(Tiempo ordinario – Ciclo A)

 

 

 

 

Jeremías 20,7-9

Romanos 12,1-2

Mateo 16,21-27

 

La vida del profeta y del discípulo, caracterizada por la contradicción, la oscuridad, el sufrimiento y el silencio de Dios, se vuelve prototipo y símbolo de la vida del hombre de Dios y del creyente. En ella se transparenta la lógica del “perder” y del “renunciar”. Es el camino de la cruz. Es la vida entendida y asumida como amor y como donación de la propia existencia. Un estilo de vida y una lógica existencial que sólo se entienden a partir del camino histórico de Cristo, se alimentan del amor por él y la comunión con él y se iluminan definitivamente con su pascua.

 

La primera lectura (Jer 20,7-9) alude a un momento culminante del libro de Jeremías que hemos ya encontrado en el leccionario del 12º domingo. Se trata de la última y más intensa “confesión” del profeta, en la cual se mezclan y se dejan entrever en la figura del “yo” sufriente del texto, la suerte de Jeremías, la de la ciudad de Jerusalén y la de los pobres de Yahvéh perseguidos a causa de su fidelidad a Dios.

El profeta Jeremías, conocido y elegido por Dios “desde el seno materno”, consagrado “antes que naciese” y constituido “profeta de las naciones” (Jer 1,5), sufrió continuamente en el cuerpo y en el espíritu el rechazo y la persecución, el sufrimiento físico y la lacerante contradicción del silencio de Dios. En Jeremías la profecía no aparece en un momento particular de su vida, sino que envuelve la totalidad de su existencia. Su vida es una verdadera encarnación de la palabra de Dios. Su mismo cuerpo aparece indisolublemente unido con la vocación y la misión profética (Jer 1,5). Por eso sus sufrimientos, su marginación social y su soledad (15,10.17; 16,1-5), las persecuciones y las acusaciones que soporta (11,18-19; 20,10), los azotes, las torturas, la cárcel y su condena a muerte de parte de las autoridades (20,1-6; 26,11; 37,15-16; 38,1-13), expresan concretamente la suerte reservada a Dios mismo y a su palabra.

En el momento de la crisis y de la prueba Jeremías siente que delante de Yahvéh ha actuado con una fascinación irracional, está convencido que Dios lo ha engañado como se seduce a alguien inexperto, con promesas falsas (Jer 1,18-19): “Me sedujiste y me dejé seducir, me has agarrado y me has vencido” (20,7). El profeta se ha sentido “seducido” (verbo hebreo: patáh) por Dios, como “se seduce (patáh) a una muchacha soltera...” (Ex 22,15). La imagen es violenta: como la muchacha que ha sido seducida y burlada, también Jeremías siente que una llamada que parecía fundada en el amor está resultando dolorosa, forzada y engañosa. Se dejó seducir por bellas promesas de amor de parte del Señor (cf. Jer 1), pero ahora se encuentra solo y abandonado, objeto de burla de toda la gente y en manos de sus enemigos que se ensañan contra él.

El profeta reconoce que él también es responsable de esta situación por haber aceptado el ministerio profético (v. 7: “me dejé seducir”), pero la responsabilidad mayor es de Dios ya que la iniciativa de la misión profética ha sido suya y él es el más fuerte (v. 7: “me has agarrado y me has vencido”). Al borde de la blasfemia Jeremías acusa a Dios de engaño y de cobardía. El ministerio profético le ha traído solamente “insulto y burla” (v. 8) ya que debe predicar, muy a pesar suyo, solamente desgracias para sus conciudadanos. Él ama su ciudad, posee un temperamento pacífico y romántico y, sin embargo, debe proclamar constantemente para Jerusalén “violencia y ruina” (v. 8) y ser objeto de risas (v. 7) y de persecución (v. 10).

