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Revelado a los sencillos y oculto a los sabios (Mt 11,25-30)

P. Silvio José Báez, o.c.d.


 

Este texto nos coloca delante de una oración de bendición en la que Jesús manifiesta espontáneamente sus sentimientos de alabanza y estupor delante de su Padre: "Yo te bendigo (exomologoúmai) Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios e inteligentes, y se las ha revelado a la gente sencilla" (v. 25-26). Se trata de una típica oración de bendición (en hebreo: berajá), que surge espontánea en forma de agradecimiento y alabanza cuando se ha reconocido en medio de lo cotidiano de la existencia una manifestación concreta de la bondad divina. Jesús se dirige en la oración a Dios llamándolo "Padre" y reconociéndolo "Señor del cielo y de la tierra". En su oración se unen maravillosamente la inmensidad y trascendencia del Creador y la cercanía y la ternura del Padre. Jesús bendice al Padre cuando reconoce los caminos misteriosos de Dios, que "revela" (apokalyptein) y "esconde" (kryptein), según parámetros totalmente libres y gratuitos.

Jesús bendice al Padre porque "estas cosas" (tauta) las ha escondido a los sabios y las ha revelado a la gente sencilla (népioi). El texto no dice cuáles son "estas cosas", pero del contexto inmediatamente precedente del evangelio de Mateo (Mt 11,20-24) se deduce que se trata de la comprensión de las obras del Mesías, del proyecto de Dios manifestado en las palabras y acciones de Jesús. Para Jesús este misterioso y sorprendente actuar divino, que esconde a unos (los sabios y prudentes) y revela a otros (los sencillos y pequeños), pone de manifiesto la "buena voluntad" del Padre: "Sí, Padre, así te ha parecido bien (eudokía egéneto)" (v. 26). El sustantivo griego eudokía, en efecto, significa: beneplácito, consentimiento, deseo. Es decir, Jesús reconoce la voluntad salvífica del Padre y su decisión soberana y bondadosa en el hecho de que "estas cosas" Dios las oculta a los sabios y entendidos y se les da a conocer a los sencillos y pequeños. Así se revela Dios porque Dios es amor. En su revelación privilegia a los simples, a los pequeños, a los que el mundo desprecia, a los que no saben.

Los "sabios" e "inteligentes" son los doctores de la ley, los sumos sacerdotes y los escribas. Son los que se sientan "en la cátedra de Moisés" (Mt 23,2) y que se han hecho dueños de "la llave del saber" (Mt 23,2). Son los entendidos en materia religiosa, gente importante que tiene poder porque posee conocimiento. La "gente sencilla" (los népioi), en cambio, es aquella parte del pueblo que es despreciada porque se le considera ignorante. Se les puede fácilmente identificar con los pobres y hambrientos, con los pecadores y los enfermos, con "las ovejas sin pastor", los niños, etc. El término népioi hace alusión a quien es simple, sin preparación intelectual, alguien que debe ser guiado por el camino del bien porque no tiene suficiente capacidad para hacerlo por sí mismo.

Naturalmente que Jesús no está aquí proclamando la ignorancia como una virtud, ni condenando el saber como un pecado de orgullo. El se sitúa más allá del plano moral y lo que revela es la gratuidad de la revelación de Dios: Dios se da a conocer preferentemente a los pequeños y despreciados de este mundo. Jesús bendice a Dios, por tanto, no simplemente porque oculta a unos y revela a otros, sino porque detrás de este actuar divino se intuye y se contempla el amor libre y gratuito de Dios por los hombres, especialmente por los pequeños del mundo, por los que padeciendo algún tipo de "carencia" son despreciados y olvidados. Jesús bendice al Padre porque muestra preferentemente su bondad y su amor a los hombres y mujeres más insignificantes del mundo.

El conocimiento de Dios, por tanto, no es fruto del esfuerzo y del saber del hombre, sino un don que el Padre concede a los simples y pequeños, a los que delante de él se presentan sin ningún mérito, esperándolo todo de su infinita bondad. Por eso los sencillos, de los que habla Mateo, se identifican, a fin de cuentas, con el discípulo auténtico, que es abierto interiormente a los caminos de Dios, disponible, sencillo y pobre de corazón ante el misterio que lo desborda y lo fascina. Esta elección gratuita de los "sencillos" como destinatarios de la revelación del Padre se justifica por el hecho que Jesús es el mediador histórico de esta revelación. Jesús es el Hijo que revela plenamente el misterio del Padre, gracias a la recíproca y exclusiva comunión de ambos: "Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y al Padre lo conoce sólo el Hijo y a quien el Hijo se lo quiera revelar" (v. 27). La sabiduría de Dios misteriosa y escondida (Job 28,23: "Sólo Dios conoce su camino, sólo él sabe dónde se encuentra la sabiduría") se manifiesta en Jesús de Nazaret, el Hijo eterno que conoce al Padre y lo revela gratuitamente a quien quiere.

El texto concluye con un llamado a seguir a Jesús, "sencillo y humilde de corazón" (vv. 28-30), verdadera y definitiva sabiduría de Dios (cf. Eclo 51,23.26-27): "Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy sencillo y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus vidas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera" (Mt 11,28-30). La imagen del yugo era usada para indicar la Ley que el Señor había impuesto a Israel. Tomar sobre sí el yugo era una frase que indicaba el compromiso por observar los mandamientos de la Ley.

Los "fatigados y agobiados" son aquellos que vivían sometidos al régimen opresor y asfixiante de la interpretación farisea de la Ley. Los escribas y fariseos, en efecto, "ataban cargas pesadas e insoportables y las ponían sobre los hombros de la gente, pero no movían ni un dedo para llevarlas" (Mt 23,4). En cambio Jesús, que revela en forma definitiva la voluntad divina, es el primero que la vive personalmente en forma plena. El es "sencillo y humilde", fiel totalmente a Dios y acogedor y misericordioso con los hombres como un hermano. Su "yugo" es una palabra liberadora que produce "descanso" (en hebreo: menujáh), es decir, la felicidad mesiánica prometida y donada por Dios como garantía de la salvación definitiva.