DOMINGO XX

(Tiempo Ordinario – Ciclo A)

 

 

 

 

Isaías 56, 1.6-7

Romanos 11,13-15.29-32

Mateo 15,21-28

 

            Ya desde la antigüedad y hasta nuestros días se encuentra en los diversos pueblos una cierta percepción de aquella fuerza misteriosa que se halla presente en la marcha de las cosas y en los acontecimientos de la vida humana y a veces también el reconocimiento de la Suma Divinidad e incluso del Padre... La Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero... Por consiguiente, exhorta a sus hijos que, con prudencia y caridad, mediante el diálogo y colaboración con los adeptos de otras religiones, dando testimonio de fe y vida cristiana, reconozcan, guarden y promuevan aquellos bienes espirituales y morales, así como los valores socio-culturales que en ellos existen” (Declaración “Nostra Aetate” del Concilio Vaticano II, 2).

            Estas palabras del Vaticano II resumen el espíritu de las lecturas bíblicas de este domingo. La Palabra de Dios se presenta con una perspectiva claramente universalista. Isaías anuncia la cercanía de Dios con los pueblos no hebreos y proclama el Templo de Jerusalén como “casa de oración para todos los pueblos; Pablo celebra la universalidad de la salvación que, partiendo de Abraham, se despliega como bendición para todos los pueblos de la tierra; en el evangelio Jesús reconoce la gran fe de la mujer cananea y la hace beneficiaria de la gracia salvadora del reino de Dios.

 

            La primera lectura (Is 56,1.6-7) está tomada del llamado “Tercer Isaías”, un profeta anónimo que desarrolla su ministerio en la época inmediatamente después del exilio. Anuncia una nueva etapa en las relaciones de Dios con los hombres: “Mi salvación está para llegar y mi justicia para manifestarse” (v. 1). Lo novedoso del anuncio radica en las condiciones que se exigen para gozar de estos dones de Dios (practicar la justicia y guardar el sábado) y en los destinatarios a los que se dirigen estas palabras (el eunuco y el extranjero).

            Se exige lo elemental en las relaciones humanas: “velar por la equidad y practicar la justicia” (v. 1a), y un sólo precepto judío: guardar el sábado. Al exigir lo mínimo para la convivencia humana la salvación de Dios se pone al alcance de cualquier persona. El precepto del sábado, signo de la alianza divina (Ex 31,13.17), tiene por objeto ampliar la comunidad judía abrazando a hombres y mujeres de otros pueblos de la tierra. La novedad del oráculo profético es clara. Se realiza una concentración y simplificación en lo esencial para lograr una apertura universalista de la salvación.

            A los extranjeros que guardan el sábado como signo de la alianza, es decir, que se han entregado personalmente al Señor para servirlo y amarlo (v. 6), se les concederá una participación plena en vida litúrgica del pueblo elegido: acceso al templo, alegría en las fiestas, aceptación de sus sacrificios. El templo es llamado “casa de oración”, es decir, espacio para el encuentro con Dios, y por tanto estará abiertos a “todos los pueblos”.

            Esta línea universalista llegará a su culminación en el Nuevo Testamento, donde “no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer; sino que todos son uno en Cristo Jesús” (Gal 3,28). Para alcanzar la salvación no se exigirá ninguna obra especial, sino solamente creer en Jesucristo y ni el mismo templo será necesario, pues todos adorarán al Padre, “en espíritu y en verdad” (Jn 4).

 

            La segunda lectura (Rom 11,13-15.29-32) proclama el principio paulino de la elección eterna de Israel, pues “los dones y la vocación de Dios son irrevocables” (v. 29). Para Pablo, el rechazo de Cristo de parte del pueblo judío es sólo temporal y en vistas a una nueva admisión a la salvación. Dios obra siempre de acuerdo al principio de la misericordia. Los gentiles han llegado a la salvación misericordiosamente, “así también, ellos (los judíos) al presente se han rebelado con ocasión de la misericordia otorgada a vosotros, a fin de que también ellos consigan ahora misericordia” (v. 31).

