Sab 6,12-16

1 Tes 4,13-18

Mt 25,1-13

 

La línea conductora del mensaje de las lecturas bíblicas de este domingo lo constituye aquella actitud fundamental por medio de la cual el hombre orienta rectamente su existencia y que la Biblia llama “sabiduría”. La sabiduría bíblica, en efecto, no consiste en conocer muchas cosas, sino en saber vivir y elegir los valores y el camino que llevan a la realización, al éxito y a la plenitud de la vida. La primera lectura hace referencia a esta sabiduría, “radiante y perenne”, que se deja encontrar de quien la busca apasionadamente. La parábola evangélica de las vírgenes sabias y las vírgenes insensatas que esperan al esposo retoma el tema de la sabiduría en clave cristiana: el discípulo de Jesús debe vivir “sabiamente” para que su encuentro definitivo con el Señor sea un acontecimiento de salvación y no de condena.

 

La primera lectura (Sab 6,12-16) está tomada del libro de la Sabiduría, un libro escrito en Alejandría al contacto con la cultura griega entre los años 150 y 30 a.C. El texto presenta la sabiduría en forma personificada, al estilo de Prov 8,22-30. Ella sale al encuentro del hombre, anticipándose y provocando el deseo de seguirla y de buscarla: “se adelanta para manifestarse a los que la anhelan... ella misma busca a los que son dignos de ella, por los caminos se les muestra con benevolencia, y sale al encuentro de todos sus pensamientos” (vv. 13.16). La sabiduría es reflejo de Dios y de su voluntad, por eso es “radiante e inmarcesible” (v. 12). El encuentro con la sabiduría es descrito con una serie de movimientos correlativos. Comienza ella “irradiando”: se adelanta, busca, sale al paso, conduce; el hombre, por su parte, la ama, la busca, la desea, madruga por ella, etc. La sabiduría es esfuerzo humano, pero sobre todo es don de Dios. Se da a conocer a quien la desea: “fácilmente la contemplan los que la aman y la encuentran los que la buscan” (v. 12).

En la teología del Antiguo Testamento la sabiduría es una actitud fundamental del hombre y del creyente. Los sabios se esforzaban en buscar y enseñar todo aquello que podía ser de ayuda al ser humano para orientarse en este mundo y de esta forma vivir y actuar mejor. La cuestión fundamental de la sabiduría bíblica podría ser formulada de este modo: ¿qué es lo bueno para el hombre? El ser humano es el punto de partida, el fundamento y el fin de la empresa sapiencial. Un mejor conocimiento de la realidad podía ciertamente ayudar a triunfar en la vida, a hacerla más equilibrada y feliz. Para ello se empeñaban en la observación atenta e imparcial de la realidad, por medio de la experiencia y de la razón, para establecer cuáles eran las acciones adecuadas en cada momento.

En la etapa más madura de la reflexión sapiencial bíblica, la sabiduría llega a coincidir con la fe y con la obediencia a la Palabra del Señor: “el principio de la sabiduría es el temor del Señor” (Prov 1,7). El hombre sabio, por tanto, es aquel que conoce el arte de vivir, no sólo iluminado por la experiencia de los años, sino también por la Ley del Señor. Por eso es fundamental buscar la sabiduría: “meditar sobre ella es la perfección de la prudencia, y el que por ella se desvela estará libre de inquietud” (v. 15).  La sabiduría auténtica no está ni en el conocer, ni en el saber explicar hábilmente la realidad con categorías conceptuales, sino en el actuar. El sabio no es dueño de la realidad, por eso muchas veces no “sabe”, pero sí puede “actuar” en modo sapiente. Vivir en el temor del Señor, el ideal de la sabiduría bíblica, es vivir en forma recta y justa, tantas veces sin ver el fruto de tal comportamiento y sin conocer a fondo su sentido.

 

La segunda lectura (1 Tes 4, 13-18) es una reflexión de Pablo sobre la segunda venida del Señor, dirigida a la comunidad de Tesalónica que estaba preocupada por la suerte de sus seres queridos ya difuntos y que vivía en forma equivocada la espera de la vuelta gloriosa de Jesús. El Apóstol ante todo vuelve a proclamar el fundamento del kerigma cristiano: “Nosotros creemos que Jesús murió y resucitó, y que, por tanto, Dios llevará consigo a los que han muerto unidos a Jesús” (v. 14). Esta verdad fundamental de la fe ilumina el misterio de la muerte y propone el verdadero sentido de la espera cristiana. El discípulo de Jesús espera su vuelta gloriosa en forma serena y paciente, con espíritu gozoso e infinita confianza de que al final de la historia “estaremos siempre con el Señor” (v. 17). El lenguaje de Pablo es de tono apocalíptico. En efecto, arcángel, trompeta divina, nubes, encuentro en los aires, etc., son expresiones típicas de la apocalíptica bíblico-judaica, que no deben ser tomadas al pie de la letra, sino como parte de un complejo lenguaje simbólico que intentaba explicar el misterio de Dios y su triunfo definitivo sobre las fuerzas del mal al final de la historia. Todas estas imágenes apocalípticas, siempre insuficientes y limitadas para describir lo indescriptible, intentaban decir lo fundamental de la fe cristiana: la muerte es sólo un paso gozoso hacia la comunión eterna con el Señor. La venida del Señor al final de los tiempos marca este paso definitivo: de una existencia histórica, limitada y efímera, hacia un nuevo modo de existencia junto a Dios, gloriosa y eterna.

