TERCER DOMINGO

Tiempo Ordinario – Ciclo B

 

 

 

Jon 3, 1-5.10

1 Cor 7,29-31

Mc 1, 14-20

 

El evangelio de hoy nos coloca al inicio del ministerio de Jesús, cuando comienza a anunciar la llegada del Reino de Dios invitando a los hombres a creer y a convertirse. Anunciar el Reino es proclamar la certeza de la cercanía de Dios y de la realización de su proyecto de amor y de liberación en la historia; creer en el evangelio y convertirse es la respuesta de fe que el hombre ofrece a Dios, aceptando su palabra y siguiendo sus caminos. Los habitantes de Nínive, que se convirtieron ante la predicación de Jonás, y los discípulos de Jesús, que dejándolo todo lo siguieron, son el modelo de la humanidad que escucha y obedece la voz de Dios y acepta con fe el anuncio de la salvación.

 

            La primera lectura (Jon 3,1-5.10) está tomada del libro de Jonás, escrito entre el 450 y el 200 a.C. La obra constituye una bellísima parábola que posee la finalidad didáctica de mostrar la infinita misericordia y el amor de Dios hacia todos los hombres. Jonás, el personaje principal del relato, fue enviado por Dios a predicar la conversión a una ciudad pagana (Nínive), pero al inicio se resistió a la misión (Jon 1-2). Jonás representa probablemente a los círculos judíos cerrados y nacionalistas de la época; Nínive, la ciudad extranjera, pagana y enemiga, representa a todos los hombres pecadores y excluidos de la salvación. El libro quiere mostrar que para Dios no hay acepción de personas porque como dirá el Nuevo Testamento: "Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad" (1 Tim 2,4). También el duro y egoísta Jonás que no quería ir a Nínive lo sabía: "Sé que tú eres un Dios clemente, compasivo, paciente y misericordioso, que te arrepientes del mal que prometes hacer" (Jon 4,2). Jonás va a Nínive y la ciudad se convierte. De esta forma el libro es una dura crítica al exclusivismo religioso y al orgullo de los que se creen buenos y discriminan a los demás como malos y pecadores. La palabra de Jonás fue un signo de Dios para aquella población que decidió convertirse; Jesús es "una señal para esta generación" (Lc 11,30). Jesús, el Hijo de Dios, "ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido" (Lc 19,10),"él es más grande que Jonás" (Lc 11,29-32).

 

            La segunda lectura (1 Cor 7,29-31) refleja la urgencia escatológica que vivió la primera comunidad cristiana. Pablo habla de la realidad humana (gozos, dolores, amor, intereses) a la luz de la Pascua. Para el creyente todo adquiere un valor nuevo: a la luz de la muerte y la resurrección de Jesús se impone una nueva escala de valores que exigen una decisión radical. Con la llegada del Reino y con la Pascua el tiempo y la historia se han acortado, todo ha llegado a su final (v. 29: “el tiempo se termina”). Los esquemas y los valores del mundo han sido superados (v. 31: “la apariencia de este mundo pasa”). Se impone una nueva forma de vivir. Por eso Pablo invita a los creyentes de Corinto a que organicen su vida a la luz de la nueva realidad que ha cambiado la historia y según el modelo propuesto en el anuncio evangélico de Cristo. El texto es una fuerte invitación a descubrir el nuevo sentido que la historia ha adquirido con la intervención definitiva de Dios.

 

            El evangelio (Mc 1,14-20) narra el kerigma inicial de Jesús, que Marcos llama “evangelio de Dios” (Mc 1,14).  Esta “buena noticia” es de Dios porque él es el sujeto que ha tomado la iniciativa del mensaje, pero también porque es su objeto y su contenido. En realidad Jesús anuncia a Dios mismo como “buena noticia”. Con la proclamación del reino la historia de la salvación llega a su plenitud. Todas las intervenciones salvadoras de Dios encuentran en Jesús su cumplmiento y su realización más alta. Juan Bautista y el desierto, símbolos de la preparación y de la espera han quedado atrás. Ahora Jesús, “después del arresto de Juan” (Mc 1,14), se va al norte del país, abandona el desierto y se va a las ciudades de Galilea. No se queda en la soledad, ni pretende que los hombres se alejen del mundo y de sus responsabilidades para ir a buscar el reino. El anuncio del reino no resuena en el desierto, sino en las ciudades de Galilea, allí donde los hombres viven y trabajan, en sus ambientes y en medio de sus preocupaciones cotidianas. Jesús comienza diciendo: "El tiempo se ha cumplido. El reino de Dios está llegando. Convertíos y creed en el evangelio" (1,15).

