Tiempo Ordinario – Ciclo B

 

 

Os 2,16.17b.21-22

2Cor 3,1b-6

Mc 2,18-22

 

            La auténtica experiencia religiosa no se basa en la ley, no surge de la imposición exterior ni se limita a los gestos sagrados, sino que es fundamentalmente una relación de amor entre Dios y el hombre. Una experiencia relacional que abarca la vida entera del creyente y lo coloca en un horizonte nuevo de valores en medio del mundo. Es lo que la Biblia llama “la alianza” y que, a partir del profeta Oseas, se expresa con el símbolo del amor matrimonial, que evoca fidelidad, amor recíproco y gozo compartido. La vida del discípulo cristiano es también una experiencia de alianza, fundada en la alegría mesiánica que la presencia del Mesías causa en “los amigos del esposo”, es decir, en los invitados a las bodas definitivas entre Dios y la humanidad, que son los creyentes. El evangelio de hoy utiliza dos símbolos bíblicos muy ricos para hablar del reino de Dios anunciado por Jesús: el banquete (compartir el gozo de la mesa de Dios y de los hombres) y el matrimonio (descubrir y realizar la unión de amor con Dios y entre los hombres).

 

            La primera lectura (Os 2,16.17b.21-22) pertenece al espléndido poema teológico del capítulo 2 de Oseas, que refleja una amarga experiencia de infidelidad amorosa sufrida por el profeta traicionado por su esposa. Es una especie de monólogo en el que el profeta manifiesta su dolor por la infidelidad de la mujer que ama todavía, pero que lo ha abandonado yéndose con otro. A un primer nivel autobiográfico, se sobrepone un nivel simbólico teológico que refleja la experiencia de alianza entre Yahvé e Israel. La experiencia vivida por Oseas, en efecto, ayuda a comprender otro amor fiel: el amor de Dios por Israel. El amor del profeta por su esposa infiel hace comprender a Oseas hasta dónde llega el amor inquebrantable de Yahvé por su pueblo pecador e idólatra.

        El capítulo 2 de Oseas describe los diversos tentativos realizados por el profeta por hacer volver a la esposa: violencia, palabras duras, denuncia pública, acto jurídico de repudio, etc. Pero todo es inútil. Sólo el amor gratuito y el perdón incondicional hacen que el sueño se vuelva realidad y que la esposa vuelva a su primer marido. Finalmente Oseas abandona la actitud dura del castigo y la venganza y decide acoger a la esposa que lo ha traicionado y abandonado, para comenzar de nuevo: “Por eso yo voy a seducirla; la llevaré al desierto y hablaré a su corazón” (v. 16). En el desierto, es decir, en la experiencia del despojo y de la inseguridad, cuando caen todos los apoyos, el enamorado se compromete en renovar el amor y volver a comenzar otra vez. La expresión “hablar al corazón” aparece pocas veces en la Biblia (Gen 34,4; 50,21; 2Sam 19,8; Jue 19,3; Rut 2,13; Is 40,1) y puede tener el significado de animar a alguien que sufre o que está temeroso, convencer a alguien a realizar algo, o enamorar a una mujer. Todos estos significados de alguna forma se hacen presente en el texto de Oseas.

Como hizo Oseas con su esposa hace Yahvé con Israel. Después de la infidelidad es posible restaurar la alianza de amor rota por el pecado. Los vv. 21-22 describen precisamente el nuevo inicio en el que se reanudan las relaciones entre Dios y su pueblo: “Yo te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en amor y en compasión, te desposaré conmigo en fidelidad y tú conocerás a Yahvé”. El verbo “desposar”, utilizado tres veces en dos versículos, es un verbo que se utiliza en la Biblia solamente para el matrimonio con una joven virgen (Dt 20,7; 28,30). Dios, por tanto, no sólo perdona a Israel sus infidelidades, sino que lo restablece como su esposa-virgen, sin tomar en cuenta para nada el pasado. En el matrimonio el esposo pagaba al padre de la esposa un precio por ella (2Sam 3,14). El precio que el Señor paga por su pueblo es la gracia de la fidelidad, de la justicia, del amor, la misericordia y el conocimiento del Señor. Son éstas precisamente las características que Dios pedirá a Israel en este matrimonio renovado, pero debido a la incapacidad radical del pueblo para responder de esta forma, el Señor mismo le otorga como un dono la capacidad para responder a su amor.

