SAGRADA FAMILIA

 

 

 

Eclesiástico 3,2-6.12-14

Colosenses 3,12-21

Mateo 2,13-15.19-23

 

            La vida de Jesús en una familia humana prolonga el misterio de la encarnación. Dios ha querido asumir y santificar el misterio de la familia, llamada a ser espacio de amor y de libertad, de comunión y de experiencia de Dios. La fiesta de la sagrada familia de Nazaret es una oportunidad para iluminar la vida de nuestras propias familias a la luz de la Palabra de Dios. La familia es un signo de amor en medio de un mundo tantas veces dominado por el odio y la división, pero es también una realidad frágil, inmersa en una sociedad a menudo desorientada en los verdaderos valores y víctima tantas veces de dramas económicos y sociales. La primera lectura hace referencia a la relación de amor y de respeto que debe existir entre padres e hijos; la segunda lectura es una página de ética cristiana que ilumina la vida de la pareja y el entero mundo de las relaciones familiares; el evangelio, en cambio, es una espléndida página cristológica de Mateo en la que se narra el drama de la familia de Jesús, solidaria con tantas otras familias que en la historia han sufrido la persecución y el exilio a causa del poder político prepotente y violento.

 

            La primera lectura (Eclo 3,2-6.12-14) está tomada del libro del Eclesiástico, llamado así por el frecuente uso que de él se hizo en las asambleas litúrgicas (que en lengua griega se llamaban “ekklesiai”) de los primeros siglos cristianos. Su autor es un tal Jesús Ben Sirá, de donde procede el otro nombre con el cual se conoce este libro: Sabiduría de Ben Sirá o Sirácida. El libro es uno de los mejores ejemplos de la literatura sapiencial judía y casi una síntesis de toda la teología del judaísmo en diálogo con una nueva sociedad más sensible a los valores laicos. Hasta 1896 sólo se conocía la versión griega, siríaca y latina de la obra. Entre esa fecha y 1900, sin embargo, se encontraron en una “geniza” (un lugar donde se guardan manuscritos inservibles) del Cairo algunas copias medievales del original hebreo del libro. Posteriores descubrimientos nos han permitido conocer las dos terceras partes del Eclesiástico en hebreo, repartidas en cinco manuscritos.

             El texto que leemos hoy es un comentario apasionado del cuarto mandamiento: “Honra a tu padre y a tu madre para que vivas muchos años en la tierra que el Señor tu Dios te va a dar” (Ex 20,12). Para Jesús Ben Sirá el amor y el respeto hacia los padres forman parte de las virtudes fundamentales de la sabiduría. El verbo central de todo el texto es el verbo “honrar” o “dar honor”, presente en el Decálogo y que indica amor, ayuda concreta y respeto, y cuya recompensa será la bendición divina. Pero es importante comprender que a la raíz del cuarto mandamiento se encuentra el concepto de los padres como los primeros transmisores de los valores más altos de humanidad y religiosidad al interior de la tradición judía. Son los llamados, a través de su palabra y de su ejemplo, a introducir al hijo en la corriente de bendición de la religión de Yahvéh. Y esta es la primera razón por la cual el hijo israelita “honra” a sus padres. En otras palabras, los padres obtienen “honor” de parte de sus hijos siendo sacramentos vivos del amor de Dios, transmisores de la bendición y maestros de sabiduría. Por eso “honrar” a los padres, en el fondo, es “honrar” a Dios mismo y aceptar a través de ellos la bendición y la sabiduría que vienen del Altísimo. El “honrar a padre y madre” supone afecto y ayuda, respeto y amor hacia los propios progenitores, aun en el ocaso de la vida, durante la vejez, cuando las energías biológicas e intelectuales disminuyen. El padre y la madre serán siempre un signo vivo del amor y la vida de Dios en el mundo.

 

            La segunda lectura (Colosenses 3,12-21) nos ofrece un clásico código ético, condicionado ciertamente por algunos valores culturales de la época, como se ve claro en la aceptación de la esclavitud (3,22) o en la afirmación de la sumisión de las mujeres a los maridos (3,18). Trasladar mecánicamente, por tanto, algunas de sus indicaciones al orden social de nuestros días, es un anacronismo y un error. El texto, sin embargo, nos ofrece una moral exquisitamente cristiana válida siempre para iluminar las relaciones con los hermanos en la fe (3,12-17) y la entera vida familiar (3,18-21). Se podría resumir la ética propuesta con la afirmación del v. 13: “Como el Señor os ha perdonado,  perdonaos también vosotros”. El fundamento de toda la existencia cristiana debe ser siempre el amor y el perdón inspirados en Jesús. Es lo que el texto llama “la paz de Cristo” (v. 15), la cual debe presidir siempre el corazón, es decir, el centro más hondo de las motivaciones y de los sentimientos del creyente. Para eso es necesario que “la palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza” (v. 16). Sólo la escucha, la meditación orante y la celebración de la Palabra van configurando la conducta del cristiano, de forma tal que alcance aquel ideal de moral cristiana que el texto resume así: “todo cuando hagáis, de palabra y de obra, hacedlo todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre” (v. 17). En el ámbito familiar (3,18-21) las exigencias éticas son las mismas. A la luz de su fe en Cristo los esposos creyentes se aman intensamente y viven una profunda relación de afecto y comunión, basada en el diálogo y el respeto mutuo (3,18-19); los hijos están llamados a vivir el valor de la obediencia “en el Señor” a través de la escucha y la docilidad a la voz de sus padres (3,20), al mismo tiempo que los padres respetan y acompañan el misterio personal que cada hijo encierra en sí (3,21).