 

            El evangelio (Mt 15,21-28) inicia presentando la apertura de la misión histórica de Jesús hacia los pueblos no judíos: “Saliendo de allí Jesús se retiró hacia la región de Tiro y Sidón” (v. 21). En la tradición bíblica y profética las dos ciudades a menudo son asociadas como representantes de los pueblos paganos (Is 23,2.4.12; Jer 47,4). En esta región se produce el encuentro de Jesús con una mujer pagana que con su fe humilde y perseverante se convierte en una especie de primicia y de signo profético de la misión cristiana extendida a los paganos. Esta misión será inaugurada por la resurrección y entronización de Jesús como Señor (Mt 28,18-19).

            Ciertamente los evangelios dan testimonio de que la misión histórica de Jesús estuvo encuadrada en el proyecto salvador de Dios: él fue enviado “a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mt 15,24). Parar que se realice fielmente el proyecto de Dios, la misión de Jesús es orientada hacia el pueblo de Israel, heredero de las promesas mesiánicas, pero necesitado de guía como “ovejas que no tienen pastor” (Mt 9,36). También la misión pre-pascual de los doce enviados por Jesús se coloca dentro de los límites histórico-geográficos correspondientes al plan salvador de Dios: “No toméis camino de gentiles ni entréis en casa de samaritanos; dirigios más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mt 10,5b-6).

            Dentro de este marco histórico-teológico se coloca el encuentro de la mujer cananea con Jesús y sobre todo la frase que Jesús le dirige: “No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos” (Mt 15,26). En la tradición bíblica se llamaba “perros” a los adversarios, a los pecadores, a los pueblos paganos idólatras (Sal 22,17.21; Fil 3,2; Ap 22,15).

            El pan de la mesa, el don del reino y de la salvación, está reservado a los hijos, es decir, a los israelitas. La mujer cananea reconoce con la respuesta que da a Jesús el estatuto del Israel histórico:  “sí, Señor, pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de los amos” (Mt 15,27). Reconoce que Israel es el destinatario de los bienes mesiánicos, pero al mismo tiempo pide no quedar excluida a causa de su condición pagana.

            Es entonces cuando Jesús le muestra el nuevo camino de acceso a los bienes mesiánicos: la fe. La curación de su hija, obtenida por medio de la fe humilde y constante de la mujer pagana, es un signo que anticipa este nuevo camino, abierto también a los no-judíos, para tener parte en la mesa de los hijos y llegar a formar parte plenamente de la casa de Israel.

            A través del pequeño drama descrito en el texto, el evangelista Mateo traza el itinerario de fe de los no judíos. La mujer es llamada “cananea”, adjetivo que la contrapone simbólicamente a los hebreos destinatarios de la misión histórica de Jesús: la “casa de Israel”. No obstante su condición de pagana, ella invoca a Jesús con títulos que evocan la fe mesiánica: “Señor, hijo de David” (Mt 15,22). Luego se presenta con la actitud típica del orante que suplica: “Vino a postrarse ante él y le dijo: Señor, socórreme” (Mt 15,25). Al final la mujer pagana, perseverando en su súplica, no rechaza el estatuto histórico de Israel, sino que pide ser asociada en cierto modo al pueblo de la alianza y de las promesas. Gracias a esta fe humilde y constante Jesús le anuncia el nuevo camino que abre de hecho a los paganos el banquete mesiánico y escatológico, la fe: “Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas” (Mt 15,28; Mt 8,10-12).

 

 

 

Las lecturas de hoy demuestran que es justo, como hizo Jesús aceptando que la salvación estaba destinada a los judíos, encarnarse en la propia cultura y vivir a fondo la propia tradición religiosa, sin caer en un sincretismo indiferenciado que nos haga renegar o perder los propios valores. Pero también es justo reconocer, a la luz de la pascua de Cristo, que el “verdadero Israel” no pasa ya a través de los confines del Israel racial, sino sólo en el ámbito de la fe, pues la promesa hecha a nuestros padres es hoy para toda la humanidad a través de la Iglesia, “instrumento universal de salvación”.

Es indispensable además que nos volvamos sensibles a los altísimos valores presentes en las diversas religiones, culturas y mundos sociales diferentes a los tradicionalmente cristianos, pues como dijo Jesús: “vendrán muchos de oriente y de occidente y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos” (Mt 8,11). El mensaje cristiano es amor y respeto para todo hombre; el mensaje cristiano es destinado a todo hombre y no sólo a una secta de puros; el mensaje cristiano es apertura a todos los valores de la humanidad.