CUARTO DOMINGO

(Ciclo A)

 

 

 

Sofonías 2,3; 3,12-13

1 Corintios 1,26-31

Mateo 5,1-12

 

            Las Bienaventuranzas constituyen la gran síntesis del anuncio y del mensaje de Jesús. Son al mismo tiempo gracia y compromiso, buena noticia para los pobres y programa de vida para los humildes y limpios de corazón. Las bienaventuranzas no son un cúmulo de normas y leyes que se deben observar escrupulosamente. No son tampoco una lista de los deberes del cristiano delante de Dios. Las Bienaventuranzas celebran el primado de la gracia de Dios que elige a los pobres para realizar su designio de salvación y de vida. Son la gran proclamación programática de Jesús que busca crear un mundo de personas abiertas y disponibles, libres y generosas.

 

            La primera lectura (Sof 2,3; 3,12-13) es un clásico oráculo del profeta Sofonías en el cual encontramos una de las más luminosas descripciones del “espíritu de pobreza” en el Antiguo Testamento. Los “pobres de la tierra”, los anawim, son las personas humildes y abiertas a Dios, “los que cumplen sus preceptos” (Sof 2,3) y esperan en él. Es a partir de estos pobres que nacerá una nueva humanidad, “un pueblo sencillo y humilde que buscará refugio en el Señor” (Sof 3,12).

“Buscad al Señor, todos vosotros, pobres de la tierra” (Sof 2,3) es el anuncio que el profeta Sofonías dirige a un Israel inmerso en una época de letargo político, social y religioso, en el siglo VII a.C. Son ellos, los humildes y sencillos, el resto de Israel, un verdadero signo de esperanza para todo el pueblo y una expresión viva de la presencia del Señor en medio de su pueblo.

 

La segunda lectura (1 Corintios 1,26-31) forma parte de la argumentación utilizada por san Pablo contra la actitud de autosuficiencia religiosa de los corintios y su desmesurada valoración del saber y de la retórica de los predicadores, lo cual les ha llevado a dividir la comunidad en minúsculos grupos y, lo que es peor, a olvidarse de “la sabiduría de la cruz”. Dios no se ha manifestado a través de la grandeza de la retórica o la imposición del poder, sino que en el límite de la angustia y del aniquilamiento de la cruz de Jesús ha querido mostrar la potencia de su amor para salvar a los hombres.

Esta “sabiduría” o “lógica” de la cruz se manifiesta también en la gratuidad de la elección de los cristianos de parte de Dios. Los mismos miembros de la comunidad de Corinto son el mejor argumento para probar la validez de la sabiduría de la cruz como principio constitutivo de la vida cristiana y de la comunidad eclesial. Ninguno de ellos podría ostentar títulos, méritos personales o de clase, para justificar su elección, pues “nadie puede presumir delante de Dios” (v. 29). Con razón Pablo concluye diciendo: “De él os viene que estéis en Cristo Jesús” (v. 30).

 

El evangelio (Mt 5,1-12) nos traslada al mismo inicio de la predicación de Jesús en el evangelio de Mateo. Jesús sentado, desde un monte, rodeado de sus discípulos y de las multitudes que le siguen, proclama los principios fundamentales del evangelio del Reino. El suyo no es un discurso moral, ni una simple página de catequesis doctrinal. Utilizando un género literario conocido en la literatura sapiencial del Antiguo Testamento, el macarismo (Sal 1,1; 32,12, Prov 3,3), inicia su ministerio proclamando el Reino como camino de felicidad para los hombres.

El "macarismo" es una forma literaria con la cual en la Biblia se felicita a alguien por causa de un don que ha recibido (Mt 13,16; 16,17) o para declarar dichosa a una categoría de personas por algún motivo particular (Mt 11,6; Lc 11,28).Con las bienaventuranzas Jesús proclama quiénes son las personas que se encuentran en la situación más propicia para recibir el don del Reino de Dios.

 

Las formulaciones de Mateo (Mt 5,1-12) y de Lucas (Lc 6,20-26), quienes nos ofrecen dos versiones de las bienaventuranzas, nos ayudan a remontarnos hasta el estadio profético en que Jesús en persona las pronunció. A ese nivel el objetivo de Jesús no fue indicar las virtudes necesarias para entrar en el Reino, sino proclamar públicamente quiénes eran las personas favorecidas –y por tanto felices– debido a la intervención salvadora definitiva de Dios. Jesús, en efecto, se presentó como el Mesías enviado a los pobres, los privilegiados de la acción liberadora de Dios (Mt 11,5). Las dos versiones, la de Mateo y la de Lucas, no alcanzan su verdadero sentido si no son puestas en relación con Jesús y el contexto original de la proclamación del Reino.

