(Tiempo Ordinario – Ciclo B)

 

 

 

Is 43, 18-19.21.24b-25

2 Cor 1, 18-22

Mc 2, 1-12

 

            Las lecturas bíblicas de este domingo son un canto a la misericordia y al perdón que Dios ofrece a los hombres como principio de vida nueva. Las dos afirmaciones centrales de la liturgia de la palabra de este día nos las ofrecen el profeta Isaías (Is 43,25: “Soy yo el que limpio tus rebeldías por amor de mí y no recuerdo tus pecados”) y Jesús (Mc 2, 5: “Tus pecados te son perdonados”). El perdón de Dios es un evento que actualiza y renueva el acto originario de la creación, desencadenando gratuitamente una fuerza capaz de generar novedad absoluta de vida. Es liberación de las esclavitudes interiores del hombre y del mal físico y social que atormenta a la humanidad.

 

 

 

        La primera lectura (Is 43,18-19.21.24b-25) es un oráculo del Deuteroisaías, el profeta que animó la esperanza del pueblo deportado en Babilonia, cuando se percibía en el horizonte de la historia el regreso a la tierra de Israel gracias al decreto de Ciro, rey de Persa, en el año 538 a.C. El profeta invita al pueblo a no vivir nostálgicamente del pasado sin percibir las cosas nuevas que Dios continúa realizando: “No os acordéis de las cosas pasadas, no penséis en las cosas antiguas” (Is 43, 18). Era ley fundamental de Israel el "recordar” los actos salvadores de Dios; sin embargo, en este texto el profeta parece contradecir esta ley de la memoria para sustituirla con la esperanza viva de lo que Dios está por realizar: “Mirad, voy a hacer algo nuevo, ya está brotando, ¿no lo notáis?” (v. 19). El pasado es importante para Israel, pero es mucho más importante el futuro. El pasado se recuerda porque es glorioso, al futuro hay que abrirse con confianza y esperanza aun cuando los signos de la novedad de Dios sean humildes y apenas perceptibles. Aun cuando todo parezca más difícil e incierto. Dios no deja de realizar cosas nuevas en favor “del pueblo que formé para mí, para que proclamara mi alabanza” (v. 21).

La realidad más desconcertante de esta novedad que se anuncia a Israel la constituye el amor y la misericordia inquebrantables de Dios. Las imágenes que utiliza el profeta en los vv. 24 y 25 son sumamente sugestivas. En el v. 24 afirma que Israel, en vez de ofrecer sacrificios y ofrendas al Señor como es debido, con sus continuos pecados y rebeldías ha querido someter a Dios a esclavitud (verbo hebreo: ΄abad en forma causativa: “hacer esclavo”, “someter como vasallo”) y lo ha llegado a "cansar"  (verbo hebreo: yaga΄ en forma causativa) como si Dios fuera su esclavo. Dios, sin embargo, acepta este papel y se pone al servicio de Israel para remover sus culpas: “Soy yo, y sólo yo, quien por mi cuenta borro tus delitos, y dejo de recordar tus pecados” (v. 25).

Vale la pena recordar aquí las palabras de san Juan de la Cruz:  “Porque aun llega a tanto la ternura y verdad de amor con que el inmenso Padre regala y engrandece a esta humilde y amorosa alma, ¡oh cosa maravillosa y digna de todo pavor y admiración!, que se sujeta a ella verdaderamente para la engrandecer, como si él fuese su siervo y ella fuese su señor. Y está tan solícito en la regalar, como si él fuese su esclavo y ella fuese su Dios. ¡Tan profunda es la humildad y dulzura de Dios!” (Cántico Espiritual 27,1).

          

               La segunda lectura (2 Cor 1,18-22) nos ofrece una bellísima definición de Cristo y drl verdadero discípulo. Ambos son un continuo “sí”. Pablo, acusado de calumnias de parte de la comunidad de Corinto, se defiende diciendo: “Dios es testigo de que nuestras palabras no son hoy “sí” y mañana “no” (v. 18). El discípulo de Jesús es un hombre del “sí” en el amor y en el perdón, en la verdad y en la fidelidad, pero sobre todo en el “sí-amén” que debe ofrecer continuamente a Dios con su existencia por medio de Jesús (v. 21: “el amén con que glorificamos a Dios lo decimos por medio de Cristo). Y con esto el discípulo imita a Jesucristo, el Hijo de Dios, en quien “todo ha sido sí, pues todas las promesas de Dios se han cumplido en él” (v. 20). Jesucristo es el “sí” de Dios porque en él se realiza plenamente el perdón anunciado por los profetas, porque él es el cumplimiento definitivo de las promesas divinas y porque en él la ley antigua alcanza su plenitud. Jesús de Nazaret es el “sí” de Dios porque en él Israel, y toda la humanidad, realizan su vocación humana y espiritual: sólo él ha vivido en adhesión total e indefectible al Padre.

