DOMINGO XXI

(Tiempo Ordinario – Ciclo A)

Is 22,19-23

Rom 11,33-36

Mt 16,13-20

El evangelio de este domingo nos ubica en un momento crítico del ministerio de Jesús en Galilea cuando el Maestro es rechazado por su pueblo y su misión parece haber fracasado. Pero precisamente es en ese momento cuando sus discípulos por boca de Pedro lo reconocen como el Mesías, el Hijo del Dios vivo. Esta adhesión de aquel grupo inicial expresa la fe de la iglesia de Mateo y la fe de la iglesia de todos los tiempos. Jesús por su parte encarga a Pedro, y a través de él a toda la comunidad eclesial, la misión de salvaguardar y anunciar esta fe en la historia y de congregar al nuevo Israel que ha empezado a ser reunido en torno a Jesús.

La primera lectura (Is 22,19-23) constituye un oráculo de denuncia contra un tal Sobná (Is 22,15), alto oficial de la corte de Jerusalén que parece haberse excedido en sus funciones y haber hecho derroche de lujo y de prepotencia en un momento crítico de la historia del pueblo (Is 22,16-18). El Señor lo destituye de su cargo por boca del profeta Isaías: "Te quitaré de tu puesto, te echaré de tu cargo" (Is 22,19). Resulta curioso que Dios mismo intervenga en los asuntos palaciegos de la corte de Jerusalén, pero hay que recordar que en el antiguo Israel no había una clara distinción entre la esfera religiosa y la esfera política, las funciones del monarca se confundían con las de los sacerdotes y el curso de las decisiones reales condicionaban tanto la vida social y económica como la misma relación del pueblo con Dios.

El Señor destituye a Sobná y pone en su lugar a otro mayordomo real: "Llamaré aquel día a mi siervo Eliaquín, el hijo de Jelcías" (Is 22,20). Eliaquín es un hombre más digno que tomará el lugar de Sobná, el anterior superintendente del rey. El Señor llama a Eliaquín "mi siervo", frase que en la Biblia se utiliza para designar a una persona que con su corazón y su conducta sigue la ley del Señor y está consagrado al servicio de Dios. El mismo profeta Isaías fue llamado en una ocasión "Isaías, mi siervo" (Is 20,3). Eliaquín, por tanto, es elegido al nuevo cargo por ser un hombre íntegro y fiel a Dios.

Según la costumbre del antiguo medio oriente el nuevo mayordomo del rey debía recibir su cargo a través de una solemne investidura a través de la cual recibía los nuevos poderes. El texto habla de dos signos: "lo vestiré con una túnica y le colocaré una banda... pondré las llaves sobre sus hombros" (Is 22,21.22). La túnica y la banda con la que se cubría a la persona indicaba el traspaso de un oficio, como cuando Elías cubre a Eliseo con su manto llamándolo al ministerio profético (1 Re 19,19); las llaves son el símbolo del poder y de la autoridad, y por esta razón es que no se colocan en la mano de la persona sino sobre su hombro (Is 9,5: "sobre sus hombros descansa el poder"). El poder de las llaves consistía no sólo en la supervisión y administración de las cosas de la corte, sino que también abarcaba el poder de decidir sobre quién podía entrar al servicio del rey: "cuando abra, nadie podrá cerrar; cuando cierre nadie podrá abrir" (Is 22,22). El encargo dado a Eliaquín es llamado en hebreo memshélet, es decir "gobierno", "autoridad" (Is 22,21), lo cual hace pensar que el cargo que recibía estaba muy ligado a la autoridad del mismo rey. Por eso se afirma también: "El será un padre para los habitantes de Jerusalén" (Is 22,21). La palabra hebrea ab, padre, en otros casos se aplica al rey como padre de la tierra y del pueblo (Is 9,5: "su nombre es consejero prudente... padre perpetuo"). Eliaquín será como "un clavo colocado en un lugar resistente, motivo de gloria para la casa paterna" (v. 25). La imagen del clavo colocado fuertemente evoca en otros textos a los gobernantes de las naciones (Zac 10,4). El texto narra un traspaso de poderes que se reciben de parte de Dios mismo, que se ejercitarán en su nombre con autoridad y eficacia, y que marcan el inicio de una época de prosperidad y éxito.

Parece ser, sin embargo, que tampoco Eliaquín actuó con justicia. Por eso algún redactor añadió los vv. 24-25 que no se leen en el texto de la liturgia de hoy y que hablan de su futura caída. Este redactor enlazó la imagen del clavo con la de los parientes de Eliaquín que se "cuelgan" de él: "los descendientes y herederos colgarán de él todas las riquezas de la casa paterna, hasta las copas y las jarras y las cosas pequeñas" (v. 25). Se aprovechan del cargo para el propio enriquecimiento familiar. Por eso la caída de Eliaquín será mucho más estrepitosa que la de su predecesor Sobná, porque arrastrará consigo a su propia familia: "Aquel día, oráculo del Señor todopoderoso, cederá el clavo fijado en un lugar resistente, y caerá y se destrozará cuanto de él colgaba" (v. 26). Es el destino de las autoridades corruptas que vician con su ambición el ejercicio del poder.

