Tiempo ordinario - Ciclo B

 

 

 

 

Lev 13,1-2.45-46

1Cor 10,31-11-1

Mc 1,40-45

 

  Jesús anuncia y hace presente el reino de Dios en medio de los hombres. En él se manifiestan y actúan la compasión de Dios delante del sufrimiento humano y su poder de dar la vida en abundancia. Él escucha el grito del pobre que lo invoca, y extiende su mano para auxiliarlo y sacarlo de la situación de dolor y de negatividad en que se encuentra. Quien ha tenido la gracia de “ser tocado” por él y sanado, no puede permanecer pasivo, sino que se convierte en ese mismo momento en anunciador de la buena noticia. El encuentro de Jesús con el leproso representa la experiencia de todo hombre que se convierte en discípulo del reino, a través de la experiencia de la misericordia y  del poder liberador del Señor, llegando a ser también él testigo y anunciador de la palabra de salvación para los demás.

 

La primera lectura (Lev 13,1-2.45-46) forma parte de la sección del libro del Levítico que comprende los capítulos del 11 al 15. Se trata de una especie de “manual” para saber distinguir lo que es ritualmente puro de lo que es impuro. Una persona, un animal, o un objeto contagiados a través del contacto con una realidad impura, son declarados impuros no por una casua moral, sino porque en cierto modo contradicen la integridad de la creación tal como es presentada en el capítulo 1 del Génesis. Todo lo que no es íntegro y perfecto (no necesariamente en sentido moral) es excluído del culto ya que su participación en el servicio sagrado desentonaría con la santidad, es decir, con la completa perfección de Dios (véase Lv 15,31). Este pequeño código trata cuatro casos de impureza: la distinción entre animales puros e impuros (11,1-47), el parto (12,1-8), la lepra (13,1-14,57),  y las impurezas sexuales (15,1-33).

Los versículos escogidos para le lectura de hoy están tomados de la sección que trata de la lepra. El texto hebreo habla de sora’at, un término que puede indicar varios tipos de enfermedades de la piel. No parece que aquí se trate de una verdadera lepra, sino de enfermedades curables y por tanto temporales. De todas formas estas enfermedades eran consideradas contagiosas y, por tanto, estaba prescrito el aislamiento de las personas infectadas (cf. Lv 13,45-46). Hay que aclarar, sin embargo, que el objetivo principal del aislamiento en el código del Levítico no era de carácter higiénico sino religioso. La falta de integridad, consistencia, o perfección física hacían que la persona fuera no idónea para participar en el culto. Era misión del sacerdote declarar que una persona había sido infectada de sora’at, y era prerrogrativa suya también declarar que una persona había sido curada. El sacerdote hacía esto no como médico sino como intérprete de la Ley. Una vez que él había ya declarado a alguno puro, es decir, curado, se podían realizar los ritos de purificación y la persona era reintegrada en la comunidad cúltica.

   

La segunda lectura (1Cor 10,31-11,1) es la parte final de la sección de la primera carta a los Corintios (7,1-11,1), en la que Pablo responde a las preguntas que los mismos corintios le han hecho en relación con ciertos problemas que estaban viviendo. La última cuestión que trata Pablo (10,23-11,1) tiene que ver con el alimento: ¿se puede o no se puede comer carne comprada en el mercado, pero que había sido sacrificada a los ídolos? Pablo responde que en principio se puede comer de todo, pero al mismo tiempo hace notar que hay casos en los que la prudencia y la caridad impiden comer de esta carne para no escandalizar a los demás.

En los últimos versículos Pablo retoma la dos partes de su respuesta y las propone como principios generales del actuar cristiano. El criterio último para saber si una cosa es lícita o no, es darse cuenta si con ella se da gloria a Dios: “Háganlo todo para gloria de Dios” (1Cor 10,31). Pero Pablo añade inmediatamente que es necesario también estar atentos a la conciencia de los otros. Otro criterio fundamental para saber si algo es lícito o no, es la caridad hacia los demás: “que nadie busque su propio interés sino el del prójimo” (1 Cor 10,24). Pablo mismo da ejemplo con su vida: “Haced como yo, que procuro complacer a todos en todo, no buscando mi conveniencia, sino la de los demás, para que se salven” (1 Cor 10, 33).