 

a) El anuncio del reino (Mc 1,14-15)

 

El reino es el cumplimiento de las promesas de Dios. En el judaísmo del tiempo de Jesús, la expresión "reino de Dios" resumía todo lo que Israel esperaba de los tiempos mesiánicos como época de la manifestación definitiva de Dios. El reino es la buena noticia de que Dios ha intervenido en la historia misteriosamente para transformarlo todo. Es el anuncio de la salvación y del perdón, de la vida y de la paz, de la justicia y de la libertad que Dios dona a todos los hombres. Cuando Jesús anuncia que el reino está llegando, está diciendo que Dios, como señor y rey absoluto del cosmos y de la historia, muestra su soberanía, su amor misericordioso y su justicia: "!El Señor es rey! ¡que se alegre la tierra y salten de gozo los innumerables pueblos lejanos... El Señor ama a los que aborrecen el mal, cuida la vida de sus fieles y los libra de los malvados. Una luz amanece para el justo, la alegría para los rectos de corazón!" (Sal 97,1.10-11; cf. Sal 93; 96).Dios se presenta como soberano, ofreciendo el perdón a los pecadores, haciendo justicia a los pobres y donando a todos la vida y la salvación.

Durante la última cena con sus discípulos Jesús volverá a recordar la realidad del reino: "Os aseguro que ya no beberé más del fruto de la vid hasta el día aquel en que beba un vino nuevo en el reino de Dios" (14,25). Es la gran preocupación de Jesús: el reino de Dios, inminente y siempre por llegar, experimentado pero también objeto de esperanza. El final del discurso escatológico afirma contemporáneamente su inminencia (13,30) y su incierta lejanía (13,32). Jesús lo presentó como una realidad que sería vista por algunos de los presentes (9,1), como algo presente, cercano (1,15). Para Marcos, el reino coincide con la persona misma de Jesús, cuya venida anticipa su plena realización: el Jesús histórico del relato evangélico y el Cristo presente en la Iglesia. Sin embargo, el evangelio de Marcos también habla de la dimensión futura del reino, a través de las llamadas a la espera vigilante y fiel de los discípulos: "¡Estad prevenidos porque no sabéis cuándo llegará el momento... no sea que llegue de improviso y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡estad atentos!" (13,33).

Con Jesús llega el reino. Sus palabras y sus obras lo hacen presente. Y ante la radical novedad que se va perfilando, muchos se preguntan acerca de su persona y se interogan sobre su forma de actuar y de hablar (cf. 1,27; 2,7; 4,41); suscita diversas opiniones y reacciones (1,21; 1,28; 2,12; 3,6; 3,20-21; 31-32; 6,14-16); lo siguen muchos (1,33. 37.45; 3,20; 4,2; 5,21.24; 6,31; etc.), pero los mismos discípulos empiezan con mucha dificultad a entenderlo (6,52; 7,18; 8,15-18). Sus conciudadanos de Nazaret se preguntan: "¿De dónde le viene a éste todo esto? ¿Quién le ha dado esa sabiduría y ese poder de hacer milagros?" (6,2). Eso es precisamente el reino: sabiduría y poder. Sabiduría (en griego: sofía), en el lenguaje de la Biblia, indica una forma de comportarse y de reaccionar; no es algo que tiene que ver solamente con el intelecto, sino que engloba toda la existencia: es una forma de vida, una nueva postura frente a Dios, frente a los demás y frente al mundo. Poder (en griego: dynamis), inidica, en cambio, la energía que anima o da vida a algo, o la capacidad para realizar ciertas acciones. El reino es nueva sabiduría y nuevo poder que se ha manifestado primero en Jesús, pero que cada discípulos está llamado a vivir, a través de la sabiduría y la fuerza que vienen del evangelio y que transforman este mundo.

A la intervención de Dios el discípulo responde con el compromiso y la respuesta de la fe, que se manifiesta sobre todo a través de “la conversión”. Cada hombre deberá modelar y orientar su conducta y su mentalidad según los valores del reino. La respuesta al reino supone un cambio de ruta en el camino de la vida, una nueva forma de relacionarse con Dios, con los demás y con el mundo. La conversión se apoya en la fe. Convertirse y creer en el evangelio son dos caras de la misma realidad. El hombre se convierte en la medida en que se adhiera a Cristo y al evangelio y cree en el proyecto de Dios.

 

 

b) Los primeros discípulos de Jesús (Mc 1,16-20)

     

            Desde el inicio de su ministerio Jesús asocia a su obra a algunos hombres. La proclamación y la instauración del reino de Dios no será obra de ángeles de luz que enfrentan a los poderes de las tinieblas, como se decía en los ambientes apocalípticos del tiempo. Jesús no elige ángeles, sino hombres, y hombres comunes y corrientes, trabajadores honestos que se ganan el pan con su propio esfuerzo.

            El evangelio habla de los “cuatro” primeros discípulos de Jesús. ¿El número “cuatro”, tan frecuente en la simbología bíblica para designar el cosmos, los cuatro puntos cardinales, no estará aquí indicando algo universal? ¿No es, en efecto, la llamada de aquellos primeros hombres el modelo de toda vocación cristiana y apostólica a lo largo y ancho del mundo y de la historia? Simón y Andrés, Santiago y Juan, representan simbólicamente a la nueva humanidad que, escuchando y siguiendo a Jesús, hace presente en la historia el reino de Dios.