El evangelio (Mt 16,13-20) de hoy ha suscitado muchas polémicas a nivel exegético y teológico en el diálogo con las iglesias no católicas en torno a la figura del Papa y de su autoridad. Ciertamente el problema redaccional del texto es complejo. Nos limitaremos a exponer su estructura y las ideas teológicas más relevantes para nuestra fe a la luz del contexto del mismo evangelio de Mateo.

En primer lugar se narra un diálogo entre Jesús y los discípulos acerca de su identidad: "¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?... Y según ustedes, ¿quién soy yo?" (vv. 13-15) y luego un diálogo directamente con Pedro que habla en nombre de todos: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo" (vv. 16-19). Ciertamente hay una íntima relación entre el grupo de discípulos y Pedro. La misma declaración mesiánica de este último ha sido ya en parte anticipada en la profesión de fe de los discípulos que habían acogido a Jesús en la barca después del misterioso encuentro nocturno en el lago (Mt 14,33: "Verdaderamente eres Hijo de Dios"). Por tanto, la profesión de fe de Pedro representa la del grupo entero. Es la fe de la comunidad de Jesús y de la iglesia de todos los tiempos.

A continuación Jesús se dirige a Pedro directamente desde tres perspectivas diversas. (a) Le dirige una bienaventuranza (v. 17: "bienaventurado tú Simón, Hijo de Juan, porque eso no te lo ha revelado ningún mortal, sino mi Padre que está en los cielos"). Pedro es llamado bienaventurado, dichoso, no por sus propios méritos sino porque ha sido objeto de la revelación que el Padre del cielo hace a los pequeños (Mt 11,25-2). Dios le ha concedido a Pedro el don de reconocer a Jesús como Mesías e Hijo de Dios. (b) Jesús le hace a Pedro una promesa sobre su destino: él será la base y el fundamento de la construcción de la comunidad mesiánica que ya ha comenzado a reunirse en torno a Jesús. Esta comunidad, igual que el Mesías, no sucumbirá a la muerte: "el poder de la muerte no podrá contra ella" (v. 18). Pedro será la piedra de cimiento para este nuevo Israel. El cambio de nombre confirma la promesa. La fe de Pedro será la piedra firme y sólida sobre la cual se construirá una y otra vez la comunidad de Jesús a lo largo de la historia. (c) Jesús le anuncia a Pedro su misión futura simbolizada en las llaves, que indican autoridad y responsabilidad (cf. Is 22,22; Ap 3,7). A través de la vida y la misión de la comunidad eclesial se anunciará y se celebrará el reino de Dios en la historia. Y las llaves de esta comunidad se entregan a Pedro. El tendrá la autoridad de "atar" y "desatar", es decir, tendrá la autoridad de interpretar con autoridad la voluntad de Dios y de adaptarla a las nuevas situaciones de la comunidad.

Pedro no será como las falsas autoridades religiosas que no dejan entrar a los hombres en el reino de los cielos y que Jesús ha criticado duramente ( Mt 23, 13); Pedro tampoco atará cargas insoportables sobre los hombros de la gente (Mt 23,4), ni exagerará los distintivos religiosos para ser visto y alabado por los demás (Mt 23,5). Pedro deberá, como discípulo sabio del reino de los cielos, interpretar fielmente con la autoridad recibida de Jesús la voluntad de Dios para permitir a los hombres entrar en el reino. En efecto, en el evangelio de Mateo acoger y obedecer la voluntad de Dios es la condición para entrar en el reino (Mt 7,21). El servicio de Pedro es un servicio a la palabra de Jesús en la que se expresa la voluntad del Padre. Pedro también vivirá siempre con la conciencia lúcida de que "el discípulo no es más que su maestro, ni el siervo más que su señor" (Mt 10,24). Su misión y su autoridad es fundamental en la iglesia pero su autoridad estará siempre marcada por el servicio humilde a imagen del Hijo del hombre, que "no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por todos" (Mt 20,28). Pedro, cuya fe será la piedra de cimiento de la Iglesia de Jesús, recibe el encargo de ser "mayordomo" y "supervisor" (primera lectura) de esta comunidad mesiánica, que como nuevo pueblo de Dios tiene como misión anunciar el reino y luchar para que los hombres se vean libres de la esclavitud del mal y de la muerte.