Mal 1,14-2,2.8-10

1 Tes 2,7-9.13

Mt 23,1-12

 

La Iglesia corre el riesgo de reproducir en su interior los mismos defectos de “los escribas y fariseos” del tiempo de Jesús (la hipocresía, el legalismo opresor, el exhibicionismo y la vanidad en la práctica religiosa) si no tiene como único modelo y maestro a Jesús, el Mesías humilde (Mt 11,28-30) que ha venido no a ser servido sino a servir y dar la vida por todos (Mc 10,45). La liturgia de la Palabra de este domingo es un llamado a abandonar la falsedad, la incoherencia de vida y el afán de dentro de la comunidad cristiana.

La primera lectura es una dura invectiva contra los guías espirituales del pueblo que, alejándose del camino recto de la voluntad del Señor, se han vuelto un tropiezo para el pueblo. La segunda lectura, en cambio, delinea la fisonomía del guía espiritual de una comunidad con la plástica imagen de una “madre”, que no sólo comunica los dones más preciosos que posee (el evangelio) sino también su propia vida. Finalmente el evangelio refleja la tensión existente entre dos concepciones del servicio religioso: la de Jesús y la de los escribas y fariseos de Israel. Mientras estos últimos viven la religión en forma pomposa, ávidos de poder y con la única intención de afirmarse ellos mismos, Jesús concibe la autoridad religiosa como un servicio realizado en nombre de Dios: “el mayor de ustedes será el que sirva a los demás” (Mt 23,11).

 

La primera lectura (Mal 1,14-2,2.8-10) es una página típicamente profética, en cuanto al tono y al argumento. Son palabras duras contra los sacerdotes de Israel que han pervertido su misión en la comunidad. El texto que se lee hoy en la liturgia pertenece a un bloque literario más amplio, todo él reservado al ministerio de los sacerdotes en el Templo (Mal 1,6-2,9). El profeta se dirige, por tanto, a las personas que están llamadas a ejercer un ministerio de orientación espiritual en la comunidad y que tienen la responsabilidad de la vida religiosa del pueblo de Dios.

Los sacerdotes en el antiguo Israel eran los ministros del culto que se realizaba en el Templo, los encargados de enseñar la Ley del Señor al pueblo y de transmitirles la bendición en nombre de Dios. El profeta les acusa porque han descuidado en forma irresponsable sus funciones y han pervertido en forma inmoral el ministerio sacerdotal. En una palabra, porque “no han dado gloria al nombre de Dios”. Dar gloria al nombre de Dios no es una cuestión de fórmulas o de declaraciones dogmáticas, sino un compromiso constante de orientar la conducta y las opciones de la vida según su voluntad. A estos sacerdotes el Señor mismo les arrebata el ministerio y los descalifica públicamente: “Si no me hacéis caso, si no os proponéis dar gloria a mi nombre, dice el Señor Todopoderoso, yo lanzaré contra vosotros la maldición: convertiré en maldiciones vuestras bendiciones; de hecho ya las he convertido en maldiciones porque ninguno hace caso” (2,2).

Estos sacerdotes no reconocen la soberanía absoluta del Señor y no viven en obediencia a su voluntad. Es la gran tentación del culto religioso: realizar puntualmente las rúbricas, los ritos y las ceremonias litúrgicas, pero sin dar gloria a Dios, es decir, reconociéndolo y obedeciéndole en la vida. Cuando esta incoherencia entre culto y vida se produce en los mismos responsables y guías de la comunidad, entonces se vuelve motivo de desorientación y causa de escándalo para mucha gente. Este es el gran pecado de los sacerdotes a los que condena Malaquías: “Vosotros os habéis desviado del camino, con vuestra enseñanza habéis servido de tropiezo a muchos y habéis invalidado la alianza” (2,8). El último versículo constituye un llamado urgente a volver a una relación recta con Dios, reconociéndolo como Creador y Padre. Así como la religión opresora e hipócrita oculta el rostro de Dios, la auténtica práctica religiosa se funda en la experiencia del único y verdadero Dios: “¿No tenemos acaso todos nosotros un mismo Padre? ¿No nos ha creado un solo Dios? ¿Por qué nos engañamos unos a otros y quebrantamos la alianza que Dios hizo con nuestros antepasados?” (2,10).