Jeremías vivió profundas contradicciones en su vida debido a la obediencia a la palabra de Dios, pero llega un momento en que todo se vuelve muy duro y la tentación de abandonar es muy fuerte. Se vuelve casi una decisión: “Yo me decía: no pensaré más en él, no hablaré más en su nombre” (v. 9). El profeta, hombre de la palabra por vocación, desea callar; el hombre llamado por Dios, no quiere volverse a acordar de aquel que lo ha llamado. Es el momento de la crisis, del desconcierto y del silencio divino. Pero Dios, que aparentemente calla, precisamente en ese instante está presente en su interior como fuego devorador, imposible de contener. La palabra de Dios, la misma que él escuchó al inicio de su vocación, arde como un incendio que penetra sus huesos y que el hombre no puede detener o apagar. Se apodera del profeta desde dentro, buscando expresión y resonancia desde sus entrañas: “Pero era dentro de mí, como un fuego ardiente, encerrado en mis huesos; me esforzaba en sofocarlo pero no podía” (v. 9). Esta confesión profética es la dramática experiencia del martirio cotidiano del hombre de Dios, llamado a consumirse día a día por aquella Palabra que lo quema por dentro. En el umbral de la desesperación Jeremías vuelve a experimentar la fuerza de la Palabra que lo arrastra y lo transforma. Ya no es un ingenuo muchacho, como al inicio; ahora con mayor conciencia vuelve a asumir su misión, y desde la muerte de la prueba y del dolor incomprendido continuará anunciando sin cesar la Palabra. Aquella misteriosa palabra que es su muerte y su vida.

 

La segunda lectura (Rom 12,1-2) traduce la experiencia de consagración a Dios vivida por Jeremías en forma de catequesis para el cristiano: “Os pido, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que os ofrezcáis como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Este debe ser vuestro culto auténtico (o razonable) (griego: logikén lautría)” (v. 1). Para Pablo la vida cristiana tiene sentido cultual, valor de sacrificio que Dios acepta (cf. Eclo 35,1-3; Jn 4,23). La oblación genuina del cristiano no es hecha de ritos perfectamente ajustados a unas rúbricas externas. Aún más, Dios rechaza el culto que no va acompañado de una existencia coherente en la justicia y la caridad (cf. Os 6,6; Is 1,-10-20; Jer 6,20; 7,21-26; Miq 6,6-8). Es solamente con la donación de la existencia a través del amor, la rectitud y la justicia, que rendimos culto al Señor en forma apropiada.

Todo esto requiere un constante ejercicio de búsqueda y discernimiento de la voluntad de Dios, lo cual exige docilidad a la sabiduría que viene del Espíritu y una gran dosis de renuncia a sí mismo. Por eso no basta el conocimiento de la norma y de la ley, sino que hay que buscar y elegir siempre las cosas buenas y mejores (v. 2). El discernimiento correcto (verbo griego: dokimázein) exigirá sobre todo un cambio de mentalidad, un esfuerzo por salir de la inercia del “mundo presente” (griego: aiónios toútos) (en sentido bíblico el mundo de la fragilidad, lo transitorio y pecaminoso), superando los criterios mundanos (Sant 4,4) y proyectándose en el descubrimiento continuo, dinámico y comprometido de la voluntad de Dios que siempre abre al hombre nuevos horizontes de futuro. 

 

El evangelio (Mt 16,21-27) nos sitúa en el momento en que Jesús inicia el camino hacia Jerusalén al encuentro de su destino, según la voluntad del Padre plenamente aceptada: “Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y que tenía que sufrir mucho por causa de los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley; que lo matarían y al tercer día resucitaría” (v. 21). El texto tiene como objeto mostrar que el camino doloroso y humillante del Mesías que dona su vida entra en el proyecto de Dios. Jesús revela a sus discípulos el significado de su camino histórico, que se concluirá trágicamente en Jerusalén. Las palabras de Jesús son una síntesis de la catequesis cristiana: pasión, muerte y resurrección, forman parte del plan de Dios, tanto para el Mesías como para sus discípulos.

 Pedro, de nuevo como portavoz del grupo, no comprende las palabras del Maestro y se opone a su camino: “Lejos de ti, Señor. No te ocurrirá eso” (v. 22). La lógica de la posesión y del éxito choca con la lógica de la donación y del amor. Es en ese momento cuando Jesús le da a Pedro el título de “Satanás” (v. 23), ya que las palabras de éste último no son inspiradas por el Padre sino por el enemigo que tiene un proyecto opuesto al del Padre (Mt 4,10). Paradójicamente Pedro, roca y fundamento de la comunidad mesiánica (evangelio del domingo pasado) se vuelve obstáculo y piedra de tropiezo para el proyecto de Dios. Tal es la ambigüedad y el camino de maduración de todo discípulo. Pedro todavía no acepta la mentalidad de Jesús porque no ha comprendido el valor fecundo del ocultamiento, de la renuncia, de la pequeñez, del fracaso por amor. Quiere imponer a Jesús otra vía haciendo de maestro.

