, sino que desean permanecer unidos alrededor de una gran ciudad cuya torre toque el cielo. El día de Pentecostés el Espíritu ha venido a perdonar y a renovar a los hombres para que no se repitan más las tragedias causadas por el racismo, la cerrazón étnica y los integrismos religiosos. El Espíritu de Pentecostés inaugura una nueva experiencia religiosa en la historia de la humanidad: la misión universal de la Iglesia. La palabra de Dios, gracias a la fuerza del Espíritu, será pronunciada una y otra vez a lo largo de la historia en diversas lenguas y será encarnada en todas las culturas. El día de Pentecostés, la gente venida de todas las partes de la tierra “les oía hablar en su propia lengua” (Hch 2,6.8). El don del Espíritu que recibe la Iglesia, al inicio de su misión, la capacita para hablar de forma inteligible a todos los pueblos de la tierra.

En la segunda lectura (1 Cor 12,3-7.12-13) Pablo, utilizando un esquema trinitario, atribuye a Dios todos los dones espirituales que enriquecen y vitalizan a la comunidad cristiana. Del Espíritu Santo vienen los carismas (v. 4: “Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo”), del Señor Jesús la diversidad de ministerios (v. 5: “Hay diversidad de servicios, pero el Señor es el mismo”), y del Padre la energía vital (v. 6: “pero uno mismo es el Dios que activa todas las cosas en todos”). Y en el v. 7 afirma: “A cada cual se le concede la manifestación del Espíritu para el bien de todos”. En cada miembro de la Iglesia se manifiesta el poder y la creatividad del Espíritu a través de la diversidad de dones y carismas, no para el uso privado sino para la construcción de la comunidad y para el servicio del prójimo en la caridad. El Espíritu es la fuente de los diversos dones. Bajo la acción del Espíritu la Iglesia se construye en la “unidad” a través de la “diversidad” de carismas y servicios. El Espíritu, por tanto, unifica diferenciando, y diversifica construyendo la unidad. El Espíritu reconcilia lo distinto y distingue en la comunión. Vive según el Espíritu quien promueve y valoriza la diversidad suscitada por él en función de la edificación del único Cuerpo del Señor, que es la Iglesia. En cambio, rechaza el Espíritu quien crea división, promueve la masificación y no es capaz de aceptar la diversidad.

En el evangelio (Jn 20,19-23), Jesús resucitado les comunica a los discípulos cuatro dones fundamentales: la Paz, el gozo, la misión, y el Espíritu Santo. Los dones pascuales por excelencia son la paz (el shalom bíblico) y el gozo (la járis bíblica), que no son dados para el goce egoísta y exclusivo, sino para que se traduzcan en misión universal. Una única misión: la que el Hijo ha recibido del Padre ahora se vuelve también misión de la Iglesia para la cual el Señor dona su Espíritu. Jesús, como Yahvé cuando creó al hombre en Gen 2,7 o como Ezequiel que invoca el viento de vida sobre los huesos secos en Ez 37, “sopló sobre ellos”. Con el don del Espíritu el Señor Resucitado inicia un mundo nuevo, y con el envío de los discípulos comienza un nuevo Israel que cree en Cristo y testimonia la verdad de la resurrección. Como “hombres nuevos”, llenos del aliento del Espíritu, los discípulos deberán continuar la misión del “Cordero que quita el pecado del mundo”: la renovación de la humanidad como nueva obra creadora en virtud del poder vivificante del Resucitado.

 

 

 

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