 

La segunda lectura (1 Tes 2,7-9.13) es como una antítesis de la condena profética de los sacerdotes de la primera lectura. Pablo se presenta como un auténtico servidor de la comunidad, como un hombre cercano a todos, disponible, que comparte la vida de la gente, lleno de ternura hacia el pueblo como “una madre”. El Apóstol no se impone, no hace gala de poder ni practica ningún tipo de autoritarismo en la comunidad, sino que se presenta como sacramento vivo del amor de Cristo: “Aunque podríamos haber hecho sentir nuestra autoridad como apóstoles de Cristo, nos comportamos afablemente con vosotros, como una madre cuida a sus hijos con amor. Tanto amor os teníamos que ansiábamos entregaros no sólo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas. ¡A tal punto llegaba nuestro amor por vosotros!” (vv. 7-8). Evangelizar es amar profundamente. Es “engendrar” y “educar” en la fe. Por eso Pablo, a su actitud “maternal” añade su firmeza “paterna” (v. 11: sabéis que tuvimos con cada uno de vosotros la misma relación que un padre tiene con sus hijos): “exhortándoos, animándoos e invitándoos a llevar una vida digna del Dios que os ha llamado a su reino y a su gloria” (v. 12).

 

El evangelio (Mt 23,1-12) es una dura crítica de Jesús a las autoridades religiosas de Israel representadas en “los escribas y fariseos”. Jesús pone en alerta a sus discípulos acerca de las deformaciones prácticas de estos guías espirituales del pueblo de Dios. Las palabras de Jesús no ponen en discusión su autoridad magisterial en relación con la Ley de Moisés, sino que su condena es a causa de la incoherencia de vida de esta gente, de su legalismo opresor, y de su afán por exhibirse y vanagloriarse.

Diversas son las denuncias de Jesús en este texto. En primer lugar la incoherencia de vida. Ya que “en la cátedra de Moisés se han sentado los maestros de la ley y los fariseos”, hay que distinguir entre doctrina comunicada (que debe ser acogida) y ejemplo negativo de quien enseña (que no debe imitado). Por eso dice Jesús: “Obedecedles y haced lo que os digan, pero no imitéis su ejemplo, porque no hacen lo que dicen” (v. 3). En segundo lugar Jesús les echa en cara el legalismo opresor, que brota del abuso de la autoridad magisterial y disciplinar que ostentan: imponen sobre los demás un yugo de normas y de tradiciones insoportables (v. 4). Jesús, en cambio, se presenta como un maestro liberador: “Venid a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí... Mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt 11,28-30).

En tercer lugar Jesús les critica su exhibicionismo religioso. Hacen todo para ser vistos y aprobados por los demás, se sirven de la práctica y de la observancia religiosa para hacerse publicidad, asegurándose prestigio y privilegios sociales. Un caso típico y concreto de esta ostentación religiosa lo constituyen “las filacterias”, que eran unas pequeñas cajitas que contenían dentro algunos textos de la ley y que se ataban al brazo izquierdo y en la frente durante la oración (Ex 13,9-16; Dt 6,89. Los observantes agrandaban estas cajitas como signo de devoción o bien las llevaban atadas todo el día. De igual forma alargaban las “franjas” del manto (Num 15,38-41) o “las borlas” que llevaban en los extremos del vestido (Dt 22,12), signos exteriores que tenían como objetivo recordar los mandamientos de la ley.

En cuarto lugar Jesús les critica su vanidad y su búsqueda de honor. Los fariseos y los maestros de la ley intentaban sacarle el mayor provecho, en el plano social y personal, al prestigio que deriva de su cargo religioso y de sus prácticas devotas. Jesús los condena porque buscan siempre los puestos de honor y ostentan sus títulos honoríficos (vv. 6-7). Jesús critica no tanto el título en sí mismo, sino la aureola de honor y prestigio que se deriva del título y lo que esos títulos representan en las relaciones comunitarias: la autoridad entendida como control y dominio de unos sobre otros. En efecto, la motivación para excluir absolutamente de la comunidad cristiana estos tratos honoríficos y estas relaciones de dominio son de tipo religioso: “Vosotros no os dejéis llamar maestros, porque uno es su maestro... ni llaméis a nadie padre en la tierra, porque sólo uno es vuestro Padre: el del cielo.. Ni os dejéis llamar jefes, porque uno sólo es quien os conduce: el Mesías” (vv. 8-10). Jesús exhorta a sus discípulos para que en la comunidad cristiana se dé siempre prioridad a la relación fraterna: “todos vosotros sois hermanos” (v. 8). La comunidad cristiana es una comunidad de hermanos, fundada en la dignidad de los hijos y las hijas que reconocen un sólo Padre, el del cielo.

La crítica radical de Jesús a los esquemas autoritarios, sin embargo, no excluye el papel de la autoridad en la comunidad, de la persona que tiene el encargo de ser “el primero”, “el responsable”. Jesús concibe este encargo como servicio, como diakonía, a ejemplo de él mismo, el siervo por excelencia, Mesías humilde y pobre que acoge y libera a quienes están oprimidos y aplastados bajo el peso de una religión que se servía del pueblo en favor de unos pocos (Mt 11,28-30; 20,26). La humildad del responsable de la autoridad en la comunidad se expresa y se concretiza en el servicio por los otros: “El mayor entre vosotros será el que sirve a los demás”.