Sabiduría 2,12.17-20

Santiago 3,16-4,3

Marcos 9,30-37


 

        

        Después de la confesión de Pedro en Cesarea de Filipo (Mc 8,27-30), Jesús progresivamente va revelando a sus discípulos el sentido auténtico de su mesianismo y el misterio de su persona y de su destino. Lo hace en tres discursos paralelos que tienen como objeto el rechazo, la cruz, la muerte y la resurrección (Mc 8,31-33; 9,30-32; 10,32-34), a los cuales corresponden igualmente tres instrucciones sobre el camino del discípulo cristiano. El evangelio de hoy corresponde a la segunda de estas catequesis, que tiene como objeto la verdadera grandeza en la comunidad de Jesús y el sentido evangélico de la autoridad. Quien se decide a seguir a Jesús debe asumir como él un camino de donación y de servicio, que contradice la lógica del mundo y que a menudo se vive en  la soledad y el sufrimiento (primera lectura), pero que es la raíz de la verdadera sabiduría “que procede de arriba” (Sant 3,17) y que conduce a la vida y a la paz (segunda lectura).

 

            La primera lectura (Sab 2,12.17-20) está tomada del libro de la Sabiduría y refleja la situación de los judíos piadosos de la diáspora en el siglo II a.C., que sufrían la burla, la segregación y la persecución de parte de los judíos apóstatas o  de los enemigos paganos. El texto es un mensaje de esperanza y de confianza dirigido a estos hebreos fieles que viven en medio de una sociedad hostil. Su conducta resultaba excéntrica e incómoda en un ambiente corrupto y deshonesto como aquel, lo que ocasionaba la reacción violenta de sus adversarios: “Pongamos trampas al justo, porque nos resulta insoportable y se opone a nuestra forma de actuar; nos echa en cara que no cumplimos la ley y nos reprocha las faltas contra la educación recibida” (Sab 2,12). El piadoso judío se vuelve de esta forma símbolo para todos los tiempos del hombre fiel a Dios que sufre a causa de la malicia humana (Sab 2,17-20). Su figura recuerda la del “siervo de Yahvéh” cantada por los antiguos profetas (Is 53). El texto, sin embargo, deja entrever en el v. 20 una discreta luz en medio de la dolorosa situación. El hombre fiel y religioso espera en Dios, está seguro que el Señor no lo abandonará: “según él dice: Dios lo librará”. El camino del justo, a menudo oscuro y atormentado, se fundamenta siempre en la certeza del auxilio y del amparo del Señor.

 

            La segunda lectura (Sant 3,16-4,3) habla de dos tipos de “sabiduría”. La sabiduría, en sentido bíblico, no es un cúmulo de conocimientos teóricos, sino una forma de vida. Santiago habla, por tanto, de dos formas de comportamiento, de dos proyectos de vida, de dos tipos de pensamiento y de acción para enfrentar la realidad. La primera “sabiduría” es aquella de la que habla el Antiguo Testamento sobre todo en los libros llamados sapienciales (Proverbios, Qohélet, Sabiduría, Eclesiástico, etc.) y que lleva al hombre a la vida verdadera. Es definida como un don de Dios (Sant 3,17: “viene de arriba”), se manifiesta a través de una serie de virtudes muy concretas (paz, tolerancia, compasión, sinceridad, etc) y produce frutos de paz (Sant 3,17-18). En cambio, la otra “sabiduría” es llamada “terrena, sensual y demoníaca” (Sant 3,15). Esta se encuentra a la raíz de los conflictos humanos, las guerras (Sant 4,1), las envidias y ambiciones materiales (Sant 4,2), pero sobre todo genera en el corazón del hombre una situación de tensión interior que lo hace vivir continuamente insatisfecho (Sant 4,1).

 

            El evangelio (Mc 9,30-37) está formado por dos escenas. La primera se desarrolla mientras Jesús va caminando con sus discípulos (vv. 30-32); la segunda tiene como ambiente una casa en Cafarnaún (vv. 33-37).

