Domingo XII

Tiempo ordinario - Ciclo A 

 

 

  

Jer 20,10-13

Rom 5,12-21

Mt 10,26-33

 

Las lecturas bíblicas de hoy son un testimonio de la experiencia contradictoria y dolorosa que viven aquellos que han sido llamados por Dios para proclamar su palabra en la historia. Las voces del profeta y del apóstol, antagonistas y disonantes en medio de las estructuras de este mundo, generan inevitablemente un conflicto que revela la dificultad radical del corazón humano y de los poderes de este mundo para acoger la “verdad”. Este rechazo a escuchar la voz de Dios se concretiza en la oposición violenta que se despliega contra los “evangelizadores”. No es casual, por tanto, la tradición que asocia la figura del profeta a la del mártir que sufre la muerte violenta a causa de la palabra.

 

La primera lectura (Jer 20,10-13) alude a un momento culminante del libro de Jeremías. Se trata de la última y más intensa “confesión” del profeta, en la cual se mezclan en la figura del “yo” sufriente, la suerte de Jeremías, la de la ciudad y la de los pobres de Yahvéh, perseguidos a causa de su fidelidad a Dios.

El profeta Jeremías, conocido y elegido por Dios “desde el seno materno”, consagrado “antes que naciese” y constituido “profeta de las naciones” (Jer 1,5), se vio marcado continuamente en el cuerpo y en el espíritu por el rechazo y la persecución, por el sufrimiento físico y por la lacerante contradicción del silencio de Dios. En Jeremías, conocido por Dios “desde el seno materno”, la profecía no aparece en un momento particular de su vida, sino que envuelve la totalidad de su existencia. Su vida es una verdadera encarnación de la palabra de Dios. Su mismo cuerpo aparece indisolublemente unido con la vocación y la misión profética (cf. Jer 1,5). Por eso sus sufrimientos, su marginación social y su soledad (cf. 15,10.17; 16,1-5), las persecuciones y las acusaciones que soporta (cf. 11,18-19; 20,10), los azotes, las torturas, la cárcel y su condena a muerte de parte de las autoridades (cf. 20,1-6; 26,11; 37,15-16; 38,1-13), expresan concretamente la suerte reservada a Dios mismo y a su palabra.

El texto que proclamamos hoy como primera lectura representa un momento crítico en la vida del profeta, el cual se lamenta en su soledad, sintiéndose amenazado por las calumnias y los proyectos que amigos y enemigos traman contra él: “He escuchado las calumnias de la turba... denunciémosle!'... Todos aquellos con quienes me saludaba estaban acechando un traspiés mío. 'A ver si lo seducimos, lo vencemos y nos vengamos de él'” (v. 10).

Las palabras claves con las que se describen los golpes mortales de enemigos y amigos son “seducir” y “vencer”. Son los mismos términos con los cuales Jeremías se lamenta delante de Dios: “Me sedujiste y me dejé seducir, me has agarrado y me has vencido” (20,7). El profeta se ha sentido “seducido” (hebreo: patáh) por Dios, como “se seduce (patáh) a una muchacha soltera...” (Ex 22,15). Jeremías se dejó seducir por bellas promesas de amor de parte del Señor (cf. Jer 1), pero ahora se encuentra solo y abandonado, objeto de burla de toda la gente y en manos de sus enemigos que se ensañan contra él. Jeremías acepta que él también es responsable de esta situación por haber aceptado el encargo divino de llevar la palabra (v. 7: “me dejé seducir”), pero la responsabilidad mayor es de Dios ya que la iniciativa de la misión profética ha sido suya y él es el más fuerte (v. 7: “me has agarrado y me has vencido”). La crisis interior de su propio ministerio, que antes ha presentado como causada por Dios (v. 7), ahora la ve concretizada en los ataques mortales que recibe de amigos y enemigos: “A ver si lo seducimos, lo vencemos y nos vengamos de él” (v. 10).

Los adversarios se muestran hostiles al profeta y a la palabra, quieren acabar con él, se burlan de su predicación y maquinan su destrucción. Gritan sarcásticamente: “¡Terror por doquier!” (v. 10). Esta es una frase utilizada por Jeremías en sus anuncios proféticos de condena, con la que buscaba infundir terror en sus oyentes delante del juicio de Yahvéh (6,25; 20,3; 46,5; 49,29). Sus enemigos ahora usan irónicamente las mismas palabras: el profeta que metía miedo, ahora tiembla de terror. Lo amenazan diciendo: “¡lo venceremos!”, casi como retando la veracidad de la promesa divina, en la que confiaba Jeremías: “Pelearán contigo pero no te vencerán” (15,20). Lo quieren delatar: “¡Denunciadlo, denunciadlo!” (v. 10). El verbo hebreo utilizado (higgíd: declarar, delatar) también pertenece a la predicación de Jeremías, que ha condenado con fuerza el pecado de sus contemporáneos (4,5.15; 5,20; 16,10; etc.). Ahora, paradójicamente, son los enemigos los que buscan delatar y denunciar al profeta. Todo el texto, por tanto, está construido con una terminología que pone en evidencia la contradicción del ministerio profético y la dolorosa crisis que vive un hombre que ha sido llamado por Dios a proclamar su palabra.

De forma imprevista las palabras del profeta toman la forma de una oración confiada y serena: “Pero Yahvéh está conmigo, como campeón poderoso” (v. 11). La mirada se dirige a Dios y a su fuerza salvadora. La misma fuerza que antes había experimentado dentro de sí (v. 7: “me has agarrado y me has vencido”), ahora se vuelve contra los enemigos: “Mis perseguidores tropezarán impotentes; se avergonzarán y no tendrán éxito, su confusión será eterna e inolvidable” (v. 11). La derrota de los adversarios se describe con dos verbos que en la Biblia indican el fracaso total, la aniquilación y la confusión: “tropezar-caer” (Sal 26,2;  Jn 18,6) y “avergonzarse” (Sal 35,26; Gen 2,25).

