(Tiempo Ordinario – Ciclo A)

 

 

 

Is 45,1.4-6

1 Tes 1,1-5b

Mt 22,15-21

 

Dios es el Señor de la historia: ésta podría ser la síntesis del mensaje bíblico de este domingo. El profeta Isaías proclama el señorío de Dios que desborda los confines de Israel. Cualquier hombre puede ser elegido por el Señor para llegar a ser instrumento de una salvación que no es un simple logro o realización humana sino don gratuito de Dios (primera lectura). El apóstol Pablo alaba a Dios por la calidad de vida cristiana de los tesalonicenses, que impregnan la historia de un actuar que no es determinado sólo por la voluntad humana, sino inspirado y movido por el Espíritu Santo (segunda lectura). El Señor Jesús con gran fineza y habilidad desenmascara la hipocresía de quienes lo interrogan y proclama el horizonte religioso de la relación con Dios, liberándolo de las sutiles distinciones ético-jurídicas que ponían a Dios al mismo nivel del hombre (evangelio). Dios es el único Señor.

 

La primera lectura (Is 45,1.4-6) pertenece al profeta anónimo que durante el tiempo del exilio animó la esperanza del pueblo y anunció el feliz retorno a la tierra, conocido como Deuteroisaías o Segundo Isaías (Is 40-55). En los capítulos 40-48 del libro anuncia a los desterrados la liberación del dominio de Babilonia, mientras que en los capítulos 49-55 parece dirigirse al segundo grupo de los que regresan a la patria y emprenden la reconstrucción del país.

El oráculo que hoy leemos en la liturgia constituye una de las profecías más sorprendentes del libro. Desde el exilio babilonense el profeta habla a los desterrados para iluminar y fortalecer la fe en el único Dios, Señor de la historia. El profeta se refiere al rey Ciro, el monarca medo-persa che había conquistado el imperio de Babilonia, llamándolo “mesías del Señor” (ungido), a quien Dios “ha tomado de la mano” (v. 1). El texto celebra las grandes victorias del rey Ciro, quien “ha sometido a las naciones, destronado reyes” y ante quien “se han rendido ciudades enteras” (v. 1).

Ciro, con su célebre edicto del año 538, había echado a andar una nueva política internacional. A diferencia del antiguo imperio centralizador de Babilonia, que practicaba el exilio de pueblos enteros, Ciro prefiere promover la autonomía de las varias comunidades étnicas y nacionales que componían el imperio persa. Gracias a esta nueva política internacional el pueblo judío puede volver a su tierra y reconstruir la nación. El pueblo de la Biblia debe históricamente a Ciro, rey de Persia, haber tenido la posibilidad de regresar a la tierra prometida y rehacer las estructuras del país.

El profeta ve en esta acción de Ciro la mano poderosa de Dios que dirige la historia de los pueblos. Lo novedoso del oráculo es que se proclama como instrumento de la liberación a un rey pagano y extranjero que no conocía al Dios de Israel, el único Dios. En efecto el Señor le dice a Ciro: “Yo soy el Señor y no hay otro; no hay otro dios fuera de mí. Te he hecho fuerte aunque no me conocías” (v. 5). La expresión “aunque no me conocías” se repite dos veces, al final del v. 4 y al final del v. 5. No obstante la ignorancia religiosa y la ausencia de fe en el rey persa, Dios lo utiliza para realizar sus designios, revelándose así árbitro de la historia y del tiempo.

El texto es importante por diversos motivos. En primer lugar porque es un buen ejemplo de una lectura de la historia iluminada por la fe: en medio de las vicisitudes históricas, la fe descubre un proyecto providencial de parte de Dios. Por una parte está el nivel de los hechos leídos objetivamente y explicados con la ayuda de las ciencias humanas, el nivel de la crónica y de la historiografía; por otra, está la mirada profética que descubre la presencia (o la ausencia) de Dios y su proyecto liberador en los acontecimientos de la historia humana. La fe bíblica no niega ninguna de las dos lecturas, pero tampoco las confunde. En segundo lugar el texto demuestra que el creyente bíblico no debe contraponer los reinos humanos al reino de Dios. Este último se realiza y va alcanzando su plenitud como “levadura” o “pequeña semilla de mostaza” en medio de los acontecimientos. El creyente no puede vivir desinteresado de los hechos de la historia y de la situación del mundo, ya que es en medio de ellos que llega y se manifiesta el poder salvador del Señor de la historia, pero tampoco debe soñar con un orden humano sometido expresamente en todo a la religión, en una especie de “estructura teocrática” del mundo. La fe ilumina la historia pero no le niega su autonomía. (cf. Gaudium et Spes, 36).