 

La segunda lectura (2Cor 3,1-6) está tomada de la segunda carta a los corintios, en la que Pablo se defiende de “evangelizadores” que habían llegado a Corinto después de su partida y que difundían calumnias en su contra para desacreditarlo con la comunidad que él había fundado. Estos nuevos evangelizadores eran probablemente judaizantes, es decir, hebreo-cristianos que estaban convencidos que era necesario imponer todas las prescripciones de la ley de Moisés a los paganos que se convertían al cristianismo. El breve texto de la lectura de hoy abre la sección en la que Pablo habla de la superioridad del nuevo testamento frente a la primera alianza de Dios con Israel. El Apóstol se defiende diciendo que no necesita cartas de recomendación, porque su carta de recomendación es la misma comunidad de Corinto: “sois una carta de Cristo, redactada por ministerio nuestro, escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne, en los corazones” (v. 3). Su ministerio apostólico tiene su mejor garantía en los cristianos mismos. Un ministerio que le ha sido confiado por Cristo: el de la nueva alianza, no fundada en la letra de una ley exterior sino en la potencia del Espíritu de Dios. A diferencia de la alianza antigua, fundada en tablas de piedra, esta es una alianza nueva y transformante, “pues la letra mata, mas el Espíritu da vida” (v. 6).

 

El evangelio (Mc 2,18-22) sigue inmediatamente después del relato del banquete de Jesús y de sus discípulos con muchos publicanos y pecadores en casa de Leví (Mc 2,13-17). Es la celebración festiva del perdón donado gratuita y abundantemente de parte de Jesús, que “no ha venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Mc 2,17). Jesús y sus discípulos, junto a un grupo de pecadores, come y bebe, celebrando la novedad del reino que trae la salvación y el perdón a los alejados y perdidos. El evangelista crea un fuerte contraste diciendo casi simultáneamente que los discípulos de Juan y los fariseos estaban ayunando (Mc 2,18). Para ambos grupos la mortificación constituye un elemento esencial del proceso religioso.

El ayuno, junto a la oración y la limosna, es uno de los tres pilares de la piedad judía. La Ley prescribe el ayuno una vez al año en el día de la expiación (Lv 16,1-34; 23,26-32; Num 29,7-11), pero en el tiempo de Jesús muchos hebreos religiosos, particularmente los fariseos, ayunaban dos veces a la semana (Lc 18,12). El objetivo del ayuno era esencialmente penitencial, como acto religioso de expiación por los pecados cometidos. Tiene connotaciones de tristeza y de humillación. Los discípulos de Juan Bautista, por su parte, tenían una concepción de la religión fundamentada en la ascesis y la privación, como ofrecimiento auténtico de sí mismo a Dios. En ambos casos lo que contaba era la ley interpretada como exigencia activa. La unión con Dios se conservaba gracias al sacrificio y al ayuno.

En la presencia de Jesús, el Esposo de las bodas mesiánicas, no hay lugar para el ayuno. En él, Dios se ha hecho presente totalmente en medio de los hombres, ofreciendo gratuita y abundantemente el perdón, la misericordia y el amor.  En presencia de Jesús sólo es posible la fiesta y el gozo, porque su mensaje y su obra son gratuidad y salvación sin límites y sin condición. El evangelio no se funda en el ayuno o en algún tipo de mortificación, sino que crea una relación “nupcial” de amor compartido y fiel. Jesús no enseña un programa de negaciones y de renuncias. Los discípulos son llamados a participar de unas bodas, las bodas con Jesús, es decir el reino de Dios. Son invitados a celebrar con gozo el banquete de la vida, en comunión con Dios y con los demás hombres.

Al final se alude al “ayuno cristiano”, cuando el esposo les será quitado. En este contexto, la palabra “ayuno” es  una metáfora del camino de la cruz: los discípulos ayunarán después de pascua. Es decir, estarán dispuestos a morir, si fuera necesario, por Jesús y el reino. Deberán sacrificar todo en favor del gozo y la salvación que han recibido gratuitamente de parte de Dios. Con Jesús, en efecto, el reino irrumpe con poder. Es este el significado de las dos imágenes que vienen a continuación. El vestido viejo se rompería si simplemente se remienda con un pedazo de tela nueva, los odres de vino viejo no pueden conservar la expansión del vino nuevo. El mundo del ayuno y de la mortificación, como fundamento de la experiencia religiosa (odres viejos), se opone  al camino del perdón gozoso y gratuito que Jesús ofrece a publicanos y pecadores (vino nuevo). Los “odres viejos” de todas las prescripciones de la ley, las tradiciones de piedad y las prácticas de mortificación, no bastan para transformar al hombre, ni pueden contener el “vino nuevo” de Jesús, que ha inaugurado la gratuidad del reino y de la salvación y ha establecido la nueva y eterna alianza entre Dios y la humanidad.