DOMINGO XVI

(Tiempo Ordinario – Ciclo B)

 

 

 Jeremías 23,1-6

Efesios 2,13-18

Marcos 6,30-34

 

            Las lecturas bíblicas de este domingo presentan la obra de Cristo, como proyecto de “justicia”, es decir, de salvación integral y de paz para toda la humanidad. Él es el pastor anunciado por los profetas, que realizará el plan de vida y de misericordia de Dios para su pueblo (primera lectura); en él la humanidad entera llega a ser un único pueblo, sin separaciones ni discriminaciones (segunda lectura); él es el pastor que se conmueve frente a la indigencia material y espiritual de los hombres (evangelio).

 

La primera lectura (Jer 23,1-6) utiliza las conocidas imágenes bíblicas del pastor y el rebaño para hablar de las relaciones entre Dios y el pueblo. Se trata de un oráculo de Jeremías, en el que se critica la conducta y el gobierno de los reyes de Israel, a los cuales se les consideraba como pastores del pueblo: “¡Ay de los pastores que extravían y dispersan el rebaño de mis pastizales, oráculo del Señor!” (v. 1). Los monarcas en Israel se han enriquecido a sí mismos, no han cumplido ni se han preocupado de hacer cumplir la ley del Señor, no se han interesado de los más pobres del país, han vivido dominados por intereses egoístas y vendidos a las potencias extranjeras. La víctima de toda esta situación es el pueblo, sobre todo los sectores más necesitados de la sociedad. En su favor alza la voz el profeta Jeremías diciendo que Dios mismo intervendrá en la historia, para castigar a los reyes y para pastorear personalmente al pueblo (vv. 2-3). El Señor pondrá al frente del pueblo pastores que lo apacentarán con responsabilidad y esmero (v. 4). El rey de turno se llama “Sedecías”, un nombre que le fue impuesto por los babilonios y que en hebreo quiere decir, “Yahvéh-mi-justicia”. Para Jeremías, Sedecías es el símbolo de la insuficiencia humana, de la irresponsabilidad de los pastores y de los límites de la monarquía. Por eso anuncia la llegada de un “retoño legítimo” de David, es decir, un auténtico rey-pastor, “que reinará con sabiduría, que practicará el derecho y la justicia en esta tierra” y en cuyos días “Judá se salvará e Israel vivirá en paz” (v. 5-6). Su nombre, en clara oposición al rey Sedecías, será: “Yahvéh-nuestra justicia” (v. 6).

El oráculo es mesiánico, es decir, expresa el sueño de los creyentes y de los profetas en Israel acerca de un personaje que, en nombre de Dios, podría cambiar radicalmente los corazones y las estructuras de este mundo. La expresión “Yahvéh-nuestra justicia”, más que un nombre, designa el proyecto que Dios realizará a través de este rey mesiánico, auténtico descendiente de David: un proyecto de justicia. La justicia, en sentido bíblico, designa la salvación que Dios realiza en la historia, restituyendo al hombre la posibilidad de volver a entrar en alianza con él. El hombre cuando peca se hace injusto; Dios, en su infinita misericordia, hace justo al hombre a través del perdón, haciéndolo capaz otra vez de vivir en relación con él. A la justicia-salvación de Dios corresponde la respuesta del hombre, que con su fidelidad a la Ley se mantiene como hombre justo delante de Dios. Por lo tanto, el proyecto mesiánico de justicia implica, por una parte, la acción salvadora, gratuita y misericordiosa de Dios; por otra, la respuesta humana de fidelidad a los mandamientos, practicando la justicia con sus semejantes. Jeremías anuncia que el Señor reunirá de nuevo a su pueblo y cuidará de él, a través de un rey ideal de justicia y a través de pastores que, ejerciendo el derecho y la justicia, devolverán al pueblo la posesión de la tierra y la felicidad de habitar en ella.

 

La segunda lectura (Ef 2,13-18) es un himno que celebra la obra de Cristo en la historia humana, él cual ha realizado en favor de la humanidad el proyecto divino de libertad y de paz para todos. La paz, el shalom bíblico, es la suma de todos los bienes a los que puede aspirar un hombre, es la plenitud de la salvación mesiánica. Por eso el texto afirma con fuerza que “Cristo es nuestra paz” (v. 14). Al mismo tiempo se hace referencia a una de las expresiones más significativas de esta paz: la destrucción de las divisiones y las barreras entre los hombres. Cristo Jesús ha hecho de judíos y gentiles “un solo pueblo, destruyendo el muro de enemistad que los separaba”. Ha abolido el muro del Templo de Jerusalén, que prohibía a los no judíos entrar en el espacio sagrado reservado a los elegidos de Israel; y ha abolido también el muro de la Ley, que interpretada por los maestros en forma legalista, se había vuelto un obstáculo para la experiencia viva de la fe y un estorbo para reconocer la dignidad de la persona humana (vv. 14-15). Cristo Jesús ha donado gratuitamente la paz mesiánica a todos sin distinción, invalidando todas las separaciones y segregaciones en medio de la humanidad y ofreciendo a todos hombres la experiencia de la plenitud de la comunión con el Padre: “Su venida ha traído la buena noticia de la paz: para los de lejos y para los de cerca; porque gracias a él, unos y otros, unidos en un solo Espíritu, tenemos acceso al Padre (v. 18).

