DOMINGO XIII

(Ciclo C)

 

 

Las zorras tienen guaridas y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar su cabeza

 

 

1 Reyes 19,16b.19-21

Gálatas 5,1.13-18

Lucas 9,57-62

 

                El tema dominante del leccionario de este domingo está centrado en el seguimiento de Cristo y sus exigencias radicales. El evangelio de hoy nos recuerda que seguir a Jesús supone tres exigencias fundamentales: aceptar un camino de inseguridad y de pobreza, relativizar los lazos familiares y comprometerse en una decisión irreversible.

 

            La primera lectura (1Re 19,16b.19-21) describe la vocación de Eliseo, el discípulo “heredero” de Elías. Ciertamente el carisma profético no se puede transmitir pues es recibido directamente de parte de Dios. La llamada de Elías a Eliseo hay que interpretarla como una especie de “investidura” oficial de alguien que ha sido previamente elegido por Dios para que suceda a Elías en la misión profética (v. 16). Elías pasa junto a Eliseo y le echa encima el manto, gesto con el cual toma posesión de su persona y lo asocia directamente a la misión profética. El manto de Elías simboliza el carisma profético. Eliseo acepta la llamada y sólo pide despedirse de su padre y de su madre antes de seguir a Elías. Elías le concede el tiempo suficiente, no sólo para despedirse de sus padres sino también para que pueda celebrar una comida de despedida con todo su clan. La separación y la renuncia a los seres queridos se produce progresivamente según las normas de las relaciones sociales en el Oriente.  Al final Eliseo rompe totalmente con su pasado, sacrifica los bueyes y quema la madera del yugo y los demás aparejos que utilizaba en su trabajo cotidiano, y “se fue detrás de Elías y se consagró a su servicio” (v. 21).

 

            La segunda lectura (Gál 5,1.13-18) contiene como motivo dominante el mismo que se encuentra en toda la carta a los Gálatas: la libertad cristiana. La acción salvadora de Cristo nos ha comunicado “la gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Rom 8,21), pues “para ser libres nos liberó Cristo” (Gal 5,1). Para Pablo la libertad cristiana no es simplemente un concepto, sino que es un hecho de conciencia y una experiencia espiritual. Para Pablo es una realidad que tiene dos caras: “libertad de” y “libertad para”. Libertad del pecado (Rom 6,18-22), de la muerte física y espiritual (Rom 6,22-23), de la “carne”, es decir, de las pasiones egoístas que dominan al hombre (Gal 5,16-21), y libertad de la ley, es decir de toda normativa o exigencia exterior, la cual sólo puede tener un papel pedagógico y transitorio para el hombre redimido por Cristo (Gal 3,19-22). La libertad cristiana tiene también un significado más positivo que pone en evidencia el aspecto más rico del ser libre: “Vosotros, hermanos, habéis sido llamados a la libertad; sólo que no toméis de esa libertad pretexto para vivir según vuestras pasiones egoístas (según la carne); antes al contrario, servíos por amor los unos a los otros” (Gál 5,13). La última expresión es la traducción de una frase griega mucho más fuerte: doulèuete allēlois, es decir, “sed esclavos los unos de los otros”. La libertad cristiana es una libertad para amar, una libertad para orientarse mediante una opción personal y autónoma hacia un actuar marcado por la caridad y el servicio a los demás. La libertad cristiana es la más exigente de las vocaciones porque es una llamada al amor y no hay nada más exigente que el amor (Gal 5,14).

            La vida cristiana, por tanto, no se identifica con la esclavitud del pecado y de la carne, ni tampoco con una religiosidad basada en normas y leyes. La vida del cristiano no se funda ni en “deberes”, ni en “reacciones carnales”, sino en el gozo libre y total del amor. Pablo recuerda esta dimensión fundamental del cristianismo a los Gálatas, tentados de caer en la doble esclavitud que producen el imperio pagano de la “carne” y el imperio pseudoreligioso de la “ley”. El verdadero discípulo de Cristo es, en cambio, un hombre libre que se adhiere a Dios con todo su corazón y toda su alma. Ha demolido el imperio de la carne y de la ley para dejar actuar al Espíritu.

 

            El evangelio (Lucas 9,57-62) narra el encuentro de Jesús con tres personajes anónimos durante su viaje a Jerusalén. El camino hacia Jerusalén, además de presentar un aspecto nuevo de la misión de Jesús, aclara e ilumina sus exigencias en relación con el seguimiento de sus discípulos, los cuales están llamados a seguirlo en el camino que lo lleva a su destino de pasión, muerte y resurrección (Lc 9,51). Veamos por separado el encuentro con cada personaje.