 

La segunda lectura (1 Tes 1,1-5b) constituye el exordio de la primera carta de Pablo a los tesalonicenses, el escrito más antiguo del Nuevo Testamento. En estos versículos el Apóstol hace una pequeña descripción del misterio de la comunidad, vista tanto en su aspecto humano como teológico. Las afirmaciones teológicas principales de Pablo son tres: (1) La comunidad cristiana es ante todo obra de Dios: “conocemos hermanos amados de Dios, cómo fueron elegidos” (v. 4). (2) La acción evangelizadora que crea la comunidad no se fundamenta en palabras, sino en la manifestación “de la acción del Espíritu Santo” (v. 5). (3) Quienes forman la comunidad se comprometen a vivir según las tres virtudes teologales: una fe viva y operante, una caridad madura y eficaz, y una esperanza constante y fuerte (v. 3).

 

El evangelio (Mt 22, 15-21) retoma la temática de la primera lectura sobre la relación del creyente con la historia y las realidades temporales. Los fariseos y los herodianos se acercan a Jesús con una pregunta para ponerlo a prueba, interrogándolo sobre la licitud de pagar o no el tributo a Roma, la potencia imperial a la que estaba sometida la pequeña provincia de Judea en aquellos años (vv. 15-17). Para los judíos de la Palestina de los años 30, la cuestión del tributo al emperador encerraba una problemática política y religiosa. Pagar el tributo al César era un signo claro de sometimiento a un poder extranjero. Esta ausencia de autonomía política planteaba a Israel al mismo tiempo un problema religioso, ya que a través del tributo el emperador de Roma, un rey pagano, reivindicaba una forma de reconocimiento y de “culto” que a los ojos de los judíos aparecía idolátrico y perverso.

La astuta pregunta de fariseos y herodianos: “¿estamos obligados a pagar impuesto al emperador o no? (v. 17), tenía el claro objetivo de hacer caer a Jesús en una trampa, ya fuera que criticara la autoridad del César o aceptara pagar el tributo a Roma. En el primer caso, si Jesús hubiera criticado abiertamente la autoridad del emperador, se habría enfrentado directamente al imperio a través de una postura política claramente anti-romana, dando la razón al partido de los zelotas, instigadores de la objeción fiscal y de la revolución armada. En el segundo caso, si Jesús hubiera simplemente aprobado el tributo a Roma, habría demostrado que aceptaba la autoridad divina del emperador a través de una posición política filo-romana, en abierta contraposición con la religión de Israel y la forma de pensar de la gran mayoría de los judíos de su tiempo.

Jesús escapa de la trampa insidiosa, pasando del plano ideológico de los fariseos y de los herodianos, al plano práctico, en el cual se coloca la decisión religiosa que tiene que ver con la relación con Dios. Jesús se sitúa a otro nivel y hace que el diálogo pase del plano ideológico, centrado en la discusión de la licitud del tributo al emperador, a la decisión religiosa, afirmando la íntegra y total entrega del hombre a Dios como único Señor.

Siguiendo la técnica de la controversia, Jesús les pone otra pregunta sobre un hecho que es aparentemente banal, pero que en su sólida evidencia no permite ningún tipo de sofisma ideológico. Jesús acompaña sus palabras con un gesto, al estilo de los antiguos profetas. Toma una moneda, en la cual estaba la imagen del emperador romano, y pregunta: “¿De quién es esta imagen y la inscripción?” (v. 20). Cuando le responden que en la moneda está la imagen del emperador, les invita a dar al emperador lo suyo y a Dios lo que sólo a él corresponde: “Dad al César lo que es del César y dad a Dios lo que es de Dios” (v. 21).