 

            El evangelio (Mt 2,13-15.19-23) hace referencia a un episodio difícil y doloroso de la Sagrada Familia. El viaje de José con el Niño y su Madre a Egipto reproduce el drama de tantos perseguidos y prófugos que todavía hoy se ven forzados a abandonar su propia tierra a causa de situaciones sociales y políticas que generan violencia y muerte. El Mesías ha querido desde el inicio de su vida y desde el seno de su propia familia compartir la inseguridad y el sufrimiento de tantos pobres del mundo que injustamente son víctimas de la prepotencia y las ambiciones de los poderosos.

            En el contexto de ese drama familiar Mateo nos ofrece una bellísima página de catequesis cristológica. En esta historia de persecución la intervención de Dios crea un espacio de liberación y de gracia (Mt 2,13-15). La cita de Oseas 11,1: “De Egipto llamé a mi hijo”, es adaptada oportunamente por Mateo a aquel episodio y sugiere que Jesús está rehaciendo en forma misteriosa y concentrada la suerte histórica de su pueblo. La cita de Oseas es la clave hermenéutica fundamental de todo el episodio. Herodes en esta perspectiva es la contrafigura del faraón que somete a la opresión al pueblo de Dios; el viaje a Egipto de la familia de Jesús evoca el Éxodo y el Niño encarna a Israel.

            En el contexto del Éxodo se realizó la relación de Israel como “hijo primogénito” de Dios (Ex 4,22.23). El Israel liberado del faraón se conviertió en el primogénito de Yahvéh, llamado a ser libre y dueño de su propia historia. Esta relación filial se realiza ahora en modo eminente en Jesús, el descendiente davídico en el cual se cumple la promesa mesiánica: “Yo seré para él un padre y él será para mi un hijo” (2 Sam 7,14). Jesús, que se resguarda en Egipto, no sólo vuelve a recorrer las etapas fundamentales de la historia de Israel, sino que reproduce en modo único el estatuto de Hijo.

            Después de la estadía en Egipto se produce una nueva intervención de Dios. El Ángel del Señor se vuelve a aparecer en sueños a José para indicarle que regrese a Israel pues ha desaparecido el peligro para el Niño (Mt 2,19-20). La figura de José vuelve a sobresalir en el relato como hombre abierto a los caminos de Dios, como creyente sufrido y fiel y auténtico padre de familia: él tiene que cargar con los problemas domésticos y trascendentales de aquella familia, tiene que resolverlos actuando con prontitud y prudencia, pero sobre todo poniendo por obra la voluntad de Dios al ejecutar las órdenes divinas.

El relato evangélico de hoy con sencillez narrativa y profundidad teológica demuestra que el factor determinante de la vida de la Sagrada Familia era la intervención de Dios, personificado en el Ángel que habla en sueños a José. En la cultura bíblica el sueño no es una expresión del inconsciente, sino un momento para el encuentro con Dios, símbolo de las grandes revelaciones.

            El regreso a la tierra de Israel no es casual. También en sueños se le ordena dejar la Judea donde reina Arquelao, hijo de Herodes, e ir al norte, a Galiela. Allí va a vivir a la ciudad de Nazaret, según Mateo “para que se cumpliese el oráculo de los profetas: será llamado Nazoreo” (Mt 2,23). Es difícil individuar a qué oráculo se refiere Mateo, pues ningún texto bíblico habla de ello. Se aduce a la figura de Sansón como “nazireo” (Jue 13,5-7) o al “retoño” de David (hebreo: netser) en Is 11,1. En los dos casos se trataría de una alusión, a través de la paronomasia, a la ciudad en donde vivió Jesús durante su vida pública.

            En cualquier caso lo importante es que para Mateo el hecho que Jesús viva en Nazaret entra en los planes de Dios. Todas las etapas anteriores (Israel-Egipto-Judea-Galilea) conducen a Nazaret, la ciudad de Jesús. El regreso de Egipto evoca el antiguo éxodo y el regreso del exilio; el territorio de la Galilea se convierte en el espacio teológico de la gracia, en el lugar donde confluye toda la antigua historia de la salvación que encuentra en Jesús de Nazaret su pleno cumplimiento.

           

            Aquel núcleo familiar pobre y perseguido formado por José, el Niño y María, que vuelve a recorrer las etapas del Éxodo, resume en sí mismo, precisamente gracias al misterio de la Encarnación del Verbo, el dolor y el sufrimiento del pueblo de Israel y de toda la humanidad. De aquella humilde familia brota una luz para todas las familias de la historia, llamadas a vivir la cotidianidad de la vida y las dificultades de cada día en apertura a Dios y a sus caminos. Cada familia debería convertirse, según el ejemplo de la Sagrada Familia, en un signo luminoso y trasparente del diálogo entre Dios y el hombre, afrontando las dificultades inevitables de la vida con la luz y el consuelo que vienen del Señor.