 

            El evangelio (Mc 2,1-12) narra la curación y el perdón de los pecados de un paralítico en “una casa” de Cafarnaún. Jesús no va otra vez a la sinagoga, ni entra en el templo. Es el espacio doméstico de la casa, de la vida cotidiana el que se convierte en ámbito sagrado en donde Dios ofrece a los hombres el perdón y la salud.

            Jesús se pone a enseñar “la palabra” (ton lógon), término que ya habíamos encontrado antes en la narración del leproso el domingo pasado  (Mc 1,45). “La palabra” es la enseñanza de Jesús, a través de la cual expone su camino, su estilo de vida, la novedad de Dios y del reino. Es justamente en este contexto de “enseñanza”, de “escucha de la palabra”, en donde acontece el evento del perdón y en el cual adquiere su verdadero significado. La curación física y espiritual de este hombre es expresión de la eficacia de la enseñanza de Jesús, que a través del perdón restituye al hombre su dignidad, lo libera de sus parálisis y lo reintegra a la sociedad como una nueva creatura.

            En el texto destaca la antítesis entre los cuatro hombres que llegan cargando al paralítico y que, a causa del gentío, no pudiendo llegar hasta Jesús, levantaron el tejado de la casa y abrieron un boquete por el que descolgaron la camilla donde yacía el enfermo (v. 3-4), y los maestros de la ley que estaban allí sentados (v. 6). Los primeros se mueven, son dinámicos, intentan superar cualquier obstáculo con tal de ayudar a aquel hombre enfermo; los segundos, están pasivos, sentados, no hacen nada en favor de nadie. Los que llegan cargando al enfermo tienen confianza en Jesús, no se detienen ante ningún obstáculo y con tal de acercarse al Maestro son capaces hasta de levantar el techo de la casa; los maestros de la ley, en cambio, conservan su postura de jueces y maestros, dispuestos a enjuiciar desde la ley y la tradición. No hay que olvidar que ellos, junto con los sacerdotes, eran considerados los auténticos dispensadores del perdón divino a través de complicados rituales de purificación, según lo establecido en la Ley.

            La novedad del relato es la forma en que Jesús ofrece el perdón al paralítico: “Hijo, tus pecados te son perdonados”. Un perdón gratuito, inesperado, total. La reacción de los maestros de la ley es comprensible. No se podía ofrecer de esta forma el perdón divino, el cual según la tradición religiosa de Israel presuponía ante todo la conversión de vida y luego exigía que se cumplieran los sacrificios prescritos por la ley de Moisés. Sólo entonces se podía hablar de perdón de Dios. Con razón dicen: “¿Cómo se atreve a decir eso? ¡Blasfema! ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?”. En realidad Jesús ha ofrecido el perdón de Dios y de parte de Dios como respuesta a la fe del hombre: “tus pecados te son perdonados (por Dios)”. Un perdón absoluto que no va acompañado de ningún rito religioso. La blasfemia que detectan los maestros de la ley es la audacia de Jesús que habla en nombre de Dios sin echar mano de ninguna mediación ritual.  Jesús, el Hijo del Hombre, “tiene poder en la tierra para perdonar pecados”, porque en él se ha hecho presente Dios en forma inmediata y total. Su palabra y sus acciones nos revelan directamente a Dios y nos acercan su salvación. Jesús es más que la ley y el templo. Sólo él puede realizar y proclamar el perdón de Dios sobre la tierra.

            Al final del relato Jesús se dirige al paralítico y lo invita a caminar: “Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa” (v. 11). No es un simple milagro. La curación física es la prolongación del perdón y su consecuencia más evidente. Es la prueba que Jesús perdona realmente. Su perdón transforma y pone en pie a la humanidad. Jesús invita al hombre perdonado y curado a volver a casa, al lugar de la vida cotidiana, al espacio de la lucha diaria, allí donde los hombres y las mujeres de este mundo viven la normalidad de su existencia. Ser perdonado es volver a vivir.

        El relato concluye con la admiración de los presentes: “¡Jamás habíamos visto una cosa igual!” (v. 12). El pueblo se da cuenta que ha ocurrido algo verdaderamente nuevo: ¡el perdón existe!, ¡el hombre puede cambiar verdaderamente! El milagro realizado por Jesús se convierte en signo de su victoria total sobre el pecado y la ley que hacen esclavos al hombre. El rostro de Dios que hoy nos revela Jesús perdonando y sanando al paralítico de Cafarnaún es el del Dios bíblico, “cuya cólera es de un instante y cuyo favor dura toda una vida” (Sal 30, 6), un Dios que “todas las culpas perdona y que cura todas las dolencias... clemente y compasivo, tardo a la cólera y lleno de amor... que no nos trata según nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas” (Sal 103, 3.8.10).