DOMINGO X

(Tiempo ordinario – Ciclo A)

 

 

 

Os 6,3-6

Rom 4,18-25

Mt 9,9-13

 

            Las lecturas bíblicas de este domingo presentan el fundamento de lo que podríamos llamar “la religión bíblica”. Se trata ante todo de una experiencia de fe, que encuentra en Abraham, su mejor exponente, el cual “delante de la promesa divina no cedió a la duda con incredulidad”, sino que  se apoyó en Dios con infinita confianza (segunda lectura). Esta fe debe necesariamente expresarse en el amor (Gál 5,6). Los profetas de Israel, en efecto, condenaron continuamente una religión cultual que ignoraba las grandes exigencias de la misericordia y de la justicia (primera lectura). En sintonía con los antiguos profetas, también Jesús condenó continuamente el legalismo y la cerrazón sectaria, viviendo y anunciando una experiencia religiosa basada en el amor misericordioso, gratuito y salvador (evangelio).

 

            La primera lectura (Os 6,3-6) está tomada del profeta Oseas, el gran profeta del amor y de la fidelidad. En el v. 3 cita palabras dichas por el pueblo: “Conozcamos, corramos al conocimiento del Señor: cierta como la aurora es su salida; vendrá a nosotros como la lluvia temprana, como la lluvia tardía que riega la tierra”. Unos a otros se exhortan a conocer al Señor. Parecen palabras de conversión sincera. Sin embargo, el profeta desenmascara la falsedad del discurso. Más que conversión, es cálculo, seguridad presuntuosa, ilusión de poder manipular a Dios. Para ellos Dios es previsible, como un objeto automático que el hombre puede manejar. Es puntual como la aurora y la lluvia. De ahí que crean poder controlar el mecanismo de la reconciliación con Dios a través de los sacrificios y del exacto ritual de los santuarios.

            En los vv. 4-6 el profeta nos hace escuchar la respuesta de Dios. Sus primeras palabras parecen revelar un momento de indecisión: “¿Qué haré contigo, Efraim? ¿Qué de hacer contigo Judá?” (v. 4a). ¿Dios debe ceder o resistir delante de los intentos manipuladores del pueblo a través del rito sagrado? A continuación, repitiendo y retorciendo las mismas imágenes usadas por el pueblo, Dios revela la falsedad y la inconsistencia de la experiencia religiosa de Israel: “Vuestro amor es como nube mañanera, como rocío matinal que pasa” (v. 4b). Su religión es infecunda como una nube que no trae la lluvia, pasajera como el rocío de la mañana. A los ritos religiosos vacíos, se opone la vigorosa palabra de los profetas, los cuales, proclamando la voluntad de Dios a un pueblo que no se convierte, le anuncian inevitablemente la muerte (v. 5a). Sí, el Señor llegará puntual como la aurora, pero para juzgar (v. 5).

            El texto concluye con una frase lapidaria: “Porque yo quiero amor (hésed), no sacrificio, conocimiento de Dios, más que holocaustos” (v. 6). El término hésed es muy rico. Indica el amor fiel y gratuito que está a la base de la alianza y que se traduce en misericordia y justicia. “Conocimiento de Dios” es una frase que expresa la totalidad de la fe bíblica, fundada en la experiencia del amor gratuito de Dios y expresada en una conducta coherente con su voluntad. En la Biblia la relación justa del hombre con Dios no se da a través de la mediación de un rito religioso separado de la vida, sino por medio del amor y del conocimiento de Dios. Los profetas no se cansarán de repetir que la fe no se puede separar de la vida, ni el culto de la historia.