            Ser “pobre de espíritu” quiere decir ser pobre desde el espíritu, desde el corazón, desde el centro más profundo de la interioridad de la persona. Estos “pobres” pertenecen a ese grupo de hombres y mujeres que en todo tiempo han puesto toda su confianza en Dios en medio de las dificultades y pruebas de la vida, según las palabras del Salmo: “Yo soy pobre y necesitado, pero tú, Señor mío, cuidas de mí. Tú eres quien me socorre y me libra, Dios mío, no tardes!” (Sal 40,18). Son pobres de espíritu quienes luchan constantemente contra la tentación de la autosuficiencia y de la autoafirmación que la riqueza-idolatría producen en el corazón humano y se adhieren plenamente el proyecto que Dios está realizando en la humanidad y en la historia.

            Lucas, en su versión de las bienaventuranzas, opone ricos a pobres como se opone el Reino que está por llegar a la situación histórica presente. Él subraya situaciones concretas para mostrar que el Reino de Dios desestabiliza la escala de valores que predomina entre los hombres (Lc 6,20.24: “¡Dichosos los pobres porque de ustedes es el Reino de Dios! ¡Ay de ustedes los ricos porque ya han recibido su consuelo!”).

            Mateo, en cambio, en su interpretación de las bienaventuranzas muestra que la pobreza interior es la condición necesaria para entrar en el Reino. Mateo acentúa la dimensión exhortativa y describe las actitudes del justo (Mt 5,3: “Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”). La primera bienaventuranza de Mateo resume todas las demás. Es dichoso quien vive la pobreza por decisión personal, como actitud de sencillez y abandono delante de Dios y de desprendimiento y libertad frente a todo lo que no es Dios.

            Junto a los pobres son beatos también los “puros de corazón”. El “corazón” es la conciencia, la sede de los pensamientos y proyectos, de la voluntad y de los afectos. El corazón es el punto de partida de las decisiones y de las acciones. La pureza es la transformación del “corazón de piedra”, insensible y obtuso, en un “corazón de carne”, vivo y palpitante (Jer 31,31-34). Éstos verán a Dios, es decir, experimentarán su presencia y sabrán discernir y aceptar sus caminos. Son beatos también los “mansos”, o humildes, es decir, los que no tienen otro defensor que Dios mismo para reivindicar sus derechos. En el A.T. a ellos Dios destina el don por excelencia, la posesión de la Tierra prometida (Sal 37,9-11), de ellos dice también Jesús que “poseerán la tierra”.

            Las otras bienaventuranzas manifiestan diversas expresiones de estas actitudes fundamentales: la pobreza, la pureza de corazón y la mansedumbre.

            El discípulo cristiano experimentará grandes obstáculos para realizar el plan divino de salvación: la injusticia, la persecución, la dureza de los hombres. En medio de las luchas de la historia descubrirá el valor de la aflicción y del dolor por la causa del Reino. A esto se refiere Jesús cuando dice: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados” (v. 4). Ese llanto es fruto de la persecución por causa de la justicia (v. 10), que en sentido bíblico no se agota con la lucha por un orden social más humano, sino que abarca también la construcción de un mundo nuevo en el que la humanidad alcance la plenitud que sólo Dios pueda dar. En el lenguaje bíblico, “justicia” es sinónimo de salvación integral del hombre.

            Esta justicia, por la cual lucha y sufre el creyente y que es fuente de gozo infinito (v. 12), no es sólo don de Dios sino también conquista y compromiso cotidiano. El discípulo de Jesús vive con hambre y sed de esa justicia(v.6), es decir, la desea como el agua y el alimento que satisfacen de las necesidades más elementales de la vida humana.

Este ideal del discípulo, que se vuelve hambre y sed, lucha y anhelo, se construye día a día sobre dos fundamentos sólidos: la misericordia (v. 7) y la paz (v. 9). La misericordia es la caridad recíproca y activa, que se vuelve perdón y acogida sin límites del otro; la paz, en sentido bíblico, es armonía y reconciliación de hombres entre sí y con el cosmos, y de los hombres con Dios.