(Tiempo ordinario – Ciclo B)

 

 

Job 7, 1-4.6-7

1Cor 9, 16-19.22-23

Mc 1,29-39

 

Las lecturas bíblicas de este domingo hacen referencia a uno de los problemas que más ha atormentado al hombre de todos los tiempos y de todas las culturas: el sufrimiento. La Escritura no intenta dar una explicación del dolor humano, sino que se coloca desde la perspectiva de la fe y de la gratuidad delante de un Dios que no se puede encerrar en los estrechos límites de la lógica humana y que sigue siendo un misterio insondable de vida y de amor aun en medio del sufrimiento que limita y escandaliza al hombre.

 

La primera lectura (Job 7,1-4.6-7) está tomada del libro de Job, que constituye una de las mayores obras literarias y teológicas de la humanidad. A partir de la experiencia desconcertante del sufrimiento de un hombre justo el libro quiere presentar el misterio de Dios, insondable y trascendente, y la auténtica actitud de fe, fundamentada en la gratuidad y la comunión. A través de la experiencia de su dolor Job llega a convertirse en modelo del creyente que ama a Dios sin ningún interés. El no acepta que Dios pueda ser explicado en base a un esquema de premios y castigos, como suponía la doctrina tradicional de la retribución; permanece fiel a Dios aun cuando vive el escándalo de su sufrimiento inocente y lucha incansablemente por obtener una palabra de parte de Dios para iluminar su situación. La lectura que proclamamos este domingo es una reflexión de Job que revela la intensidad de su dolor. Como el esclavo, que espera la sombra de la noche para descansar del trabajo del día, o como el jornalero, que se fatiga por conseguir un salario para satisfacer sus necesidades, Job tiene también un “salario” hecho de sufrimiento y sin sentido: “meses de desencanto son mi herencia (a diferencia del jornalero) y mi suerte noches de dolor (a diferencia del esclavo)” (Job 7,1-3). Después añade con amargura: “mis días corren más rápido que la aguja, se han acabado al terminarse el hilo” (Job 7,6), y finalmente se dirige a Dios: “recuerda que mi vida es un soplo, que mis ojos no volverán a ver la felicidad” (Job 7,7).

Al final del libro Job recibe una respuesta misteriosa: el Señor le hace ver que muchas realidades del cosmos y de la historia escapan a la comprensión humana (Job 38-41). Es entonces cuando Job admite que no puede conocerlo todo y reconoce que Dios puede ser plenamente aceptado aun cuando no se le comprenda totalmente. El Señor se revela a Job como gratuidad absoluta y como misterio irreducible a esquemas humanos. Delante de esta lógica superior del misterioso actuar divino, Job se descubre pequeño y sin un saber adecuado (Job 40,1-5). Es por eso que calla y se abandona delante de Dios (Job 42,1-6), demostrando así que también el dolor y el sufrimiento humano se pueden encuadrar dentro de esta perspectiva de fe, más allá de lo que la lógica humana rechaza o considera imposible. Job ha experimentado a un Dios que no ha podido comprender pero que se le ha revelado como principio de sentido y de vida en medio del absurdo del dolor.

 

La segunda lectura (1 Cor 9,16-19.22.23) insiste en el tema de la gratuidad de la fe: “merecería recompensa si hiciera esto por propia iniciativa, pero cumplo una misión que otro me ha confiado” (1 Cor 9,17). Gratuitamente llamado a la predicación del evangelio, Pablo realiza su misión con la misma generosidad y sin más interés que el de anunciar la palabra de salvación a todos. Como había dicho Jesús: “gratis lo han recibido, entréguenlo también gratis” (Mt 10,8).

 

El evangelio (Mc 1,29-39) nos ofrece la narración sintética de una jornada de Jesús en la aldea de Cafarnaún, junto al lago de Galilea. El interés de Marcos es ante todo cristológico. Jesús es presentado como modelo de  hombre solidario, cercano al dolor del hombre y atento a sus necesidades (Mc 1,29-34), y como modelo de hombre de Dios, que sabe retirarse para contemplar y escuchar al Padre en la soledad y en el silencio (Mc 1,35). En la narración envangélica vuelve a aparecer también el tema del sufrimiento y del dolor. El reino de Dios, que se hace presente en la palabra y en las obras de Jesús, representa la superación de todas las limitaciones humanas; los milagros que él realiza –anticipando su victoria pascual– lo confirman: la enfermedad es derrotada, el mal que esclaviza al hombre es vencido, toda la negatividad que oprime la condición humana va cediendo el lugar a la vida y al gozo. La respuesta total que Job no pudo obtener en medio de su sufrimiento la ofrece a la humanidad el evento pascual de Jesucristo. La muerte no es el final. La resurrección del Señor es la llegada del reino en su plenitud en medio de la historia y la meta hacia la que toda la humanidad camina al final de los tiempos.

La curación de la suegra de Pedro (dentro de la casa) ayuda a comprender la lógica del reino como superación del mal. La enfermedad de esta mujer, descrita con la conocida postura horizontal que en la Biblia designa al hombre abatido y al borde de la muerte (v. 30: “estaba en cama con fiebre”), es símbolo de la caducidad y la impotencia humana. Sólo la acción salvadora de Jesús puede ayudar al hombre a superar este límite: “él se acercó, la tomó de la mano y la levantó” (v. 31). El verbo “levantarse” traduce el griego egeirô, que es el mismo que utiliza el evangelio de Marcos para hablar de la resurreción de Jesús: “Ha resucitado (egeirô), no está aquí” (Mc 16,6). La salud de la suegra de Pedro anticipa la salvación plena que Dios ofrece a todos los hombres a través de la resurreción de Jesús. Su curación no es sólo física: “Se le quitó la fiebre y se puso a servirles (griego: diakoneô)”. Este es el verbo típico que se utiliza para hablar del servicio cristiano en la comunidad y con el cual se expresa el ministerio de “los diáconos”. La suegra de Pedro es modelo de la persona que ha sido salvada y recreada por Jesús, volviéndose servidora de Dios y de los hombres.

La curación de la muchedumbre enferma (afuera, en la puerta de la ciudad), demuestra que la salvación de Cristo no conoce confines y no se encierra en los muros de una casa o de un grupo: “le llevaron todos los enfermos... toda la población se agolpaba a la puerta... El sanó a muchos enfermos de sus males y expulsó a muchos demonios... Simón y sus compañeros le decían: todos te buscan...Y se fue a predicar an las sinagogas judías por toda Galilea”. La salvación de Cristo se dirige a toda la humanidad. Jesús salvador es solidario con todos y comparte con todos el ansia, el sufrimiento y las esperanzas más hondas, “a fin de que Dios sea todo en todos” (1 Cor 15,28).

 

 

Mientras Job era un emblema del sufrimiento universal, Jesucristo representa la salvación de Dios para toda la humanidad. Pero la respuesta humana de frente a la paradoja y al misterio del dolor y del sufrimiento será siempre la misma: el camino de la fe-confianza, que va más allá de los esquemas de una religión fácil y consoladora, y que no se limita a la aceptación de frías verdades o recetas teológicas sino que se identifica con la adhesión total de la persona a Dios como fuente de vida y de amor. El evangelio nos invita a vivir con esperanza y con fe delante del sufrimiento, aunque muchas veces no podamos comprenderlo todo. El “no-saber” es parte constitutiva de la auténtica experiencia de Dios en la fe, una experiencia vital de comunión de amor que va más allá de toda experiencia y de toda conceptualización.