La conclusión de Jesús es clara sobre todo cuando separamos sus dos elementos. Los herodianos estaban de acuerdo en la opción pragmática de pagar los impuestos al emperador, pero precisamente por eso aparecían como colaboracionistas de los romanos a los ojos de los zelotas. Los fariseos, en cambio, estaban de acuerdo en reconocer el principio de la fidelidad a Dios como único Señor. Los zelotas, por su parte, deducían de este principio religioso la necesidad de rechazar el tributo y de combatir el poder de ocupación romana. La originalidad de la respuesta de Jesús está en el hecho de conjugar la opción pragmática de pagar el impuesto al César con la opción religiosa de la fidelidad a Dios.

Jesús en cierto modo rechaza la alternativa César o Dios. Para él, el emperador romano y Dios no se encuentran al mismo nivel. Al mismo tiempo Jesús afirma claramente la fidelidad y la entrega total que el hombre debe tributar solamente a Dios. Podríamos decir, utilizando un lenguaje de hoy, que Jesús respeta la autonomía del poder político, pero al mismo tiempo afirma implícitamente que la estructura política, representada en este caso por el emperador romano, no puede nunca colocarse al nivel de Dios, no puede ser divinizada.

Lo que pertenece al César, en el contexto inmediato de la discusión está claro: el dinero, símbolo del poder político y económico. Lo que pertenece a Dios lo afirma claramente la tradición bíblica: “Escucha Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda el alma y con todas tus fuerzas” (Dt 6,4-5). El amor íntegro y la donación total del hombre a Dios, único Señor, no admite compromisos ni particiones con ningún otro señor o poder de este mundo. Hay que dar a Dios, sólo a Dios, lo que es de Dios, pues el César, -ningún “César” de este mundo–, es Dios.

La salida de Jesús es genial. En primer lugar reconoce al poder civil su legítima autonomía, rechazando cualquier sueño teocrático. Dios no es presentado como alternativa al César, Dios está en otro plano muy diverso del emperador romano. Dios es el Señor de la historia y el Señor de cada hombre, creado a imagen suya. Al mismo tiempo Jesús enseña que ningún poder político, ningún gobierno, ningún “César” de este mundo, puede constituirse “dios” y “señor del hombre”. Los poderes dictatoriales tiránicos y las estructuras políticas injustas atentan contra el hombre y se erigen en amos de la historia, pretendiendo ocupar el lugar de Dios y usurpando así su soberanía sobre el hombre.

 

Los textos de hoy iluminan un aspecto importante de la vida cristiana: la relación entre fe y política. Naturalmente el tema es mucho más amplio y exigirá siempre reflexión y discernimiento de parte de la Iglesia en cada situación histórica. Lo que es claro es que la Palabra de Dios este domingo nos invita a superar dos tentaciones: la tentación “teocrática” y la tentación “espiritualista”. La primera se manifiesta en la falta de reconocimiento de la autonomía y legitimidad de las realidades sociales y políticas; la segunda en la actitud intimista e egoísta de quien renuncia a comprometerse a nivel social por la justicia y la paz. La Palabra de Dios nos invita hoy a ver la historia y las estructuras de este mundo con actitud de fe. Sólo la fe nos permitirá descubrir la presencia de Dios en medio de los acontecimientos del mundo y dar siempre a Dios lo que es de Dios.

 

"Veía (a Jesús), que, aunque era Dios que era hombre, que no se espanta de las flaquezas de los hombres... Puedo tratar como con amigo, aunque es Señor; porque entiendo no es como los que acá tenemos por señores, que todo el señorío ponen en autoridades postizas: ha de haber horas de hablar y señaladas personas que los hablen; si es algún pobrecito que tiene algún negocio, ¡más rodeos y favores y trabajos le ha de costar tratarlo! ¡Oh, si es con el Rey!, aquí no hay tocar gente pobre y no caballerosa, sino preguntar quiénes son los más privados; y a buen seguro que no sean personas que tengan el mundo debajo de los pies, porque éstos hablan verdades, que no temen ni deben; no son para palacio, que allí no se deben usar, sino callar lo que mal les parece, que aun pensarlo no deben osar por no ser desfavorecidos. ¡Oh, Rey de la gloria y Señor de todos los reyes! Cómo no es vuestro reino armado de palillos, pues no tiene fin!" (Libro de la Vida 36,5-6).