 

        La escena del camino (vv. 30-32). Jesús y los discípulos atraviesan Galilea y el Maestro los va instruyendo en forma privada, “no quería que nadie lo supiera” (v. 30). Para Marcos este detalle es importante pues quiera hacer notar que la enseñanza de Jesús está destinada exclusivamente a aquellos que se han decidido a seguirle. Va revelando una especie de “secreto” a los discípulos, el secreto de la grandeza del Hijo del hombre que reside precisamente en entregarse en manos “de los hombres” (los representantes del imperio romano), los cuales a través de una acusación injusta lo llevarían a sufrir una muerte infame. Este es el gran secreto, la enseñanza oculta que Jesús transmite a los suyos: la gloria del Mesías está en entregarse, en no aferrarse a la propia vida sino en darla en favor de los demás, abandonándose totalmente en las manos de Dios. Jesús vive su entrega confiado totalmente en la acción salvadora de Dios, sin defender con violencia su propia vida, sino transformando con la fuerza del amor un camino de fracaso y de humillación en principio de vida, de comunión y de gloria para todos. Por eso habla de resucitar al “tercer día”, expresión temporal que en la Biblia a menudo indica el momento propicio en que Dios actúa. En efecto, el profeta Oseas habla del “tercer día” para indicar la intervención salvadora de Dios: “El nos ha herido y él nos vendará, después de dos días nos devolverá la vida, al tercero nos levantará” (Os 6,2); el libro del Éxodo coloca al “tercer día” la teofanía de Yahvéh en el monte Sinaí (Ex 19,16) y Juan enmarca temporalmente el relato de las bodas de Caná también en el “tercer día” de la semana inaugural del ministerio de Jesús (Jn 2,1).

            Mientras Jesús habla de su camino y de su destino de humillación y de muerte, los discípulos callan: “no entendían lo que quería decir, pero les daba miedo preguntarle” (v. 32). No comprenden (¿o no quieren comprender?) que es posible transformar el fracaso en vida, la humillación y el dolor en presencia vivificante de Dios. Los discípulos no solo callan, sino que temen hacer preguntas. Preguntar sería comprometerse, sería saber más acerca del misterio y es mejor no correr el riesgo. En el fondo, en aquellos hombres estamos representados todos, pues todos de forma instintiva y casi connatural nos resistimos a perder, nos negamos a ser humillados o rechazados, y tenemos miedo, al sufrimiento y a la muerte.

 

        La escena en la casa (vv. 33-37). Al llegar a casa, cuando Jesús interroga a los discípulos, nos damos cuenta de que sí en realidad habían hablado por el camino, discutiendo “quién era el más importante” (v. 34). Los discípulos callan de nuevo ante la pregunta de Jesús, pues era demasiado vergonzoso admitir el tema de la conversación que habían tenido. Defendiendo cada uno la propia grandeza ante los otros no sólo se ponían en abierta contradicción con la enseñanza del Maestro, sino que destruían la cohesión del grupo elegido por Jesús como principio del reino mesiánico. Entonces Jesús se sienta, como un solemne maestro que se dispone a impartir una cátedra fundamental, y les resume en pocas palabras el significado más profundo y la auténtica grandeza del discípulo cristiano: “El que quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos” (v. 35).

Luego se levanta y toma a un niño, a un niño cualquiera, y lo pone en el centro del grupo, abrazándolo (v. 36). En medio de los discípulos Jesús coloca a uno que es verdaderamente grande, precisamente porque es pequeño y se encuentra en una situación de necesidad, a un niño, la expresión más pequeña y débil del ser humano. Con este gesto les enseña a los discípulos que lo decisivo no es saber quién es el más grande, sino poner en el centro de interés de la comunidad a quien es más pequeño. El niño, es decir, el ser humano más débil, simboliza aquello que debe ser el objeto primario del compromiso y de la atención de la comunidad. Acoger a los débiles y servir a los más pequeños es, en efecto, como acoger a Cristo y a Dios: “El que recibe a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, no es a mí a quien recibe, sino al que me ha enviado” (v. 37).

            En el centro del grupo están Jesús y un niño abrazados. En ellos se hace presente Dios. El niño no es grande por su inocencia o su pureza moral, sino por su pequeñez, por su fragilidad y su capacidad de abandono en las manos de uno más grande. Por eso es una clara imagen de Jesús, el Mesías pobre, frágil, pequeño, pero confiado totalmente en las manos de su Padre. El niño puesto en el centro del grupo se vuelve maestro de los discípulos, que están llamados a seguir a Jesús por el camino de la pequeñez y de la muerte y que tienen como vocación preocuparse y servir sobre todo a los más pequeños y pobres entre los hombres. Jesús, a través del gesto simbólico del niño, subraya la misma enseñanza que les dio mientras iban de camino. No son grandes los que poseen la fuerza de las armas, el prestigio de las finanzas o los privilegios de la política; no son grandes los que mandan y se hacen servir de los otros. La verdadera grandeza del hombre es la de Jesús, que sabe perder y morir por amor; es la del niño, que se abandona sin cálculos, despojado de todo orgullo.