Por eso Jesús le dice a continuación: “Colócate detrás de mí Satanás” (v. 23), (literalmente en griego: hypáge opíso mou satana) y no como corrientemente se traduce esta frase: “apártate de mi Satanás”. Jesús exhorta a Pedro a “colocarse detrás” de él, es decir, lo invita a volver a ocupar su lugar de discípulo, detrás del Maestro. Lo exhorta a pensar como Dios y no como los hombres (v. 23). El auténtico discípulo es el que sigue el ejemplo de la entrega de Jesús, el que lo sigue obedeciendo su palabra, el que piensa con los criterios del Padre y no con los del mundo. 

 

Luego Jesús se dirige a todo el grupo de los discípulos y les ofrece una catequesis sobre la donación y la cruz en tres puntos (vv. 24-27):

 

(a) El discípulo acepta el martirio y la cruz como Cristo. La cruz evoca la imagen del condenado a una muerte infame y degradante, reservada a los rebeldes y a los criminales públicos. El discípulo está dispuesto incluso a perderlo todo, incluida la vida física y los bienes materiales, con tal de ser perseverante y fiel a la palabra del Maestro e imitarlo hasta las últimas consecuencias. La ascética cristiana es en primer lugar una necesidad del amor que quiere identificarse con la vida de Cristo. Cualquier motivación ascética deja de ser cristiana y humana –y pasa a convertirse en estoicismo, puro ejercicio de la voluntad o pasa a ser una forma de pesimismo ante las posibilidades humanas– si no está animada por la imitación de Cristo a causa de un amor mayor que nosotros mismos. La ascética no es cristiana si no nos humaniza, si no nos libera, si no nos hace crecer en el amor.

 

(b) La donación y la renuncia cristianas no son un fin en si mismas, ni un mero ejercicio de ascesis y penitencia, sino actitudes existenciales orientadas a “encontrar” el “tesoro” del reino (Mt 13,44). El paralelismo “salvar-perder”, “perder-encontrar” revela que solamente quien da todo vuelve a encontrarlo todo en una dimensión definitiva. Quien vive para sí mismo está en camino de perderlo todo irremediablemente. La causa de Cristo es la causa de la plenitud del hombre. Cualquier militancia o fidelidad exige formas de disciplina, de ascesis, de abnegación. El discípulo cristiano, llamado a alcanzar la plenitud de la propia existencia en el reino definitivo, asume la vida sin egoísmo y en un proyecto de amor. Para Jesús esa es la prueba de un amor mayor y el único camino para alcanzar la vida definitiva. Entretejida en los avatares cotidianos de la vida cotidiana está la cruz que debemos cargar cada día. Lo que la vida misma tiene de abnegación, se transforma en ascética cristiana en la medida que se motiva con amor y nos relacione conscientemente con la llamada de Jesús a seguirlo “cargando cada día con nuestra cruz”.

 

(c) Ninguna cosa, por grande que sea, puede compararse a la realización de la propia vida. En efecto, “¿de qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida?” (v. 26). Por eso Jesús invita a una decisión radical, libre de todo obstáculo, para ganar y realizar la propia existencia a través de la entrega y el sacrificio de sí mismo por su causa. La abnegación o ascética cristiana ciertamente supone la renuncia al mal y al pecado, pero va más allá. La abnegación cristiana nos lleva ocasionalmente a renunciar incluso a lo legítimo, en vista de imitar a Jesús y de buscar a un Dios siempre mayor. La ascética cristiana como renuncia a valores legítimos constituye lo más específico del testimonio cristiano: al renunciar a ellos revelamos la naturaleza escatológica de la vida humana, que apunta a valores superiores. Al renunciar a lo legítimo damos testimonio de nuestra fe en los valores del Espíritu y de nuestra esperanza en el reino por venir como único valor absoluto.

 

Jeremías encuentra en su abandono y su sufrimiento el fuego de la palabra que lo transforma y lo envía de nuevo. El ofrecimiento de sí mismo que Pablo propone se vuelve ofrenda agradable a Dios. Jesús invita a “perder” la propia vida para “encontrar” la vida. La muerte y resurrección de Cristo revelan que la donación y la renuncia cristianas no son nunca un fin en sí mismas, ni una simple práctica religiosa, sino el camino hacia la gloria y la vida verdaderas. Es el misterio de la pascua realizado una y otra vez en la historia de la salvación, en la vida de los profetas, de los apóstoles y de cada creyente. La solidaridad y la comunión con el Cristo sufriente desembocan siempre en la solidaridad con el Cristo glorioso.