            Lo más sorprendente en el texto, y quizás también lo que constituye su punto central de interpretación, es el poder soberano de la llamada de Jesús y la respuesta inmediata e incondicional de estos hombres. Jesús llama con autoridad. Los pescadores responden enseguida (1,18; 1,20). La forma de presentar estas primeras vocaciones corresponde más a un interés teológico que histórico-biográfico. El evangelista quiere poner en evidencia ante todo un mensaje sobre el discipulado, más que relatar con precisión histórica algunos hechos. La respuesta de los cuatro primeros llamados tiene valor ejemplar para la comunidad cristiana. Marcos quiere subrayar ante todo la urgencia de la llamada de Jesús. Cuando Jesús llama no se puede retardar la respuesta. No hay tiempo que perder. Llama la atención la diferencia de la llamada de Jesús con la llamada de Elías a Eliseo, quien tiene tiempo todavía de despedirse de la familia y de celebrar una fiesta antes de seguir al profeta (cf. 1Re 19,19-22). En el texto todo depende de la palabra de Jesús. Su palabra no es solo invitación a seguirle, sino palabra eficaz que crea en el llamado las condiciones para la respuesta. Es palabra creadora que recuerda la de Dios en Gen 1,3: “hágase la luz, y la luz existió”. La llamada es ciertamente también libertad y generosidad, confianza total y donación completa a la palabra de Jesús, pero a la raíz está siempre la iniciativa poderosa y gratuita de Jesús que llama y concede la capacidad para responder.

            Jesús llama “bordeando el mar de Galilea”. El lago es el lugar en el que vive la gente de Galilea y donde trabaja. Jesús busca a la gente en su propia situación. Los que son llamados no han tenido ninguna preparación previa. Están trabajando como todos los días. Ahí, donde los hombres viven, en la cotidianidad de la vida y del trabajo, resuena la voz de Jesús. La llamada se le ofrece a cada hombre en su propia situación. Se subraya la iniciativa de Jesús mostrando que todo inicia con el “ver” del Maestro. (vv. 16.19). También la historia de la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto inició con el “ver” de Yahvéh (Ex 2,25). En la Biblia el “ver” de Dios es actuar. Cuando Dios “ve”, decide intervenir en favor de los hombres. San Juan de la Cruz dice con razón que “el mirar de Dios es amar y hacer mercedes”. Al mirar de Jesús sigue la palabra. A través del diálogo personal, Jesús se acerca a cada uno y le hace escuchar su palabra de esperanza y confianza, que es la llamada a seguirle.

            Jesús llama “a seguirle”. El texto griego dice literalmente en el v. 17: “venid, detrás de mí” (deute opíso mou). La invitación es a ir detrás de él, a seguir su camino, a aprender de él viviendo con él y como él. Jesús no dice “ven a hacer tal cosa o tal otra”, sino “ven detrás de mí”. Por eso la llamada de Jesús exige sobre todo una inmensa confianza, pues no se trata de aceptar un sistema de ideas o de participar en un proyecto o en una asociación; se trata de irse con él y hacer su propio camino día a día. El discipulado exige una respuesta radical. Hay que dejar todo para seguir a Jesús. Los primeros cuatro llamados dejan lo que en su contexto de vida era considerado esencial para una vida segura y exitosa. Dejan las redes, la barcas, los socios de trabajo y a su padre. Desde lo menos importante hasta lo más importante: los instrumentos de trabajo (redes, barca), los compañeros de la industria pesquera, y finalmente, el padre, la figura suprema en el contexto de una familia patriarcal. Para ellos, después de haber encontrado a Jesús y ser llamados por él, las cosas necesarias se vuelven secundarias. De ahora en adelante lo único verdaderamente decisivo será ir detrás de Jesús. Como Abraham, que salió de su tierra fiándose totalmente de la promesa, también Simón, Andrés, Santiago y Juan, aceptan salir de su propia situación de vida fiándose totalmente de la palabra de Jesús. Ciertamente el tiempo se ha cumplido y el reino de Dios se ha hecho cercano en Galilea.

 

    La misteriosa frase “os haré llegar a ser pescadores de hombres” (v. 17) completa el sentido de la llamada. La expresión se refiere al futuro. Será la consecuencia de la respuesta más adelante. El oficio de “pescadores”, un trabajo cotidiano y conocido en Galilea, se vuelve símbolo concreto para comprender la nueva realidad del reino, que es como “una red echada en el mar, que atrapa peces de toda especie” (Mt 13,47). Estos pescadores están llamados a ser servidores de esa gran red universal que es el reino, una red que acoge a cada persona y a toda la historia humana, para introducirlos en la vida y el amor salvador de Dios. Una realidad cotidiana y empírica, como es el oficio del pescador, le sirve a Jesús para manifestar el nuevo oficio trascendente de los discípulos como servidores del reino.  

 

 

Introducción al evangelio de Marcos