            Primer personaje.- Se acerca a Jesús y se ofrece en forma incondicional a seguirlo: “Te seguiré adondequiera que vayas” (v. 57). El ofrecimiento no deja de ser sorprendente pues contradice la praxis habitual del ambiente judío, en donde era el maestro el que ofrecía a los discípulos una cierta estabilidad, y al mismo tiempo también contradice la praxis de Jesús, el cual tomaba la iniciativa para elegir a sus discípulos. En todo caso la respuesta de Jesús, en tono claramente sapiencial, le pone delante de su camino marcado por la inseguridad, la incertidumbre y la precariedad, situaciones que inevitablemente tocarán también a quien lo sigue. Su suerte no se puede ni siquiera comparar con las zorras y las aves del cielo que poseen un espacio de seguridad (Sal 84,4; 104,12.17). Jesús es el Hijo del hombre que se dirige hacia un destino de rechazo, de sufrimiento y de muerte, y quien desee seguirlo debe ser consciente de tal desenlace. La vocación a seguir a Jesús exige disponibilidad para aceptar la inseguridad que supone el camino del Maestro y decisión para renunciar a cualquier apoyo y seguridad material fuera de Dios.

            Segundo personaje.- El segundo personaje, a diferencia del primero, recibe de Jesús la propuesta de seguirlo. Antes de dar una respuesta este nuevo interlocutor pide a Jesús una especie de “prórroga”, aparentemente legítima: “Déjame ir primero a enterrar a mi padre” (v. 59). En el ambiente judío, la obligación de un hijo frente a un padre difunto no es sólo obligatoria, sino también sagrada. Jesús responde con un mashal, o dicho sapiencial, en forma de contraste: “Deja que los muertos entierren a sus muertos” (v. 60). Los “muertos” son los que no han aceptado la llamada de Jesús, ni el anuncio de vida que supone la llegada del Reino. Están, por tanto, sin vida. En cambio Jesús invita al discípulo a seguirlo, poniendo de manifiesto el carácter exigente, radical e irreversible de la llamada: “Tú vete a anunciar el reino de Dios”. Quien sigue a Jesús debe estar dispuesto a poner en segundo plano los afectos y los lazos familiares. Dejarse atrapar por las relaciones de parentesco, a tal punto que impidan una disponibilidad total al Reino de Dios, es permanecer en la muerte. Por eso Jesús en otro texto dice: “Si alguno viene a mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío” (Lc 14,26).

            Tercer personaje.- El tercer personaje se ofrece espontáneamente para seguir a Jesús, como el primero, pero poniendo una condición: “Te seguiré, Señor, pero déjame antes despedirme de los de mi casa” (v. 61). Se dirige a Jesús llamándolo “Señor”, título que en el evangelio de Lucas designa la condición gloriosa del Señor Resucitado, por lo que este personaje encarna en cierto modo al discípulo que desea seguir a Jesucristo en la comunidad eclesial después de la pascua. La respuesta de Jesús, en sintonía con las dos precedentes, es lapidaria: “Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el reino de Dios” (v. 62). La escena recuerda la llamada de Eliseo y la supera en cuanto a las exigencias (1Re 19,16b-19.21): Eliseo debe seguir a Elías; el discípulo siguiendo a Jesús se compromete en el proyecto del Reino de Dios. La llamada se condensa en la adhesión al Reino y es presentada con la imagen del campesino que habiendo comenzado a arar no puede volverse atrás. El anuncio del Reino no permite titubeos, incertidumbres ni nostalgias. El pasado queda atrás. Quien es llamado se compromete sin dudar y entra en un dinamismo de vida y de fidelidad radical e irreversible.

            El evangelio no dice si estos tres personajes siguieron finalmente a Jesús. Cada lector del evangelio tendrá que dar su propia respuesta al llamado y a las exigencias del Maestro. Seguirlo es la empresa más fascinante y más radical que un hombre puede llevar adelante en este mundo. La causa de Jesús es la causa de Dios y del hombre, y seguirlo es comprometerse con su propia misión y destino. Por eso el seguimiento de Jesús, que se identifica con el compromiso por el Reino, lo exige todo. Quien quiere seguir a Jesús no puede anteponer a esta vocación ningún deber, ninguna actividad, ni ningún afecto. El discípulo cristiano vive sin “nidos” ni “guaridas” que le den seguridad, libre de todo afecto esclavizante y sin ninguna nostalgia del pasado.