 

            La segunda lectura (Rom 4,18-25) forma parte del gran elogio que Pablo hace de Abraham en el capítulo cuatro de la carta a los Romanos.  Para celebrar el esplendor de la fe del patriarca, que “no vaciló en su fe” ante hechos humanos que parecían negar la promesa de Dios (v. 19), evoca una frase de Gen 15,6: “Creyó Abraham en Yahvéh, el cual se lo acreditó como justicia” (cf. Rom 4,22). El verbo “acreditar” o “reputar” pertenecía al lenguaje ritual y con él se designaba la ofrenda válida, presentada según todas las prescripciones litúrgicas. El sacrificio de Abraham, perfecto y agradable a Dios, no es tanto un holocausto de animal o una ofrenda de incienso, sino su confianza en el Señor y en sus promesas. A través de su fe llega a la justicia, es decir, se coloca en la justa relación con un Dios que “da la vida a los muertos y llama a las cosas que no son para que sean” (Rom 4,17). La figura de Abraham es ejemplar y válida para cuantos lo imitan creyendo en Dios “que resucitó de entre los muertos a Jesús Señor nuestro” (Rom 4,24).

 

            El evangelio (Mt 9,9-13) narra en primer lugar la llamada de Mateo, quien era “recaudador de impuestos” y al cual Marcos y Lucas llaman Leví (Mc 2,14; Lc 5,27). Los recaudadores de impuestos del imperio romano, los publicanos, eran gente detestada por el pueblo y por sus dirigentes religiosos, pues se les veía como un signo visible de la opresión imperialista de Roma y de la humillación política y religiosa a la que era sometido Israel. Sin embargo, Jesús llama a uno de ellos para que forme parte del grupo de sus discípulos. Y no sólo lo llama, sino que va a su casa a comer, realizando un gesto escandaloso a los ojos de los fariseos.

            Estando Jesús en casa de Mateo, “vinieron muchos publicanos y pecadores, y estaban a la mesa con Jesús y sus discípulos” (v. 10). Una sola mesa donde no hay divisiones, signo del Reino anunciado por Jesús, fundado en la misericordia y la fraternidad. Al ver esto los fariseos se escandalizan, pues ellos evitaban escrupulosamente todo tipo de contacto contaminante con este tipo de personas, consideradas indignas del perdón de Dios (v. 11). Jesús, sin embargo, con una libertad soberana quebranta todos los tabúes de separación que tienen su fundamento en las prescripciones bíblicas relacionadas con la pureza del pueblo de Dios.

            La respuesta de Jesús a los fariseos está compuesta de tres frases simétricas que convergen en la exaltación de una experiencia religiosa fundada en el amor y la misericordia:

            (a) Un proverbio probablemente conocido en el ambiente: “No necesitan médico los sanos, sino los enfermos”. Aquellos que eran despreciables a los ojos de todos, son para Jesús objeto privilegiado del amor y de los cuidados de Dios. Por eso Jesús acoge a los pecadores, como hace el médico que se preocupa por los enfermos.

            (b) Una cita bíblica (Os 6,6): “Id, pues, a aprender qué significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio”. La frase era objeto de debates en las escuelas judías de la época. Jesús invita a los fariseos a profundizar en el sentido bíblico del versículo de Oseas para poder entender su praxis, totalmente contraria a la de ellos. La palabra “misericordia”, en griego: eleos, traduce el término hebreo hésed, que evoca el amor gratuito, misericordioso y fiel que Dios tiene por su pueblo y que el pueblo debe vivir como respuesta a la alianza con Dios. La praxis de Jesús, en abierta contraposición con los fariseos, corresponde a la voluntad a Dios que muestra su preferencia por la misericordia y el amor salvador, más que por la ejecución escrupulosa y rígida de las prescripciones que tutelan la pureza ritual.

            (c) Una declaración cristológica. Jesús expone en una apretada síntesis el sentido de su misión: “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores”. La misión histórica de Jesús que llama a su seguimiento e invita al banquete de su reino a los hombres, se sitúa en la perspectiva de la misericordia salvadora en favor de los pecadores. En Jesús se manifiesta en modo sublime el amor gratuito y salvador de Dios por todos los hombres, sin diferencias ni exclusiones. Un amor que va más allá de la ley y del sectarismo. Un amor que Dios acredita como justicia, es decir, como perfecto acto religioso y litúrgico.