 

En el evangelio (Mc 1,40-45), Marcos continua ayudándonos a descubrir quién es realmente Jesús de Nazaret. Este breve relato de la curación del leproso demuestra la autoridad y el poder de Jesús, en quien se manifiesta la misericordia de Dios que libera al hombre, destruyendo todas las barreras que dividen a la humanidad.

El leproso encuentra a Jesús al aire libre, en el camino, mientras recorre los diversos pueblos de Galilea. Los leprosos vivían fuera de las ciudades, y cuando veían a alguien que se les acercaba tenían que gritar: “¡impuro!, ¡impuro!”, para impedir que los otros se acercaran y se volvieran también ellos impuros. Un leproso era un excluído de la sociedad y de la religión. No podía entrar en contacto directo con los otros, ni partipar en el culto de la sinagoga. Separado de la comunión de vida con Dios y con los demás, era considerado como un muerto que ya ha bajado a la tumba. Jesús, sin embargo, se deja encontrar de él porque el reino de Dios y la salvación no conocen confines de ningún tipo y son dones que se ofrecen a todos los hombres sin excepción.

El leproso “le suplicaba de rodillas y le decía: ‘si quieres, puedes curarme’” (v. 40). Jesús tiene el poder de curarlo y la autoridad para decidir en un caso como éste. Este poder y esta autoridad no son como los del sacerdote, que podían declarar que un leproso había sido curado, pero ciertamente no podían curarlo. Ser leproso era, como hemos dicho, como estar ya muerto y, por tanto, su curación era semejante a la resurreción de un cadáver. Sólo Dios podía realizarlo (cf. Num 12,10-12; 2Re 5,7).

Delante del sufrimiento del hombre que suplicaba, “Jesús tuvo compasión, extendió la manó, lo tocó y le dijo: ‘quiero, queda limpio’” (v. 41). El verbo “compadecerse” traduce el verbo griego splangnízomai, que indica la ternura y el amor misericordioso que brota de las entrañas (maternas). Jesús actúa movido por la misericordia sin límites que Dios tiene hacia el hombre. Luego Jesús “extendió la mano”. Este gesto espontáneamente recuerda que, en el Antiguo Testamento, para indicar el poder de Dios que actúa en la historia en favor de su pueblo, particularmente en el Exodo, se dice que Dios liberó a Israel “con mano fuerte y brazo extendido” (Dt 7,19; véase también Ex 3,19-20; 6,1; Dt 9,26; etc.). La acción de Jesús es una obra de liberación en favor de un hombre segregado y destruido. Jesús demuestra que posee el mismo poder divino curando al leproso, tocándolo con la mano y con la palabra que pronuncia.

Las palabras “quiero, queda limpio” expresan el querer más profundo de Jesús, que se hace explícito en su voluntad de curar y de purificar, superando un judaísmo que divide, separa, organiza ritualmente a los hombres, marginando a los impuros y reintegrando a los sanos, pero sin poder purificarlos. Dios demuestra a través del querer de Jesús su designio en relación con cada hombre: que todo hombre sea puro, es decir, capaz de entrar en relación con el Dios Santo y con los otros hombres, sin impedimentos y en plena libertad. Quien tocaba a un leproso, se volvía impuro como él. Jesús, en cambio, tocando a este leproso, lo hace puro y digno.

Jesús manda al leproso donde un sacerdote para que certifique su curación. Luego, siguiendo las indicaciones del Levítico, tenía que ofrecer un sacrificio. Jesús quiere reintegrar al leproso curado en la comunidad de Israel. Pero el leproso va más allá. No se queda encerrado en los límites del judaísmo, sino que comienza inmediatamente a divulgar la noticia de lo que le había ocurrido: comienza a “proclamar” (el verbo griego es keryssein, de donde viene la palabra kerygma). Como la suegra de Pedro, apenas curada, comienza a servir, también este leproso, apenas purificado, se preocupa por compartir con los otros el don recibido. En efecto, añade Marcos, “difundía la palabra” (ton lógon). En el evangelio de Marcos el término lógos indica la enseñanza de Jesús (2,2; 4,14; 8,32; 13,31).

El camino que tuvo que recorrer este hombre, “purificado” por Jesús, es el camino que tendrá que recorrer todo discípulo: venir a Jesús; aceptar la propia limitación humana; experimentar la misericordia y el poder liberador del Señor, que hace libre a todo hombre; y, finalmente, llegar a convertirse en evangelizador y testigo de las grandes obras de Dios.