 

El evangelio (Mc 6,30-34) nos presenta dos partes de una única escena, en la que Jesús actúa con la misericordia y la solicitud de un pastor. En la primera parte, se presenta como “pastor de sus discípulos” (vv. 30-32); en la segunda, como “pastor del pueblo sufriente” (vv. 33-34).

Jesús es “pastor de sus discípulos” (vv. 30-32). Después de la misión, “los apóstoles se reunieron con Jesús” (v. 30), como las ovejas en torno al pastor. Le cuentan todo lo que han “hecho” y lo que han “enseñado” (v. 30). Hay mucho que contar y compartir, pero el tiempo es poco y la gente que los sigue es siempre tanta (v. 31b: “eran tantos los que iban y venían, que no tenían ni tiempo para comer”). Entonces Jesús mismo decide: “Vengan ustedes solos a un lugar deshabitado, para descansar un poco” (v. 31a). Él había tomado la iniciativa de enviarlos en misión, ahora se adelanta para invitarlos a descansar. Quiere escucharles a solas, estar con ellos, compartir con aquellos que ha elegido “para que estuvieran con él” (Mc 3,14). Los convoca antes y después de la misión. Primero los envía a los pueblos vecinos; ahora, se va con ellos, “en la barca”, “a un lugar desabitado” (v. 32). Los reúne no para que le rindan un informe de lo realizado, sino para reforzar los lazos de amistad y de afecto. Jesús es, para los discípulos, Maestro y Pastor. Los educa y los envía en misión, pero también les ofrece el apoyo y la acogida que necesitan, les invita a reposar y les ofrece la gracia de su intimidad.

Jesús es “pastor del pueblo sufriente” (vv. 33-34). La segunda parte del texto relata un elemento imprevisto, que interrumpe el reposo de los apóstoles con Jesús: “los vieron alejarse y muchos, al reconocerlos, fueron allá por tierra desde todos los pueblos... Al desembarcar, vio Jesús un gran gentío, sintió compasión de ellos, pues eran como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas” (vv. 33-34). Jesús ve a aquella gente cansada, que lo ha seguido desde muchos pueblos para escucharlo, y “sintió compasión de ellos” (griego: kai esplanchnistê ep’autous). Marcos utiliza el rico verbo griego splanchnízomai, que indica la conmoción y la misericordia que brotan de las entrañas. (Splanchna, en griego, quiere decir entrañas). Este mismo verbo (splanchnízomai) lo utiliza Marcos para describir el sentimiento de Jesús delante del leproso que le pide ser curado (Mc 1,40); Lucas, lo usa para hablar de la misericordia del buen samaritano (Lc 10, 29-37) y del Padre que recibe al hijo que vuelve a la casa (Lc 15,11-32); y Mateo, para describir los sentimientos del patrón que perdona la deuda al siervo (Mt 18,23-35). Delante de la humanidad desorientada (“eran como ovejas sin pastor”), cansada y sufriente, Jesús experimenta una misericordia profunda que lo conmueve interiormente. Marcos no nos dice nada sobre las expresiones exteriores que pudieron hacer visible la misericordia de Jesús, sino que nos describe su corazón de pastor delante del hombre adolorido y oprimido. La compasión de Jesús-Pastor es la encarnación de la piedad y del amor de Dios hacia su pueblo. Una compasión infinita, inconmensurable.

Es importante notar en el texto la descripción de la experiencia de Jesús delante de la gente: primero las ve, luego experimenta compasión en su interior y, finalmente, actúa. Un proceso que se puede resumir con tres verbos: Ver la realidad, sentir compasión de los otros y actuar en su favor. El último momento del proceso es la acción: “Jesús se puso a enseñarles muchas cosas”. Jesús es el Pastor de su pueblo ante todo porque le ofrece el alimento de su palabra y  lo nutre con el evangelio de la esperanza.

La Iglesia puede sacar tres lecciones de las lecturas bíblicas de hoy: (1) La obra de Jesús, que la comunidad cristiana debe continuar, es una obra de justicia, es decir, de salvación integral, espiritual, social y física del hombre; (2) La misión de la Iglesia en el mundo debe ser una misión de paz, de unidad y de amor, superando siempre la tentación de olvidar a los alejados, de cerrarse ante los retos nuevos o de ser intolerante frente a los de fuera; (3) La Iglesia, como Jesús, debe ofrecer a los hombres un espacio de reposo y de paz, a través de la experiencia de la oración profunda y de la liturgia viva,; al mismo tiempo que, a imagen de Cristo, debe saber actuar con misericordia y con compasión delante de toda miseria humana.