 

El evangelio (Mt 25,1-13) narra la conocida parábola de las cinco vírgenes prudentes o sabias y las cinco necias o imprudentes. El trasfondo del texto lo constituye la forma tradicional de celebrar el matrimonio en Israel en tiempo de Jesús. El último día de los festejos, el novio se encaminaba con “los amigos”, es decir, con aquellos que habían servido de intermediarios entre él y la novia durante el noviazgo, a la casa de la muchacha, que esperaba su llegada acompañada de sus amigas de juventud y de virginidad. Después que el novio llegaba, entre música, cantos y gritos de alegría, se formaba un solo cortejo hacia su casa, donde se celebraba el matrimonio y se tenía el banquete nupcial. Las vírgenes que asistían a la novia, según el ritual de bodas, debían esperar al novio con lámparas encendidas en medio de la noche y estaban llamadas luego a participar en la fiesta matrimonial. De ellas habla el texto evangélico desde el punto de vista particular de la sabiduría. El evangelio denuncia a cinco de ellas como “necias” o “imprudentes” porque no fueron previsoras y no llenaron sus lámparas de aceite aquella noche; las otras cinco, las “sabias” o “prudentes” estaban preparadas con sus lámparas llenas de aceite en el momento en que llegó el esposo.

En el texto llama la atención sobre todo el contraste entre los dos grupos de muchachas. A pesar que todas esperan al esposo, al final el destino de ambos grupos es diverso: las sabias son admitidas a la fiesta de bodas porque están “listas”, las necias son excluidas porque se preocupan por buscar aceite para sus lámparas en el último momento y eso hace que lleguen tarde a la fiesta. Lo que distingue a unas muchachas de otras no es, por tanto, si duermen o están en vela, sino si han preparado el aceite necesario para sus lámparas para poder así acompañar al esposo. De hecho, “como el esposo tardaba, les entró sueño y todas se durmieron” (v. 5).

Volvemos a encontrar en este texto el tema de la sabiduría, que aparecía en la primera lectura. Para la Biblia, es sabio quien sabe conducirse por la vida, quien sabe tomar decisiones adecuadas, quien sabe vivir y actuar; en cambio, es necio el superficial, quien no tiene una orientación adecuada en su existencia, el imprudente, el irreflexivo. Las vírgenes “sabias” representan al discípulo cristiano que, según el evangelio de Mateo, “hace la voluntad del Padre del cielo” y no se contenta -en forma “necia” y “superficial”- con sólo decir “Señor, Señor” (Mt 7,21). El grupo de las vírgenes “sabias” es el símbolo del “hombre sabio”, que edifica su casa sobre roca porque escucha las palabras de Jesús y las cumple (Mt 7,24-25); en cambio el otro grupo, el de las “imprudentes”, representa al “hombre necio” que edifica su casa sobre arena porque escucha las palabras de Jesús pero no las pone en práctica (Mt 7,26-27).

Al final el esposo se transforma en juez (v. 12). Un grupo de jóvenes entra al banquete, el otro grupo queda fuera y escucha de la boca del esposo la fórmula de exclusión con la cual en otros textos se condena a los agentes de iniquidad: “os aseguro que no os conozco” (v. 12). El criterio del juicio no es la pertenencia al grupo de los invitados a la boda, sino la sabiduría y la fidelidad con la cual se ha esperado al esposo. La parábola de las diez vírgenes, por tanto, enseña cuáles deben ser las condiciones fundamentales con las que el discípulo cristiano debe vivir esperando la llegada del Señor.

El esposo de la parábola es Jesús, que vendrá al final de los tiempos y que se revelará como juez. Las diez muchachas que le salen al encuentro con las lámparas encendidas son los discípulos, cuya luz debe brillar delante de los hombres de modo que, al ver sus buenas obras, den gloria al Padre que está en los cielos” (Mt 5, 16). Esta es la auténtica sabiduría cristiana. No basta pertenecer al grupo de los que esperan al Señor. El punto decisivo es la fidelidad y la obediencia a su Palabra durante el tiempo de la espera. Esto quiere decir tener la lámpara llena de aceite. En el momento final del encuentro decisivo con el Señor no será posible remediar esta negligencia (v. 10). El aceite representa la fidelidad y la perseverancia de los discípulos. Por eso las vírgenes sabias no pueden compartir su aceite con las otras en el momento final (v. 9). No es un acto de egoísmo, sino un detalle que subraya la dimensión de la responsabilidad personal frente a la palabra de Jesús.

El mensaje del texto es claro: hay que vigilar en la espera del Señor que llegará en forma imprevista en medio de la noche. Estar listos, “con las lámparas encendidas”, significa ser fieles a la voluntad del Padre cada día. Esta es la verdadera “sabiduría”. Quien vive de forma diversa es “necio” e “imprudente”. Es sabio solamente quien se esfuerza, en forma perseverante y apasionada, en hacer ha voluntad del Padre tal como la ha revelado Jesús. La venida del Señor no nos aleja del compromiso ético por el amor y la justicia, sino que es el fundamento y la motivación más fuerte para una vida orientada por la sabiduría del evangelio.