Junto al profeta desamparado y marginado, aparece Yahvéh como fuerte soldado, defensor del débil y del indefenso. En efecto, el Señor es juez implacable e inexorable de quien ha violado los derechos de los pobres, él es “juez justo que escruta los riñones y el corazón”, que actúa en favor de quien “ha encomendado a él su causa” (v. 12). Por eso, el pobre y el profeta salvados por la mano de Dios pueden decir: “Cantad a Yahvéh, alabad a Yahvéh, porque ha salvado la vida de un pobre de manos de los malhechores” (v. 13). En medio de la experiencia de angustia y de soledad del profeta, Dios se manifiesta solidario con quien es marginado y oprimido, perseguido y amenazado a muerte a causa de la justicia. El Señor es más fuerte que cualquier poder humano prepotente e injusto.

 

La segunda lectura (Rom 5,12-21) hace referencia a la célebre y difícil reflexión paulina que habla de dos modelos humanos que se contraponen en la historia y en el camino de la vida cotidiana de cada hombre. El primer Adán representa la humanidad que va a la muerte a causa del pecado; el segundo Adán (Rom 5,12-21) es Cristo y todos aquellos que, unidos a él y como él, siguen los caminos de Dios en fidelidad y obediencia. Pablo exhorta a vivir unidos a Jesús Mesías, el nuevo y definitivo Adán, modelo de la verdadera humanidad. La humanidad que sigue el modelo del Adán del Génesis encontrará la frustración y la muerte, porque “por el delito de uno solo todos murieron” (Rom 5,15), pero si vive unido a Jesús, Mesías obediente al Padre (cf. Rom 5,19), con la fuerza de su gracia caminará hacia la vida verdadera, porque “por la obra de uno solo, Jesucristo, vivirán y reinarán los que reciben en abundancia la gracia y el don de la salvación” (Rom 5, 17).

 

El evangelio (Mt 10,26-33) pertenece al discurso misionero del evangelio de san Mateo, en el que se describe la figura y la misión del apóstol como mártir, es decir, como testigo del Reino hasta las últimas consecuencias.

El apóstol no es llamado para vivir retirado de la sociedad o en silencio, sino que debe enfrentar el riesgo de hablar al mundo. La particularidad más significativa del apóstol, como del profeta, es el hecho de “hablar a los otros”: “Lo que yo les digo en la oscuridad, decidlo a plena luz; lo que escuchéis al oído, proclamadlo desde las azoteas” (Mt 10,27). No basta la adhesión personal a la palabra de Dios. El profeta, el apóstol, el evangelizador, son llamados para proclamar al mundo la palabra de Dios.

En su misión se juegan la vida y corren el riesgo de la misma eliminación física. Por eso Jesús anima a quienes envía en misión diciéndoles: “No tengáis miedo a los que matan el cuerpo” (Mt 10,28). En medio de los peligros que acechan al apóstol, resuena la palabra de Jesús, que en nuestro texto se repite tres veces: “No tengáis miedo” (Mt 10, 26,28.31). Es la misma frase con la cual el Señor resucitado, vencedor de las fuerzas de la muerte, saluda a los discípulos después de la pascua: “No tengáis miedo” (Mt 28,5).

Jesús insiste, en el contexto de la misión apostólica, en la tierna y amorosa presencia de Dios que es paternalmente atento a las pequeñas y frágiles realidades (los pájaros, los cabellos) y, por tanto, mucho más cuidadoso con la vida preciosa de sus hijos: “¿No se venden un par de pájaros por muy poco dinero? Y sin embargo ni uno de ellos cae en tierra sin que lo permita el Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos están contados. No temáis, pues vosotros valéis más que todos los pájaros” (Mt 10, 29-31). La fe en la providencia amorosa del Padre sostiene la misión cristiana, infundiendo en los apóstoles confianza y valentía, pero esta fe no les evita milagrosamente la persecución y la muerte en la historia. No obstante el cuidado amoroso del Padre los pájaros caen en tierra y los apóstoles son condenados a muerte. El escándalo de la muerte del mártir se ilumina desde la perspectiva inaugurada por Cristo crucificado y resucitado, con el cual el discípulo perseverante se hace solidario hasta dar la vida.

Dar testimonio del evangelio es vivir y anunciar, en medio de situaciones conflictivas y peligrosas, los valores del reino: la justicia, la paz, la misericordia, la igualdad entre los hombres. Es “confesar a Jesús delante de los hombres” (v. 32), es decir, tomar posición abiertamente en favor suyo y del evangelio. Lo contrario es “negarlo”, como hizo Pedro la noche del arresto de Jesús, por miedo a solidarizarse con el destino del Maestro (Mt 26,74: “no conozco a ese hombre). Confesar o negar a Cristo es una decisión que no se limita al ámbito misionero, sino que representa la decisión con la cual se juega el destino final del discípulo, su salvación o su ruina definitiva: “Si alguno me confiesa ante los hombres, yo también estaré de su parte en presencia de mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, yo también lo negaré en presencia de mi Padre que está en los cielos” (vv. 32-33).

La fe radical en el Padre, misericordioso y providente, y la solidaridad con el destino de Jesús, crucificado y resucitado, son las dos coordenadas que orientan la vida y la misión del discípulo cristiano. De estas dos experiencias de fe derivan la libertad de los evangelizadores frente a todos los miedos y el compromiso decidido por anunciar infatigablemente el evangelio del reino.